Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

Luis Pedro Torrebiarte: "Para mí el conflicto armado no se ha terminado"

Luis Gonzalez
02 de agosto, 2026

A sus 78 años, el médico psiquiatra Luis Pedro Torrebiarte Lantzendorffer ha dedicado cinco décadas a escuchar historias humanas marcadas por la pérdida, la depresión, la violencia, las adicciones y los conflictos familiares. Graduado como médico y cirujano por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1972 y especializado en Psiquiatría en la State University of New York at Syracuse, regresó al país en 1976, pocos meses después del terremoto que cambió la vida de miles de guatemaltecos.

Descendiente de inmigrantes alemanes establecidos en Alta Verapaz y perteneciente a una familia tradicionalmente vinculada al sector privado, eligió la medicina y el servicio comunitario como proyecto de vida. Desde su clínica ha sido testigo de las transformaciones de la sociedad guatemalteca durante los últimos cincuenta años, una experiencia que lo lleva a afirmar que muchas de las heridas del país siguen abiertas pese a la firma de la paz.

Los orígenes familiares y la vocación de servicio

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Doctor, cuando uno piensa en un apellido como Torrebiarte piensa en una familia que llegó al país hace varias generaciones, que se desarrolló principalmente en el ámbito empresarial e industrial. ¿Por qué un Torrebiarte decidió dedicarse a la ciencia y a una especialidad tan particular como la psiquiatría?

—Mire, la verdad es que todo esto tiene mucho que ver con la tradición familiar. Mi papá siempre nos transmitió la importancia de jugar un papel en la sociedad y en la educación. Nosotros estudiamos en un colegio católico donde nos enseñaron las obras de misericordia corporales, las obras de misericordia espirituales y la vocación de servir.

Soy de la tercera generación. Mis abuelos fueron quienes vinieron a Guatemala. Siempre trabajaron, pero también tuvieron esa vocación de servicio. Mi padre, donde iba, procuraba que hubiera una capilla, una escuela, atención médica. Dentro de las empresas siempre existió esa preocupación por las comunidades.

Cuando mi papá murió, yo todavía era estudiante universitario. Mis hermanos me apoyaron para que pudiera continuar estudiando y yo siempre he procurado apoyarlos en otras cosas. Mi verdadera vocación ha sido servir. Eso es lo que más me llena.

Todos nacemos con habilidades distintas. Algunos nacen con la vocación de ser empresarios. Uno debe tratar de hacer aquello para lo que tiene más capacidad. Como decía Platón en La República, cada quien debe dar lo mejor de sí mismo y la República debe darle a cada quien lo que necesita.

¿Qué lo llevó a estudiar medicina y posteriormente psiquiatría?

—Durante mis estudios de medicina me di cuenta de que la ley del 80-20 de Pareto también se aplica a las enfermedades. El 80 % de los pacientes que regresan a consulta muchas veces son personas que continúan repitiendo los mismos errores.

Siendo estudiante, tuve la oportunidad de observar el trabajo del doctor León Arango, un destacado neumólogo. Él organizó grupos de apoyo para personas con asma en el Hospital Roosevelt y logró disminuir notablemente las crisis asmáticas que saturaban la emergencia.

Eso me despertó la curiosidad.

Investigando, descubrí que la terapia de grupo no la inventó ningún psiquiatra ni psicólogo. Surgió con un especialista en tuberculosis en Londres, a finales del siglo XIX. Tenía pacientes ricos durante la mañana y pacientes pobres durante la tarde. Curiosamente, observó que los pacientes pobres evolucionaban mejor.

Pidió a una enfermera que investigara las razones. Ella descubrió que mientras esperaban consulta, se compartían recetas, consejos, formas de conseguir mejor alimentación, descuentos en mercados o alternativas para mejorar su salud.

Es decir, la propia comunidad se ayudaba. Entonces institucionalizó aquello y así surgió formalmente la terapia grupal. Fue una enseñanza importante para mí porque comprendí que muchas personas no solo enferman por causas biológicas. También enferman por su contexto social, emocional y humano.

El regreso a Guatemala después del terremoto. Usted regresó a Guatemala en 1976. ¿Cómo encontró el país?

—Regresé en junio de 1976, unos meses después del terremoto. Había muchísimo estrés postraumático.

No solamente la población estaba afectada. También los médicos estaban traumatizados. Aunque personalmente no hubieran perdido familiares, era prácticamente imposible encontrar a alguien que no hubiera estado cerca de una tragedia: un muerto, un herido, un familiar afectado o un amigo. Aquella experiencia dejó una marca muy profunda.

¿Cuánto tiempo trabajó en el sector público?

—En el sector público estuve durante mi residencia y posteriormente colaboré como voluntario pro bono en el Hospital Federico Mora cuando todavía funcionaba como comunidad terapéutica.

Después ya no continué porque nunca pude lidiar con la burocracia del Ministerio de Salud. No era un tema económico. Había mucho trabajo por hacer, pero no me sentía cómodo con esos procesos administrativos. Aun así, siempre continué prestando servicios de manera voluntaria y desarrollando trabajo comunitario.

¿Desde cuándo tiene clínica privada?

—Desde 1976.

Después de cinco décadas escuchando las historias de miles de pacientes, ¿cómo interpreta usted la realidad de Guatemala?

Para mí la guerra no se ha terminado. Lo que pasó es que los dirigentes llegaron a acuerdos y dijeron que el conflicto había terminado.

Pero quienes estuvieron en la guerra, tanto soldados como guerrilleros, patrulleros civiles, población rural y comunidades afectadas, quedaron con muchas preguntas. Les dijeron: “Ya se acabó”.

Pero la pregunta era: “¿Ya se acabó qué?”. Muchas heridas no fueron resueltas. La violencia continuó de distintas formas y en distintos lugares. No necesariamente con la intensidad del conflicto armado, pero siguió existiendo.

¿Cuál considera que es uno de los grandes problemas de Guatemala?

—Que no tenemos una identidad nacional claramente definida. Desde finales del siglo XIX no hubo una verdadera política de integración. Los distintos grupos culturales conservaron sus costumbres y sus formas de organización.

Eso tiene consecuencias incluso en la forma de pensar. Uno ve influencias indígenas, ladinas y regionales mezcladas constantemente. Somos una sociedad muy compleja.

¿Cómo describe la idiosincrasia del guatemalteco?

—Es complicada porque estamos muy influenciados por culturas distintas. Por ejemplo, en q'eqchi' tradicionalmente muchas expresiones se construyen de manera diferente a como solemos hacerlo en español. También tenemos maneras particulares de relacionarnos con las cosas.

A veces existe una expectativa cultural de recibir beneficios sin entender completamente la lógica del intercambio. Son pequeños elementos que reflejan que nunca hubo un verdadero proyecto nacional de integración.

¿Qué papel jugó la educación en esa falta de integración?

—Muy importante. Cuando Justo Rufino Barrios expulsó a gran parte de las órdenes religiosas extranjeras, desapareció buena parte de la estructura educativa que existía. Muchas escuelas primarias funcionaban alrededor de parroquias y numerosos docentes universitarios eran religiosos.

Durante décadas hubo una enorme escasez de maestros. Por eso las escuelas normales adquirieron tanta importancia. El país necesitaba profesores antes que cualquier otra cosa.

Usted sostiene que Guatemala no tiene una identidad consolidada. ¿A qué se refiere?

—No existe una figura unificadora. Uno puede pensar en héroes fundacionales en otros países. Pero aquí no hay un personaje que sea asumido por todos como símbolo nacional. Eso contribuye a que la identidad siga fragmentada.

¿Qué país latinoamericano considera que sí logró construir una identidad nacional?

—México. Desarrolló instituciones, un servicio civil, mecanismos de formación académica y una narrativa nacional muy fuerte. Consiguió integrar la diversidad en un proyecto común. Nosotros nunca logramos consolidar algo parecido.

Entonces, ¿cómo definiría al guatemalteco?

—La mayoría de los guatemaltecos son personas trabajadoras. También son personas honradas. El problema es que seguimos siendo una sociedad fragmentada y con profundas diferencias regionales.

Su relación con Cobán y la salud mental

¿Se considera cobanero?

—Me identifico mucho con Cobán. Conozco los valores de su gente y también los retos que enfrenta, especialmente en educación. Por eso existe la Fundación Miguel Torrebiarte, nombrada en honor a mi padre. Buscamos contribuir al desarrollo de la región.

¿Cuáles son los problemas de salud mental que más observa en Guatemala?

—La depresión. Somos una sociedad con mucho pesimismo y poca esperanza. Eso favorece los trastornos depresivos. Después aparecen distintos tipos de psicosis.

¿Cómo se entiende este padecimiento?

—Una psicosis es cuando una persona empieza a interpretar la realidad de una manera completamente distinta. Hechos normales adquieren significados especiales. Puede sentir que los demás lo rechazan, lo persiguen o hablan de él. Las relaciones se vuelven difíciles porque todo se interpreta desde una percepción alterada.

¿Qué papel juegan el alcohol y las drogas?

Muchísima gente se automedica. A veces parece que el problema es el alcohol. Pero detrás puede haber depresión, estrés postraumático, ansiedad o trauma. La persona descubre que bajo los efectos del alcohol o las drogas se siente mejor momentáneamente. Entonces utiliza esas sustancias como anestesia emocional.

Usted ha colaborado durante años con Alcohólicos Anónimos.

—Sí. He sido custodio clase A en dos ocasiones. Es una forma de servicio. Alcohólicos Anónimos desarrolló una metodología extraordinaria basada en la ayuda mutua.

¿Puede curarse definitivamente el alcoholismo?

—No. Una persona puede aprender a manejarlo. Pero no se cura. Por eso en Alcohólicos Anónimos se habla de vivir un día a la vez. El alcohólico triunfa durante 24 horas. Cada día vuelve a empezar.

¿Qué relación existe entre violencia y salud mental?

—Muchísima. Hay investigaciones que muestran que una gran proporción de personas involucradas en delitos violentos estuvieron expuestas a violencia desde muy temprana edad.

A veces incluso antes de nacer. Nosotros aprendemos por imitación. Aprendemos a hablar, caminar, pensar y resolver conflictos observando a quienes nos rodean, especialmente a nuestros padres. Lo que ocurre en la infancia pesa durante toda la vida.

Después de cincuenta años ejerciendo, ¿qué es lo más difícil de su trabajo?

—Para mí, atender a personas profundamente deprimidas. La agresividad y la violencia las puedo manejar. Pero acompañar a una persona muy deprimida requiere muchísima energía. Es un esfuerzo emocional enorme.

¿Ha vivido personalmente ese desgaste?

—Sí. Durante la pandemia atendí a un paciente que había perdido el negocio, a su padre y a su esposa. Cuando terminó la consulta, sentí que si me levantaba, me iba a caer.

Terminé en el hospital. No tenía ninguna enfermedad. Simplemente me había quedado sin energía.

Educar al niño para no castigar al hombre. ¿Está de acuerdo con esa frase?

—Totalmente. Necesitamos asumir que todos somos responsables tanto de lo bueno como de lo malo que existe en Guatemala. La mayoría de las personas son trabajadoras y decentes. Pero necesitamos más educación, más responsabilidad y mejores ejemplos.

¿Todo se corrige con amor o hay ocasiones en las que se necesita mano firme?

—Se necesitan las dos cosas. Hay personas que necesitan apoyo y comprensión. Otras necesitan límites claros. La disciplina es indispensable. Como dice el refrán: “Si no fuera por la ribera, el río no llegaría al mar”. Tiene que haber normas y también consecuencias cuando esas normas se incumplen. No como castigo, sino como una oportunidad de corrección y aprendizaje.

Después de escuchar durante más de cincuenta años los problemas, dolores y esperanzas de miles de personas, ¿qué ha aprendido?

—Que el objetivo final de la terapia es muy sencillo. Ayudar a las personas a aprender o recuperar la capacidad de disfrutar del amor y del trabajo. Si una persona puede amar y trabajar, está bien. Todo lo demás son ganancias adicionales. Y si logra eso, está verdaderamente bendecida.

Luis Pedro Torrebiarte: "Para mí el conflicto armado no se ha terminado"

Luis Gonzalez
02 de agosto, 2026

A sus 78 años, el médico psiquiatra Luis Pedro Torrebiarte Lantzendorffer ha dedicado cinco décadas a escuchar historias humanas marcadas por la pérdida, la depresión, la violencia, las adicciones y los conflictos familiares. Graduado como médico y cirujano por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1972 y especializado en Psiquiatría en la State University of New York at Syracuse, regresó al país en 1976, pocos meses después del terremoto que cambió la vida de miles de guatemaltecos.

Descendiente de inmigrantes alemanes establecidos en Alta Verapaz y perteneciente a una familia tradicionalmente vinculada al sector privado, eligió la medicina y el servicio comunitario como proyecto de vida. Desde su clínica ha sido testigo de las transformaciones de la sociedad guatemalteca durante los últimos cincuenta años, una experiencia que lo lleva a afirmar que muchas de las heridas del país siguen abiertas pese a la firma de la paz.

Los orígenes familiares y la vocación de servicio

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Doctor, cuando uno piensa en un apellido como Torrebiarte piensa en una familia que llegó al país hace varias generaciones, que se desarrolló principalmente en el ámbito empresarial e industrial. ¿Por qué un Torrebiarte decidió dedicarse a la ciencia y a una especialidad tan particular como la psiquiatría?

—Mire, la verdad es que todo esto tiene mucho que ver con la tradición familiar. Mi papá siempre nos transmitió la importancia de jugar un papel en la sociedad y en la educación. Nosotros estudiamos en un colegio católico donde nos enseñaron las obras de misericordia corporales, las obras de misericordia espirituales y la vocación de servir.

Soy de la tercera generación. Mis abuelos fueron quienes vinieron a Guatemala. Siempre trabajaron, pero también tuvieron esa vocación de servicio. Mi padre, donde iba, procuraba que hubiera una capilla, una escuela, atención médica. Dentro de las empresas siempre existió esa preocupación por las comunidades.

Cuando mi papá murió, yo todavía era estudiante universitario. Mis hermanos me apoyaron para que pudiera continuar estudiando y yo siempre he procurado apoyarlos en otras cosas. Mi verdadera vocación ha sido servir. Eso es lo que más me llena.

Todos nacemos con habilidades distintas. Algunos nacen con la vocación de ser empresarios. Uno debe tratar de hacer aquello para lo que tiene más capacidad. Como decía Platón en La República, cada quien debe dar lo mejor de sí mismo y la República debe darle a cada quien lo que necesita.

¿Qué lo llevó a estudiar medicina y posteriormente psiquiatría?

—Durante mis estudios de medicina me di cuenta de que la ley del 80-20 de Pareto también se aplica a las enfermedades. El 80 % de los pacientes que regresan a consulta muchas veces son personas que continúan repitiendo los mismos errores.

Siendo estudiante, tuve la oportunidad de observar el trabajo del doctor León Arango, un destacado neumólogo. Él organizó grupos de apoyo para personas con asma en el Hospital Roosevelt y logró disminuir notablemente las crisis asmáticas que saturaban la emergencia.

Eso me despertó la curiosidad.

Investigando, descubrí que la terapia de grupo no la inventó ningún psiquiatra ni psicólogo. Surgió con un especialista en tuberculosis en Londres, a finales del siglo XIX. Tenía pacientes ricos durante la mañana y pacientes pobres durante la tarde. Curiosamente, observó que los pacientes pobres evolucionaban mejor.

Pidió a una enfermera que investigara las razones. Ella descubrió que mientras esperaban consulta, se compartían recetas, consejos, formas de conseguir mejor alimentación, descuentos en mercados o alternativas para mejorar su salud.

Es decir, la propia comunidad se ayudaba. Entonces institucionalizó aquello y así surgió formalmente la terapia grupal. Fue una enseñanza importante para mí porque comprendí que muchas personas no solo enferman por causas biológicas. También enferman por su contexto social, emocional y humano.

El regreso a Guatemala después del terremoto. Usted regresó a Guatemala en 1976. ¿Cómo encontró el país?

—Regresé en junio de 1976, unos meses después del terremoto. Había muchísimo estrés postraumático.

No solamente la población estaba afectada. También los médicos estaban traumatizados. Aunque personalmente no hubieran perdido familiares, era prácticamente imposible encontrar a alguien que no hubiera estado cerca de una tragedia: un muerto, un herido, un familiar afectado o un amigo. Aquella experiencia dejó una marca muy profunda.

¿Cuánto tiempo trabajó en el sector público?

—En el sector público estuve durante mi residencia y posteriormente colaboré como voluntario pro bono en el Hospital Federico Mora cuando todavía funcionaba como comunidad terapéutica.

Después ya no continué porque nunca pude lidiar con la burocracia del Ministerio de Salud. No era un tema económico. Había mucho trabajo por hacer, pero no me sentía cómodo con esos procesos administrativos. Aun así, siempre continué prestando servicios de manera voluntaria y desarrollando trabajo comunitario.

¿Desde cuándo tiene clínica privada?

—Desde 1976.

Después de cinco décadas escuchando las historias de miles de pacientes, ¿cómo interpreta usted la realidad de Guatemala?

Para mí la guerra no se ha terminado. Lo que pasó es que los dirigentes llegaron a acuerdos y dijeron que el conflicto había terminado.

Pero quienes estuvieron en la guerra, tanto soldados como guerrilleros, patrulleros civiles, población rural y comunidades afectadas, quedaron con muchas preguntas. Les dijeron: “Ya se acabó”.

Pero la pregunta era: “¿Ya se acabó qué?”. Muchas heridas no fueron resueltas. La violencia continuó de distintas formas y en distintos lugares. No necesariamente con la intensidad del conflicto armado, pero siguió existiendo.

¿Cuál considera que es uno de los grandes problemas de Guatemala?

—Que no tenemos una identidad nacional claramente definida. Desde finales del siglo XIX no hubo una verdadera política de integración. Los distintos grupos culturales conservaron sus costumbres y sus formas de organización.

Eso tiene consecuencias incluso en la forma de pensar. Uno ve influencias indígenas, ladinas y regionales mezcladas constantemente. Somos una sociedad muy compleja.

¿Cómo describe la idiosincrasia del guatemalteco?

—Es complicada porque estamos muy influenciados por culturas distintas. Por ejemplo, en q'eqchi' tradicionalmente muchas expresiones se construyen de manera diferente a como solemos hacerlo en español. También tenemos maneras particulares de relacionarnos con las cosas.

A veces existe una expectativa cultural de recibir beneficios sin entender completamente la lógica del intercambio. Son pequeños elementos que reflejan que nunca hubo un verdadero proyecto nacional de integración.

¿Qué papel jugó la educación en esa falta de integración?

—Muy importante. Cuando Justo Rufino Barrios expulsó a gran parte de las órdenes religiosas extranjeras, desapareció buena parte de la estructura educativa que existía. Muchas escuelas primarias funcionaban alrededor de parroquias y numerosos docentes universitarios eran religiosos.

Durante décadas hubo una enorme escasez de maestros. Por eso las escuelas normales adquirieron tanta importancia. El país necesitaba profesores antes que cualquier otra cosa.

Usted sostiene que Guatemala no tiene una identidad consolidada. ¿A qué se refiere?

—No existe una figura unificadora. Uno puede pensar en héroes fundacionales en otros países. Pero aquí no hay un personaje que sea asumido por todos como símbolo nacional. Eso contribuye a que la identidad siga fragmentada.

¿Qué país latinoamericano considera que sí logró construir una identidad nacional?

—México. Desarrolló instituciones, un servicio civil, mecanismos de formación académica y una narrativa nacional muy fuerte. Consiguió integrar la diversidad en un proyecto común. Nosotros nunca logramos consolidar algo parecido.

Entonces, ¿cómo definiría al guatemalteco?

—La mayoría de los guatemaltecos son personas trabajadoras. También son personas honradas. El problema es que seguimos siendo una sociedad fragmentada y con profundas diferencias regionales.

Su relación con Cobán y la salud mental

¿Se considera cobanero?

—Me identifico mucho con Cobán. Conozco los valores de su gente y también los retos que enfrenta, especialmente en educación. Por eso existe la Fundación Miguel Torrebiarte, nombrada en honor a mi padre. Buscamos contribuir al desarrollo de la región.

¿Cuáles son los problemas de salud mental que más observa en Guatemala?

—La depresión. Somos una sociedad con mucho pesimismo y poca esperanza. Eso favorece los trastornos depresivos. Después aparecen distintos tipos de psicosis.

¿Cómo se entiende este padecimiento?

—Una psicosis es cuando una persona empieza a interpretar la realidad de una manera completamente distinta. Hechos normales adquieren significados especiales. Puede sentir que los demás lo rechazan, lo persiguen o hablan de él. Las relaciones se vuelven difíciles porque todo se interpreta desde una percepción alterada.

¿Qué papel juegan el alcohol y las drogas?

Muchísima gente se automedica. A veces parece que el problema es el alcohol. Pero detrás puede haber depresión, estrés postraumático, ansiedad o trauma. La persona descubre que bajo los efectos del alcohol o las drogas se siente mejor momentáneamente. Entonces utiliza esas sustancias como anestesia emocional.

Usted ha colaborado durante años con Alcohólicos Anónimos.

—Sí. He sido custodio clase A en dos ocasiones. Es una forma de servicio. Alcohólicos Anónimos desarrolló una metodología extraordinaria basada en la ayuda mutua.

¿Puede curarse definitivamente el alcoholismo?

—No. Una persona puede aprender a manejarlo. Pero no se cura. Por eso en Alcohólicos Anónimos se habla de vivir un día a la vez. El alcohólico triunfa durante 24 horas. Cada día vuelve a empezar.

¿Qué relación existe entre violencia y salud mental?

—Muchísima. Hay investigaciones que muestran que una gran proporción de personas involucradas en delitos violentos estuvieron expuestas a violencia desde muy temprana edad.

A veces incluso antes de nacer. Nosotros aprendemos por imitación. Aprendemos a hablar, caminar, pensar y resolver conflictos observando a quienes nos rodean, especialmente a nuestros padres. Lo que ocurre en la infancia pesa durante toda la vida.

Después de cincuenta años ejerciendo, ¿qué es lo más difícil de su trabajo?

—Para mí, atender a personas profundamente deprimidas. La agresividad y la violencia las puedo manejar. Pero acompañar a una persona muy deprimida requiere muchísima energía. Es un esfuerzo emocional enorme.

¿Ha vivido personalmente ese desgaste?

—Sí. Durante la pandemia atendí a un paciente que había perdido el negocio, a su padre y a su esposa. Cuando terminó la consulta, sentí que si me levantaba, me iba a caer.

Terminé en el hospital. No tenía ninguna enfermedad. Simplemente me había quedado sin energía.

Educar al niño para no castigar al hombre. ¿Está de acuerdo con esa frase?

—Totalmente. Necesitamos asumir que todos somos responsables tanto de lo bueno como de lo malo que existe en Guatemala. La mayoría de las personas son trabajadoras y decentes. Pero necesitamos más educación, más responsabilidad y mejores ejemplos.

¿Todo se corrige con amor o hay ocasiones en las que se necesita mano firme?

—Se necesitan las dos cosas. Hay personas que necesitan apoyo y comprensión. Otras necesitan límites claros. La disciplina es indispensable. Como dice el refrán: “Si no fuera por la ribera, el río no llegaría al mar”. Tiene que haber normas y también consecuencias cuando esas normas se incumplen. No como castigo, sino como una oportunidad de corrección y aprendizaje.

Después de escuchar durante más de cincuenta años los problemas, dolores y esperanzas de miles de personas, ¿qué ha aprendido?

—Que el objetivo final de la terapia es muy sencillo. Ayudar a las personas a aprender o recuperar la capacidad de disfrutar del amor y del trabajo. Si una persona puede amar y trabajar, está bien. Todo lo demás son ganancias adicionales. Y si logra eso, está verdaderamente bendecida.

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?