El oftalmólogo Edgar Ogáldez asegura que recuperar la vista de un paciente sigue siendo una sorpresa, incluso después de años de ejercer la profesión. En entrevista con República habló sobre los avances en la cirugía de cataratas, los desafíos del Banco de Córneas y la importancia de la donación de órganos para devolver la visión a cientos de guatemaltecos.
Hay historias que el oftalmólogo recuerda con claridad.
Una de ellas ocurrió durante una jornada de cirugías de cataratas. El paciente llevaba aproximadamente quince años sin ver a causa de la enfermedad y ya había perdido un ojo. Tras la operación, regresó al día siguiente para que le retiraran el parche. Llegó acompañado por varios familiares y llevaba un cuadro que no soltaba.
Cuando le quitaron el parche, lo primero que hizo fue observar aquel cuadro.
Era una fotografía de su esposa, fallecida veinte años antes.
“Yo lo que quería ver era cómo era ella, porque ya no me acordaba”, recuerda Ogáldez que le dijo el paciente. Después conoció a tres bisnietos a quienes únicamente había escuchado y reconocido por el tacto, además de varios nietos que nunca había visto.
Para el especialista, ese tipo de experiencias explica por qué continúa ejerciendo una profesión que, asegura, sigue sorprendiéndolo.
“El hecho de que la gente pueda volver a ver sigue siendo una sorpresa, porque cada paciente es distinto. Hay un factor predictivo dependiendo de lo que uno observa antes de la cirugía, pero al final la emoción del día siguiente, cuando ya miran, esa es la alegría realmente”, afirma.
Después de años dedicados a la oftalmología, Ogáldez considera que el mayor cambio en la especialidad ha sido el desarrollo tecnológico. Explica que décadas atrás la mayoría de pacientes operados de cataratas presentaban algún tipo de complicación y la recuperación visual era limitada.
Hoy, dice, la situación es completamente distinta.
Según el especialista, actualmente entre el 97 % y el 100 % de los pacientes logran una recuperación visual aceptable o buena. Además, la cirugía permite que la persona se levante inmediatamente después del procedimiento y regrese a su casa el mismo día, algo que hace algunos años era impensable.
“Antes la gente pasaba hasta tres meses en cama, muchas veces hospitalizada para recuperarse de la cirugía. La tecnología sí ha hecho mucha diferencia en los resultados”, señala.
No obstante, advierte que ningún procedimiento quirúrgico está libre de riesgos.
A su juicio, una de las diferencias entre un profesional y alguien que únicamente domina una técnica es la capacidad para manejar esos riesgos.
“El riesgo existe desde el momento en que uno interviene a un paciente. Lo que hacemos es disminuir todos los riesgos posibles y entender que, a veces, las cosas no pueden salir como uno las planifica”, explica.
También considera que muchas veces los resultados no dependen únicamente de la cirugía.
Recuerda que atiende pacientes con veinte años de diabetes que nunca controlaron su enfermedad y esperan que una intervención de pocos minutos resuelva el daño acumulado durante todo ese tiempo.
“Uno quisiera tener una varita mágica y resolver todos los problemas de una sola vez, pero no todos los casos son iguales y no siempre se pueden obtener resultados al cien por ciento”, afirma.
El reto de llegar a tiempo
Ogáldez asegura que uno de los problemas más frecuentes en Guatemala es que muchas personas esperan demasiado para buscar tratamiento.
Ha visto pacientes que permanecieron hasta veinte años con cataratas antes de decidir operarse. Cuando finalmente llegan al quirófano, la cirugía suele ser más compleja porque la enfermedad avanzó y, en muchos casos, ya existen otros padecimientos como glaucoma o complicaciones derivadas de la diabetes.
“Entre más tiempo se deje la catarata, es más difícil operar”, resume.
A esa situación se suman factores culturales y económicos.
El especialista considera que muchas personas todavía tienen miedo de la cirugía porque desconocen cómo se realiza o porque escucharon experiencias negativas.
También observa que el acceso a la información ha cambiado gracias a las redes sociales, aunque advierte que algunas personas llegan convencidas de saber más sobre el procedimiento que quien lleva décadas realizándolo.
“Uno tiene veinte años de estar haciendo esto. No es algo que aprendimos a operar por YouTube o en redes sociales”, comenta.
Un banco que funciona gracias a donaciones
Además de su labor como cirujano, Ogáldez integra la dirección del Banco de Córneas de Guatemala, una institución que comenzó a funcionar formalmente en 2019, después de varios años de gestiones.
El especialista destaca que contar con un banco nacional representa un avance importante, ya que anteriormente era necesario importar muchas córneas desde otros países.
Sin embargo, reconoce que mantenerlo en funcionamiento continúa siendo un desafío.
Actualmente no existe un presupuesto asignado por el Estado y la institución opera mediante donaciones y el cobro de los costos relacionados con la obtención, preservación y análisis de las córneas.
“Realmente debería haber un presupuesto que permita la funcionalidad del banco. Creo que, si hubiera voluntad, incluso se podrían crear bancos regionales”, afirma.
Explica que únicamente el equipo utilizado para evaluar si una córnea reúne las condiciones necesarias para ser trasplantada cuesta alrededor de GTQ 250 000, sin contar el mantenimiento, los insumos y el personal especializado que requiere el funcionamiento del banco.
Hasta ahora, alrededor de 1500 personas han sido beneficiadas mediante trasplantes de córnea realizados gracias a esta institución.
Más que recursos, falta cultura de donación
Aunque reconoce la importancia del financiamiento, Ogáldez considera que el principal obstáculo sigue siendo la falta de una cultura de donación.
Explica que, aunque una persona manifieste en vida su deseo de donar sus córneas, la decisión final continúa dependiendo de la familia.
A ello se suma que el tiempo para obtener el tejido es limitado, pues la extracción debe realizarse pocas horas después del fallecimiento.
El personal del Banco de Córneas mantiene disponibilidad permanente para conversar con las familias, aunque reconoce que se trata de uno de los momentos más difíciles del proceso.
“Muchas veces hablan con diez familias y solo una acepta donar. A veces ninguna”, comenta.
A su juicio, muchas personas todavía rechazan la donación por desconocimiento o por creencias relacionadas con la muerte.
Pese a ello, considera que el desarrollo del reglamento de la Ley de Trasplantes permitirá fortalecer el sistema y facilitar la donación de órganos en el país.
La prevención sigue siendo la mejor herramienta
Más allá de las cirugías y los trasplantes, el especialista insiste en que el cuidado de la salud visual debe comenzar mucho antes de que aparezca una enfermedad.
Recomienda que las personas sin enfermedades crónicas acudan al oftalmólogo una vez al año, mientras que quienes padecen diabetes, hipertensión o glaucoma requieren controles más frecuentes, de acuerdo con su condición clínica.
También recuerda que un examen oftalmológico puede revelar enfermedades que todavía no presentan otros síntomas.
“El ojo no está separado del resto del cuerpo. Siempre está unido a una persona que tiene ciertas condiciones que alteran los ojos”, explica.
Añade que, al observar directamente la circulación ocular, los especialistas pueden encontrar información relevante sobre otras enfermedades e incluso inferir cómo podría encontrarse el sistema nervioso.
Por ello insiste en que cualquier disminución de la visión debe motivar una consulta médica.
Antes de concluir la conversación, Ogaldez vuelve al tema que considera fundamental para el futuro del Banco de Córneas y de cientos de pacientes que esperan un trasplante.
“La donación es algo que deberíamos hacer todos. Siempre va a ayudar a una vida más. Debemos estar en la mejor disposición de donar nuestros órganos para darle la oportunidad a alguien más”, concluye.
El oftalmólogo Edgar Ogáldez asegura que recuperar la vista de un paciente sigue siendo una sorpresa, incluso después de años de ejercer la profesión. En entrevista con República habló sobre los avances en la cirugía de cataratas, los desafíos del Banco de Córneas y la importancia de la donación de órganos para devolver la visión a cientos de guatemaltecos.
Hay historias que el oftalmólogo recuerda con claridad.
Una de ellas ocurrió durante una jornada de cirugías de cataratas. El paciente llevaba aproximadamente quince años sin ver a causa de la enfermedad y ya había perdido un ojo. Tras la operación, regresó al día siguiente para que le retiraran el parche. Llegó acompañado por varios familiares y llevaba un cuadro que no soltaba.
Cuando le quitaron el parche, lo primero que hizo fue observar aquel cuadro.
Era una fotografía de su esposa, fallecida veinte años antes.
“Yo lo que quería ver era cómo era ella, porque ya no me acordaba”, recuerda Ogáldez que le dijo el paciente. Después conoció a tres bisnietos a quienes únicamente había escuchado y reconocido por el tacto, además de varios nietos que nunca había visto.
Para el especialista, ese tipo de experiencias explica por qué continúa ejerciendo una profesión que, asegura, sigue sorprendiéndolo.
“El hecho de que la gente pueda volver a ver sigue siendo una sorpresa, porque cada paciente es distinto. Hay un factor predictivo dependiendo de lo que uno observa antes de la cirugía, pero al final la emoción del día siguiente, cuando ya miran, esa es la alegría realmente”, afirma.
Después de años dedicados a la oftalmología, Ogáldez considera que el mayor cambio en la especialidad ha sido el desarrollo tecnológico. Explica que décadas atrás la mayoría de pacientes operados de cataratas presentaban algún tipo de complicación y la recuperación visual era limitada.
Hoy, dice, la situación es completamente distinta.
Según el especialista, actualmente entre el 97 % y el 100 % de los pacientes logran una recuperación visual aceptable o buena. Además, la cirugía permite que la persona se levante inmediatamente después del procedimiento y regrese a su casa el mismo día, algo que hace algunos años era impensable.
“Antes la gente pasaba hasta tres meses en cama, muchas veces hospitalizada para recuperarse de la cirugía. La tecnología sí ha hecho mucha diferencia en los resultados”, señala.
No obstante, advierte que ningún procedimiento quirúrgico está libre de riesgos.
A su juicio, una de las diferencias entre un profesional y alguien que únicamente domina una técnica es la capacidad para manejar esos riesgos.
“El riesgo existe desde el momento en que uno interviene a un paciente. Lo que hacemos es disminuir todos los riesgos posibles y entender que, a veces, las cosas no pueden salir como uno las planifica”, explica.
También considera que muchas veces los resultados no dependen únicamente de la cirugía.
Recuerda que atiende pacientes con veinte años de diabetes que nunca controlaron su enfermedad y esperan que una intervención de pocos minutos resuelva el daño acumulado durante todo ese tiempo.
“Uno quisiera tener una varita mágica y resolver todos los problemas de una sola vez, pero no todos los casos son iguales y no siempre se pueden obtener resultados al cien por ciento”, afirma.
El reto de llegar a tiempo
Ogáldez asegura que uno de los problemas más frecuentes en Guatemala es que muchas personas esperan demasiado para buscar tratamiento.
Ha visto pacientes que permanecieron hasta veinte años con cataratas antes de decidir operarse. Cuando finalmente llegan al quirófano, la cirugía suele ser más compleja porque la enfermedad avanzó y, en muchos casos, ya existen otros padecimientos como glaucoma o complicaciones derivadas de la diabetes.
“Entre más tiempo se deje la catarata, es más difícil operar”, resume.
A esa situación se suman factores culturales y económicos.
El especialista considera que muchas personas todavía tienen miedo de la cirugía porque desconocen cómo se realiza o porque escucharon experiencias negativas.
También observa que el acceso a la información ha cambiado gracias a las redes sociales, aunque advierte que algunas personas llegan convencidas de saber más sobre el procedimiento que quien lleva décadas realizándolo.
“Uno tiene veinte años de estar haciendo esto. No es algo que aprendimos a operar por YouTube o en redes sociales”, comenta.
Un banco que funciona gracias a donaciones
Además de su labor como cirujano, Ogáldez integra la dirección del Banco de Córneas de Guatemala, una institución que comenzó a funcionar formalmente en 2019, después de varios años de gestiones.
El especialista destaca que contar con un banco nacional representa un avance importante, ya que anteriormente era necesario importar muchas córneas desde otros países.
Sin embargo, reconoce que mantenerlo en funcionamiento continúa siendo un desafío.
Actualmente no existe un presupuesto asignado por el Estado y la institución opera mediante donaciones y el cobro de los costos relacionados con la obtención, preservación y análisis de las córneas.
“Realmente debería haber un presupuesto que permita la funcionalidad del banco. Creo que, si hubiera voluntad, incluso se podrían crear bancos regionales”, afirma.
Explica que únicamente el equipo utilizado para evaluar si una córnea reúne las condiciones necesarias para ser trasplantada cuesta alrededor de GTQ 250 000, sin contar el mantenimiento, los insumos y el personal especializado que requiere el funcionamiento del banco.
Hasta ahora, alrededor de 1500 personas han sido beneficiadas mediante trasplantes de córnea realizados gracias a esta institución.
Más que recursos, falta cultura de donación
Aunque reconoce la importancia del financiamiento, Ogáldez considera que el principal obstáculo sigue siendo la falta de una cultura de donación.
Explica que, aunque una persona manifieste en vida su deseo de donar sus córneas, la decisión final continúa dependiendo de la familia.
A ello se suma que el tiempo para obtener el tejido es limitado, pues la extracción debe realizarse pocas horas después del fallecimiento.
El personal del Banco de Córneas mantiene disponibilidad permanente para conversar con las familias, aunque reconoce que se trata de uno de los momentos más difíciles del proceso.
“Muchas veces hablan con diez familias y solo una acepta donar. A veces ninguna”, comenta.
A su juicio, muchas personas todavía rechazan la donación por desconocimiento o por creencias relacionadas con la muerte.
Pese a ello, considera que el desarrollo del reglamento de la Ley de Trasplantes permitirá fortalecer el sistema y facilitar la donación de órganos en el país.
La prevención sigue siendo la mejor herramienta
Más allá de las cirugías y los trasplantes, el especialista insiste en que el cuidado de la salud visual debe comenzar mucho antes de que aparezca una enfermedad.
Recomienda que las personas sin enfermedades crónicas acudan al oftalmólogo una vez al año, mientras que quienes padecen diabetes, hipertensión o glaucoma requieren controles más frecuentes, de acuerdo con su condición clínica.
También recuerda que un examen oftalmológico puede revelar enfermedades que todavía no presentan otros síntomas.
“El ojo no está separado del resto del cuerpo. Siempre está unido a una persona que tiene ciertas condiciones que alteran los ojos”, explica.
Añade que, al observar directamente la circulación ocular, los especialistas pueden encontrar información relevante sobre otras enfermedades e incluso inferir cómo podría encontrarse el sistema nervioso.
Por ello insiste en que cualquier disminución de la visión debe motivar una consulta médica.
Antes de concluir la conversación, Ogaldez vuelve al tema que considera fundamental para el futuro del Banco de Córneas y de cientos de pacientes que esperan un trasplante.
“La donación es algo que deberíamos hacer todos. Siempre va a ayudar a una vida más. Debemos estar en la mejor disposición de donar nuestros órganos para darle la oportunidad a alguien más”, concluye.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: