En Santa Tecla, sobre el Boulevard Merliot —una de las arterias más transitadas de El Salvador— el movimiento no se detiene. Carros, buses, bocinas y gente que va de prisa marcan el pulso diario de la zona. Pero en medio de ese ir y venir constante existe un espacio que funciona distinto, es decir bajando el ritmo. Así es este destino.
Ubicado donde nadie esperaría encontrar calma. Aun así, apenas se cruza la entrada, la sensación cambia. El tráfico queda a unos metros, pero se siente lejos. Desde temprano, cuando todavía no son ni las cinco y media de la mañana, ya hay movimiento: personas que salen a caminar antes del trabajo, corredores aprovechando el aire fresco y ciclistas que atraviesan el lugar como parte de su rutina. A esa hora, el parque se siente casi privado, como si la ciudad aún no hubiera despertado del todo.
La historia que acompaña el recorrido es conocida, pero aquí no se explica ni se subraya. El Principito, el libro de Antoine de Saint-Exupéry, aparece en forma de esculturas y escenas que se descubren caminando. El niño sobre su pequeño planeta, el aviador, la serpiente. Están ahí sin imponerse, integrados al paisaje. Algunos se detienen a tomar fotos, otros apenas los miran y siguen su camino. Ambas formas de recorrerlo funcionan.
Con el paso de las horas, el parque se llena de vida cotidiana. Llegan familias con niños, personas mayores que se sientan en las bancas, parejas que pasean sin hablar demasiado. Nadie parece tener prisa. Es un espacio para pasar el tiempo sin razón alguna. La ciclovía lo atraviesa y lo conecta con la rutina diaria del sector, mientras que, a un costado, el Paseo Antoine permite quedarse un poco más, comer algo o tomar café sin convertir la visita en un plan elaborado.
Cuando cae la noche, el ambiente cambia de nuevo. Las luces suavizan el espacio y lo vuelven más tranquilo. No es raro ver a personas llegar después del trabajo solo para caminar un rato y despejarse antes de volver a casa. El parque permanece abierto hasta la medianoche, algo poco común, pero coherente con su función: ofrecer un lugar donde bajar el ritmo cuando la ciudad todavía sigue activa.
Este sitio no busca impresionar, su fuerza está en algo más simple: convertir una historia en un lugar real. Aquí, el libro deja de ser solo lectura y se vuelve recorrido. Está pensado para quienes crecieron con El Principito, mas también para quienes nunca lo leyeron y, sin saberlo, terminan dentro de él.
En Santa Tecla, sobre el Boulevard Merliot —una de las arterias más transitadas de El Salvador— el movimiento no se detiene. Carros, buses, bocinas y gente que va de prisa marcan el pulso diario de la zona. Pero en medio de ese ir y venir constante existe un espacio que funciona distinto, es decir bajando el ritmo. Así es este destino.
Ubicado donde nadie esperaría encontrar calma. Aun así, apenas se cruza la entrada, la sensación cambia. El tráfico queda a unos metros, pero se siente lejos. Desde temprano, cuando todavía no son ni las cinco y media de la mañana, ya hay movimiento: personas que salen a caminar antes del trabajo, corredores aprovechando el aire fresco y ciclistas que atraviesan el lugar como parte de su rutina. A esa hora, el parque se siente casi privado, como si la ciudad aún no hubiera despertado del todo.
La historia que acompaña el recorrido es conocida, pero aquí no se explica ni se subraya. El Principito, el libro de Antoine de Saint-Exupéry, aparece en forma de esculturas y escenas que se descubren caminando. El niño sobre su pequeño planeta, el aviador, la serpiente. Están ahí sin imponerse, integrados al paisaje. Algunos se detienen a tomar fotos, otros apenas los miran y siguen su camino. Ambas formas de recorrerlo funcionan.
Con el paso de las horas, el parque se llena de vida cotidiana. Llegan familias con niños, personas mayores que se sientan en las bancas, parejas que pasean sin hablar demasiado. Nadie parece tener prisa. Es un espacio para pasar el tiempo sin razón alguna. La ciclovía lo atraviesa y lo conecta con la rutina diaria del sector, mientras que, a un costado, el Paseo Antoine permite quedarse un poco más, comer algo o tomar café sin convertir la visita en un plan elaborado.
Cuando cae la noche, el ambiente cambia de nuevo. Las luces suavizan el espacio y lo vuelven más tranquilo. No es raro ver a personas llegar después del trabajo solo para caminar un rato y despejarse antes de volver a casa. El parque permanece abierto hasta la medianoche, algo poco común, pero coherente con su función: ofrecer un lugar donde bajar el ritmo cuando la ciudad todavía sigue activa.
Este sitio no busca impresionar, su fuerza está en algo más simple: convertir una historia en un lugar real. Aquí, el libro deja de ser solo lectura y se vuelve recorrido. Está pensado para quienes crecieron con El Principito, mas también para quienes nunca lo leyeron y, sin saberlo, terminan dentro de él.