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Los derechos no se negocian

Redacción República
04 de septiembre, 2014

Recientemente hubo mucha polémica por la



aplicación llamada Secret que permite



publicar comentarios de manera anónima.



La polémica surgió a raíz de que se hizo de conocimiento público que en



la aplicación se compartían comentarios que faltaban el respeto de otras



personas. También hubo controversia debido a que se compartieron fotografías de



otras personas que podían comprometer la intimidad de las mismas.

La respuesta de la gente contra esta



aplicación fue de alarma. Las reacciones iban desde gente que mostraba su



inconformidad en las redes sociales hasta gente que formó grupos para solicitar



la prohibición de dicha aplicación.

Sin embargo el hecho más preocupante se



dio cuando apareció el gobierno en la discusión. Primero el procurador general de la nación



anunció que solicitaría a la superintendencia de telecomunicaciones prohibir la



descarga de la aplicación y luego la vicepresidenta del país anunciando que



presentaría una iniciativa llamada ley de



protección de la moral e integridad de la persona
.

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La sola mención de la creación de



legislación que regule la actividad de las personas en las redes sociales es en



sí un hecho que no debe pasar inadvertido.



Otorgar la discrecionalidad al poder público para normar nuestros



comportamientos en las redes es un asunto que compromete los derechos



individuales. Concretamente es un hecho



que atenta contra la libertad de expresión.

Muchos dicen que la libertad de



expresión no es un derecho absoluto y que en consecuencia puede ser sujeto a



regulación. En realidad todos los



derechos son “absolutos” en el sentido de que son esferas que otorgan ciertas



facultades a los individuos y que no permiten que otros interfieran con el



ámbito que protege dicha esfera. Nadie



dudaría que el derecho a la vida es absoluto en el sentido de que es



inviolable. Cosa completamente diferente



es que se permita de manera excepcional matar en defensa propia. Justamente la



excepción confirma la regla: el derecho es absoluto e inviolable.

El asunto se complica más cuando vemos



la jerga que utilizan los políticos en este caso. Hablan de una legislación que



protegerá la “moral” y la “integridad”.



Deberíamos dudar de entrada que el gobierno tenga rol alguno en definir



la moralidad o inmoralidad de las personas.



En primer lugar porque la moralidad no se define contando votos (que es



lo que ocurre cuando los congresistas aprueban una ley) para que el poder



público pueda definirla. En segundo



lugar porque la moral es por definición un acto voluntario. No existe cosa más



ridícula que hablar de virtud a la fuerza.



Una persona virtuosa es justamente quien de manera voluntaria sigue



cierto código de valores que consideramos adecuados. No es posible que la ley haga virtuosas a las



personas.

Debemos tomar en cuenta que las leyes y



los actos de gobierno sientan precedentes.



Si aceptamos hoy que los gobiernos tienen la legitimidad de regular las



redes sociales abrimos las puertas para que en un futuro la regulación se



extienda a otros ámbitos hasta ahora responsabilidad de los particulares. La única justificación que tiene el gobierno



para usar el aparato de la fuerza es para proteger los derechos



fundamentales. No podemos permitir que



utilicen el poder público para atacar nuestro derecho fundamental a la libre



emisión del pensamiento.

Los derechos no se negocian

Redacción República
04 de septiembre, 2014

Recientemente hubo mucha polémica por la



aplicación llamada Secret que permite



publicar comentarios de manera anónima.



La polémica surgió a raíz de que se hizo de conocimiento público que en



la aplicación se compartían comentarios que faltaban el respeto de otras



personas. También hubo controversia debido a que se compartieron fotografías de



otras personas que podían comprometer la intimidad de las mismas.

La respuesta de la gente contra esta



aplicación fue de alarma. Las reacciones iban desde gente que mostraba su



inconformidad en las redes sociales hasta gente que formó grupos para solicitar



la prohibición de dicha aplicación.

Sin embargo el hecho más preocupante se



dio cuando apareció el gobierno en la discusión. Primero el procurador general de la nación



anunció que solicitaría a la superintendencia de telecomunicaciones prohibir la



descarga de la aplicación y luego la vicepresidenta del país anunciando que



presentaría una iniciativa llamada ley de



protección de la moral e integridad de la persona
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legislación que regule la actividad de las personas en las redes sociales es en



sí un hecho que no debe pasar inadvertido.



Otorgar la discrecionalidad al poder público para normar nuestros



comportamientos en las redes es un asunto que compromete los derechos



individuales. Concretamente es un hecho



que atenta contra la libertad de expresión.

Muchos dicen que la libertad de



expresión no es un derecho absoluto y que en consecuencia puede ser sujeto a



regulación. En realidad todos los



derechos son “absolutos” en el sentido de que son esferas que otorgan ciertas



facultades a los individuos y que no permiten que otros interfieran con el



ámbito que protege dicha esfera. Nadie



dudaría que el derecho a la vida es absoluto en el sentido de que es



inviolable. Cosa completamente diferente



es que se permita de manera excepcional matar en defensa propia. Justamente la



excepción confirma la regla: el derecho es absoluto e inviolable.

El asunto se complica más cuando vemos



la jerga que utilizan los políticos en este caso. Hablan de una legislación que



protegerá la “moral” y la “integridad”.



Deberíamos dudar de entrada que el gobierno tenga rol alguno en definir



la moralidad o inmoralidad de las personas.



En primer lugar porque la moralidad no se define contando votos (que es



lo que ocurre cuando los congresistas aprueban una ley) para que el poder



público pueda definirla. En segundo



lugar porque la moral es por definición un acto voluntario. No existe cosa más



ridícula que hablar de virtud a la fuerza.



Una persona virtuosa es justamente quien de manera voluntaria sigue



cierto código de valores que consideramos adecuados. No es posible que la ley haga virtuosas a las



personas.

Debemos tomar en cuenta que las leyes y



los actos de gobierno sientan precedentes.



Si aceptamos hoy que los gobiernos tienen la legitimidad de regular las



redes sociales abrimos las puertas para que en un futuro la regulación se



extienda a otros ámbitos hasta ahora responsabilidad de los particulares. La única justificación que tiene el gobierno



para usar el aparato de la fuerza es para proteger los derechos



fundamentales. No podemos permitir que



utilicen el poder público para atacar nuestro derecho fundamental a la libre



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