Berlín II. La ciudad que renació (2/3)
El Muro, ese monumento a la infamia que había separado forzosamente a un pueblo y a sus familias, causando tanto dolor y muerte por cuestiones ideológicas y políticas, llegaba a su fin tras 29 años de vergüenza y humillación.
La ciudad de Berlín siempre ejerció en mí una profunda fascinación. Más allá de ser la capital del país que me vio nacer, me ha atraído su enorme relevancia histórica como escenario y testigo de las profundas transformaciones políticas y culturales que han marcado la historia de Europa y de la propia Alemania.
Los acontecimientos que tuve la fortuna de vivir durante mi primera visita, así como las experiencias acumuladas en mis estancias posteriores, han forjado en mí un fuerte y duradero vínculo emocional con esta extraordinaria ciudad.
Planes para noviembre. Checkpoint Alpha, Bravo, Charlie
A finales de octubre de 1989, antes de iniciar las clases de mi último curso universitario, me encontraba terminando unas prácticas hospitalarias en Colonia. Cuando ya me disponía a regresar a España, recibí la grata e inesperada noticia de la visita de mi novia, a la que acababa de conocer ese verano. Para que nuestro primer viaje juntos fuese un éxito, no dudé un instante: “¡Nunca he estado allí y nos vamos a conocerlo!”, le dije.
Para el exiguo presupuesto de un estudiante, viajar en la Alemania del año 89 era toda una aventura. Decidimos utilizar la entonces novedosa Mitfahrzentrale (agencia central de viajes compartidos). Berlín era una isla en medio de la Alemania comunista a la que en vehículo solo podía accederse por la Transit Autobahn, una ruta de tránsito predeterminada.
Desde el inicio, uno parecía adentrarse en una película surrealista de espías. El puesto fronterizo de Helmstedt-Marienborn, llamado “Checkpoint Alpha”, daba acceso a una autopista adornada por numerosas torres de vigilancia y alambre de espino, de la que estaba prohibido apearse salvo en lugares predeterminados para repostar. Tras unos 170 kilómetros de un paisaje gris, en ocasiones siniestro, se llegaba a Drewitz, el “Checkpoint Bravo”, puesto fronterizo para entrar en Berlín Oeste.
El contraste inmediato y casi obsceno entre los dos mundos nos dejó una profunda impresión: Willkommen in West-Berlin! Eran las cuatro de la tarde del 9 de noviembre de 1989. Al día siguiente teníamos planeado visitar Berlín Este, para lo que tendríamos que franquear un tercer puesto fronterizo, el famoso “Checkpoint Charlie”, en el sector americano en la Friedrichstraße.
El principio del fin del Muro de Berlín
Avanzado el otoño, quedaba apenas una hora de luz y, tras instalarnos en un hotel en Savignyplatz, decidimos salir a dar un paseo. Por una extraña pulsión me empeñé tozudamente en ir a ver el Muro, Die Mauer, junto a la puerta de Brandenburgo.
Recorrimos la monumental avenida del 17 de junio, la prolongación en el lado oeste de la famosa Unter den Linden. Comenzamos a la altura de la Siegessäule, columna que conmemora las victorias militares de Prusia y del Imperio alemán en el siglo XIX contra Austria y Francia. A mitad de recorrido, ya casi en penumbra, pasamos por el memorial al soldado soviético, custodiado de forma permanente por soldados de la URSS reemplazados a diario desde Berlín Este. Guerra Fría en estado puro.
Por fin llegamos a la Puerta de Brandenburgo, ya de noche. El ambiente era extraño: no había gente, solo policías y un equipo de televisión haciendo entrevistas. Subimos a una especie de andamio instalado para mirar “al otro lado”. Ante nosotros se alzaba el Muro, dispuesto en semicírculo alrededor de la puerta. ¡No lo sabíamos entonces, pero estábamos presenciando su último día de existencia!
En ese mismo instante, hacia las 18:30, a escasos 800 metros de donde nos encontrábamos, Günter Schabowski, secretario del comité central del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED), iniciaba una rueda de prensa. Se informaba sobre las mejoras en la normativa de expedición de visados y permisos de viaje para los ciudadanos de Alemania Oriental. Era la tibia respuesta de un régimen en descomposición ante la crisis desatada aquel verano en la embajada federal en Praga, donde miles de ciudadanos de Alemania del Este solicitaron y obtuvieron asilo político y autorización para viajar a Alemania Occidental.
Mal preparado e insuficientemente informado para la rueda de prensa, Schabowski fue acorralado por las incisivas preguntas de los periodistas ante la ambigüedad de la normativa. Para salir del paso, leyó una nota que le habían entregado poco antes, pero que no debía divulgar en ese momento. En ella se indicaba que los ciudadanos del régimen comunista podían solicitar viajes privados al extranjero sin tener que cumplir los requisitos recién expuestos y que podían cruzar los puestos fronterizos sin impedimentos.
Entonces llegó la pregunta que lo cambió todo: “¿Cuándo entra eso en vigor?”. Balbuceante y torpe, ¡bendita torpeza!, respondió con lo que ya es un hito de la historia moderna: Das tritt nach meiner Kenntnis… ist das sofort, unverzüglich (“Según tengo entendido, entra en vigor… inmediatamente, sin demora”).
Como la comparecencia se emitía en directo por televisión, el informativo de las 20:00 en Alemania Occidental anunció hábilmente la apertura inminente de las fronteras. Se desató la locura.
Cientos de ciudadanos comenzaron a acudir a los puestos fronterizos. En uno de los más céntricos, en la Bornholmer Straße, se concentraron miles de personas. Ante la tensión creciente, el grito unánime de ¡Tor auf! (“¡Abrid la puerta!”) y el desconcierto de unos guardias sin órdenes precisas –más allá de la indicación de mantener la frontera–, el oficial al mando decidió ceder. Para evitar una escalada de violencia, ordenó abrir el paso sin restricciones. Eran las 23:30 cuando se desató una reacción de libertad en cadena e imparable en todos los puestos fronterizos.
El Muro, ese monumento a la infamia que había separado forzosamente a un pueblo y a sus familias, causando tanto dolor y muerte por cuestiones ideológicas y políticas, llegaba a su fin tras 29 años de vergüenza y humillación.
El último día de Berlín Este
Al día siguiente, durante el desayuno, vimos incrédulos las noticias. Tuve que confirmar con la camarera si estaba entendiendo bien lo que se decía, a lo que ella, con lágrimas en los ojos, me contestó: “Sí, es increíble”.
Lo primero que hice fue llamar a mi madre. Alemana, nacida en 1940, había conocido no solo las penurias de la devastadora posguerra, sino también el profundo desgarro colectivo que supuso la construcción del Muro en 1961. Fue una llamada profundamente emotiva en la que mi madre no paraba de llorar de alegría.
Nos dirigimos hacia el Checkpoint Charlie, donde reinaba un hermoso caos. Un flujo constante de personas cruzaba a pie o a bordo de los Trabi, los emblemáticos y cutres coches de duroplast, orgullo industrial de la dictadura. Los soldados estadounidenses y los policías del Este trabajaban en conjunto para intentar ordenar aquella avalancha humana. Las escenas de abrazos entre extraños, lágrimas de alegría y gritos de bienvenida se repetían por todas partes.
Pasamos el día en Berlín Este, todavía en todo su “esplendor”. Era como pasar de una película en color a una en blanco y negro. Aun siendo la parte histórica y más monumental de la capital, el panorama era triste: los edificios estaban descuidados, muchos de ellos todavía con impactos de metralla de la guerra. Los escasos edificios nuevos eran dignos representantes de la fría y deshumanizada arquitectura comunista.
En la plaza de París nos encontramos con un fuerte despliegue de soldados y, al fondo, el Muro, completamente tomado por una marea de manifestantes. Lo tuvimos claro: ¡teníamos que estar allí!
Pasamos una noche infinita y mágica subidos al Muro, frente a la puerta de Brandenburgo, junto a miles de personas. Se respiraba un ambiente indescriptible, entre eufórico y tenso, marcado por las incesantes consignas exigiendo el derribo definitivo del Muro. En medio de aquella alegría me asaltó un pensamiento sobrecogedor: la noche anterior, estar allí habría podido costarme la vida.
A partir de entonces, un Berlín colapsado se convirtió en una fiesta, ¡y qué fiesta! Las calles sin tráfico se inundaron de gente. Se reforzaron los transportes públicos, que pasaron a ser gratuitos. El Gobierno alemán, siguiendo una política establecida desde los años setenta, concedía 100 marcos (equivalentes a unos 100 € de hoy) como Begrüssungsgeld, dinero de bienvenida, y se formaban colas kilométricas en los puntos de pago. Las tiendas quedaron desabastecidas de alimentos, fruta, café, ropa….
Sin embargo, la mejor respuesta fue la ciudadana. Los berlineses, exultantes de alegría, se acercaban en masa a los puestos fronterizos con flores, champán y regalos para dar la bienvenida a sus vecinos. Son imágenes que han quedado para siempre grabadas en mi retina.
Berlín, treinta años después
Mi última visita a Berlín la realicé en el verano de 2019 y, como las anteriores, también fue especial. Me acompañaban aquella misma novia que tuvo la feliz idea de visitarme treinta años atrás y nuestros tres hijos.
Disfrutamos explicándoles las experiencias vividas, repasando con ellos su historia, mostrándoles los lugares más emblemáticos y admirando la extraordinaria transformación de esta increíble ciudad.
Quizá esa sea una de las singularidades de Berlín: haber sobrevivido a su propia historia. Pero aún quedaba mucho por contar.
Berlín II. La ciudad que renació (2/3)
El Muro, ese monumento a la infamia que había separado forzosamente a un pueblo y a sus familias, causando tanto dolor y muerte por cuestiones ideológicas y políticas, llegaba a su fin tras 29 años de vergüenza y humillación.
La ciudad de Berlín siempre ejerció en mí una profunda fascinación. Más allá de ser la capital del país que me vio nacer, me ha atraído su enorme relevancia histórica como escenario y testigo de las profundas transformaciones políticas y culturales que han marcado la historia de Europa y de la propia Alemania.
Los acontecimientos que tuve la fortuna de vivir durante mi primera visita, así como las experiencias acumuladas en mis estancias posteriores, han forjado en mí un fuerte y duradero vínculo emocional con esta extraordinaria ciudad.
Planes para noviembre. Checkpoint Alpha, Bravo, Charlie
A finales de octubre de 1989, antes de iniciar las clases de mi último curso universitario, me encontraba terminando unas prácticas hospitalarias en Colonia. Cuando ya me disponía a regresar a España, recibí la grata e inesperada noticia de la visita de mi novia, a la que acababa de conocer ese verano. Para que nuestro primer viaje juntos fuese un éxito, no dudé un instante: “¡Nunca he estado allí y nos vamos a conocerlo!”, le dije.
Para el exiguo presupuesto de un estudiante, viajar en la Alemania del año 89 era toda una aventura. Decidimos utilizar la entonces novedosa Mitfahrzentrale (agencia central de viajes compartidos). Berlín era una isla en medio de la Alemania comunista a la que en vehículo solo podía accederse por la Transit Autobahn, una ruta de tránsito predeterminada.
Desde el inicio, uno parecía adentrarse en una película surrealista de espías. El puesto fronterizo de Helmstedt-Marienborn, llamado “Checkpoint Alpha”, daba acceso a una autopista adornada por numerosas torres de vigilancia y alambre de espino, de la que estaba prohibido apearse salvo en lugares predeterminados para repostar. Tras unos 170 kilómetros de un paisaje gris, en ocasiones siniestro, se llegaba a Drewitz, el “Checkpoint Bravo”, puesto fronterizo para entrar en Berlín Oeste.
El contraste inmediato y casi obsceno entre los dos mundos nos dejó una profunda impresión: Willkommen in West-Berlin! Eran las cuatro de la tarde del 9 de noviembre de 1989. Al día siguiente teníamos planeado visitar Berlín Este, para lo que tendríamos que franquear un tercer puesto fronterizo, el famoso “Checkpoint Charlie”, en el sector americano en la Friedrichstraße.
El principio del fin del Muro de Berlín
Avanzado el otoño, quedaba apenas una hora de luz y, tras instalarnos en un hotel en Savignyplatz, decidimos salir a dar un paseo. Por una extraña pulsión me empeñé tozudamente en ir a ver el Muro, Die Mauer, junto a la puerta de Brandenburgo.
Recorrimos la monumental avenida del 17 de junio, la prolongación en el lado oeste de la famosa Unter den Linden. Comenzamos a la altura de la Siegessäule, columna que conmemora las victorias militares de Prusia y del Imperio alemán en el siglo XIX contra Austria y Francia. A mitad de recorrido, ya casi en penumbra, pasamos por el memorial al soldado soviético, custodiado de forma permanente por soldados de la URSS reemplazados a diario desde Berlín Este. Guerra Fría en estado puro.
Por fin llegamos a la Puerta de Brandenburgo, ya de noche. El ambiente era extraño: no había gente, solo policías y un equipo de televisión haciendo entrevistas. Subimos a una especie de andamio instalado para mirar “al otro lado”. Ante nosotros se alzaba el Muro, dispuesto en semicírculo alrededor de la puerta. ¡No lo sabíamos entonces, pero estábamos presenciando su último día de existencia!
En ese mismo instante, hacia las 18:30, a escasos 800 metros de donde nos encontrábamos, Günter Schabowski, secretario del comité central del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED), iniciaba una rueda de prensa. Se informaba sobre las mejoras en la normativa de expedición de visados y permisos de viaje para los ciudadanos de Alemania Oriental. Era la tibia respuesta de un régimen en descomposición ante la crisis desatada aquel verano en la embajada federal en Praga, donde miles de ciudadanos de Alemania del Este solicitaron y obtuvieron asilo político y autorización para viajar a Alemania Occidental.
Mal preparado e insuficientemente informado para la rueda de prensa, Schabowski fue acorralado por las incisivas preguntas de los periodistas ante la ambigüedad de la normativa. Para salir del paso, leyó una nota que le habían entregado poco antes, pero que no debía divulgar en ese momento. En ella se indicaba que los ciudadanos del régimen comunista podían solicitar viajes privados al extranjero sin tener que cumplir los requisitos recién expuestos y que podían cruzar los puestos fronterizos sin impedimentos.
Entonces llegó la pregunta que lo cambió todo: “¿Cuándo entra eso en vigor?”. Balbuceante y torpe, ¡bendita torpeza!, respondió con lo que ya es un hito de la historia moderna: Das tritt nach meiner Kenntnis… ist das sofort, unverzüglich (“Según tengo entendido, entra en vigor… inmediatamente, sin demora”).
Como la comparecencia se emitía en directo por televisión, el informativo de las 20:00 en Alemania Occidental anunció hábilmente la apertura inminente de las fronteras. Se desató la locura.
Cientos de ciudadanos comenzaron a acudir a los puestos fronterizos. En uno de los más céntricos, en la Bornholmer Straße, se concentraron miles de personas. Ante la tensión creciente, el grito unánime de ¡Tor auf! (“¡Abrid la puerta!”) y el desconcierto de unos guardias sin órdenes precisas –más allá de la indicación de mantener la frontera–, el oficial al mando decidió ceder. Para evitar una escalada de violencia, ordenó abrir el paso sin restricciones. Eran las 23:30 cuando se desató una reacción de libertad en cadena e imparable en todos los puestos fronterizos.
El Muro, ese monumento a la infamia que había separado forzosamente a un pueblo y a sus familias, causando tanto dolor y muerte por cuestiones ideológicas y políticas, llegaba a su fin tras 29 años de vergüenza y humillación.
El último día de Berlín Este
Al día siguiente, durante el desayuno, vimos incrédulos las noticias. Tuve que confirmar con la camarera si estaba entendiendo bien lo que se decía, a lo que ella, con lágrimas en los ojos, me contestó: “Sí, es increíble”.
Lo primero que hice fue llamar a mi madre. Alemana, nacida en 1940, había conocido no solo las penurias de la devastadora posguerra, sino también el profundo desgarro colectivo que supuso la construcción del Muro en 1961. Fue una llamada profundamente emotiva en la que mi madre no paraba de llorar de alegría.
Nos dirigimos hacia el Checkpoint Charlie, donde reinaba un hermoso caos. Un flujo constante de personas cruzaba a pie o a bordo de los Trabi, los emblemáticos y cutres coches de duroplast, orgullo industrial de la dictadura. Los soldados estadounidenses y los policías del Este trabajaban en conjunto para intentar ordenar aquella avalancha humana. Las escenas de abrazos entre extraños, lágrimas de alegría y gritos de bienvenida se repetían por todas partes.
Pasamos el día en Berlín Este, todavía en todo su “esplendor”. Era como pasar de una película en color a una en blanco y negro. Aun siendo la parte histórica y más monumental de la capital, el panorama era triste: los edificios estaban descuidados, muchos de ellos todavía con impactos de metralla de la guerra. Los escasos edificios nuevos eran dignos representantes de la fría y deshumanizada arquitectura comunista.
En la plaza de París nos encontramos con un fuerte despliegue de soldados y, al fondo, el Muro, completamente tomado por una marea de manifestantes. Lo tuvimos claro: ¡teníamos que estar allí!
Pasamos una noche infinita y mágica subidos al Muro, frente a la puerta de Brandenburgo, junto a miles de personas. Se respiraba un ambiente indescriptible, entre eufórico y tenso, marcado por las incesantes consignas exigiendo el derribo definitivo del Muro. En medio de aquella alegría me asaltó un pensamiento sobrecogedor: la noche anterior, estar allí habría podido costarme la vida.
A partir de entonces, un Berlín colapsado se convirtió en una fiesta, ¡y qué fiesta! Las calles sin tráfico se inundaron de gente. Se reforzaron los transportes públicos, que pasaron a ser gratuitos. El Gobierno alemán, siguiendo una política establecida desde los años setenta, concedía 100 marcos (equivalentes a unos 100 € de hoy) como Begrüssungsgeld, dinero de bienvenida, y se formaban colas kilométricas en los puntos de pago. Las tiendas quedaron desabastecidas de alimentos, fruta, café, ropa….
Sin embargo, la mejor respuesta fue la ciudadana. Los berlineses, exultantes de alegría, se acercaban en masa a los puestos fronterizos con flores, champán y regalos para dar la bienvenida a sus vecinos. Son imágenes que han quedado para siempre grabadas en mi retina.
Berlín, treinta años después
Mi última visita a Berlín la realicé en el verano de 2019 y, como las anteriores, también fue especial. Me acompañaban aquella misma novia que tuvo la feliz idea de visitarme treinta años atrás y nuestros tres hijos.
Disfrutamos explicándoles las experiencias vividas, repasando con ellos su historia, mostrándoles los lugares más emblemáticos y admirando la extraordinaria transformación de esta increíble ciudad.
Quizá esa sea una de las singularidades de Berlín: haber sobrevivido a su propia historia. Pero aún quedaba mucho por contar.
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