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La cerveza como protagonista de la mesa

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Alicia Utrera
22 de junio, 2026

Las luces tenues de Zeis, el bar ubicado en el Hyatt Centric Guatemala City, iluminaban una mesa donde la cerveza sería la protagonista. No se trataba de una degustación tradicional ni de una simple presentación de productos. La experiencia organizada por Ambev buscaba algo distinto: demostrar que la cerveza puede ocupar un lugar privilegiado dentro de la gastronomía y convertirse en una aliada capaz de transformar cada plato.

La propuesta invitaba a recorrer cuatro etiquetas ampliamente conocidas —Michelob Ultra, Corona, Stella Artois y Leffe— a través de maridajes diseñados especialmente para resaltar sus características. La dinámica parecía sencilla, pero conforme avanzaba la tarde, se hacía evidente que detrás de cada combinación existía un ejercicio de equilibrio entre aromas, texturas y sabores.

La experiencia comenzó con Michelob Ultra. Sobre la mesa apareció un tiradito de atún con maracuyá que destacaba por su presentación fresca y colorida. Las finas láminas de pescado conservaban una textura delicada y sedosa, mientras que la salsa aportaba notas tropicales y una acidez que despertaba el paladar desde el primer bocado.

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A simple vista parecía un plato ligero, pero escondía una interesante complejidad. El dulzor natural de la fruta contrastaba con la frescura del atún, generando una combinación que oscilaba constantemente entre lo cítrico y lo marino. Al acompañarlo con Michelob Ultra, una cerveza de perfil limpio y cuerpo ligero, la experiencia adquiría un nuevo equilibrio. La cerveza refrescaba el paladar después de cada bocado y permitía apreciar nuevamente los matices del plato sin saturar los sentidos.

Fue un inicio pensado para preparar el camino. Los sabores eran frescos, brillantes y ligeros, una introducción ideal.

Un viaje hacia sabores costeros

La segunda estación estuvo marcada por Corona. Antes incluso del primer sorbo, la cerveza dejaba ver un color dorado brillante y una apariencia cristalina que anticipaba su carácter refrescante. En nariz aparecían notas suaves de cereal, un ligero toque de miel y delicados matices herbales. Su perfil era sencillo, pero precisamente ahí radica parte de su atractivo: una cerveza diseñada para ser fácil de beber y capaz de acompañar una amplia variedad de sabores.

Esta llegó acompañada de unas empanadas de camarón servidas con una salsa cremosa que aportaba profundidad al conjunto. El contraste comenzaba desde la textura. Por fuera, una masa dorada y crujiente; por dentro, un relleno jugoso donde el sabor del marisco se mantenía como protagonista.

Cada bocado ofrecía una mezcla agradable entre la crocancia de la empanada y la suavidad del camarón. La salsa añadía untuosidad y un toque adicional de sabor que terminaba de redondear la propuesta. En ese contexto, Corona cumplía un papel fundamental.

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Su carácter ligero y refrescante actuaba como contrapunto frente a la riqueza de la preparación. Las notas suaves de cereal y su final limpio ayudaban a equilibrar la grasa natural de la fritura, permitiendo que el plato se sintiera ligero a pesar de su intensidad. Era una combinación que evocaba terrazas frente al mar, tardes cálidas y reuniones informales donde la comida y la bebida encuentran un lenguaje común.

La cerveza y la comida parecían trabajar juntas para construir una experiencia coherente. Ninguna intentaba imponerse sobre la otra. El resultado fue una armonía que hacía que el siguiente bocado siempre pareciera una buena idea.

El encuentro entre Bélgica y Guatemala

La tercera propuesta elevó la intensidad de los sabores. Stella Artois llegó a la mesa junto a unas brochetas de queso chancol y chorizo, una combinación que desde el primer momento despertó curiosidad.

El queso chancol aportaba una textura cremosa y un sabor lácteo pronunciado, mientras que el chorizo introducía notas ahumadas, especiadas y ligeramente saladas. Al servirse calientes, ambos ingredientes adquirían una riqueza aromática que llenaba la mesa incluso antes del primer bocado.

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Era posiblemente el maridaje más contundente hasta ese momento. Los sabores tenían peso propio y exigían una cerveza capaz de acompañarlos sin desaparecer. 

Stella Artois, con su perfil maltoso, acompañado de un amargor moderado y un final seco, ayudó a equilibrar la intensidad del queso y la potencia del embutido. 

La combinación también ofrecía un interesante diálogo cultural. Por un lado, una lager belga reconocida internacionalmente; por el otro, ingredientes profundamente ligados a la tradición gastronómica guatemalteca. El resultado demostraba que los maridajes más interesantes muchas veces nacen precisamente de esos encuentros inesperados.

Un cierre lleno de matices

La experiencia concluyó con Leffe, la cerveza más compleja de las cuatro presentadas. Frente a ella apareció una preparación aparentemente sencilla: tostadas con guacamole, aceitunas negras y cebolla morada.

Sin embargo, bastó observar con atención para descubrir una propuesta llena de contrastes. El guacamole aportaba cremosidad y notas vegetales frescas. Las aceitunas introducían intensidad y un carácter salino muy marcado. La cebolla agregaba textura y un ligero toque picante que permanecía en el paladar.

Era un plato que invitaba a detenerse y analizar cada componente. Precisamente por eso encontraba un excelente aliado en Leffe. Las notas afrutadas y especiadas características de esta cerveza de abadía belga aportaban profundidad al conjunto. A medida que avanzaba la degustación, aparecían recuerdos de miel, frutas maduras y especias suaves que dialogaban con los ingredientes del plato de maneras distintas en cada bocado.

Fue un cierre pausado, pensado para saborear sin prisa. Una combinación donde la cerveza no solo acompañaba la comida, sino que se convertía en parte esencial de la experiencia.

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Al final, la propuesta de Ambev dejó una conclusión. Aunque durante años el vino ha ocupado gran parte de la conversación cuando se habla de maridajes, la cerveza posee una versatilidad capaz de sorprender incluso a quienes creen conocerla bien. Esta experiencia demostró que detrás de una etiqueta familiar existe un universo de aromas, texturas y posibilidades gastronómicas que vale la pena explorar. Fue una invitación a mirar la cerveza desde una perspectiva diferente, no como un simple acompañamiento, sino como un ingrediente capaz de enriquecer la experiencia culinaria de principio a fin.

La cerveza como protagonista de la mesa

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Alicia Utrera
22 de junio, 2026

Las luces tenues de Zeis, el bar ubicado en el Hyatt Centric Guatemala City, iluminaban una mesa donde la cerveza sería la protagonista. No se trataba de una degustación tradicional ni de una simple presentación de productos. La experiencia organizada por Ambev buscaba algo distinto: demostrar que la cerveza puede ocupar un lugar privilegiado dentro de la gastronomía y convertirse en una aliada capaz de transformar cada plato.

La propuesta invitaba a recorrer cuatro etiquetas ampliamente conocidas —Michelob Ultra, Corona, Stella Artois y Leffe— a través de maridajes diseñados especialmente para resaltar sus características. La dinámica parecía sencilla, pero conforme avanzaba la tarde, se hacía evidente que detrás de cada combinación existía un ejercicio de equilibrio entre aromas, texturas y sabores.

La experiencia comenzó con Michelob Ultra. Sobre la mesa apareció un tiradito de atún con maracuyá que destacaba por su presentación fresca y colorida. Las finas láminas de pescado conservaban una textura delicada y sedosa, mientras que la salsa aportaba notas tropicales y una acidez que despertaba el paladar desde el primer bocado.

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A simple vista parecía un plato ligero, pero escondía una interesante complejidad. El dulzor natural de la fruta contrastaba con la frescura del atún, generando una combinación que oscilaba constantemente entre lo cítrico y lo marino. Al acompañarlo con Michelob Ultra, una cerveza de perfil limpio y cuerpo ligero, la experiencia adquiría un nuevo equilibrio. La cerveza refrescaba el paladar después de cada bocado y permitía apreciar nuevamente los matices del plato sin saturar los sentidos.

Fue un inicio pensado para preparar el camino. Los sabores eran frescos, brillantes y ligeros, una introducción ideal.

Un viaje hacia sabores costeros

La segunda estación estuvo marcada por Corona. Antes incluso del primer sorbo, la cerveza dejaba ver un color dorado brillante y una apariencia cristalina que anticipaba su carácter refrescante. En nariz aparecían notas suaves de cereal, un ligero toque de miel y delicados matices herbales. Su perfil era sencillo, pero precisamente ahí radica parte de su atractivo: una cerveza diseñada para ser fácil de beber y capaz de acompañar una amplia variedad de sabores.

Esta llegó acompañada de unas empanadas de camarón servidas con una salsa cremosa que aportaba profundidad al conjunto. El contraste comenzaba desde la textura. Por fuera, una masa dorada y crujiente; por dentro, un relleno jugoso donde el sabor del marisco se mantenía como protagonista.

Cada bocado ofrecía una mezcla agradable entre la crocancia de la empanada y la suavidad del camarón. La salsa añadía untuosidad y un toque adicional de sabor que terminaba de redondear la propuesta. En ese contexto, Corona cumplía un papel fundamental.

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Su carácter ligero y refrescante actuaba como contrapunto frente a la riqueza de la preparación. Las notas suaves de cereal y su final limpio ayudaban a equilibrar la grasa natural de la fritura, permitiendo que el plato se sintiera ligero a pesar de su intensidad. Era una combinación que evocaba terrazas frente al mar, tardes cálidas y reuniones informales donde la comida y la bebida encuentran un lenguaje común.

La cerveza y la comida parecían trabajar juntas para construir una experiencia coherente. Ninguna intentaba imponerse sobre la otra. El resultado fue una armonía que hacía que el siguiente bocado siempre pareciera una buena idea.

El encuentro entre Bélgica y Guatemala

La tercera propuesta elevó la intensidad de los sabores. Stella Artois llegó a la mesa junto a unas brochetas de queso chancol y chorizo, una combinación que desde el primer momento despertó curiosidad.

El queso chancol aportaba una textura cremosa y un sabor lácteo pronunciado, mientras que el chorizo introducía notas ahumadas, especiadas y ligeramente saladas. Al servirse calientes, ambos ingredientes adquirían una riqueza aromática que llenaba la mesa incluso antes del primer bocado.

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Era posiblemente el maridaje más contundente hasta ese momento. Los sabores tenían peso propio y exigían una cerveza capaz de acompañarlos sin desaparecer. 

Stella Artois, con su perfil maltoso, acompañado de un amargor moderado y un final seco, ayudó a equilibrar la intensidad del queso y la potencia del embutido. 

La combinación también ofrecía un interesante diálogo cultural. Por un lado, una lager belga reconocida internacionalmente; por el otro, ingredientes profundamente ligados a la tradición gastronómica guatemalteca. El resultado demostraba que los maridajes más interesantes muchas veces nacen precisamente de esos encuentros inesperados.

Un cierre lleno de matices

La experiencia concluyó con Leffe, la cerveza más compleja de las cuatro presentadas. Frente a ella apareció una preparación aparentemente sencilla: tostadas con guacamole, aceitunas negras y cebolla morada.

Sin embargo, bastó observar con atención para descubrir una propuesta llena de contrastes. El guacamole aportaba cremosidad y notas vegetales frescas. Las aceitunas introducían intensidad y un carácter salino muy marcado. La cebolla agregaba textura y un ligero toque picante que permanecía en el paladar.

Era un plato que invitaba a detenerse y analizar cada componente. Precisamente por eso encontraba un excelente aliado en Leffe. Las notas afrutadas y especiadas características de esta cerveza de abadía belga aportaban profundidad al conjunto. A medida que avanzaba la degustación, aparecían recuerdos de miel, frutas maduras y especias suaves que dialogaban con los ingredientes del plato de maneras distintas en cada bocado.

Fue un cierre pausado, pensado para saborear sin prisa. Una combinación donde la cerveza no solo acompañaba la comida, sino que se convertía en parte esencial de la experiencia.

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Al final, la propuesta de Ambev dejó una conclusión. Aunque durante años el vino ha ocupado gran parte de la conversación cuando se habla de maridajes, la cerveza posee una versatilidad capaz de sorprender incluso a quienes creen conocerla bien. Esta experiencia demostró que detrás de una etiqueta familiar existe un universo de aromas, texturas y posibilidades gastronómicas que vale la pena explorar. Fue una invitación a mirar la cerveza desde una perspectiva diferente, no como un simple acompañamiento, sino como un ingrediente capaz de enriquecer la experiencia culinaria de principio a fin.

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