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“Amérique Latine”

Amilcar R. Álvarez |
02 de julio, 2026

¿De verdad somos latinos?

Hace unos 25 años, viví una temporada en Miami con un tío que, recién divorciado a sus cuarenta, decidió reinventarse aprendiendo salsa. Se volvió un experto en el famoso paso del 1, 2, 3... 5, 6, 7, 8. En esa época lo acompañé a varias clases de baile. Entre las alumnas había una muchacha rumana de apellido Marcu. Era el estereotipo de una europea del este: alta, rubia, de ojos claros y piel muy blanca. Pero le fascinaba la salsa y era de las alumnas más disciplinadas. Se sabía todos los pasos, todas las técnicas y todos los giros. El problema era que, por más que se esforzaba, se movía como un robot. Le faltaba ese "sabor latino", esa gracia de la mujer latina.

Lo curioso era que ella insistía en que también era latina. Yo sonreía por educación. Pensaba que estaba completamente equivocada. ¿Cómo iba a ser latina una mujer nacida en Rumania? Fue esa conversación la que me llevó a investigar el verdadero origen del término "América Latina". Y descubrí que estaba equivocado.

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La expresión Amérique latine comenzó a circular en Francia hacia la década de 1850. Pocos saben que ese nombre no nació en este lado del océano. España había dejado de ser la gran potencia que dominó América durante más de tres siglos. Inglaterra controlaba la mayor parte del comercio mundial y Estados Unidos crecía con rapidez. En 1823, el presidente James Monroe proclamó la llamada Doctrina Monroe, famosa por la frase, "América para los americanos".

Francia, sin embargo, buscaba recuperar el protagonismo internacional que había perdido tras las guerras napoleónicas. Poco después encontró un pretexto en México, que había suspendido el pago de sus deudas con Francia, España e Inglaterra. Mientras España e Inglaterra optaron por negociar y retirarse, Francia decidió permanecer. El problema era que una intervención militar en un país independiente necesitaba algo más que cañones; necesitaba una justificación. Y los intelectuales franceses le dieron esa justificación que buscaba. Michel Chevalier comenzó a hablar de una gran familia de pueblos unidos por las lenguas derivadas del latín: franceses, españoles, portugueses, italianos... y también rumanos. Frente al mundo anglosajón, hablaban de un mundo "latino", unido por una herencia lingüística y cultural común.

Si existía una comunidad de pueblos latinos, Francia podía presentarse como su principal representante y justificar así su presencia en México. Fue en ese contexto cuando la expresión Amérique latine comenzó a difundirse. La historia, sin embargo, dio un giro inesperado. Intelectuales americanos como el chileno Francisco Bilbao y el colombiano José María Torres Caicedo tomaron ese mismo concepto y lo resignificaron. Para ellos, "América Latina" no era una extensión de Francia, sino el nombre de una comunidad de naciones americanas con una historia compartida y un destino común.

Y así fue como el término terminó cruzando el Atlántico hasta convertirse en el nombre con el que hoy nos presentamos ante el mundo. Lo interesante es que "latino" nunca describió una raza. Mucho menos un color de piel. Originalmente describía una familia de lenguas nacidas del latín. En ese sentido, la rumana tenía razón: lingüísticamente era tan latina como un francés, un italiano, un portugués o un español.

Si el nombre con el que nos identificamos nació en Europa por intereses geopolíticos de una potencia extranjera, quizá valga la pena preguntarnos qué parte de nuestra identidad heredamos y cuál hemos construido nosotros mismos. En ese entonces pensé que la rumana estaba equivocada. Y lo estaba, pero no por ser rumana. Estaba equivocada porque creía que ser latina era una cuestión de sangre, de raza o de temperamento, cuando en realidad era, simplemente, una cuestión de lengua. Nunca aprendió a bailar como una cubana. Pero aquella rumana logró que un guatemalteco se preguntara si el nombre con el que se había identificado toda su vida era realmente suyo.

¿De verdad somos latinos?

Hace unos 25 años, viví una temporada en Miami con un tío que, recién divorciado a sus cuarenta, decidió reinventarse aprendiendo salsa. Se volvió un experto en el famoso paso del 1, 2, 3... 5, 6, 7, 8. En esa época lo acompañé a varias clases de baile. Entre las alumnas había una muchacha rumana de apellido Marcu. Era el estereotipo de una europea del este: alta, rubia, de ojos claros y piel muy blanca. Pero le fascinaba la salsa y era de las alumnas más disciplinadas. Se sabía todos los pasos, todas las técnicas y todos los giros. El problema era que, por más que se esforzaba, se movía como un robot. Le faltaba ese "sabor latino", esa gracia de la mujer latina.

Lo curioso era que ella insistía en que también era latina. Yo sonreía por educación. Pensaba que estaba completamente equivocada. ¿Cómo iba a ser latina una mujer nacida en Rumania? Fue esa conversación la que me llevó a investigar el verdadero origen del término "América Latina". Y descubrí que estaba equivocado.

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La expresión Amérique latine comenzó a circular en Francia hacia la década de 1850. Pocos saben que ese nombre no nació en este lado del océano. España había dejado de ser la gran potencia que dominó América durante más de tres siglos. Inglaterra controlaba la mayor parte del comercio mundial y Estados Unidos crecía con rapidez. En 1823, el presidente James Monroe proclamó la llamada Doctrina Monroe, famosa por la frase, "América para los americanos".

Francia, sin embargo, buscaba recuperar el protagonismo internacional que había perdido tras las guerras napoleónicas. Poco después encontró un pretexto en México, que había suspendido el pago de sus deudas con Francia, España e Inglaterra. Mientras España e Inglaterra optaron por negociar y retirarse, Francia decidió permanecer. El problema era que una intervención militar en un país independiente necesitaba algo más que cañones; necesitaba una justificación. Y los intelectuales franceses le dieron esa justificación que buscaba. Michel Chevalier comenzó a hablar de una gran familia de pueblos unidos por las lenguas derivadas del latín: franceses, españoles, portugueses, italianos... y también rumanos. Frente al mundo anglosajón, hablaban de un mundo "latino", unido por una herencia lingüística y cultural común.

Si existía una comunidad de pueblos latinos, Francia podía presentarse como su principal representante y justificar así su presencia en México. Fue en ese contexto cuando la expresión Amérique latine comenzó a difundirse. La historia, sin embargo, dio un giro inesperado. Intelectuales americanos como el chileno Francisco Bilbao y el colombiano José María Torres Caicedo tomaron ese mismo concepto y lo resignificaron. Para ellos, "América Latina" no era una extensión de Francia, sino el nombre de una comunidad de naciones americanas con una historia compartida y un destino común.

Y así fue como el término terminó cruzando el Atlántico hasta convertirse en el nombre con el que hoy nos presentamos ante el mundo. Lo interesante es que "latino" nunca describió una raza. Mucho menos un color de piel. Originalmente describía una familia de lenguas nacidas del latín. En ese sentido, la rumana tenía razón: lingüísticamente era tan latina como un francés, un italiano, un portugués o un español.

Si el nombre con el que nos identificamos nació en Europa por intereses geopolíticos de una potencia extranjera, quizá valga la pena preguntarnos qué parte de nuestra identidad heredamos y cuál hemos construido nosotros mismos. En ese entonces pensé que la rumana estaba equivocada. Y lo estaba, pero no por ser rumana. Estaba equivocada porque creía que ser latina era una cuestión de sangre, de raza o de temperamento, cuando en realidad era, simplemente, una cuestión de lengua. Nunca aprendió a bailar como una cubana. Pero aquella rumana logró que un guatemalteco se preguntara si el nombre con el que se había identificado toda su vida era realmente suyo.

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