Carreteras no tan secundarias
Un taxista del Che Guevara, un rey de los tornillos, un escritor argentino y un pueblo leonés terminaron formando parte de una misma historia, La mía.
Hay episodios que parecen destinados a ocupar una nota al pie de nuestra memoria. No fueron grandes acontecimientos, no cambiaron el rumbo de una vida ni tuvieron, cuando sucedieron, mayor trascendencia. Ocurrieron sin más. Y, sin embargo, algunos regresan años después con una nitidez inesperada, como si hubieran estado esperando su momento.
Cuatro pertenecen a esa categoría. No hay entre ellos un hilo evidente: un sociólogo suizo de izquierdas, un empresario alemán, un escritor argentino y un pequeño pueblo leonés. Historias distintas, unidas por quien las vivió. Todas quedaron conmigo. Quizá ahí esté lo interesante: las carreteras que creíamos secundarias también pueden llevarnos a lugares importantes.
El taxista del Che
Los libros de Jean Ziegler, Suiza lava más blanco (1990) y El oro nazi (1997), cuestionaron algunas de las prácticas financieras y comerciales de su país. Ziegler, sociólogo, socialista y uno de los críticos más feroces de la Suiza que prefería no mirarse en el espejo, merecía una entrevista. Así terminé sentado frente a él en su despacho de la Universidad de Ginebra.
De aquella conversación recuerdo una historia de juventud que Ziegler contaba con un entusiasmo que el tiempo no había conseguido domesticar.
En abril de 1964, cuando era un joven estudiante y militante comunista, recibió el encargo de ayudar a la delegación cubana que llegaba a Ginebra para participar en una conferencia internacional sobre el azúcar. Cuba no tenía entonces representación diplomática en la ciudad. Ziegler tenía un Morris y terminó convertido, durante unos doce días, en chófer del Che Guevara.
Para un joven de izquierdas, aquello debía ser como ganar la lotería ideológica. No solo conducía al hombre al que admiraba: pasaba con él horas enteras, recorriendo Ginebra y hablando de política, revolución, Europa y socialismo.
Hasta que llegó el último día. Ziegler reunió el valor suficiente para hacerle la pregunta que llevaba probablemente días ensayando: “comandante, quiero irme con usted”. Quería seguirlo a Cuba y luchar por la revolución.
El Che miró hacia Ginebra. Y le dio una respuesta menos romántica de la que esperaba.
Aquella ciudad de bancos, seguros y grandes fortunas era, le dijo, el cerebro del monstruo. Y ese era el lugar donde Ziegler debía combatir.
El joven estudiante no se fue a la selva. Se quedó en Ginebra. Estudió, enseñó, escribió y pasó buena parte de su vida combatiendo el capitalismo desde sus propias instituciones.
No sé si aquello fue una gran estrategia revolucionaria o una manera muy peculiar de decirle a un intelectual que, antes de empuñar un fusil, convenía terminar la carrera.
Reinhold Würth y el arte de construir
De Ziegler recuerdo sobre todo una conversación que no tenía nada que ver con los libros por los que había ido a entrevistarlo. Con Reinhold Würth me ocurrió algo similar: más que sus palabras, quedó la impresión de estar ante un empresario excepcional.
Había convertido en un grupo multinacional el pequeño negocio de tornillos de su padre, que había asumido con apenas 19 años. Lo que me impresionó no fue solo lo que había acumulado, sino la manera en que lo había hecho: con visión, disciplina, curiosidad y una extraordinaria confianza en el trabajo bien hecho.
En Alemania le llaman Schraubenkönig, el rey de los tornillos. Un apodo que, dicho así, tiene algo de broma. Pero aquel rey tenía aficiones menos prosaicas que la ferretería. Era piloto y durante años llegó a ponerse él mismo a los mandos de los aviones de la compañía; fue un apasionado del motociclismo y del esquí. Tras haber cumplido los ochenta, abandonó el pilotaje y el motociclismo.
Y estaba el arte. Su colección comenzó en los años setenta con una acuarela de Emil Nolde y hoy reúne más de 20.000 obras. Würth convirtió además el arte y la cultura en una parte de la vida de la empresa, con museos y galerías vinculados al grupo y abiertos a sus empleados.
Me llamó la atención su preocupación por quienes trabajaban con él. Hablaba de motivación, respeto, confianza y reconocimiento; no como un manual de recursos humanos, sino como parte de una determinada manera de entender la empresa.
Nos organizó una visita a una filial en Alsacia. Allí pude ver de cerca aquella dimensión empresarial que, desde fuera, parecía casi imposible de haber nacido de un negocio de tornillos.
Würth no había levantado solamente una empresa. Había creado una forma de entender la vida en la que trabajar, viajar, volar, coleccionar arte y disfrutar de lo conseguido formaban parte del mismo proyecto.
Después de Ginebra, Alsacia era otra carretera. Pero empezaba a reconocer el paisaje.
Una librería y un encuentro inesperado
Después de Ginebra y Alsacia, la siguiente carretera surgió fuera del programa. Estaba en Buenos Aires.
Fue en el año 2000, en una librería del centro, cuando me encontré con José Ignacio García Hamilton. No había entrevista prevista, ni cita profesional, ni razón alguna para que aquel encuentro tuviera que producirse. Simplemente coincidimos.
García Hamilton era periodista, escritor e historiador, y por entonces acababa de publicar Don José. La vida de San Martín, su biografía de San Martín. El retrato del Libertador se alejaba del bronce patriótico y había despertado una considerable polémica en Argentina.
Aquella tarde no hablamos como periodista y entrevistado. Conversamos como dos personas que compartían el gusto por la literatura, la historia y Latinoamérica, y por ese extraño placer que ofrecen algunas ciudades: caminar sin prisa, entrar en una librería, sentarse ante un café y sentir que, de algún modo, Europa queda más cerca.
Me habló de su trayectoria y de su libro. Yo le conté qué hacía en Buenos Aires. Antes de despedirnos, me dedicó Don José.
Conservo aquel libro. Algunas dedicatorias recuerdan menos al autor que el lugar y el momento en que llegaron a nuestras manos.
Hasta entonces, las carreteras de esta historia habían sido profesionales: una entrevista en Ginebra, otra en Alemania. Esta apareció sin avisar, entre libros, cafés y una conversación que no estaba en ninguna agenda. Quizá por eso la recuerdo.
Cerulleda, donde también pasaban cosas
La última carretera me lleva a un lugar mucho más pequeño: Cerulleda. Un pueblo de la montaña leonesa ligado a mis veranos de infancia y a mis abuelos paternos, que me recibieron como su primer nieto, y a una España rural que, en buena medida, pertenece ya a otro tiempo.
Pero Cerulleda, asimismo, guarda una historia literaria. Allí estaba vinculado Jesús Fernández Santos, aunque hubiera nacido en Madrid: su padre era natural del pueblo y el escritor mantuvo siempre una relación estrecha con aquel rincón de León. Fue uno de los grandes narradores españoles de la segunda mitad del siglo XX, además de periodista y crítico de cine. Obtuvo los premios Nadal, Nacional de Narrativa y Planeta.
Mi madrina había coincidido con él en Cerulleda. No sé cuándo ni en qué circunstancias. Solo sé que quedó una huella.
Cuando ella murió, fui con mi prima Cecilia, también su ahijada, a su casa. Iban a derribarla y queríamos rescatar algunas cosas: fotografías, cartas, papeles que pudieran tener algún valor sentimental. Entre ellos encontré una dedicatoria de Jesús Fernández Santos.
No era un documento histórico. Era apenas una dedicatoria. No obstante, aquellas palabras dirigidas a mi madrina me hicieron verla, por primera vez, de otra manera.
Yo siempre la había tenido como una mujer cargante, incluso insoportable. Nunca tuvimos una relación cercana. Aquel pequeño papel me recordó algo elemental que nunca había pensado: ella también había sido joven. Había tenido amistades, ilusiones, conversaciones e historias que yo desconocía.
Fernández Santos era para mí un gran escritor. Lo había leído. Lo admiraba. Para ella había sido, alguna vez, un hombre joven en Cerulleda.
Y fue a través de aquel escritor al que nunca conocí, pero que formaba parte de mi biblioteca, como encontré una tenue conexión con mi madrina. Tardía, improbable y diminuta. Pero real al fin.
A veces basta una señal para descubrir que, detrás del personaje que habíamos construido de alguien, había una vida entera que desconocíamos.
Los caminos que quedan
Al final, quizá de eso estén hechas muchas vidas: de carreteras que creíamos secundarias y de desvíos que nunca figuraron en el mapa. Unos encuentros duran unos minutos; otros permanecen décadas. Algunos los entendemos inmediatamente; otros tardan toda una vida en revelar por qué nos acompañaron.
Con los años he aprendido que no siempre somos nosotros quienes elegimos los caminos. A veces son ellos los que nos encuentran. Una entrevista puede dejar una historia; una librería, un libro; una casa a punto de desaparecer, una dedicatoria.
Y que algunos desvíos, después de todo, eran el camino.
Carreteras no tan secundarias
Un taxista del Che Guevara, un rey de los tornillos, un escritor argentino y un pueblo leonés terminaron formando parte de una misma historia, La mía.
Hay episodios que parecen destinados a ocupar una nota al pie de nuestra memoria. No fueron grandes acontecimientos, no cambiaron el rumbo de una vida ni tuvieron, cuando sucedieron, mayor trascendencia. Ocurrieron sin más. Y, sin embargo, algunos regresan años después con una nitidez inesperada, como si hubieran estado esperando su momento.
Cuatro pertenecen a esa categoría. No hay entre ellos un hilo evidente: un sociólogo suizo de izquierdas, un empresario alemán, un escritor argentino y un pequeño pueblo leonés. Historias distintas, unidas por quien las vivió. Todas quedaron conmigo. Quizá ahí esté lo interesante: las carreteras que creíamos secundarias también pueden llevarnos a lugares importantes.
El taxista del Che
Los libros de Jean Ziegler, Suiza lava más blanco (1990) y El oro nazi (1997), cuestionaron algunas de las prácticas financieras y comerciales de su país. Ziegler, sociólogo, socialista y uno de los críticos más feroces de la Suiza que prefería no mirarse en el espejo, merecía una entrevista. Así terminé sentado frente a él en su despacho de la Universidad de Ginebra.
De aquella conversación recuerdo una historia de juventud que Ziegler contaba con un entusiasmo que el tiempo no había conseguido domesticar.
En abril de 1964, cuando era un joven estudiante y militante comunista, recibió el encargo de ayudar a la delegación cubana que llegaba a Ginebra para participar en una conferencia internacional sobre el azúcar. Cuba no tenía entonces representación diplomática en la ciudad. Ziegler tenía un Morris y terminó convertido, durante unos doce días, en chófer del Che Guevara.
Para un joven de izquierdas, aquello debía ser como ganar la lotería ideológica. No solo conducía al hombre al que admiraba: pasaba con él horas enteras, recorriendo Ginebra y hablando de política, revolución, Europa y socialismo.
Hasta que llegó el último día. Ziegler reunió el valor suficiente para hacerle la pregunta que llevaba probablemente días ensayando: “comandante, quiero irme con usted”. Quería seguirlo a Cuba y luchar por la revolución.
El Che miró hacia Ginebra. Y le dio una respuesta menos romántica de la que esperaba.
Aquella ciudad de bancos, seguros y grandes fortunas era, le dijo, el cerebro del monstruo. Y ese era el lugar donde Ziegler debía combatir.
El joven estudiante no se fue a la selva. Se quedó en Ginebra. Estudió, enseñó, escribió y pasó buena parte de su vida combatiendo el capitalismo desde sus propias instituciones.
No sé si aquello fue una gran estrategia revolucionaria o una manera muy peculiar de decirle a un intelectual que, antes de empuñar un fusil, convenía terminar la carrera.
Reinhold Würth y el arte de construir
De Ziegler recuerdo sobre todo una conversación que no tenía nada que ver con los libros por los que había ido a entrevistarlo. Con Reinhold Würth me ocurrió algo similar: más que sus palabras, quedó la impresión de estar ante un empresario excepcional.
Había convertido en un grupo multinacional el pequeño negocio de tornillos de su padre, que había asumido con apenas 19 años. Lo que me impresionó no fue solo lo que había acumulado, sino la manera en que lo había hecho: con visión, disciplina, curiosidad y una extraordinaria confianza en el trabajo bien hecho.
En Alemania le llaman Schraubenkönig, el rey de los tornillos. Un apodo que, dicho así, tiene algo de broma. Pero aquel rey tenía aficiones menos prosaicas que la ferretería. Era piloto y durante años llegó a ponerse él mismo a los mandos de los aviones de la compañía; fue un apasionado del motociclismo y del esquí. Tras haber cumplido los ochenta, abandonó el pilotaje y el motociclismo.
Y estaba el arte. Su colección comenzó en los años setenta con una acuarela de Emil Nolde y hoy reúne más de 20.000 obras. Würth convirtió además el arte y la cultura en una parte de la vida de la empresa, con museos y galerías vinculados al grupo y abiertos a sus empleados.
Me llamó la atención su preocupación por quienes trabajaban con él. Hablaba de motivación, respeto, confianza y reconocimiento; no como un manual de recursos humanos, sino como parte de una determinada manera de entender la empresa.
Nos organizó una visita a una filial en Alsacia. Allí pude ver de cerca aquella dimensión empresarial que, desde fuera, parecía casi imposible de haber nacido de un negocio de tornillos.
Würth no había levantado solamente una empresa. Había creado una forma de entender la vida en la que trabajar, viajar, volar, coleccionar arte y disfrutar de lo conseguido formaban parte del mismo proyecto.
Después de Ginebra, Alsacia era otra carretera. Pero empezaba a reconocer el paisaje.
Una librería y un encuentro inesperado
Después de Ginebra y Alsacia, la siguiente carretera surgió fuera del programa. Estaba en Buenos Aires.
Fue en el año 2000, en una librería del centro, cuando me encontré con José Ignacio García Hamilton. No había entrevista prevista, ni cita profesional, ni razón alguna para que aquel encuentro tuviera que producirse. Simplemente coincidimos.
García Hamilton era periodista, escritor e historiador, y por entonces acababa de publicar Don José. La vida de San Martín, su biografía de San Martín. El retrato del Libertador se alejaba del bronce patriótico y había despertado una considerable polémica en Argentina.
Aquella tarde no hablamos como periodista y entrevistado. Conversamos como dos personas que compartían el gusto por la literatura, la historia y Latinoamérica, y por ese extraño placer que ofrecen algunas ciudades: caminar sin prisa, entrar en una librería, sentarse ante un café y sentir que, de algún modo, Europa queda más cerca.
Me habló de su trayectoria y de su libro. Yo le conté qué hacía en Buenos Aires. Antes de despedirnos, me dedicó Don José.
Conservo aquel libro. Algunas dedicatorias recuerdan menos al autor que el lugar y el momento en que llegaron a nuestras manos.
Hasta entonces, las carreteras de esta historia habían sido profesionales: una entrevista en Ginebra, otra en Alemania. Esta apareció sin avisar, entre libros, cafés y una conversación que no estaba en ninguna agenda. Quizá por eso la recuerdo.
Cerulleda, donde también pasaban cosas
La última carretera me lleva a un lugar mucho más pequeño: Cerulleda. Un pueblo de la montaña leonesa ligado a mis veranos de infancia y a mis abuelos paternos, que me recibieron como su primer nieto, y a una España rural que, en buena medida, pertenece ya a otro tiempo.
Pero Cerulleda, asimismo, guarda una historia literaria. Allí estaba vinculado Jesús Fernández Santos, aunque hubiera nacido en Madrid: su padre era natural del pueblo y el escritor mantuvo siempre una relación estrecha con aquel rincón de León. Fue uno de los grandes narradores españoles de la segunda mitad del siglo XX, además de periodista y crítico de cine. Obtuvo los premios Nadal, Nacional de Narrativa y Planeta.
Mi madrina había coincidido con él en Cerulleda. No sé cuándo ni en qué circunstancias. Solo sé que quedó una huella.
Cuando ella murió, fui con mi prima Cecilia, también su ahijada, a su casa. Iban a derribarla y queríamos rescatar algunas cosas: fotografías, cartas, papeles que pudieran tener algún valor sentimental. Entre ellos encontré una dedicatoria de Jesús Fernández Santos.
No era un documento histórico. Era apenas una dedicatoria. No obstante, aquellas palabras dirigidas a mi madrina me hicieron verla, por primera vez, de otra manera.
Yo siempre la había tenido como una mujer cargante, incluso insoportable. Nunca tuvimos una relación cercana. Aquel pequeño papel me recordó algo elemental que nunca había pensado: ella también había sido joven. Había tenido amistades, ilusiones, conversaciones e historias que yo desconocía.
Fernández Santos era para mí un gran escritor. Lo había leído. Lo admiraba. Para ella había sido, alguna vez, un hombre joven en Cerulleda.
Y fue a través de aquel escritor al que nunca conocí, pero que formaba parte de mi biblioteca, como encontré una tenue conexión con mi madrina. Tardía, improbable y diminuta. Pero real al fin.
A veces basta una señal para descubrir que, detrás del personaje que habíamos construido de alguien, había una vida entera que desconocíamos.
Los caminos que quedan
Al final, quizá de eso estén hechas muchas vidas: de carreteras que creíamos secundarias y de desvíos que nunca figuraron en el mapa. Unos encuentros duran unos minutos; otros permanecen décadas. Algunos los entendemos inmediatamente; otros tardan toda una vida en revelar por qué nos acompañaron.
Con los años he aprendido que no siempre somos nosotros quienes elegimos los caminos. A veces son ellos los que nos encuentran. Una entrevista puede dejar una historia; una librería, un libro; una casa a punto de desaparecer, una dedicatoria.
Y que algunos desvíos, después de todo, eran el camino.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: