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Dueñez Empresaria. La IA como sistema de creación de valor

Invertir en la IA será rentable cuando la visualicemos como un camino de creación de valor.

.
Carlos Dumois |
03 de febrero, 2026

La mayoría de las inversiones en IA en el mundo no son rentables. Esta no puede tratarse como una herramienta. Cuando se hace así, se trivializa, se dispersa y se vuelve anecdótica. Esta se transforma cuando se gobierna como una capacidad organizacional para pensar mejor, decidir mejor, ejecutar más rápido y sostener la Creación de Valor en el tiempo. Todo lo demás es humo.

Muchas empresas están usándola como una calculadora sofisticada: aprietan botones, obtienen respuestas y creen que eso es transformación. La verdad eso es perder el tiempo. La diferencia no está en la herramienta, sino en la claridad con la que la empresa responde una gran pregunta: ¿para qué queremos IA desde la perspectiva de la Dueñez?

Nos quedamos en hacer más eficiente el marketing, en generar textos más rápido, en eficientar procesos de cálculo. Eso son solo tareas. Nos falta centrar nuestros cuestionamientos: ¿qué decisiones críticas queremos tomar mejor, más rápido y con menos error? ¿qué valor queremos generar, multiplicar o capturar que hoy se nos está escapando? ¿qué ventajas competitivas podemos desarrollar con su ayuda? Si un dueño de empresa no puede responder eso con claridad, la IA será un juguete caro. Los competidores que sí lo tengan claro no van a esperar.

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Gobernar la IA empieza por la Dueñez, por definir la intención de valor, por establecer lineamientos y reglas claras, qué sí y qué no, límites de confidencialidad, criterios de verificación, quién firma la decisión final. Nos toca mapear un número limitado de decisiones críticas, no cien, máximo diez o quince. Cuáles son en nuestro negocio las que mueven la aguja de verdad, escojamos: fijación de precios, análisis de binomios producto/mercado y decisiones de portafolio, de canales y geografías, de inversión y de adquisiciones, de talentos clave y de inventarios, ¿cuáles?

Si esta capa no es clara, lo que sigue es teatro corporativo. Mucho entusiasmo, muchos prompts, poco impacto.

Por eso, antes de hablar de resultados, una empresa tiene que cuidar la higiene en el uso de la IA. Higiene no es sofisticación, es lo básico bien hecho. Saber qué información puede usarse y cuál no, formular preguntas con intención y contexto, entender lo que la IA nos puede dar antes de utilizarla, no delegar decisiones críticas en un modelo.

Cuando ese piso está firme, la narrativa es otra. Ya no importa si la gente usa la IA, lo relevante es si las decisiones mejoran y se toman más ágilmente, si aparecen opciones mejor estructuradas y menos opiniones sueltas, si disminuye el retrabajo y aumenta la claridad. Aquí la IA deja de ser decorativa y empieza a generar un verdadero impacto.

Cuando ese impacto se vuelve consistente, la empresa está lista para construir sistema, reglamentar el conocimiento, definir fuentes de verdad, alinear lenguaje, establecer estándares de análisis, diseñar reglas claras de gestión. En este punto, esta tecnología deja de ser una suma de prompts ingeniosos y se convierte en infraestructura cognitiva.

La IA creará valor cuando logremos institucionalizarla de manera sistemática. Nada de esto funciona si no baja a la operación cotidiana. El gobierno de la IA se vuelve real cuando su uso disciplinado se instala como hábito, cuando cada rol sabe en qué momentos apoyarse en ella, para qué tipo de decisiones y con qué nivel de profundidad, cuando el criterio deja de depender de personas brillantes y pasa a vivir en el sistema.

Como todo gran cambio en la empresa, requerimos trabajar concentradamente, sin dispersión, gobernemos la herramienta buscando el máximo impacto, definamos el accountability de acuerdo al talento y comprometámonos con el resultado final.

La Inteligencia Artificial no vino a resolver problemas de liderazgo ni de Dueñez, vino a evidenciarlos. No podemos dejar esta transformación en manos de los técnicos, somos los empresarios los que hemos de tomar el toro por los cuernos y definir cómo vamos a vivir en esta nueva era donde, otra vez, unos prosperarán y otros se quedarán atrás.

Dueñez Empresaria. La IA como sistema de creación de valor

Invertir en la IA será rentable cuando la visualicemos como un camino de creación de valor.

Carlos Dumois |
03 de febrero, 2026
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La mayoría de las inversiones en IA en el mundo no son rentables. Esta no puede tratarse como una herramienta. Cuando se hace así, se trivializa, se dispersa y se vuelve anecdótica. Esta se transforma cuando se gobierna como una capacidad organizacional para pensar mejor, decidir mejor, ejecutar más rápido y sostener la Creación de Valor en el tiempo. Todo lo demás es humo.

Muchas empresas están usándola como una calculadora sofisticada: aprietan botones, obtienen respuestas y creen que eso es transformación. La verdad eso es perder el tiempo. La diferencia no está en la herramienta, sino en la claridad con la que la empresa responde una gran pregunta: ¿para qué queremos IA desde la perspectiva de la Dueñez?

Nos quedamos en hacer más eficiente el marketing, en generar textos más rápido, en eficientar procesos de cálculo. Eso son solo tareas. Nos falta centrar nuestros cuestionamientos: ¿qué decisiones críticas queremos tomar mejor, más rápido y con menos error? ¿qué valor queremos generar, multiplicar o capturar que hoy se nos está escapando? ¿qué ventajas competitivas podemos desarrollar con su ayuda? Si un dueño de empresa no puede responder eso con claridad, la IA será un juguete caro. Los competidores que sí lo tengan claro no van a esperar.

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Si esta capa no es clara, lo que sigue es teatro corporativo. Mucho entusiasmo, muchos prompts, poco impacto.

Por eso, antes de hablar de resultados, una empresa tiene que cuidar la higiene en el uso de la IA. Higiene no es sofisticación, es lo básico bien hecho. Saber qué información puede usarse y cuál no, formular preguntas con intención y contexto, entender lo que la IA nos puede dar antes de utilizarla, no delegar decisiones críticas en un modelo.

Cuando ese piso está firme, la narrativa es otra. Ya no importa si la gente usa la IA, lo relevante es si las decisiones mejoran y se toman más ágilmente, si aparecen opciones mejor estructuradas y menos opiniones sueltas, si disminuye el retrabajo y aumenta la claridad. Aquí la IA deja de ser decorativa y empieza a generar un verdadero impacto.

Cuando ese impacto se vuelve consistente, la empresa está lista para construir sistema, reglamentar el conocimiento, definir fuentes de verdad, alinear lenguaje, establecer estándares de análisis, diseñar reglas claras de gestión. En este punto, esta tecnología deja de ser una suma de prompts ingeniosos y se convierte en infraestructura cognitiva.

La IA creará valor cuando logremos institucionalizarla de manera sistemática. Nada de esto funciona si no baja a la operación cotidiana. El gobierno de la IA se vuelve real cuando su uso disciplinado se instala como hábito, cuando cada rol sabe en qué momentos apoyarse en ella, para qué tipo de decisiones y con qué nivel de profundidad, cuando el criterio deja de depender de personas brillantes y pasa a vivir en el sistema.

Como todo gran cambio en la empresa, requerimos trabajar concentradamente, sin dispersión, gobernemos la herramienta buscando el máximo impacto, definamos el accountability de acuerdo al talento y comprometámonos con el resultado final.

La Inteligencia Artificial no vino a resolver problemas de liderazgo ni de Dueñez, vino a evidenciarlos. No podemos dejar esta transformación en manos de los técnicos, somos los empresarios los que hemos de tomar el toro por los cuernos y definir cómo vamos a vivir en esta nueva era donde, otra vez, unos prosperarán y otros se quedarán atrás.

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