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El lujo de tener un amigo

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
04 de agosto, 2026

Hay aniversarios que solo importan a quienes los han vivido. El mío llegará pronto. No habrá discursos, regalos ni fotografías antiguas rescatadas para la ocasión. Y, sin embargo, considero pocas fechas tan dignas de celebración. 

Hace casi cincuenta años apareció en mi vida Ramón, mi mejor amigo. Cuando uno alcanza cierta edad descubre que la memoria funciona de una manera selectiva. Conserva, caprichosamente, detalles en apariencia insignificantes y borra otros que creíamos decisivos. Yo, por ejemplo, apenas recuerdo el primer día de clase en aquel instituto de Denia. Pero el camino de vuelta quedó grabado.

Vivíamos en la ladera del Montgó. Nuestras casas fueron de las primeras que se construyeron allí, cuando la montaña todavía conservaba el aspecto de un lugar al que la ciudad apenas había empezado a acercarse. Hoy cuesta reconocer aquel paisaje. Han aparecido nuevas viviendas, calles y jardines. El parque natural sigue donde siempre estuvo; el mundo que lo rodeaba ya es otro. Nosotros también, aunque durante mucho tiempo no quisiéramos admitirlo.

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Regresábamos juntos del instituto. Primero en bicicleta y, poco después, en motocicleta. Para volver teníamos que cruzar la vía del tren. La mujer que cuidaba la barrera y anunciaba la llegada del trenet tenía un carácter tan peculiar que se convirtió en uno de nuestros primeros códigos de humor compartidos.

No sabría señalar el momento exacto en que nos conocimos. Las amistades importantes rara vez llegan acompañadas de un instante solemne. Empiezan sin hacer ruido. Solo mucho después comprendemos que aquel día modificó muchas más cosas de las que entonces podíamos imaginar.

Crecimos en una España en plena transformación. La Transición fue mucho más que un cambio político. Para quienes la vivimos desde la adolescencia fue una manera distinta de contemplar el mundo. Nuestra educación sentimental coincidió con un país que ensayaba una nueva manera de mirarse a sí mismo. En aquellos años hubo canciones, películas, actrices favoritas, conversaciones y esa saludable costumbre de discutir sobre casi todo sin dejar de entendernos en lo importante.

Con el tiempo llegaron los viajes. Alemania ocupa un lugar especial: era una forma de regresar a la familia de mi madre. Cuando yo vivía allí, Ramón venía a visitarme y descubrí el placer de enseñar un país a quien sabía mirarlo con curiosidad. Recorrimos con nuestras respectivas compañeras Berlín, Düsseldorf, Colonia y otras ciudades; le mostré Asturias, donde mi familia paterna terminó adoptándolo con la misma naturalidad con la que la suya me adoptó años antes.

A menudo viajamos por el sur de Francia degustando buenos quesos y catando mejores vinos. En una ocasión nos detuvimos en Colliure para visitar la tumba de Antonio Machado. Hay lugares que uno recuerda por lo que vio. Otros, por la persona con la que estuvo allí. 

En la tumba del poeta español se leen estos versos: 

"Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 

me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, 

casi desnudo, como los hijos de la mar.".

No hemos necesitado parecernos demasiado para entendernos. Coincidimos en lo esencial, pero conservamos diferencias que nunca hemos intentado borrar. Los dos disfrutamos de una buena película, de la música, de una mesa bien servida, de un vino elegido con calma y de esas sobremesas que se alargan porque nadie tiene verdadera prisa por levantarse. Él cocina de maravilla. Yo sigo limitándome a admirar el resultado. A él le apasionan la jardinería y la restauración; posee esa habilidad para imaginar cómo puede llegar a ser una casa, un jardín o un mueble antiguo antes de empezar a transformarlos. Ve el resultado antes que los demás. Por eso me gusta tanto contemplar el jardín que ha creado alrededor de su hogar en la ladera del Montgó. Tiene algo de refugio y mucho de su manera de entender la vida: sin estridencias, con paciencia y cuidando los detalles.

Nos une el afecto por los animales. Hemos tenido perros y gatos. Con frecuencia paseamos por los caminos del Montgó mientras ellos inspeccionaban el terreno con una dedicación infinitamente superior a la nuestra. Hablábamos de películas, de libros, de vinos, de viajes o, sencillamente, de la vida. Hoy pienso que caminar junto a un buen amigo es una forma especialmente agradable de ordenar las ideas.

El humor ha sido otro de nuestros puntos de encuentro. No me refiero a los chistes. Me refiero, entre otras cosas, a su ingenio natural y a una risa contagiosa que siempre llega unos segundos antes que la de los demás. Y a ese lenguaje hecho de alusiones que nadie más entiende, de una mirada o de una frase inofensiva que basta para provocar una sonrisa. Tras medio siglo acumulando experiencias, uno habla un idioma que apenas necesita palabras. Hay bromas que han perdido la gracia para cualquiera que no seamos nosotros dos.

Yo llegué a Denia con seis años. Mis parientes estaban lejos. Su familia, en cambio, estaba allí. Su padre, su madre, sus hermanos y su abuela María ocuparon un lugar muy importante en mi vida. Yo entraba en aquella casa con la confianza con la que él entraba en la mía. Jamás tuve la sensación de ser un invitado. Acabé comprendiendo que algunas familias tienen el talento de hacer sitio a alguien sin necesidad de decirlo.

Cuando mi padre falleció, Ramón y los suyos estuvieron a nuestro lado con una discreción que todavía hoy agradezco. No hicieron nada excepcional. Nos brindaron exactamente lo que necesitábamos.

Recuerdo un percance de salud que me obligó a pasar varias semanas ingresado en Valencia. Cuando mi madre quería verme, él la llevaba. Un centenar de kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, sin convertirlo en un mérito. Más adelante, cuando tuve que pasar por otras operaciones, volvió a hacer lo mismo.

Tiene la rara capacidad de hacer que los demás se sientan cómodos. Lo he visto muchas veces. Recuerdo una familia vasca que veraneaba junto a su casa cuando éramos jóvenes. He llegado a apreciarlos casi tanto como él. Hace unos años vinieron desde Granada unos amigos míos para pasar unos días con nosotros. Él los recibió con la llaneza de quien no distingue entre los amigos propios y los ajenos. Jamás le he visto calcular el afecto. La hospitalidad, como el sentido del humor, tampoco necesita hacerse notar para ser inolvidable. 

Hemos discutido. Muy pocas veces, pero las suficientes para confirmar que una amistad larga no consiste en pensar siempre igual. Mi amigo posee una testarudez muy particular. Desconcertante, a veces. Nunca terminé de entender esa faceta suya; como cuando desoyó más de un consejo médico de mi padre, al que tanto quiso. Él, sin duda, tendría una lista similar con algunas de mis rarezas.

Hace ya algunos años desaparecieron las dos casas donde empezó buena parte de esta historia. Primero se vendió la de su familia; más tarde la de la mía. Nuestras madres se trasladaron al pueblo. Ramón ha reformado la suya con el talento que tiene para recuperar y mejorar las cosas.

De vez en cuando recoge a mi madre y a la suya para que pasen el día juntas. Cocina para ellas y abre una buena botella de vino. Después me envía una fotografía. Las dos sonríen. Suena el teléfono. Hablamos un rato. Hay imágenes que valen más que cualquier mensaje tranquilizador.

La memoria tal vez tiende a exagerar. Con los amigos de verdad se queda corta.

Dentro de poco levantaremos una copa para celebrar cincuenta años de amistad.

Hemos recorrido caminos, mantenido conversaciones, hecho viajes, superado pérdidas y disfrutado de buenas mesas, de vinos y de silencios. Y cuando el camino dejó de ser fácil, siguió caminándolo a mi lado. Ese ha sido el verdadero lujo.

 

El lujo de tener un amigo

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
04 de agosto, 2026

Hay aniversarios que solo importan a quienes los han vivido. El mío llegará pronto. No habrá discursos, regalos ni fotografías antiguas rescatadas para la ocasión. Y, sin embargo, considero pocas fechas tan dignas de celebración. 

Hace casi cincuenta años apareció en mi vida Ramón, mi mejor amigo. Cuando uno alcanza cierta edad descubre que la memoria funciona de una manera selectiva. Conserva, caprichosamente, detalles en apariencia insignificantes y borra otros que creíamos decisivos. Yo, por ejemplo, apenas recuerdo el primer día de clase en aquel instituto de Denia. Pero el camino de vuelta quedó grabado.

Vivíamos en la ladera del Montgó. Nuestras casas fueron de las primeras que se construyeron allí, cuando la montaña todavía conservaba el aspecto de un lugar al que la ciudad apenas había empezado a acercarse. Hoy cuesta reconocer aquel paisaje. Han aparecido nuevas viviendas, calles y jardines. El parque natural sigue donde siempre estuvo; el mundo que lo rodeaba ya es otro. Nosotros también, aunque durante mucho tiempo no quisiéramos admitirlo.

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Regresábamos juntos del instituto. Primero en bicicleta y, poco después, en motocicleta. Para volver teníamos que cruzar la vía del tren. La mujer que cuidaba la barrera y anunciaba la llegada del trenet tenía un carácter tan peculiar que se convirtió en uno de nuestros primeros códigos de humor compartidos.

No sabría señalar el momento exacto en que nos conocimos. Las amistades importantes rara vez llegan acompañadas de un instante solemne. Empiezan sin hacer ruido. Solo mucho después comprendemos que aquel día modificó muchas más cosas de las que entonces podíamos imaginar.

Crecimos en una España en plena transformación. La Transición fue mucho más que un cambio político. Para quienes la vivimos desde la adolescencia fue una manera distinta de contemplar el mundo. Nuestra educación sentimental coincidió con un país que ensayaba una nueva manera de mirarse a sí mismo. En aquellos años hubo canciones, películas, actrices favoritas, conversaciones y esa saludable costumbre de discutir sobre casi todo sin dejar de entendernos en lo importante.

Con el tiempo llegaron los viajes. Alemania ocupa un lugar especial: era una forma de regresar a la familia de mi madre. Cuando yo vivía allí, Ramón venía a visitarme y descubrí el placer de enseñar un país a quien sabía mirarlo con curiosidad. Recorrimos con nuestras respectivas compañeras Berlín, Düsseldorf, Colonia y otras ciudades; le mostré Asturias, donde mi familia paterna terminó adoptándolo con la misma naturalidad con la que la suya me adoptó años antes.

A menudo viajamos por el sur de Francia degustando buenos quesos y catando mejores vinos. En una ocasión nos detuvimos en Colliure para visitar la tumba de Antonio Machado. Hay lugares que uno recuerda por lo que vio. Otros, por la persona con la que estuvo allí. 

En la tumba del poeta español se leen estos versos: 

"Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 

me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, 

casi desnudo, como los hijos de la mar.".

No hemos necesitado parecernos demasiado para entendernos. Coincidimos en lo esencial, pero conservamos diferencias que nunca hemos intentado borrar. Los dos disfrutamos de una buena película, de la música, de una mesa bien servida, de un vino elegido con calma y de esas sobremesas que se alargan porque nadie tiene verdadera prisa por levantarse. Él cocina de maravilla. Yo sigo limitándome a admirar el resultado. A él le apasionan la jardinería y la restauración; posee esa habilidad para imaginar cómo puede llegar a ser una casa, un jardín o un mueble antiguo antes de empezar a transformarlos. Ve el resultado antes que los demás. Por eso me gusta tanto contemplar el jardín que ha creado alrededor de su hogar en la ladera del Montgó. Tiene algo de refugio y mucho de su manera de entender la vida: sin estridencias, con paciencia y cuidando los detalles.

Nos une el afecto por los animales. Hemos tenido perros y gatos. Con frecuencia paseamos por los caminos del Montgó mientras ellos inspeccionaban el terreno con una dedicación infinitamente superior a la nuestra. Hablábamos de películas, de libros, de vinos, de viajes o, sencillamente, de la vida. Hoy pienso que caminar junto a un buen amigo es una forma especialmente agradable de ordenar las ideas.

El humor ha sido otro de nuestros puntos de encuentro. No me refiero a los chistes. Me refiero, entre otras cosas, a su ingenio natural y a una risa contagiosa que siempre llega unos segundos antes que la de los demás. Y a ese lenguaje hecho de alusiones que nadie más entiende, de una mirada o de una frase inofensiva que basta para provocar una sonrisa. Tras medio siglo acumulando experiencias, uno habla un idioma que apenas necesita palabras. Hay bromas que han perdido la gracia para cualquiera que no seamos nosotros dos.

Yo llegué a Denia con seis años. Mis parientes estaban lejos. Su familia, en cambio, estaba allí. Su padre, su madre, sus hermanos y su abuela María ocuparon un lugar muy importante en mi vida. Yo entraba en aquella casa con la confianza con la que él entraba en la mía. Jamás tuve la sensación de ser un invitado. Acabé comprendiendo que algunas familias tienen el talento de hacer sitio a alguien sin necesidad de decirlo.

Cuando mi padre falleció, Ramón y los suyos estuvieron a nuestro lado con una discreción que todavía hoy agradezco. No hicieron nada excepcional. Nos brindaron exactamente lo que necesitábamos.

Recuerdo un percance de salud que me obligó a pasar varias semanas ingresado en Valencia. Cuando mi madre quería verme, él la llevaba. Un centenar de kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, sin convertirlo en un mérito. Más adelante, cuando tuve que pasar por otras operaciones, volvió a hacer lo mismo.

Tiene la rara capacidad de hacer que los demás se sientan cómodos. Lo he visto muchas veces. Recuerdo una familia vasca que veraneaba junto a su casa cuando éramos jóvenes. He llegado a apreciarlos casi tanto como él. Hace unos años vinieron desde Granada unos amigos míos para pasar unos días con nosotros. Él los recibió con la llaneza de quien no distingue entre los amigos propios y los ajenos. Jamás le he visto calcular el afecto. La hospitalidad, como el sentido del humor, tampoco necesita hacerse notar para ser inolvidable. 

Hemos discutido. Muy pocas veces, pero las suficientes para confirmar que una amistad larga no consiste en pensar siempre igual. Mi amigo posee una testarudez muy particular. Desconcertante, a veces. Nunca terminé de entender esa faceta suya; como cuando desoyó más de un consejo médico de mi padre, al que tanto quiso. Él, sin duda, tendría una lista similar con algunas de mis rarezas.

Hace ya algunos años desaparecieron las dos casas donde empezó buena parte de esta historia. Primero se vendió la de su familia; más tarde la de la mía. Nuestras madres se trasladaron al pueblo. Ramón ha reformado la suya con el talento que tiene para recuperar y mejorar las cosas.

De vez en cuando recoge a mi madre y a la suya para que pasen el día juntas. Cocina para ellas y abre una buena botella de vino. Después me envía una fotografía. Las dos sonríen. Suena el teléfono. Hablamos un rato. Hay imágenes que valen más que cualquier mensaje tranquilizador.

La memoria tal vez tiende a exagerar. Con los amigos de verdad se queda corta.

Dentro de poco levantaremos una copa para celebrar cincuenta años de amistad.

Hemos recorrido caminos, mantenido conversaciones, hecho viajes, superado pérdidas y disfrutado de buenas mesas, de vinos y de silencios. Y cuando el camino dejó de ser fácil, siguió caminándolo a mi lado. Ese ha sido el verdadero lujo.

 

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