La música entra en nuestra mente sin pedir permiso
El primer piano que entró a mi casa no era para mí. Era un regalo para mi hermana mayor, por su cumpleaños número diez. Yo tenía seis años. Recuerdo perfectamente aquella escena: un sábado, después de natación, entramos a la sala y vimos el piano con una moña rosada y a mi papá, orgulloso, diciendo: “¡para Karlita!”.
Sin embargo, fui yo a quien terminó atrapando ese instrumento. Durante mi niñez y adolescencia aprendí algo de música: piano, solfeo, que siempre me costó, armonía, arreglos. Pero, más allá de todo, lo que realmente me marcó fue descubrir que la música tiene reglas. Reglas que no pueden romperse.
Es aquí donde surge una pregunta, ¿cómo pasamos de Bach a Bad Bunny?
Johann Sebastian Bach nació en Alemania en 1685 y murió en 1750. Algunos maestros dicen, con cierta exageración, que antes de Bach no había nada. No es del todo cierto, pero sirve para entender su influencia. Existe incluso una historia que probablemente sea más mito que realidad, según la cual, décadas después de su muerte, un carnicero utilizaba viejos manuscritos suyos para envolver carne. Un cliente los reconoció, los rescató y contribuyó a que el mundo descubriera la genialidad de Bach. Sea cierta o no la anécdota, lo indiscutible es que su obra terminó estableciendo las bases de la música occidental actual.
Después vendrían Mozart y Beethoven. Entre los tres no solo ampliaron el lenguaje musical, sino que construyeron el andamiaje sobre el cual se sostiene prácticamente todo lo que escuchamos hoy. Sí, incluso aquello que suena en cualquier lugar, como Spotify, la Radio, etc.
La pregunta, entonces, no es si la música ha cambiado, porque obviamente sí, sino por qué ha cambiado. Si Bach, Mozart o Beethoven escucharan la música de hoy, probablemente notarían que el protagonismo absoluto es del ritmo. Durante siglos, la música giró principalmente en torno a la melodía; hoy, en cambio, parece girar en torno al pulso.
En el caso de Beethoven, me atrevo a imaginar que, si escuchara ciertas canciones contemporáneas, tal vez pediría volver a quedarse sordo, no por discriminación sino desconcierto.
Sin embargo, más allá de los gustos, hay algo que permanece intacto: las reglas. La música sigue obedeciendo los mismos principios estructurales que se consolidaron hace más de trescientos años. Recuerdo que, cuando me saltaba un tiempo en una pieza, mi maestro, Oscar Salazar, me llamaba la atención. Yo intentaba justificarme diciendo que lo compensaría en el siguiente compás. Él respondía serio: “eso no se puede”. Y tenía razón. Dicen que hasta Dios perdona, pero el tiempo a ninguno.
Incluso la música más rebelde necesita orden para existir. Esa es la gran paradoja: la rebeldía también tiene estructura.
Tal vez, entonces, el verdadero cambio no está en la música como tal, sino en las letras que la acompañan. Pasamos de himnos a canciones centradas en emociones personales… y, en algunos casos, a profundos análisis filosóficos como un “YE-YE”.
La música entra en nuestra mente sin pedir permiso. Moldea emociones, influye en conductas, construye imaginarios. No es un simple fondo sonoro: es una fuerza cultural silenciosa. Por eso, más que discutir si la música actual es mejor o peor que la de antes, quizá deberíamos preguntarnos qué dice de nosotros lo que elegimos escuchar… o, mejor dicho, cuánto puede influir en nosotros la música que escuchamos y la que permitimos que nuestros hijos escuchen.
Porque cuando una sociedad elige su banda sonora, también elige su forma de ver el mundo.
El piano entró en mi casa sin pedir permiso.
La música hizo lo mismo conmigo.
La música entra en nuestra mente sin pedir permiso
El primer piano que entró a mi casa no era para mí. Era un regalo para mi hermana mayor, por su cumpleaños número diez. Yo tenía seis años. Recuerdo perfectamente aquella escena: un sábado, después de natación, entramos a la sala y vimos el piano con una moña rosada y a mi papá, orgulloso, diciendo: “¡para Karlita!”.
Sin embargo, fui yo a quien terminó atrapando ese instrumento. Durante mi niñez y adolescencia aprendí algo de música: piano, solfeo, que siempre me costó, armonía, arreglos. Pero, más allá de todo, lo que realmente me marcó fue descubrir que la música tiene reglas. Reglas que no pueden romperse.
Es aquí donde surge una pregunta, ¿cómo pasamos de Bach a Bad Bunny?
Johann Sebastian Bach nació en Alemania en 1685 y murió en 1750. Algunos maestros dicen, con cierta exageración, que antes de Bach no había nada. No es del todo cierto, pero sirve para entender su influencia. Existe incluso una historia que probablemente sea más mito que realidad, según la cual, décadas después de su muerte, un carnicero utilizaba viejos manuscritos suyos para envolver carne. Un cliente los reconoció, los rescató y contribuyó a que el mundo descubriera la genialidad de Bach. Sea cierta o no la anécdota, lo indiscutible es que su obra terminó estableciendo las bases de la música occidental actual.
Después vendrían Mozart y Beethoven. Entre los tres no solo ampliaron el lenguaje musical, sino que construyeron el andamiaje sobre el cual se sostiene prácticamente todo lo que escuchamos hoy. Sí, incluso aquello que suena en cualquier lugar, como Spotify, la Radio, etc.
La pregunta, entonces, no es si la música ha cambiado, porque obviamente sí, sino por qué ha cambiado. Si Bach, Mozart o Beethoven escucharan la música de hoy, probablemente notarían que el protagonismo absoluto es del ritmo. Durante siglos, la música giró principalmente en torno a la melodía; hoy, en cambio, parece girar en torno al pulso.
En el caso de Beethoven, me atrevo a imaginar que, si escuchara ciertas canciones contemporáneas, tal vez pediría volver a quedarse sordo, no por discriminación sino desconcierto.
Sin embargo, más allá de los gustos, hay algo que permanece intacto: las reglas. La música sigue obedeciendo los mismos principios estructurales que se consolidaron hace más de trescientos años. Recuerdo que, cuando me saltaba un tiempo en una pieza, mi maestro, Oscar Salazar, me llamaba la atención. Yo intentaba justificarme diciendo que lo compensaría en el siguiente compás. Él respondía serio: “eso no se puede”. Y tenía razón. Dicen que hasta Dios perdona, pero el tiempo a ninguno.
Incluso la música más rebelde necesita orden para existir. Esa es la gran paradoja: la rebeldía también tiene estructura.
Tal vez, entonces, el verdadero cambio no está en la música como tal, sino en las letras que la acompañan. Pasamos de himnos a canciones centradas en emociones personales… y, en algunos casos, a profundos análisis filosóficos como un “YE-YE”.
La música entra en nuestra mente sin pedir permiso. Moldea emociones, influye en conductas, construye imaginarios. No es un simple fondo sonoro: es una fuerza cultural silenciosa. Por eso, más que discutir si la música actual es mejor o peor que la de antes, quizá deberíamos preguntarnos qué dice de nosotros lo que elegimos escuchar… o, mejor dicho, cuánto puede influir en nosotros la música que escuchamos y la que permitimos que nuestros hijos escuchen.
Porque cuando una sociedad elige su banda sonora, también elige su forma de ver el mundo.
El piano entró en mi casa sin pedir permiso.
La música hizo lo mismo conmigo.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: