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El 11-S no es historia muerta

 El 11-S fue un ataque a la civilización. Un texto de 2001, escrito desde Guatemala, sigue vigente a 25 años de las Torres Gemelas.

Luis Figueroa |
11 de septiembre, 2026

No importa cuántas veces se haya leído sobre las atrocidades cometidas por asesinos como Adolf Hitler, Vladimir Lenin y Pol Pot. No importa cuántas veces se hayan escuchado historias de crímenes indescriptibles, o actos de barbarie. Ni siquiera importa si, al igual que yo, su propio país ha estado en guerra durante toda su vida. Nada le prepara para presenciar un acto criminal horrendo, en directo por televisión e Internet.

Eso fue lo que me sucedió el 11 de septiembre de 2001. No podía creer lo que veía ocurrir en la ciudad de Nueva York y en Washington D. C. En los días posteriores, a medida que la conmoción inicial se disipaba, comprendí que el ataque contra Estados Unidos representa la esencia misma del terrorismo: un ataque a la civilización.

Mediante el miedo y la inestabilidad, el terrorismo socava los valores que hacen posible la vida civilizada. Destruye la confianza, la paz, el comercio, el orden jurídico y la libertad. La civilización está bajo ataque. Mi primer pensamiento aquel 11 de septiembre fue para las miles de personas que se encontraban en las Torres Gemelas y para las vidas perdidas. Pero a ello le siguió pronto un profundo sentimiento de tristeza por el propio complejo comercial. El World Trade Center era un ejemplo magnífico de arquitectura e ingenio humano; sin embargo, como símbolo del comercio, constituía también un icono de paz y civilización.

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Durante los 36 años que llevaba de vida —hoy 65—, mi país, Guatemala, vivió un enfrentamiento armado interno: un conflicto entre guerrillas marxistas-leninistas y el gobierno, en el cual el terrorismo desempeñó un papel importante y nefasto.

Nuestras propias «torres gemelas» fueron objeto de atentados con bomba en dos ocasiones a principios de la década de los ochenta. Una noche, estallaron ocho bombas en la ciudad de Guatemala. En otra ocasión, fui retenido junto con miles de guatemaltecos mientras regresaba a casa: sin explicaciones, solo incertidumbre y miedo. En el interior del país, puentes y torres de tendido eléctrico sufrían constantes atentados. Los habitantes de las poblaciones montañosas quedaban atrapados entre ambos bandos del conflicto; a veces participaban voluntariamente, pero la mayoría de las veces se veían obligados a tomar partido. El miedo estaba presente en todas partes, de una forma u otra.

Al finalizar esta larga lucha, la sociedad guatemalteca quedó moral, política y económicamente agotada. Ese es el precio del terror, y afrontarlo resulta

extremadamente difícil tanto para las autoridades como para la población que lo vive. ¿Cómo defender la paz y la civilización frente a un enemigo que desprecia absolutamente la vida humana? ¿Cómo luchar contra la bestia sin convertirse en una?

Si el pueblo estadounidense ha de emprender una guerra contra los brutales terroristas del 11 de septiembre, tal vez convenga recordar estas palabras de James Madison: «De todos los enemigos de la libertad, la guerra es quizá el más temible, pues contiene y desarrolla el germen de todos los demás».

Los estadounidenses también deben saber que el terrorismo se fundamenta en un profundo odio hacia el individualismo, la razón, la libertad, el capitalismo, la tecnología, el Estado de derecho y muchos otros valores que el pueblo de los Estados Unidos atesora.

Ningún individuo —y ciertamente ninguna sociedad— sale indemne del terrorismo y la guerra. Pero ¿cómo no sentir que hierve la sangre cuando se atacan los valores que más se aprecian? ¿Cómo no tomar partido cuando se ven amenazados la vida, la libertad y la propiedad? Esta es la lucha que libramos en Guatemala durante 36 años y que ahora, lamentablemente, es también la lucha del pueblo estadounidense.

Este texto —firmado por mí— fue publicado en FoxNews.com el 1 de octubre de 2001 y sigue vigente ahora que se cumplen 25 años de los ataques islamistas brutales. Un aniversario durante el cual la ciudad de Nueva York tiene un alcalde comunista e islamista; y en el cual la presencia proislámica en la política de los Estados Unidos —y en el Reino Unido y otros países europeos— es escalofriante.

La civilización sigue bajo ataque. Lo que ha cambiado es el número de quienes prefieren no decirlo.

Si te interesan estos temas visita luisfi61.com

El 11-S no es historia muerta

 El 11-S fue un ataque a la civilización. Un texto de 2001, escrito desde Guatemala, sigue vigente a 25 años de las Torres Gemelas.

Luis Figueroa |
11 de septiembre, 2026

No importa cuántas veces se haya leído sobre las atrocidades cometidas por asesinos como Adolf Hitler, Vladimir Lenin y Pol Pot. No importa cuántas veces se hayan escuchado historias de crímenes indescriptibles, o actos de barbarie. Ni siquiera importa si, al igual que yo, su propio país ha estado en guerra durante toda su vida. Nada le prepara para presenciar un acto criminal horrendo, en directo por televisión e Internet.

Eso fue lo que me sucedió el 11 de septiembre de 2001. No podía creer lo que veía ocurrir en la ciudad de Nueva York y en Washington D. C. En los días posteriores, a medida que la conmoción inicial se disipaba, comprendí que el ataque contra Estados Unidos representa la esencia misma del terrorismo: un ataque a la civilización.

Mediante el miedo y la inestabilidad, el terrorismo socava los valores que hacen posible la vida civilizada. Destruye la confianza, la paz, el comercio, el orden jurídico y la libertad. La civilización está bajo ataque. Mi primer pensamiento aquel 11 de septiembre fue para las miles de personas que se encontraban en las Torres Gemelas y para las vidas perdidas. Pero a ello le siguió pronto un profundo sentimiento de tristeza por el propio complejo comercial. El World Trade Center era un ejemplo magnífico de arquitectura e ingenio humano; sin embargo, como símbolo del comercio, constituía también un icono de paz y civilización.

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Nuestras propias «torres gemelas» fueron objeto de atentados con bomba en dos ocasiones a principios de la década de los ochenta. Una noche, estallaron ocho bombas en la ciudad de Guatemala. En otra ocasión, fui retenido junto con miles de guatemaltecos mientras regresaba a casa: sin explicaciones, solo incertidumbre y miedo. En el interior del país, puentes y torres de tendido eléctrico sufrían constantes atentados. Los habitantes de las poblaciones montañosas quedaban atrapados entre ambos bandos del conflicto; a veces participaban voluntariamente, pero la mayoría de las veces se veían obligados a tomar partido. El miedo estaba presente en todas partes, de una forma u otra.

Al finalizar esta larga lucha, la sociedad guatemalteca quedó moral, política y económicamente agotada. Ese es el precio del terror, y afrontarlo resulta

extremadamente difícil tanto para las autoridades como para la población que lo vive. ¿Cómo defender la paz y la civilización frente a un enemigo que desprecia absolutamente la vida humana? ¿Cómo luchar contra la bestia sin convertirse en una?

Si el pueblo estadounidense ha de emprender una guerra contra los brutales terroristas del 11 de septiembre, tal vez convenga recordar estas palabras de James Madison: «De todos los enemigos de la libertad, la guerra es quizá el más temible, pues contiene y desarrolla el germen de todos los demás».

Los estadounidenses también deben saber que el terrorismo se fundamenta en un profundo odio hacia el individualismo, la razón, la libertad, el capitalismo, la tecnología, el Estado de derecho y muchos otros valores que el pueblo de los Estados Unidos atesora.

Ningún individuo —y ciertamente ninguna sociedad— sale indemne del terrorismo y la guerra. Pero ¿cómo no sentir que hierve la sangre cuando se atacan los valores que más se aprecian? ¿Cómo no tomar partido cuando se ven amenazados la vida, la libertad y la propiedad? Esta es la lucha que libramos en Guatemala durante 36 años y que ahora, lamentablemente, es también la lucha del pueblo estadounidense.

Este texto —firmado por mí— fue publicado en FoxNews.com el 1 de octubre de 2001 y sigue vigente ahora que se cumplen 25 años de los ataques islamistas brutales. Un aniversario durante el cual la ciudad de Nueva York tiene un alcalde comunista e islamista; y en el cual la presencia proislámica en la política de los Estados Unidos —y en el Reino Unido y otros países europeos— es escalofriante.

La civilización sigue bajo ataque. Lo que ha cambiado es el número de quienes prefieren no decirlo.

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