El músico Abdullah Ibrahim no solo llenaba estadios, llenaba silencios. Algo mucho más difícil. El pianista y compositor sudafricano, una de las figuras esenciales del jazz del último medio siglo y una de las voces culturales más persistentes contra el apartheid, murió el pasado 15 de junio en Alemania a los 91 años.
Nacido en Ciudad del Cabo en 1934 como Adolph Johannes Brand, y conocido durante años como Dollar Brand, Ibrahim convirtió el piano en una especie de brújula moral. Su música mezcló jazz, melodías africanas, espiritualidad islámica y la memoria de los barrios segregados de Sudáfrica hasta crear un idioma propio, reconocible desde las primeras notas.
Su composición más célebre, Mannenberg (1974), terminó siendo algo mucho más importante que una canción. Se transformó en banda sonora de la resistencia contra el apartheid, una melodía que sobrevivió a gobiernos, censuras y exilios. Aquella pieza instrumental dijo sobre la libertad bastante más que muchos discursos políticos de la época.
La historia oficial suele recordar a Ibrahim por haber actuado en la toma de posesión de Nelson Mandela en 1994. Quizá resulte más interesante recordar lo contrario: que Mandela admiraba profundamente a Ibrahim. El líder sudafricano llegó a describirlo como una suerte de “Mozart sudafricano”, consciente de que algunas partituras habían ayudado a mantener viva la esperanza cuando las palabras resultaban peligrosas.
Descubierto en Europa por Duke Ellington, compañero ocasional de gigantes como John Coltrane, Ornette Coleman o Max Roach, Ibrahim grabó más de 70 discos y mantuvo una carrera de ocho décadas sin necesidad de reinventarse cada cinco años para seguir siendo relevante. Su secreto fue otro: permanecer fiel a una búsqueda que nunca dio por terminada.
Murió lejos de Sudáfrica, en Alemania, donde residía desde hacía años. Nunca dejó de llevar a su país en el corazón. Tal vez por eso sus mejores composiciones siguen sonando como una patria portátil: un lugar al que regresar cuando el mundo desafina.
El músico Abdullah Ibrahim no solo llenaba estadios, llenaba silencios. Algo mucho más difícil. El pianista y compositor sudafricano, una de las figuras esenciales del jazz del último medio siglo y una de las voces culturales más persistentes contra el apartheid, murió el pasado 15 de junio en Alemania a los 91 años.
Nacido en Ciudad del Cabo en 1934 como Adolph Johannes Brand, y conocido durante años como Dollar Brand, Ibrahim convirtió el piano en una especie de brújula moral. Su música mezcló jazz, melodías africanas, espiritualidad islámica y la memoria de los barrios segregados de Sudáfrica hasta crear un idioma propio, reconocible desde las primeras notas.
Su composición más célebre, Mannenberg (1974), terminó siendo algo mucho más importante que una canción. Se transformó en banda sonora de la resistencia contra el apartheid, una melodía que sobrevivió a gobiernos, censuras y exilios. Aquella pieza instrumental dijo sobre la libertad bastante más que muchos discursos políticos de la época.
La historia oficial suele recordar a Ibrahim por haber actuado en la toma de posesión de Nelson Mandela en 1994. Quizá resulte más interesante recordar lo contrario: que Mandela admiraba profundamente a Ibrahim. El líder sudafricano llegó a describirlo como una suerte de “Mozart sudafricano”, consciente de que algunas partituras habían ayudado a mantener viva la esperanza cuando las palabras resultaban peligrosas.
Descubierto en Europa por Duke Ellington, compañero ocasional de gigantes como John Coltrane, Ornette Coleman o Max Roach, Ibrahim grabó más de 70 discos y mantuvo una carrera de ocho décadas sin necesidad de reinventarse cada cinco años para seguir siendo relevante. Su secreto fue otro: permanecer fiel a una búsqueda que nunca dio por terminada.
Murió lejos de Sudáfrica, en Alemania, donde residía desde hacía años. Nunca dejó de llevar a su país en el corazón. Tal vez por eso sus mejores composiciones siguen sonando como una patria portátil: un lugar al que regresar cuando el mundo desafina.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: