Gloria Hernández: "La lectura me ha salvado la vida"
Poeta, investigadora, docente y escritora, reconocida con el Premio Nacional de Literatura de Guatemala en 2022.
Para la poeta, investigadora y docente universitaria Gloria Hernández, leer nunca ha sido solamente un hábito ni una herramienta de su oficio como escritora. Los libros han sido refugio, compañía y una forma de comprender el mundo y encontrarse a sí misma. Esa relación profunda con la lectura marcó su camino desde las aulas de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) hasta la escritura, la poesía, la investigación y, especialmente, el encuentro con niños y jóvenes.
Con los años, esos encuentros también le revelaron que una historia puede tocar la vida de quien la lee. Hernández recuerda a un niño que terminó llorando mientras compartía una experiencia personal relacionada con uno de sus personajes: “Estos encuentros me restituyen la fe en la vida”. Para ella, la literatura tiene ese poder: acompañar, despertar emociones y abrir nuevas formas de comprender la vida. Por eso defiende una literatura que nazca de las experiencias guatemaltecas y permita a los lectores reconocerse, descubrir otras voces y encontrar en los libros un lugar al cual volver.
¿Cómo se describiría usted misma más allá de las etiquetas que suelen definir a una escritora?
—Quiero pensar que soy una mujer que escribe, que explora en el arte. Me gusta pintar, pero nunca quisiera que me pusieran una etiqueta. Yo misma no me pongo una. Soy madre y exploro las letras, la cultura, la historia y la historia del arte.
Creo que entre más genérica sea la descripción, más libre soy. Si digo “soy escritora”, tendría que cumplir ciertas normas y patrones. En cambio, si digo que soy alguien que explora muchos ámbitos de la vida, tengo más libertad.
¿Cómo fue su incursión en la literatura infantil y cómo evolucionó desde entonces?
—Hay una evolución en el género de la literatura infantil. Empecé con la redacción de libros de texto y también recopilé textos pequeños para ilustrar puntos específicos de idioma español y literatura. De ahí a escribir los míos hubo un paso natural. Ya escribía desde mucho tiempo atrás, pero descubrí que este género necesita una indagación mucho más profunda.
Hay que tomar en cuenta al lector y tenerlo presente como interlocutor en todo momento. No es igual escribir para un niño de cinco o seis años que para alguien de 11, 12 o 13. La literatura infantil es un gran campo de acción para la escritura, donde se aprende cada día.
¿Qué importancia tuvo la Dra. Fidelia Morales Barco en su formación literaria infantil?
—Yo estudié literatura e historia de la literatura, pero nunca encontré algo específico sobre literatura infantil. Junto con la Dra. Morales Barco empecé esa exploración; seguí lo que ella había estudiado e investigado. De sus textos pasé a otros autores que analizaban la dinámica entre el escritor de literatura infantil y el lector.
Esa exploración me ayudó muchísimo. Aprendí que debía pensar en el lector, en cómo recibiría los textos y qué le interesaba de acuerdo con su edad. Cada libro me presenta diferentes interlocutores y respuestas. Es un intercambio maravilloso, aunque la otra literatura también ofrece mucho intercambio.
¿Cómo fue estudiar Letras y descubrir si realmente era la carrera para usted?
—Al comienzo quería pintar y ser arquitecta, pero no se me dio. Cuando empecé la universidad, ya tenía dos hijos y estaba casada. La arquitectura requería demasiada dedicación, empeño, trabajo y desvelos. La pintura también resultaba difícil con niños pequeños, así que dejé de pintar hace muchísimos años.
Ingresé a estudiar Letras porque me gustaba leer. La lectura me ha salvado la vida, más que la escritura. Fue un descubrimiento maravilloso. Nuestro grupo inicial tenía 13 personas y era muy variado: había un titiritero, una directora de escuela pública, alguien que hacía teatro y “hasta un asaltante que era poeta”.
¿Qué aprendió durante sus años universitarios sobre lectura, escritura y formación literaria?
—Esa variedad de personas y puntos de vista me ayudó muchísimo. Cada uno hacía una lectura desde su propia experiencia. Aunque en la San Carlos había huelgas y manifestaciones que interrumpían la actividad académica, la lectura podía continuar mediante los programas de estudio.
Yo guardo los programas de cada uno de los 50 cursos que recibí. Los considero verdaderas joyas, porque fueron pensados por mis maestros de acuerdo con el desarrollo del pensamiento, la cultura y la literatura.
¿Cómo influyó esa formación lectora en su decisión posterior de convertirse en escritora?
—Fue leer, explorar y leer más, sin aspiraciones de escritura. Ese entrenamiento lector me dio un respeto muy profundo por lo que ya está escrito. Uno descubre que debe estudiar cómo lo hicieron otros para encontrar una manera propia de escribir.
Ya todo lo escribieron Cervantes y Shakespeare, pero queda preguntarse cómo escribirlo a la manera de Gloria Hernández. Hay que haber leído muchísimo antes de atreverse. Eso me enseñó mi paso por la facultad.
¿Cómo logró identificar las necesidades de lectura de niños y adolescentes guatemaltecos?
—Tuve un acercamiento muy importante con los niños por medio de Editorial Norma. Llegó a Guatemala después de los Acuerdos de Paz con un proyecto innovador: llevar literatura a todos los niños, pero con material guatemalteco. Antes se leían libros de España, Argentina o México que no siempre reflejaban nuestra realidad.
Norma creó libros para niños guatemaltecos, escritos y apoyados por autores guatemaltecos. Trabajé en la colección de idioma español Travesías y en el libro de lectura Trogogán. Después comenzaron los encuentros con maestros y alumnos, una experiencia esencial para mí.
¿Qué impacto tuvieron los encuentros directos con sus lectores en su escritura?
—Norma me llevó a colegios e institutos dentro y fuera del país. Fuimos a El Salvador y Honduras. También a Cobán, Huehuetenango, Zacapa, Chiquimula, Reu y otros lugares. Recuerdo a niños de Amatitlán que me recibieron recitando textos que yo había escrito.
Una cosa es leer sobre la estética de la recepción y otra vivirla. Entonces dejé de imaginar un lector de cinco, ocho o 12 años y empecé a encontrarme directamente con él.
¿Qué experiencia con un lector infantil recuerda especialmente por su impacto emocional?
—En una reunión en el Instituto Nacional Experimental de Educación Básica Dr. Carlos Federico Mora, un niño se acercó después de que pregunté qué significa ser humano. Me dijo que no podía hablar en público, pero quería responder. Dijo que ser humano era sentir al 100% lo que da la vida, escribir para que otros lean y conectar con sus sentimientos.
Después contó que ya no vivía con sus padres por circunstancias económicas. Relacionó esa experiencia con una niña de mi novela que también debía salir de su casa. Terminó llorando y yo también. Estos encuentros me restituyen la fe en la vida.
¿Por qué decidió continuar con la escritura de literatura infantil y juvenil desde Guatemala?
—No me quedo solo en esa literatura. Me encanta escribir poesía y también historias de mujeres. Pero veo que, a pesar de que hay muchos libros a la venta para niños y jóvenes, existe una necesidad de escribir desde lo guatemalteco, desde nuestras vivencias y circunstancias.
Hay un autor de apellido Cocteau que dice que, cuando uno escribe o hace arte, no debería aspirar a tocar, aunque sea un corazón. Eso hago. Intento tocar los corazones de estos niños y ellos me devuelven un caudal, una riqueza que no puedo terminar de agradecer.
¿Cómo surgió la Asociación Guatemalteca de Literatura Infantil y Juvenil y cuál es su propósito?
—La asociación es un proyecto pensado, organizado y conformado por la Dra. Fidelia Morales Barco. En casi todos los países de Hispanoamérica existe una asociación o academia de literatura infantil y juvenil. La de Guatemala es una academia, pero se constituyó como asociación por un tema de inscripción y base legal.
Se dedica al estudio, promoción y exploración de la literatura infantil y juvenil en el país. También busca fomentar la lectura y fortalecer la formación de lectores como ciudadanos. Mi participación es como creadora, generadora de literatura y como exploradora e investigadora de la tradición oral y popular guatemalteca.
¿Qué mensaje dejaría sobre la importancia de la literatura y el apoyo a autores guatemaltecos?
—La literatura es una herramienta muy útil para conocer la historia no oficial. Si leemos sobre la Revolución de Octubre, encontramos fechas y datos en la historia oficial, pero la literatura nos muestra la parte humana y los matices que esa historia no siempre cuenta.
No hay que descartar la historia oficial. La literatura es un complemento, un diálogo entre lo oficial, lo no oficial y lo humano. Los maestros y estudiantes deberían tomarlo en cuenta para tener una visión más completa.
¿Qué esfuerzos recientes considera importantes para acercar libros a los niños guatemaltecos?
—La Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) y la Gremial de Editores han hecho un esfuerzo enorme. Desde el año pasado entregan un libro gratis a cada niño de establecimientos públicos que visita la feria. Muchos llegan con dinero limitado que apenas alcanza para una refacción u otros recuerdos.
Una niña salió llorando porque había ido a ver libros y no podía llevarse ninguno. Eso debería preocuparnos. En 2026 ya hubo un libro traducido a varios idiomas mayas y con un tiraje más importante para llegar a más niños.
¿Cómo analiza el reto que representa actualmente la inteligencia artificial para quienes crean literatura?
—La inteligencia artificial me provoca mucha curiosidad. Me cuesta comprender que, como un país con personas tan ingeniosas para encarar la vida y la escasez, alguien prefiera abandonar su ingenio, creatividad e imaginación por algo artificial. Tenemos una naturaleza abundante, pero sería como preferir flores plásticas al tener flores naturales.
Me toca ser jurado de textos, poemas, cuentos y novelas, y llegan trabajos que evidentemente fueron escritos mediante inteligencia artificial. Creo que puede ayudar a agilizar procesos, pero para el arte tiene limitaciones. Puede servir para investigar un contexto histórico, pero existe una gran diferencia entre eso y dejar que escriba una novela por nosotros.
¿Por qué considera que la inteligencia artificial todavía tiene límites para crear verdadero arte?
—El arte se siente. Brota de las entrañas, de la reflexión, de las cavilaciones de la madrugada y de esas noches en que uno intenta esclarecer sentimientos o el devenir de una historia. Creo que eso todavía no lo puede hacer la inteligencia artificial y me temo que no lo va a lograr.
Leía sobre un filósofo que pregunta qué viene después de la inteligencia artificial, como si esto fuera algo que necesariamente se va a superar. Hay que quedarse para ver. Usted y yo tal vez ya no lo veamos, pero ustedes se recordarán de mí cuando digan: “ah, esto venía después”.
Gloria Hernández: "La lectura me ha salvado la vida"
Poeta, investigadora, docente y escritora, reconocida con el Premio Nacional de Literatura de Guatemala en 2022.
Para la poeta, investigadora y docente universitaria Gloria Hernández, leer nunca ha sido solamente un hábito ni una herramienta de su oficio como escritora. Los libros han sido refugio, compañía y una forma de comprender el mundo y encontrarse a sí misma. Esa relación profunda con la lectura marcó su camino desde las aulas de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) hasta la escritura, la poesía, la investigación y, especialmente, el encuentro con niños y jóvenes.
Con los años, esos encuentros también le revelaron que una historia puede tocar la vida de quien la lee. Hernández recuerda a un niño que terminó llorando mientras compartía una experiencia personal relacionada con uno de sus personajes: “Estos encuentros me restituyen la fe en la vida”. Para ella, la literatura tiene ese poder: acompañar, despertar emociones y abrir nuevas formas de comprender la vida. Por eso defiende una literatura que nazca de las experiencias guatemaltecas y permita a los lectores reconocerse, descubrir otras voces y encontrar en los libros un lugar al cual volver.
¿Cómo se describiría usted misma más allá de las etiquetas que suelen definir a una escritora?
—Quiero pensar que soy una mujer que escribe, que explora en el arte. Me gusta pintar, pero nunca quisiera que me pusieran una etiqueta. Yo misma no me pongo una. Soy madre y exploro las letras, la cultura, la historia y la historia del arte.
Creo que entre más genérica sea la descripción, más libre soy. Si digo “soy escritora”, tendría que cumplir ciertas normas y patrones. En cambio, si digo que soy alguien que explora muchos ámbitos de la vida, tengo más libertad.
¿Cómo fue su incursión en la literatura infantil y cómo evolucionó desde entonces?
—Hay una evolución en el género de la literatura infantil. Empecé con la redacción de libros de texto y también recopilé textos pequeños para ilustrar puntos específicos de idioma español y literatura. De ahí a escribir los míos hubo un paso natural. Ya escribía desde mucho tiempo atrás, pero descubrí que este género necesita una indagación mucho más profunda.
Hay que tomar en cuenta al lector y tenerlo presente como interlocutor en todo momento. No es igual escribir para un niño de cinco o seis años que para alguien de 11, 12 o 13. La literatura infantil es un gran campo de acción para la escritura, donde se aprende cada día.
¿Qué importancia tuvo la Dra. Fidelia Morales Barco en su formación literaria infantil?
—Yo estudié literatura e historia de la literatura, pero nunca encontré algo específico sobre literatura infantil. Junto con la Dra. Morales Barco empecé esa exploración; seguí lo que ella había estudiado e investigado. De sus textos pasé a otros autores que analizaban la dinámica entre el escritor de literatura infantil y el lector.
Esa exploración me ayudó muchísimo. Aprendí que debía pensar en el lector, en cómo recibiría los textos y qué le interesaba de acuerdo con su edad. Cada libro me presenta diferentes interlocutores y respuestas. Es un intercambio maravilloso, aunque la otra literatura también ofrece mucho intercambio.
¿Cómo fue estudiar Letras y descubrir si realmente era la carrera para usted?
—Al comienzo quería pintar y ser arquitecta, pero no se me dio. Cuando empecé la universidad, ya tenía dos hijos y estaba casada. La arquitectura requería demasiada dedicación, empeño, trabajo y desvelos. La pintura también resultaba difícil con niños pequeños, así que dejé de pintar hace muchísimos años.
Ingresé a estudiar Letras porque me gustaba leer. La lectura me ha salvado la vida, más que la escritura. Fue un descubrimiento maravilloso. Nuestro grupo inicial tenía 13 personas y era muy variado: había un titiritero, una directora de escuela pública, alguien que hacía teatro y “hasta un asaltante que era poeta”.
¿Qué aprendió durante sus años universitarios sobre lectura, escritura y formación literaria?
—Esa variedad de personas y puntos de vista me ayudó muchísimo. Cada uno hacía una lectura desde su propia experiencia. Aunque en la San Carlos había huelgas y manifestaciones que interrumpían la actividad académica, la lectura podía continuar mediante los programas de estudio.
Yo guardo los programas de cada uno de los 50 cursos que recibí. Los considero verdaderas joyas, porque fueron pensados por mis maestros de acuerdo con el desarrollo del pensamiento, la cultura y la literatura.
¿Cómo influyó esa formación lectora en su decisión posterior de convertirse en escritora?
—Fue leer, explorar y leer más, sin aspiraciones de escritura. Ese entrenamiento lector me dio un respeto muy profundo por lo que ya está escrito. Uno descubre que debe estudiar cómo lo hicieron otros para encontrar una manera propia de escribir.
Ya todo lo escribieron Cervantes y Shakespeare, pero queda preguntarse cómo escribirlo a la manera de Gloria Hernández. Hay que haber leído muchísimo antes de atreverse. Eso me enseñó mi paso por la facultad.
¿Cómo logró identificar las necesidades de lectura de niños y adolescentes guatemaltecos?
—Tuve un acercamiento muy importante con los niños por medio de Editorial Norma. Llegó a Guatemala después de los Acuerdos de Paz con un proyecto innovador: llevar literatura a todos los niños, pero con material guatemalteco. Antes se leían libros de España, Argentina o México que no siempre reflejaban nuestra realidad.
Norma creó libros para niños guatemaltecos, escritos y apoyados por autores guatemaltecos. Trabajé en la colección de idioma español Travesías y en el libro de lectura Trogogán. Después comenzaron los encuentros con maestros y alumnos, una experiencia esencial para mí.
¿Qué impacto tuvieron los encuentros directos con sus lectores en su escritura?
—Norma me llevó a colegios e institutos dentro y fuera del país. Fuimos a El Salvador y Honduras. También a Cobán, Huehuetenango, Zacapa, Chiquimula, Reu y otros lugares. Recuerdo a niños de Amatitlán que me recibieron recitando textos que yo había escrito.
Una cosa es leer sobre la estética de la recepción y otra vivirla. Entonces dejé de imaginar un lector de cinco, ocho o 12 años y empecé a encontrarme directamente con él.
¿Qué experiencia con un lector infantil recuerda especialmente por su impacto emocional?
—En una reunión en el Instituto Nacional Experimental de Educación Básica Dr. Carlos Federico Mora, un niño se acercó después de que pregunté qué significa ser humano. Me dijo que no podía hablar en público, pero quería responder. Dijo que ser humano era sentir al 100% lo que da la vida, escribir para que otros lean y conectar con sus sentimientos.
Después contó que ya no vivía con sus padres por circunstancias económicas. Relacionó esa experiencia con una niña de mi novela que también debía salir de su casa. Terminó llorando y yo también. Estos encuentros me restituyen la fe en la vida.
¿Por qué decidió continuar con la escritura de literatura infantil y juvenil desde Guatemala?
—No me quedo solo en esa literatura. Me encanta escribir poesía y también historias de mujeres. Pero veo que, a pesar de que hay muchos libros a la venta para niños y jóvenes, existe una necesidad de escribir desde lo guatemalteco, desde nuestras vivencias y circunstancias.
Hay un autor de apellido Cocteau que dice que, cuando uno escribe o hace arte, no debería aspirar a tocar, aunque sea un corazón. Eso hago. Intento tocar los corazones de estos niños y ellos me devuelven un caudal, una riqueza que no puedo terminar de agradecer.
¿Cómo surgió la Asociación Guatemalteca de Literatura Infantil y Juvenil y cuál es su propósito?
—La asociación es un proyecto pensado, organizado y conformado por la Dra. Fidelia Morales Barco. En casi todos los países de Hispanoamérica existe una asociación o academia de literatura infantil y juvenil. La de Guatemala es una academia, pero se constituyó como asociación por un tema de inscripción y base legal.
Se dedica al estudio, promoción y exploración de la literatura infantil y juvenil en el país. También busca fomentar la lectura y fortalecer la formación de lectores como ciudadanos. Mi participación es como creadora, generadora de literatura y como exploradora e investigadora de la tradición oral y popular guatemalteca.
¿Qué mensaje dejaría sobre la importancia de la literatura y el apoyo a autores guatemaltecos?
—La literatura es una herramienta muy útil para conocer la historia no oficial. Si leemos sobre la Revolución de Octubre, encontramos fechas y datos en la historia oficial, pero la literatura nos muestra la parte humana y los matices que esa historia no siempre cuenta.
No hay que descartar la historia oficial. La literatura es un complemento, un diálogo entre lo oficial, lo no oficial y lo humano. Los maestros y estudiantes deberían tomarlo en cuenta para tener una visión más completa.
¿Qué esfuerzos recientes considera importantes para acercar libros a los niños guatemaltecos?
—La Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) y la Gremial de Editores han hecho un esfuerzo enorme. Desde el año pasado entregan un libro gratis a cada niño de establecimientos públicos que visita la feria. Muchos llegan con dinero limitado que apenas alcanza para una refacción u otros recuerdos.
Una niña salió llorando porque había ido a ver libros y no podía llevarse ninguno. Eso debería preocuparnos. En 2026 ya hubo un libro traducido a varios idiomas mayas y con un tiraje más importante para llegar a más niños.
¿Cómo analiza el reto que representa actualmente la inteligencia artificial para quienes crean literatura?
—La inteligencia artificial me provoca mucha curiosidad. Me cuesta comprender que, como un país con personas tan ingeniosas para encarar la vida y la escasez, alguien prefiera abandonar su ingenio, creatividad e imaginación por algo artificial. Tenemos una naturaleza abundante, pero sería como preferir flores plásticas al tener flores naturales.
Me toca ser jurado de textos, poemas, cuentos y novelas, y llegan trabajos que evidentemente fueron escritos mediante inteligencia artificial. Creo que puede ayudar a agilizar procesos, pero para el arte tiene limitaciones. Puede servir para investigar un contexto histórico, pero existe una gran diferencia entre eso y dejar que escriba una novela por nosotros.
¿Por qué considera que la inteligencia artificial todavía tiene límites para crear verdadero arte?
—El arte se siente. Brota de las entrañas, de la reflexión, de las cavilaciones de la madrugada y de esas noches en que uno intenta esclarecer sentimientos o el devenir de una historia. Creo que eso todavía no lo puede hacer la inteligencia artificial y me temo que no lo va a lograr.
Leía sobre un filósofo que pregunta qué viene después de la inteligencia artificial, como si esto fuera algo que necesariamente se va a superar. Hay que quedarse para ver. Usted y yo tal vez ya no lo veamos, pero ustedes se recordarán de mí cuando digan: “ah, esto venía después”.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: