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El día que conocí a un fascista (de verdad)

«La palabra “fascista” se utiliza hoy con demasiada ligereza. Yo tuve la oportunidad de conocer a uno. ».

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
25 de agosto, 2026

El primer fascista que conocí no llevaba uniforme, botas ni una bandera detrás. Llevaba un libro y tenía una historia que contar. Yo tendría doce años, quizá alguno más, cuando conocí a Léon Degrelle. 

En mi memoria de entonces era, sobre todo, un hombre con un relato extraordinario: su fuga al final de la II GM, cuando la Alemania nazi se derrumbaba y él intentaba escapar. Solo con el tiempo descubrí la dimensión histórica del hombre que tenía delante. 

Degrelle hablaba francés y español, muy poco alemán. Supongo que alguien pensó que un jovenzuelo con cierta facilidad para los idiomas podía servir de intermediario. Y allí estaba yo, escuchando a un hombre cuya biografía pertenecía todavía a un mundo que apenas lograba descifrar. 

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La historia tenía rostro  

Léon Degrelle había nacido en Bélgica en 1906 y creció en un ambiente católico. En los años treinta se convirtió en el principal dirigente del movimiento rexista, una organización vinculada inicialmente al catolicismo belga que evolucionó hacia posiciones autoritarias. 

En 1941 Degrelle se incorporó a la Legión Valonia, formada por voluntarios belgas para combatir en el Frente Oriental. Integrada en la Wehrmacht, la unidad pasó a las Waffen-SS en 1943. Convirtió aquella lucha contra la URSS en el centro de su propia epopeya política y militar. Tras la batalla de Korsun-Cherkassy, Hitler lo recibió en febrero de 1944 y le concedió personalmente la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Ese mismo año recibiría las Hojas de Roble. 

Fue entonces cuando, según contó Degrelle en sus memorias, Hitler le dijo una frase destinada a convertirse en una de las más conocidas de su relación con el Führer: “Si tuviera un hijo, quisiera que fuera como usted”. 

En los últimos días de la contienda llegó a Noruega y, la noche del 7 de mayo de 1945, salió de Oslo a bordo de un Heinkel He 111. Tras recorrer unos 2.150 kilómetros, se quedó sin combustible al aproximarse a la costa española y tuvo que amerizar en la bahía de La Concha, en San Sebastián, el 8 de mayo. 

Degrelle sobrevivió al accidente gravemente herido y fue trasladado al Hospital Militar General Mola. Permaneció allí hasta octubre de 1946. Bélgica lo había condenado a muerte en ausencia y reclamó su entrega, pero España terminó convirtiéndose en su refugio. Viviría aquí hasta su muerte en Málaga, el 31 de marzo de 1994. 

Hay algo novelesco en aquella trayectoria: un político fascista belga que logra escapar del derrumbe del Reich en un bombardero, cruza media Europa por aire y acaba en una playa española. La historia deja de parecer una novela cuando recordamos qué significaba aquello que defendía. 

El libro que no pedía perdón 

Aquel día me regaló Memorias de un fascista. El título, al menos, tenía la virtud de la franqueza. 

La edición española que llegó a mis manos fue publicada en 1975 por Ediciones Bau y llevaba un prólogo de Otto Skorzeny, el célebre oficial de las SS que también acabaría viviendo en España. Que fuera Skorzeny quien presentara sus memorias ante el lector español decía mucho del mundo al que aquella obra pertenecía. 

Degrelle escribía para reivindicarse. El libro estaba atravesado por su admiración por Hitler, por la exaltación y por una visión del conflicto en la que el anticomunismo ocupaba el centro de su explicación del mundo. El exterminio de millones de personas, la guerra de agresión y los crímenes del totalitarismo quedaban fuera de aquel relato o eran sometidos a una interpretación propagandística. No había la más mínima autocrítica. Degrelle mantuvo hasta el final una visión apologética del nazismo y negó el Holocausto. 

Fue tal vez mi primer contacto directo con una verdad compleja: las personas que han hecho cosas moralmente indefendibles no siempre tienen el aspecto de monstruos. Algunos son cultos, amables, simpáticos, brillantes o incluso seductores. La maldad histórica rara vez se presenta con una etiqueta colgada del cuello. 

¿Me enorgullece haber conocido a Degrelle? Por supuesto que no. Sin embargo, la libertad consiste, asimismo, en no borrar de nuestra propia historia aquello que nos incomoda. Porque ocurrió, forma parte de mi biografía.  

Aprender a mirar antes de juzgar 

La afición por la lectura y los viajes acabaría llevándome al estudio de la ciencia política y las relaciones internacionales. Leer, viajar, vivir y educarse deberían servir para algo más que acumular conocimientos: para aprender a pensar. Llegarían luego las entrevistas, las conversaciones y el privilegio –también la responsabilidad— de sentarme delante de personas cuyas ideas no siempre compartía. 

De Degrelle aprendí, sin pretenderlo, algo que me ha acompañado en muchas ocasiones: comprender no significa justificar. 

Cuando entrevisto a alguien intento saber qué piensa y qué hay detrás de sus ideas. 

Eso me ha ayudado incluso a enfrentarme a episodios históricos que me resultan especialmente difíciles de interpretar. En el caso de Degrelle, por ejemplo, puedo admitir que su rechazo del estalinismo y del comunismo fueran para él convicciones auténticas y que quienes combatieron en el Frente Oriental vieran aquella guerra ante todo como una lucha contra el comunismo. Puedo reconocer esa motivación sin aceptar ni un milímetro la decisión de ponerse al servicio de la Alemania nazi. 

La distinción importa. 

Porque hubo combatientes de distintos países que acudieron al Frente Oriental convencidos de que estaban luchando contra el comunismo. Algunas de aquellas formaciones procedían incluso de países que no formaban parte formalmente del Eje. España es el ejemplo que mejor conozco: la División Azul, enviada en 1941 al frente soviético, estuvo integrada mayoritariamente por militares españoles y voluntarios que se incorporaron movidos, en muchos casos, por el anticomunismo, aunque también existieron motivaciones políticas diversas y una importante presencia falangista. 

Tengo incluso un ejemplo cercano. Uno de los mejores amigos de mi padre, médico asturiano como él, había formado parte de la División Azul. Lo recuerdo como un hombre bueno y leal, gran amigo de nuestra familia, con quien se podía conversar. Como muchos de aquellos jóvenes españoles, se alistó convencido, como se sostenía entonces en la España franquista, de estar combatiendo el estalinismo. 

Comprender no es absolver 

Mirar a una persona de frente significa negarse a simplificarla. Se puede estudiar su anticomunismo, su catolicismo, su nacionalismo, su fascinación por Hitler o su trayectoria militar sin perder de vista lo esencial: eligió colaborar con un régimen criminal y permaneció fiel a él incluso después de conocer su derrota y sus crímenes. 

Aquel muchacho que estuvo frente a Léon Degrelle no sabía nada de todo esto. Solo sabía que aquel hombre había vivido una historia excepcional y que le estaba contando cómo había conseguido escapar cuando el mundo que defendía se venía abajo. 

Ignoraba que estaba escuchando a un fascista. Quizá fue precisamente conocerlo de cerca lo que me enseñó, muchos años después, a desconfiar de las etiquetas demasiado cómodas. Generalizar es sencillo; pensar por nosotros mismos, bastante menos. 

Por eso me preocupa el uso indiscriminado de palabras como “fascista”, convertidas tantas veces en insultos de consumo rápido. Las redes sociales, los tuits y los mensajes de pocas líneas rara vez dejan espacio para los matices o el contexto. El pasado se vuelve consigna y dejamos de razonar. 

La historia necesita memoria, pero también libertad para pensarla. 

Aquel encuentro duró poco. Su recuerdo, en cambio, me sigue acompañando. 

Tenía doce años y no podía imaginar que algunas conversaciones tardan décadas en terminar. La de aquel día todavía sigue abierta. 

El día que conocí a un fascista (de verdad)

«La palabra “fascista” se utiliza hoy con demasiada ligereza. Yo tuve la oportunidad de conocer a uno. ».

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
25 de agosto, 2026

El primer fascista que conocí no llevaba uniforme, botas ni una bandera detrás. Llevaba un libro y tenía una historia que contar. Yo tendría doce años, quizá alguno más, cuando conocí a Léon Degrelle. 

En mi memoria de entonces era, sobre todo, un hombre con un relato extraordinario: su fuga al final de la II GM, cuando la Alemania nazi se derrumbaba y él intentaba escapar. Solo con el tiempo descubrí la dimensión histórica del hombre que tenía delante. 

Degrelle hablaba francés y español, muy poco alemán. Supongo que alguien pensó que un jovenzuelo con cierta facilidad para los idiomas podía servir de intermediario. Y allí estaba yo, escuchando a un hombre cuya biografía pertenecía todavía a un mundo que apenas lograba descifrar. 

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La historia tenía rostro  

Léon Degrelle había nacido en Bélgica en 1906 y creció en un ambiente católico. En los años treinta se convirtió en el principal dirigente del movimiento rexista, una organización vinculada inicialmente al catolicismo belga que evolucionó hacia posiciones autoritarias. 

En 1941 Degrelle se incorporó a la Legión Valonia, formada por voluntarios belgas para combatir en el Frente Oriental. Integrada en la Wehrmacht, la unidad pasó a las Waffen-SS en 1943. Convirtió aquella lucha contra la URSS en el centro de su propia epopeya política y militar. Tras la batalla de Korsun-Cherkassy, Hitler lo recibió en febrero de 1944 y le concedió personalmente la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Ese mismo año recibiría las Hojas de Roble. 

Fue entonces cuando, según contó Degrelle en sus memorias, Hitler le dijo una frase destinada a convertirse en una de las más conocidas de su relación con el Führer: “Si tuviera un hijo, quisiera que fuera como usted”. 

En los últimos días de la contienda llegó a Noruega y, la noche del 7 de mayo de 1945, salió de Oslo a bordo de un Heinkel He 111. Tras recorrer unos 2.150 kilómetros, se quedó sin combustible al aproximarse a la costa española y tuvo que amerizar en la bahía de La Concha, en San Sebastián, el 8 de mayo. 

Degrelle sobrevivió al accidente gravemente herido y fue trasladado al Hospital Militar General Mola. Permaneció allí hasta octubre de 1946. Bélgica lo había condenado a muerte en ausencia y reclamó su entrega, pero España terminó convirtiéndose en su refugio. Viviría aquí hasta su muerte en Málaga, el 31 de marzo de 1994. 

Hay algo novelesco en aquella trayectoria: un político fascista belga que logra escapar del derrumbe del Reich en un bombardero, cruza media Europa por aire y acaba en una playa española. La historia deja de parecer una novela cuando recordamos qué significaba aquello que defendía. 

El libro que no pedía perdón 

Aquel día me regaló Memorias de un fascista. El título, al menos, tenía la virtud de la franqueza. 

La edición española que llegó a mis manos fue publicada en 1975 por Ediciones Bau y llevaba un prólogo de Otto Skorzeny, el célebre oficial de las SS que también acabaría viviendo en España. Que fuera Skorzeny quien presentara sus memorias ante el lector español decía mucho del mundo al que aquella obra pertenecía. 

Degrelle escribía para reivindicarse. El libro estaba atravesado por su admiración por Hitler, por la exaltación y por una visión del conflicto en la que el anticomunismo ocupaba el centro de su explicación del mundo. El exterminio de millones de personas, la guerra de agresión y los crímenes del totalitarismo quedaban fuera de aquel relato o eran sometidos a una interpretación propagandística. No había la más mínima autocrítica. Degrelle mantuvo hasta el final una visión apologética del nazismo y negó el Holocausto. 

Fue tal vez mi primer contacto directo con una verdad compleja: las personas que han hecho cosas moralmente indefendibles no siempre tienen el aspecto de monstruos. Algunos son cultos, amables, simpáticos, brillantes o incluso seductores. La maldad histórica rara vez se presenta con una etiqueta colgada del cuello. 

¿Me enorgullece haber conocido a Degrelle? Por supuesto que no. Sin embargo, la libertad consiste, asimismo, en no borrar de nuestra propia historia aquello que nos incomoda. Porque ocurrió, forma parte de mi biografía.  

Aprender a mirar antes de juzgar 

La afición por la lectura y los viajes acabaría llevándome al estudio de la ciencia política y las relaciones internacionales. Leer, viajar, vivir y educarse deberían servir para algo más que acumular conocimientos: para aprender a pensar. Llegarían luego las entrevistas, las conversaciones y el privilegio –también la responsabilidad— de sentarme delante de personas cuyas ideas no siempre compartía. 

De Degrelle aprendí, sin pretenderlo, algo que me ha acompañado en muchas ocasiones: comprender no significa justificar. 

Cuando entrevisto a alguien intento saber qué piensa y qué hay detrás de sus ideas. 

Eso me ha ayudado incluso a enfrentarme a episodios históricos que me resultan especialmente difíciles de interpretar. En el caso de Degrelle, por ejemplo, puedo admitir que su rechazo del estalinismo y del comunismo fueran para él convicciones auténticas y que quienes combatieron en el Frente Oriental vieran aquella guerra ante todo como una lucha contra el comunismo. Puedo reconocer esa motivación sin aceptar ni un milímetro la decisión de ponerse al servicio de la Alemania nazi. 

La distinción importa. 

Porque hubo combatientes de distintos países que acudieron al Frente Oriental convencidos de que estaban luchando contra el comunismo. Algunas de aquellas formaciones procedían incluso de países que no formaban parte formalmente del Eje. España es el ejemplo que mejor conozco: la División Azul, enviada en 1941 al frente soviético, estuvo integrada mayoritariamente por militares españoles y voluntarios que se incorporaron movidos, en muchos casos, por el anticomunismo, aunque también existieron motivaciones políticas diversas y una importante presencia falangista. 

Tengo incluso un ejemplo cercano. Uno de los mejores amigos de mi padre, médico asturiano como él, había formado parte de la División Azul. Lo recuerdo como un hombre bueno y leal, gran amigo de nuestra familia, con quien se podía conversar. Como muchos de aquellos jóvenes españoles, se alistó convencido, como se sostenía entonces en la España franquista, de estar combatiendo el estalinismo. 

Comprender no es absolver 

Mirar a una persona de frente significa negarse a simplificarla. Se puede estudiar su anticomunismo, su catolicismo, su nacionalismo, su fascinación por Hitler o su trayectoria militar sin perder de vista lo esencial: eligió colaborar con un régimen criminal y permaneció fiel a él incluso después de conocer su derrota y sus crímenes. 

Aquel muchacho que estuvo frente a Léon Degrelle no sabía nada de todo esto. Solo sabía que aquel hombre había vivido una historia excepcional y que le estaba contando cómo había conseguido escapar cuando el mundo que defendía se venía abajo. 

Ignoraba que estaba escuchando a un fascista. Quizá fue precisamente conocerlo de cerca lo que me enseñó, muchos años después, a desconfiar de las etiquetas demasiado cómodas. Generalizar es sencillo; pensar por nosotros mismos, bastante menos. 

Por eso me preocupa el uso indiscriminado de palabras como “fascista”, convertidas tantas veces en insultos de consumo rápido. Las redes sociales, los tuits y los mensajes de pocas líneas rara vez dejan espacio para los matices o el contexto. El pasado se vuelve consigna y dejamos de razonar. 

La historia necesita memoria, pero también libertad para pensarla. 

Aquel encuentro duró poco. Su recuerdo, en cambio, me sigue acompañando. 

Tenía doce años y no podía imaginar que algunas conversaciones tardan décadas en terminar. La de aquel día todavía sigue abierta. 

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