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Berlín III. La ciudad que volvió a ser (3/3)

"El Muro cayó en una noche. Construir la nueva Alemania y devolver a Berlín su lugar en la historia llevó mucho más tiempo. ".

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
18 de agosto, 2026

El Muro había caído. De la noche del 9 de noviembre de 1989 escribió la revista Time: “Lo que ha sucedido en Berlín fue una combinación de toma de la Bastilla y de la noche de fin de año en Nueva York: una mezcla de revolución y celebración”. 

Durante los meses siguientes, todo fueron preguntas. ¿Seguirían existiendo dos Estados alemanes? ¿Habría una Alemania reunificada? ¿Se produciría una confederación? ¿Qué ocurriría con las fronteras, con las tropas soviéticas, con la pertenencia a la OTAN, con Berlín? 

¿Una Alemania demasiado grande? 

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Helmut Kohl –el artífice de la unidad– concilió la fidelidad a Alemania con la lealtad a Europa. Sin embargo, también tenían algo que decir EE. UU., la URSS, Francia y Reino Unido, las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial que todavía conservaban derechos sobre Alemania y Berlín. 

La reunificación despertó temores. Margaret Thatcher se opuso. François Mitterrand fue más ambiguo. El presidente francés llegó a decir, con una mezcla de humor y prevención, que le gustaba tanto Alemania que prefería que hubiera dos. 

La frase, ingeniosa, escondía una preocupación muy seria. Europa había aprendido durante el siglo XX, y de manera dolorosa, qué podía ocurrir cuando Alemania adquiría demasiado poder. 

Entre los grandes dirigentes de la Comunidad Europea, el único que respaldó a Kohl fue el socialista Felipe González. El presidente del Gobierno español apoyó al canciller conservador cuando muchos preferían la cautela. 

Fuera de la Comunidad, Kohl contó con el valor reformador de Mijail Gorbachov y la lealtad de George Bush. Sin olvidar al Papa polaco, Juan Pablo II. Existe una anécdota reveladora. Durante una audiencia en el Vaticano, el canciller se refirió a Polonia como Europa del Este. El Pontífice, a modo de admonición, le corrigió en alemán: Das ist Mitteleuropa (“eso es Europa Central”). La diplomacia germana lo corrigió de inmediato. No era una simple cuestión geográfica: durante la Guerra Fría, “Europa del Este” había servido para definir la zona bajo dominio soviético. 

El resultado de aquella compleja negociación fue el Tratado 2+4, inicialmente concebido como 4+2. El ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, insistió en que se llamara así: primero las dos Alemanias, después los cuatro vencedores. El orden también era una forma de anunciar que Alemania empezaba a recuperar la soberanía sobre su propio destino. 

Quedaba incluso por decidir qué día celebraría la nueva Alemania. Lo natural hubiera sido el 9 de noviembre. No obstante, en esa fecha en 1918 había terminado la Primera Guerra Mundial originándose la tóxica leyenda de la “puñalada por la espalda”; y en 1938, la noche de los cristales rotos la convirtió en símbolo de la persecución de los judíos. Se eligió el 3 de octubre, fecha de entrada en vigor del Tratado de la Unidad. 

La batalla por la capital 

Mientras Europa discutía qué hacer con Alemania, los propios alemanes tenían otra discusión, en apariencia doméstica, aunque cargada de simbolismo: ¿cuál sería la capital? 

Bonn había sido la capital de la República Federal desde 1949. Pequeña, discreta, casi provinciana, había cumplido durante décadas su función de forma provisional. Berlín era otra cosa. Había sido la capital del Reich, después la ciudad dividida, el escaparate de la Guerra Fría y, en última instancia, el escenario de la caída del Muro. 

Precisamente por eso no estaba claro que tuviera que recuperar el título. 

En el Bundestag se produjo una de esas discusiones que, vistas desde fuera, semejan largas en exceso para decidir algo que la geografía parecía haber resuelto hacía tiempo. No lo era. Elegir Berlín indicaba algo más que trasladar ministerios y funcionarios. Significaba asumir que la nueva Alemania quería mirar de frente a toda su historia, incluida la más incómoda. 

El debate parlamentario fue intenso. Bonn tenía argumentos, inercias y afectos. Berlín tenía la historia. 

En junio de 1991, el Bundestag decidió trasladar la sede del Gobierno y del Parlamento a Berlín. La votación fue mucho más ajustada de lo que hoy podría imaginarse. 

Y así comenzó otra transformación. 

El precio de volver a ser uno 

Volver a poner en pie el país fue, sobre todo, una tarea administrativa, económica y humana de proporciones colosales. 

Alemania Occidental incorporaba una economía devastada por décadas de planificación socialista, empresas poco competitivas, infraestructuras envejecidas, edificios deteriorados y una población que había vivido bajo un sistema político, económico y social divergente. 

La diferencia podía comprobarse en cualquier calle. 

Recuerdo mi primer viaje a la Alemania Oriental después de la caída del muro. Fue en el Land (Estado federado) de Turingia, acompañando a un empresario español. En Gotha, una imagen se me quedó grabada. En la calle principal, los habitantes habían sacado a las aceras sus viejos electrodomésticos: lavadoras, televisores y otros aparatos domésticos que durante años habían formado parte de su vida cotidiana. No querían repararlos. Querían desprenderse de ellos. 

Querían comprar los del Oeste. 

Aquella escena decía más que cualquier informe económico. Era la expresión material de una expectativa largamente contenida: después de tantos años mirando hacia Occidente, ahora querían tenerlo en casa. 

Muchos mayores esperaban cobrar sus pensiones sin haber cotizado nunca a la Seguridad Social occidental. Desconocían las tarjetas de crédito y no sabían cómo funcionaba un cajero automático. De repente, había que aprender hasta la gramática de la vida cotidiana. 

La República Federal tuvo que transferir cantidades enormes de recursos hacia el Este, modernizar carreteras, ferrocarriles, viviendas, telecomunicaciones y servicios públicos, reconvertir empresas y asumir el coste social de una transformación acelerada. 

Durante años, los alemanes occidentales contribuyeron mediante el llamado impuesto de solidaridad a financiar buena parte de aquel esfuerzo. Era el llamado Solidaritätszuschlag. Desde 2021 dejó de cobrarse a alrededor del 90 % de quienes lo pagaban, si bien no se eliminó por completo. Había sido una manera muy alemana de convertir la solidaridad nacional en una obligación fiscal. 

Aquel proceso fue, en muchos sentidos, una extraordinaria operación de redistribución interna. 

Y probablemente solo podía haber ocurrido en Alemania. 

No porque los alemanes fueran mejores que los demás, sino porque existía algo que a veces olvidamos cuando hablamos de economía: una conciencia muy particular de pertenencia a un mismo país, incluso después de cuarenta años de separación. 

La unidad no fue gratis. Tampoco fue inmediata. Y desde luego no fue perfecta. 

Muchos habitantes de la antigua Alemania Oriental sintieron que habían sido absorbidos. El sistema occidental llegó con sus instituciones, sus empresas, sus reglas y su manera de entender el éxito. Desaparecieron empleos. Cerraron empresas. Hubo decepciones y resentimientos. Una generación entera quedó descolgada. 

Volver a empezar 

Berlín se convirtió en el laboratorio de aquella nueva Alemania. 

Había solares donde antes se levantaba el Muro. Edificios abandonados junto a oficinas modernas. Barrios enteros que cambiaban de aspecto en pocos meses. Nuevos habitantes, nuevos negocios, nuevos cafés, nuevas galerías, nuevos debates. La ciudad empezó a recibir a una generación que no había vivido la división y que, por tanto, tampoco estaba dispuesta a respetar sus antiguas fronteras mentales. 

Durante años, Berlín tuvo algo de obra permanente. Se derribaba, se construía, se discutía, se experimentaba. La antigua cicatriz de la división empezaba a convertirse en espacio urbano. La capital no solo recuperó su pasado. Inventó otro futuro. 

Pero ni siquiera la nueva capital tenía claro dónde terminaba Berlín. En 1996, los ciudadanos votaron sobre la fusión de Berlín y Brandenburgo en un solo Land. Berlín dijo sí, con un 53,4 %; Brandenburgo dijo no, con un 62,7 %. La propuesta murió en las urnas. Desde entonces, ambos territorios han tenido que aprender a cooperar sin convertirse en uno solo.  

La historia había conseguido unir Alemania, mas no necesariamente sus administraciones. 

Berlín tuvo incluso un aeropuerto empeñado en confirmar que la nueva ciudad tampoco iba a funcionar siempre a la primera. Con todo, el aeropuerto de Berlín-Brandenburgo, proyectado para sustituir a Tegel y Schönefeld, tardó años más de lo previsto y acumuló retrasos, problemas técnicos y sobrecostes antes de abrir finalmente en octubre de 2020. 

La metrópoli pasó a convertirse en símbolo de una Europa que intentaba reunirse. Donde antes había puestos de control surgieron estaciones, plazas, oficinas y viviendas. Donde había alambre y hormigón comenzaron a aparecer personas que ya no necesitaban explicar de qué lado venían. 

Yo regresaría muchas veces. Cada visita encontraba algo distinto. Berlín dejó de estar oculta detrás del muro y empezó a convertirse en una ciudad que quería vivir sin él. 

Todavía hoy quedan diferencias entre el Este y el Oeste, visibles en la economía, en la política, en las costumbres y hasta en la manera de recordar el pasado. 

En Berlín la historia mantiene vivo el recuerdo de la herida. Hoy, allí donde estuvo ese monumento a la ignominia, una línea de adoquines recorre el suelo de la urbe. Una cicatriz estrecha, discreta, que el tráfico y los transeúntes atraviesan cada día sin detenerse. Basta saber lo que significa para que vuelva a contar su historia. 

El Muro pretendió imponer a Berlín la división y la renuncia a seguir siendo ella misma. No lo consiguió. Tras su caída, la capital renació. 

Y quizá esa sea la mejor manera de contar Berlín: una ciudad que volvió a reencontrarse sin dejar de recordar lo que había sido. 

Berlín III. La ciudad que volvió a ser (3/3)

"El Muro cayó en una noche. Construir la nueva Alemania y devolver a Berlín su lugar en la historia llevó mucho más tiempo. ".

Marcos Jacobo Suárez Sipmann |
18 de agosto, 2026

El Muro había caído. De la noche del 9 de noviembre de 1989 escribió la revista Time: “Lo que ha sucedido en Berlín fue una combinación de toma de la Bastilla y de la noche de fin de año en Nueva York: una mezcla de revolución y celebración”. 

Durante los meses siguientes, todo fueron preguntas. ¿Seguirían existiendo dos Estados alemanes? ¿Habría una Alemania reunificada? ¿Se produciría una confederación? ¿Qué ocurriría con las fronteras, con las tropas soviéticas, con la pertenencia a la OTAN, con Berlín? 

¿Una Alemania demasiado grande? 

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Helmut Kohl –el artífice de la unidad– concilió la fidelidad a Alemania con la lealtad a Europa. Sin embargo, también tenían algo que decir EE. UU., la URSS, Francia y Reino Unido, las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial que todavía conservaban derechos sobre Alemania y Berlín. 

La reunificación despertó temores. Margaret Thatcher se opuso. François Mitterrand fue más ambiguo. El presidente francés llegó a decir, con una mezcla de humor y prevención, que le gustaba tanto Alemania que prefería que hubiera dos. 

La frase, ingeniosa, escondía una preocupación muy seria. Europa había aprendido durante el siglo XX, y de manera dolorosa, qué podía ocurrir cuando Alemania adquiría demasiado poder. 

Entre los grandes dirigentes de la Comunidad Europea, el único que respaldó a Kohl fue el socialista Felipe González. El presidente del Gobierno español apoyó al canciller conservador cuando muchos preferían la cautela. 

Fuera de la Comunidad, Kohl contó con el valor reformador de Mijail Gorbachov y la lealtad de George Bush. Sin olvidar al Papa polaco, Juan Pablo II. Existe una anécdota reveladora. Durante una audiencia en el Vaticano, el canciller se refirió a Polonia como Europa del Este. El Pontífice, a modo de admonición, le corrigió en alemán: Das ist Mitteleuropa (“eso es Europa Central”). La diplomacia germana lo corrigió de inmediato. No era una simple cuestión geográfica: durante la Guerra Fría, “Europa del Este” había servido para definir la zona bajo dominio soviético. 

El resultado de aquella compleja negociación fue el Tratado 2+4, inicialmente concebido como 4+2. El ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, insistió en que se llamara así: primero las dos Alemanias, después los cuatro vencedores. El orden también era una forma de anunciar que Alemania empezaba a recuperar la soberanía sobre su propio destino. 

Quedaba incluso por decidir qué día celebraría la nueva Alemania. Lo natural hubiera sido el 9 de noviembre. No obstante, en esa fecha en 1918 había terminado la Primera Guerra Mundial originándose la tóxica leyenda de la “puñalada por la espalda”; y en 1938, la noche de los cristales rotos la convirtió en símbolo de la persecución de los judíos. Se eligió el 3 de octubre, fecha de entrada en vigor del Tratado de la Unidad. 

La batalla por la capital 

Mientras Europa discutía qué hacer con Alemania, los propios alemanes tenían otra discusión, en apariencia doméstica, aunque cargada de simbolismo: ¿cuál sería la capital? 

Bonn había sido la capital de la República Federal desde 1949. Pequeña, discreta, casi provinciana, había cumplido durante décadas su función de forma provisional. Berlín era otra cosa. Había sido la capital del Reich, después la ciudad dividida, el escaparate de la Guerra Fría y, en última instancia, el escenario de la caída del Muro. 

Precisamente por eso no estaba claro que tuviera que recuperar el título. 

En el Bundestag se produjo una de esas discusiones que, vistas desde fuera, semejan largas en exceso para decidir algo que la geografía parecía haber resuelto hacía tiempo. No lo era. Elegir Berlín indicaba algo más que trasladar ministerios y funcionarios. Significaba asumir que la nueva Alemania quería mirar de frente a toda su historia, incluida la más incómoda. 

El debate parlamentario fue intenso. Bonn tenía argumentos, inercias y afectos. Berlín tenía la historia. 

En junio de 1991, el Bundestag decidió trasladar la sede del Gobierno y del Parlamento a Berlín. La votación fue mucho más ajustada de lo que hoy podría imaginarse. 

Y así comenzó otra transformación. 

El precio de volver a ser uno 

Volver a poner en pie el país fue, sobre todo, una tarea administrativa, económica y humana de proporciones colosales. 

Alemania Occidental incorporaba una economía devastada por décadas de planificación socialista, empresas poco competitivas, infraestructuras envejecidas, edificios deteriorados y una población que había vivido bajo un sistema político, económico y social divergente. 

La diferencia podía comprobarse en cualquier calle. 

Recuerdo mi primer viaje a la Alemania Oriental después de la caída del muro. Fue en el Land (Estado federado) de Turingia, acompañando a un empresario español. En Gotha, una imagen se me quedó grabada. En la calle principal, los habitantes habían sacado a las aceras sus viejos electrodomésticos: lavadoras, televisores y otros aparatos domésticos que durante años habían formado parte de su vida cotidiana. No querían repararlos. Querían desprenderse de ellos. 

Querían comprar los del Oeste. 

Aquella escena decía más que cualquier informe económico. Era la expresión material de una expectativa largamente contenida: después de tantos años mirando hacia Occidente, ahora querían tenerlo en casa. 

Muchos mayores esperaban cobrar sus pensiones sin haber cotizado nunca a la Seguridad Social occidental. Desconocían las tarjetas de crédito y no sabían cómo funcionaba un cajero automático. De repente, había que aprender hasta la gramática de la vida cotidiana. 

La República Federal tuvo que transferir cantidades enormes de recursos hacia el Este, modernizar carreteras, ferrocarriles, viviendas, telecomunicaciones y servicios públicos, reconvertir empresas y asumir el coste social de una transformación acelerada. 

Durante años, los alemanes occidentales contribuyeron mediante el llamado impuesto de solidaridad a financiar buena parte de aquel esfuerzo. Era el llamado Solidaritätszuschlag. Desde 2021 dejó de cobrarse a alrededor del 90 % de quienes lo pagaban, si bien no se eliminó por completo. Había sido una manera muy alemana de convertir la solidaridad nacional en una obligación fiscal. 

Aquel proceso fue, en muchos sentidos, una extraordinaria operación de redistribución interna. 

Y probablemente solo podía haber ocurrido en Alemania. 

No porque los alemanes fueran mejores que los demás, sino porque existía algo que a veces olvidamos cuando hablamos de economía: una conciencia muy particular de pertenencia a un mismo país, incluso después de cuarenta años de separación. 

La unidad no fue gratis. Tampoco fue inmediata. Y desde luego no fue perfecta. 

Muchos habitantes de la antigua Alemania Oriental sintieron que habían sido absorbidos. El sistema occidental llegó con sus instituciones, sus empresas, sus reglas y su manera de entender el éxito. Desaparecieron empleos. Cerraron empresas. Hubo decepciones y resentimientos. Una generación entera quedó descolgada. 

Volver a empezar 

Berlín se convirtió en el laboratorio de aquella nueva Alemania. 

Había solares donde antes se levantaba el Muro. Edificios abandonados junto a oficinas modernas. Barrios enteros que cambiaban de aspecto en pocos meses. Nuevos habitantes, nuevos negocios, nuevos cafés, nuevas galerías, nuevos debates. La ciudad empezó a recibir a una generación que no había vivido la división y que, por tanto, tampoco estaba dispuesta a respetar sus antiguas fronteras mentales. 

Durante años, Berlín tuvo algo de obra permanente. Se derribaba, se construía, se discutía, se experimentaba. La antigua cicatriz de la división empezaba a convertirse en espacio urbano. La capital no solo recuperó su pasado. Inventó otro futuro. 

Pero ni siquiera la nueva capital tenía claro dónde terminaba Berlín. En 1996, los ciudadanos votaron sobre la fusión de Berlín y Brandenburgo en un solo Land. Berlín dijo sí, con un 53,4 %; Brandenburgo dijo no, con un 62,7 %. La propuesta murió en las urnas. Desde entonces, ambos territorios han tenido que aprender a cooperar sin convertirse en uno solo.  

La historia había conseguido unir Alemania, mas no necesariamente sus administraciones. 

Berlín tuvo incluso un aeropuerto empeñado en confirmar que la nueva ciudad tampoco iba a funcionar siempre a la primera. Con todo, el aeropuerto de Berlín-Brandenburgo, proyectado para sustituir a Tegel y Schönefeld, tardó años más de lo previsto y acumuló retrasos, problemas técnicos y sobrecostes antes de abrir finalmente en octubre de 2020. 

La metrópoli pasó a convertirse en símbolo de una Europa que intentaba reunirse. Donde antes había puestos de control surgieron estaciones, plazas, oficinas y viviendas. Donde había alambre y hormigón comenzaron a aparecer personas que ya no necesitaban explicar de qué lado venían. 

Yo regresaría muchas veces. Cada visita encontraba algo distinto. Berlín dejó de estar oculta detrás del muro y empezó a convertirse en una ciudad que quería vivir sin él. 

Todavía hoy quedan diferencias entre el Este y el Oeste, visibles en la economía, en la política, en las costumbres y hasta en la manera de recordar el pasado. 

En Berlín la historia mantiene vivo el recuerdo de la herida. Hoy, allí donde estuvo ese monumento a la ignominia, una línea de adoquines recorre el suelo de la urbe. Una cicatriz estrecha, discreta, que el tráfico y los transeúntes atraviesan cada día sin detenerse. Basta saber lo que significa para que vuelva a contar su historia. 

El Muro pretendió imponer a Berlín la división y la renuncia a seguir siendo ella misma. No lo consiguió. Tras su caída, la capital renació. 

Y quizá esa sea la mejor manera de contar Berlín: una ciudad que volvió a reencontrarse sin dejar de recordar lo que había sido. 

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