El país que discutía con el mar
Un recorrido por los Países Bajos revela la historia de un país pequeño que convirtió el comercio, el consenso y el agua en fortalezas.
Los Países Bajos parecen haber nacido después de una larga reunión. No recuerdo otro lugar donde el ser humano haya llevado tan lejos la elegante insolencia de decirle a la naturaleza que estaba equivocada.
¡Qué diferencia con Suiza, otra de mis patrias prestadas! Helvéticos y neerlandeses habitan geografías opuestas. Los unos viven rodeados de montañas; los otros, pendientes de un mar al que nunca terminan de convencer. Un paisaje alpino de 4000 metros frente a otro cuya altura máxima apenas supera los 300. Es lo que me atrae de Europa: los contrastes en un espacio mínimo. De superficie similar, los Países Bajos tienen, sin embargo, una de las densidades de población más altas del continente.
Mientras el avión descendía sobre Schiphol pensaba en ellos. El director del aeropuerto me explicaría después que era ya uno de los grandes nudos intercontinentales del planeta. Y mi conversación con un ejecutivo de KLM me dejó claro que, como Swissair en mi etapa suiza, la aerolínea neerlandesa demostraba que los países pequeños suelen pensar en grande.
Aproximadamente una cuarta parte del país se encuentra a nivel del mar o por debajo de este. Han aprendido a contener el agua. No con un ejército ni con un tratado, sino con diques, esclusas, molinos y una obstinación capaz de convencer al mar de retroceder unos cuantos kilómetros. Cuando uno llega allí comprende enseguida que el paisaje no es una herencia. Es una obra de ingeniería.
Han convertido el acuerdo en una forma de vivir.
Llegar para comprender
Viví allí cuatro meses en 1999. Dos en Ámsterdam, instalado en el céntrico y emblemático Hotel Krasnapolsky, frente a la plaza Dam, donde parece empezar cada mañana entre bicicletas, tranvías y turistas que todavía creen que Ámsterdam son únicamente canales y coffee shops. Los otros dos meses transcurrieron en La Haya, una ciudad quizá menos seductora, pero probablemente mucho más reveladora. Ámsterdam enseña la sonrisa del país; La Haya deja ver su carácter.
Aquel fue uno de esos viajes en los que el trabajo acaba convirtiéndose en la mejor forma de conocer un país: hablar con quienes lo gobernaban y con quienes movían su economía.
Con el ministro de Asuntos Exteriores, Jozias van Aartsen, nuestra larga conversación discurrió con esa mezcla de cortesía y serenidad que tan bien dominan los neerlandeses. Hasta que pronuncié una palabra.
Srebrenica.
Habían pasado apenas unos años desde la masacre de unos 8.000 bosnios musulmanes. Los cascos azules desplegados allí eran holandeses y la crítica por la inacción del contingente seguía siendo una herida abierta para todo el país. Van Aartsen no ocupaba entonces el cargo; no obstante, bastó mencionar aquel nombre para que la conversación cambiara de temperatura. Comprendí que incluso las sociedades más estables conservan lugares donde el consenso deja de ofrecer respuestas. Hay silencios que ningún acuerdo consigue llenar.
Aquella impresión volvió a acompañarme durante todo el viaje.
Dialogué con el alcalde de La Haya, Wim Deetman. Tercera del país tras Ámsterdam y Róterdam, es la sede del Gobierno y de la realeza. Alberga el Tribunal Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia.
Mi oficio tenía otra recompensa: descubrir conexiones inesperadas.
En Utrecht encontré las huellas del afrikáner Paul Kruger, derrotado en Sudáfrica durante la Segunda Guerra de los Bóers (1899-1902) y exiliado parcialmente allí. Su estatua en la universidad había sufrido actos vandálicos por el controvertido legado del antiguo presidente del Transvaal. Me sorprendió encontrar en aquella ciudad neerlandesa una conexión inesperada con mi experiencia en África austral.
Recorrimos las doce provincias, desde Frisia hasta Limburgo, pasando por Utrecht, Zelanda, Groninga o las dos Holandas. Me reuní con los respectivos Comisarios de la Reina, responsables de la administración provincial.
Dialogué con los responsables de empresas como Randstad, convertida ya entonces en referencia internacional del empleo, y con los directivos de la cervecera Heineken, que simbolizaban la extraordinaria capacidad de un país diminuto para pensar siempre en escala mundial.
Mi labor coincidió con la psicosis global del Efecto 2000. Entrevistaba a técnicos y funcionarios obsesionados con auditar sistemas informáticos, temiendo un apagón digital con el cambio de milenio.
En las calles, el ambiente de transición se hacía evidente al pagar. Las transacciones diarias dependían de los coloridos billetes de florín. Éramos conscientes de estar asistiendo al canto de cisne de las monedas nacionales. El euro ya operaba en los bancos y la unificación monetaria era inminente.
Los Países Bajos nunca se mostraron obsesionados con ser grandes. Les bastaba con ser imprescindibles y estar presentes en todas partes.
Aquella vocación internacional tenía su mejor escenario en Róterdam. Su puerto, uno de los mayores del globo y durante décadas el primero del mundo, funcionaba como una inmensa puerta de entrada a Europa. Allí entendí que los Países Bajos habían construido un imperio distinto. Ya no llegaba en barcos de guerra, como durante el Siglo de Oro, sino en portacontenedores, terminales logísticas y grandes navieras capaces de conectar continentes con una eficacia casi silenciosa. En Róterdam el comercio no era solo una actividad económica. Era identidad nacional.
Pero donde mejor se entendía aquella forma de organizar el país no era en sus empresas ni en sus puertos, sino allí donde todo había comenzado: en la lucha contra el agua.
El precio del consenso
En Flevoland caí en la cuenta de que el mapa también puede escribirse en tiempo presente. Aquel territorio había sido literalmente conquistado al mar. No era una metáfora patriótica. Era una realidad cartográfica.
La provincia, la más joven del país, creada en 1986, está formada casi en su integridad por pólderes.
Tal vez, por ese motivo, se hablaba tanto del poldermodel. La palabra procedía precisamente de esos terrenos ganados al agua. Para mantenerlos secos era necesario que todos cooperaran. Si uno dejaba de hacerlo, el agua terminaba entrando en casa de todos. Aquella necesidad física terminó convirtiéndose en una filosofía política y económica: sindicatos, empresarios y Gobierno negociaban hasta alcanzar acuerdos. No era tanto una cuestión de altruismo como de supervivencia. En un país construido por consenso, discutir era obligatorio; romper el consenso era un lujo que nadie podía permitirse.
Incluso las flores obedecían a esa vocación de convertir cualquier recurso en abundancia. Sus mercados eran mucho más que una postal para turistas: demostraban que un país puede convertir la horticultura en una industria planetaria sin perder el sentido de la belleza.
En el extremo sur descubrí Eurode.
Este municipio binacional apenas ocupa unas líneas y, sin embargo, fue uno de los lugares más fascinantes que visité. Allí entrevisté a los alcaldes de ambos lados de la frontera: la ciudad alemana de Herzogenrath y la neerlandesa de Kerkrade. Dos municipios, dos administraciones nacionales y un mismo proyecto compartido. No era una extravagancia burocrática. Era Europa funcionando antes de que muchos creyeran realmente en ella.
En la calle principal, una acera es neerlandesa; la otra, alemana. Y todo funciona con una normalidad exquisita: servicios sanitarios, educativos y de bomberos cooperan a ambos lados de la frontera.
Como europeísta, salí de allí con la sensación de haber visitado un pequeño laboratorio del futuro.
Un país para leer
Si alguien me preguntara cuál ha sido la cocina menos sabrosa de todas mis patrias prestadas, tendría una respuesta incómodamente rápida. Los Países Bajos.
Su rigidez culinaria formaba parte del choque cultural. Si en una entrevista, pasadas las dos de la tarde, osaba pedir comida, la respuesta era unánime: la cocina estaba cerrada. Para un cronista del sur, descubrir que el estómago nacional se regía por un horario casi militar resultaba desconcertante.
El periodismo de urgencia me llevó más de una vez ante los muros automatizados de FEBO. Sacar una croqueta caliente introduciendo monedas en una pequeña ventana de cristal me pareció el colmo de la modernidad de fin de siglo: comida rápida, eficiente y perfectamente impersonal.
Por fortuna, la cocina indonesia acudía al rescate, una de las mejores herencias que dejó el pasado colonial.
Y, mientras los canales reflejaban las luces de un otoño dorado, el aroma de los stroopwafels —gofres de sirope recién hechos— en los mercados callejeros salvaba algunas tardes.
Para desenvolverme leí The Low Sky – Understanding the Dutch. Su autor, el historiador Han van der Horst, analiza la sociedad, la historia y la psicología de los Países Bajos a través de sus paradojas, costumbres y el famoso lema doe maar gewoon (actúa con normalidad).
Solo más tarde encontré una palabra que resumía muchas de aquellas escenas: gezellig. Las ventanas sin cortinas de las casas holandesas revelaban interiores cálidos.
En un país tan racional como este, convivían la tradición humanista, la mirada comercial abierta al mundo y una cierta melancolía discreta que aparece en muchos de sus autores. Como si incluso quienes habían logrado vencer al mar supieran que ninguna victoria es definitiva.
Entre los escritores que mejor representan esa mirada está Cees Nooteboom, novelista, viajero e hispanista. Sus crónicas combinan historia, arte y reflexión íntima sobre el territorio.
Disfruté con el clásico Queso de 1933. Una brillante sátira de Willem Elsschot sobre el arte de vender lo que no se entiende: un cargamento de diez mil quesos Edam transforma a un oficinista gris en un patético tiburón de los negocios.
Si el puerto de Róterdam explica la riqueza neerlandesa, el Museo del Reino (Rijksmuseum) explica qué hicieron con ella.
En Ámsterdam, el Rijksmuseum reúne una de las grandes colecciones de la pintura neerlandesa del Siglo de Oro, con obras de Rembrandt, Vermeer, Frans Hals y otros grandes maestros.
Con los años se desdibujan los nombres propios. Lo que permanece es otra cosa: la sensación de estar en un país que había decidido no aceptar los límites que la naturaleza le había impuesto. Quizá por eso los Países Bajos me siguen pareciendo menos un lugar que una conversación interminable entre el agua y la voluntad humana.
Y cada vez que vuelvo a pensar en ellos, regresa aquella primera impresión. Algunos países nacen por accidente. Los Países Bajos, en cambio, nacieron después de una larga reunión. Y, vista su historia, da la impresión de que la reunión todavía no ha terminado.
Acaso su verdadero secreto no sea haber domesticado el agua, sino haber entendido que algunas batallas solo pueden ganarse entre todos.
El país que discutía con el mar
Un recorrido por los Países Bajos revela la historia de un país pequeño que convirtió el comercio, el consenso y el agua en fortalezas.
Los Países Bajos parecen haber nacido después de una larga reunión. No recuerdo otro lugar donde el ser humano haya llevado tan lejos la elegante insolencia de decirle a la naturaleza que estaba equivocada.
¡Qué diferencia con Suiza, otra de mis patrias prestadas! Helvéticos y neerlandeses habitan geografías opuestas. Los unos viven rodeados de montañas; los otros, pendientes de un mar al que nunca terminan de convencer. Un paisaje alpino de 4000 metros frente a otro cuya altura máxima apenas supera los 300. Es lo que me atrae de Europa: los contrastes en un espacio mínimo. De superficie similar, los Países Bajos tienen, sin embargo, una de las densidades de población más altas del continente.
Mientras el avión descendía sobre Schiphol pensaba en ellos. El director del aeropuerto me explicaría después que era ya uno de los grandes nudos intercontinentales del planeta. Y mi conversación con un ejecutivo de KLM me dejó claro que, como Swissair en mi etapa suiza, la aerolínea neerlandesa demostraba que los países pequeños suelen pensar en grande.
Aproximadamente una cuarta parte del país se encuentra a nivel del mar o por debajo de este. Han aprendido a contener el agua. No con un ejército ni con un tratado, sino con diques, esclusas, molinos y una obstinación capaz de convencer al mar de retroceder unos cuantos kilómetros. Cuando uno llega allí comprende enseguida que el paisaje no es una herencia. Es una obra de ingeniería.
Han convertido el acuerdo en una forma de vivir.
Llegar para comprender
Viví allí cuatro meses en 1999. Dos en Ámsterdam, instalado en el céntrico y emblemático Hotel Krasnapolsky, frente a la plaza Dam, donde parece empezar cada mañana entre bicicletas, tranvías y turistas que todavía creen que Ámsterdam son únicamente canales y coffee shops. Los otros dos meses transcurrieron en La Haya, una ciudad quizá menos seductora, pero probablemente mucho más reveladora. Ámsterdam enseña la sonrisa del país; La Haya deja ver su carácter.
Aquel fue uno de esos viajes en los que el trabajo acaba convirtiéndose en la mejor forma de conocer un país: hablar con quienes lo gobernaban y con quienes movían su economía.
Con el ministro de Asuntos Exteriores, Jozias van Aartsen, nuestra larga conversación discurrió con esa mezcla de cortesía y serenidad que tan bien dominan los neerlandeses. Hasta que pronuncié una palabra.
Srebrenica.
Habían pasado apenas unos años desde la masacre de unos 8.000 bosnios musulmanes. Los cascos azules desplegados allí eran holandeses y la crítica por la inacción del contingente seguía siendo una herida abierta para todo el país. Van Aartsen no ocupaba entonces el cargo; no obstante, bastó mencionar aquel nombre para que la conversación cambiara de temperatura. Comprendí que incluso las sociedades más estables conservan lugares donde el consenso deja de ofrecer respuestas. Hay silencios que ningún acuerdo consigue llenar.
Aquella impresión volvió a acompañarme durante todo el viaje.
Dialogué con el alcalde de La Haya, Wim Deetman. Tercera del país tras Ámsterdam y Róterdam, es la sede del Gobierno y de la realeza. Alberga el Tribunal Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia.
Mi oficio tenía otra recompensa: descubrir conexiones inesperadas.
En Utrecht encontré las huellas del afrikáner Paul Kruger, derrotado en Sudáfrica durante la Segunda Guerra de los Bóers (1899-1902) y exiliado parcialmente allí. Su estatua en la universidad había sufrido actos vandálicos por el controvertido legado del antiguo presidente del Transvaal. Me sorprendió encontrar en aquella ciudad neerlandesa una conexión inesperada con mi experiencia en África austral.
Recorrimos las doce provincias, desde Frisia hasta Limburgo, pasando por Utrecht, Zelanda, Groninga o las dos Holandas. Me reuní con los respectivos Comisarios de la Reina, responsables de la administración provincial.
Dialogué con los responsables de empresas como Randstad, convertida ya entonces en referencia internacional del empleo, y con los directivos de la cervecera Heineken, que simbolizaban la extraordinaria capacidad de un país diminuto para pensar siempre en escala mundial.
Mi labor coincidió con la psicosis global del Efecto 2000. Entrevistaba a técnicos y funcionarios obsesionados con auditar sistemas informáticos, temiendo un apagón digital con el cambio de milenio.
En las calles, el ambiente de transición se hacía evidente al pagar. Las transacciones diarias dependían de los coloridos billetes de florín. Éramos conscientes de estar asistiendo al canto de cisne de las monedas nacionales. El euro ya operaba en los bancos y la unificación monetaria era inminente.
Los Países Bajos nunca se mostraron obsesionados con ser grandes. Les bastaba con ser imprescindibles y estar presentes en todas partes.
Aquella vocación internacional tenía su mejor escenario en Róterdam. Su puerto, uno de los mayores del globo y durante décadas el primero del mundo, funcionaba como una inmensa puerta de entrada a Europa. Allí entendí que los Países Bajos habían construido un imperio distinto. Ya no llegaba en barcos de guerra, como durante el Siglo de Oro, sino en portacontenedores, terminales logísticas y grandes navieras capaces de conectar continentes con una eficacia casi silenciosa. En Róterdam el comercio no era solo una actividad económica. Era identidad nacional.
Pero donde mejor se entendía aquella forma de organizar el país no era en sus empresas ni en sus puertos, sino allí donde todo había comenzado: en la lucha contra el agua.
El precio del consenso
En Flevoland caí en la cuenta de que el mapa también puede escribirse en tiempo presente. Aquel territorio había sido literalmente conquistado al mar. No era una metáfora patriótica. Era una realidad cartográfica.
La provincia, la más joven del país, creada en 1986, está formada casi en su integridad por pólderes.
Tal vez, por ese motivo, se hablaba tanto del poldermodel. La palabra procedía precisamente de esos terrenos ganados al agua. Para mantenerlos secos era necesario que todos cooperaran. Si uno dejaba de hacerlo, el agua terminaba entrando en casa de todos. Aquella necesidad física terminó convirtiéndose en una filosofía política y económica: sindicatos, empresarios y Gobierno negociaban hasta alcanzar acuerdos. No era tanto una cuestión de altruismo como de supervivencia. En un país construido por consenso, discutir era obligatorio; romper el consenso era un lujo que nadie podía permitirse.
Incluso las flores obedecían a esa vocación de convertir cualquier recurso en abundancia. Sus mercados eran mucho más que una postal para turistas: demostraban que un país puede convertir la horticultura en una industria planetaria sin perder el sentido de la belleza.
En el extremo sur descubrí Eurode.
Este municipio binacional apenas ocupa unas líneas y, sin embargo, fue uno de los lugares más fascinantes que visité. Allí entrevisté a los alcaldes de ambos lados de la frontera: la ciudad alemana de Herzogenrath y la neerlandesa de Kerkrade. Dos municipios, dos administraciones nacionales y un mismo proyecto compartido. No era una extravagancia burocrática. Era Europa funcionando antes de que muchos creyeran realmente en ella.
En la calle principal, una acera es neerlandesa; la otra, alemana. Y todo funciona con una normalidad exquisita: servicios sanitarios, educativos y de bomberos cooperan a ambos lados de la frontera.
Como europeísta, salí de allí con la sensación de haber visitado un pequeño laboratorio del futuro.
Un país para leer
Si alguien me preguntara cuál ha sido la cocina menos sabrosa de todas mis patrias prestadas, tendría una respuesta incómodamente rápida. Los Países Bajos.
Su rigidez culinaria formaba parte del choque cultural. Si en una entrevista, pasadas las dos de la tarde, osaba pedir comida, la respuesta era unánime: la cocina estaba cerrada. Para un cronista del sur, descubrir que el estómago nacional se regía por un horario casi militar resultaba desconcertante.
El periodismo de urgencia me llevó más de una vez ante los muros automatizados de FEBO. Sacar una croqueta caliente introduciendo monedas en una pequeña ventana de cristal me pareció el colmo de la modernidad de fin de siglo: comida rápida, eficiente y perfectamente impersonal.
Por fortuna, la cocina indonesia acudía al rescate, una de las mejores herencias que dejó el pasado colonial.
Y, mientras los canales reflejaban las luces de un otoño dorado, el aroma de los stroopwafels —gofres de sirope recién hechos— en los mercados callejeros salvaba algunas tardes.
Para desenvolverme leí The Low Sky – Understanding the Dutch. Su autor, el historiador Han van der Horst, analiza la sociedad, la historia y la psicología de los Países Bajos a través de sus paradojas, costumbres y el famoso lema doe maar gewoon (actúa con normalidad).
Solo más tarde encontré una palabra que resumía muchas de aquellas escenas: gezellig. Las ventanas sin cortinas de las casas holandesas revelaban interiores cálidos.
En un país tan racional como este, convivían la tradición humanista, la mirada comercial abierta al mundo y una cierta melancolía discreta que aparece en muchos de sus autores. Como si incluso quienes habían logrado vencer al mar supieran que ninguna victoria es definitiva.
Entre los escritores que mejor representan esa mirada está Cees Nooteboom, novelista, viajero e hispanista. Sus crónicas combinan historia, arte y reflexión íntima sobre el territorio.
Disfruté con el clásico Queso de 1933. Una brillante sátira de Willem Elsschot sobre el arte de vender lo que no se entiende: un cargamento de diez mil quesos Edam transforma a un oficinista gris en un patético tiburón de los negocios.
Si el puerto de Róterdam explica la riqueza neerlandesa, el Museo del Reino (Rijksmuseum) explica qué hicieron con ella.
En Ámsterdam, el Rijksmuseum reúne una de las grandes colecciones de la pintura neerlandesa del Siglo de Oro, con obras de Rembrandt, Vermeer, Frans Hals y otros grandes maestros.
Con los años se desdibujan los nombres propios. Lo que permanece es otra cosa: la sensación de estar en un país que había decidido no aceptar los límites que la naturaleza le había impuesto. Quizá por eso los Países Bajos me siguen pareciendo menos un lugar que una conversación interminable entre el agua y la voluntad humana.
Y cada vez que vuelvo a pensar en ellos, regresa aquella primera impresión. Algunos países nacen por accidente. Los Países Bajos, en cambio, nacieron después de una larga reunión. Y, vista su historia, da la impresión de que la reunión todavía no ha terminado.
Acaso su verdadero secreto no sea haber domesticado el agua, sino haber entendido que algunas batallas solo pueden ganarse entre todos.
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