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El castigo de Sísifo

"Todos empujamos algunas piedras en nuestra vida. A veces estamos cerca de colocar la piedra en la cima y somos nosotros mismos quienes la soltamos"

Amilcar R. Álvarez |
10 de septiembre, 2026

En la mitología griega hubo un rey tan astuto que llegó a creer que podía engañar incluso a los dioses. Se llamaba Sísifo. Cuando la Muerte llegó con las cadenas para sujetarlo, Sísifo fingió no comprender cómo funcionaban y pidió a la Muerte que se las pusiera. Esperó el momento preciso y cerró las cadenas. Y mientras la Muerte estaba encadenada, nadie en el mundo pudo morir. Finalmente, los dioses liberaron a la Muerte y Sísifo murió.

Pero antes de morir, Sísifo le pidió a su esposa que no celebrara su funeral. Ya en el inframundo, se quejó y obtuvo permiso para regresar unos días a la tierra y reprender a su esposa. Pero una vez de vuelta, decidió simplemente no regresar. Sísifo había engañado a la muerte dos veces. Finalmente, los dioses atraparon a Sísifo y le impusieron un castigo: debía empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña. Pero justo antes de llegar a la cima, la roca escapaba de sus manos y rodaba hasta el fondo. Sísifo tenía entonces que bajar y comenzar de nuevo. Así sería por toda la eternidad.

Todos empujamos alguna piedra durante nuestra vida: metas, sueños y proyectos que muchas veces parecen no terminar nunca. A veces estamos cerca de colocar la piedra en la cima y somos nosotros mismos quienes la soltamos; otras veces, como le ocurría a Sísifo, son circunstancias fuera de nuestro control las que hacen que vuelva a caer.

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Pero no solo las personas cargamos piedras. También las cargan los pueblos. Hay países como el nuestro que parecen haber sido condenados al castigo de Sísifo. Cada cuatro años, los guatemaltecos ponemos a un nuevo presidente en la cima de la montaña, que rápidamente rueda montaña abajo para, cuatro años después, repetir la misma historia.

Y pareciera que el concurso fuera para ver si el siguiente gobierno puede ser peor que el anterior. Cuando creemos que ningún gobierno puede superar al anterior, llega el siguiente y, para sorpresa de nadie, resulta peor. Lo mismo sucede con los diputados y los magistrados, que son elegidos por medio de las tan cuestionadas comisiones de postulación.

En 2027 seremos convocados por undécima ocasión desde 1985 para subir otra piedra por la montaña. Albert Camus, Premio Nobel de Literatura, encontró una paradoja en el castigo de Sísifo: los dioses podían condenarlo a empujar la piedra, pero no podían decidir la actitud con la que enfrentaría su destino. Por eso escribió que “hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

Nuestra paradoja es distinta. Cada cuatro años los guatemaltecos acudimos a las urnas convencidos de que esta vez nuestra piedra sí llegará a la cima. Nos ilusionamos, defendemos candidatos y depositamos nuevamente nuestra esperanza en una papeleta. Después contemplamos, sorprendidos, cómo la piedra vuelve a rodar hacia abajo.

Sísifo tenía una ventaja sobre nosotros: él podía culpar a los dioses.

El castigo de Sísifo

"Todos empujamos algunas piedras en nuestra vida. A veces estamos cerca de colocar la piedra en la cima y somos nosotros mismos quienes la soltamos"

Amilcar R. Álvarez |
10 de septiembre, 2026

En la mitología griega hubo un rey tan astuto que llegó a creer que podía engañar incluso a los dioses. Se llamaba Sísifo. Cuando la Muerte llegó con las cadenas para sujetarlo, Sísifo fingió no comprender cómo funcionaban y pidió a la Muerte que se las pusiera. Esperó el momento preciso y cerró las cadenas. Y mientras la Muerte estaba encadenada, nadie en el mundo pudo morir. Finalmente, los dioses liberaron a la Muerte y Sísifo murió.

Pero antes de morir, Sísifo le pidió a su esposa que no celebrara su funeral. Ya en el inframundo, se quejó y obtuvo permiso para regresar unos días a la tierra y reprender a su esposa. Pero una vez de vuelta, decidió simplemente no regresar. Sísifo había engañado a la muerte dos veces. Finalmente, los dioses atraparon a Sísifo y le impusieron un castigo: debía empujar una enorme piedra hasta la cima de una montaña. Pero justo antes de llegar a la cima, la roca escapaba de sus manos y rodaba hasta el fondo. Sísifo tenía entonces que bajar y comenzar de nuevo. Así sería por toda la eternidad.

Todos empujamos alguna piedra durante nuestra vida: metas, sueños y proyectos que muchas veces parecen no terminar nunca. A veces estamos cerca de colocar la piedra en la cima y somos nosotros mismos quienes la soltamos; otras veces, como le ocurría a Sísifo, son circunstancias fuera de nuestro control las que hacen que vuelva a caer.

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Pero no solo las personas cargamos piedras. También las cargan los pueblos. Hay países como el nuestro que parecen haber sido condenados al castigo de Sísifo. Cada cuatro años, los guatemaltecos ponemos a un nuevo presidente en la cima de la montaña, que rápidamente rueda montaña abajo para, cuatro años después, repetir la misma historia.

Y pareciera que el concurso fuera para ver si el siguiente gobierno puede ser peor que el anterior. Cuando creemos que ningún gobierno puede superar al anterior, llega el siguiente y, para sorpresa de nadie, resulta peor. Lo mismo sucede con los diputados y los magistrados, que son elegidos por medio de las tan cuestionadas comisiones de postulación.

En 2027 seremos convocados por undécima ocasión desde 1985 para subir otra piedra por la montaña. Albert Camus, Premio Nobel de Literatura, encontró una paradoja en el castigo de Sísifo: los dioses podían condenarlo a empujar la piedra, pero no podían decidir la actitud con la que enfrentaría su destino. Por eso escribió que “hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

Nuestra paradoja es distinta. Cada cuatro años los guatemaltecos acudimos a las urnas convencidos de que esta vez nuestra piedra sí llegará a la cima. Nos ilusionamos, defendemos candidatos y depositamos nuevamente nuestra esperanza en una papeleta. Después contemplamos, sorprendidos, cómo la piedra vuelve a rodar hacia abajo.

Sísifo tenía una ventaja sobre nosotros: él podía culpar a los dioses.

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