Actualidad
Actualidad
Política
Política
Empresa
Empresa
Opinión
Opinión
Webinars
Webinars
Inmobiliaria
Inmobiliaria
Eventos
Eventos
Agenda Empresarial
Agenda Empresarial
Descubre
Descubre

Del niño que temía al mar al hombre que salva vidas

Glenda Sanchez
26 de julio, 2026

El mar marcó el destino de Federico Catalán desde la infancia. Nació en diciembre de 1973 y creció en el Puerto San José, Escuintla. Su padre, Rodolfo Catalán, era entrenador de natación. A los 7 años lo llevó por primera vez a una piscina. Desde entonces, el agua se convirtió en su mejor compañía.

Su infancia transcurrió entre entrenamientos y competencias. Participó en torneos desde muy pequeño. Ganó medallas de oro, plata y bronce. Sin embargo, el talento no resolvió todas las dificultades, pues provenía de una familia con recursos limitados y el apoyo al deporte casi no existía. Aun así, nunca dejó de entrenar.

Cuando tenía 13 años, miraba el trabajo de los salvavidas durante las competencias. Su padre también participaba y quiso seguir sus pasos. Entró al mar con entusiasmo, pero enfrentó una de las experiencias más duras. Una corriente, conocida como alfaque, lo arrastró mar adentro. Logró salir, pero quedó asustado.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

A los 14 volvió al mar y enfrentó la misma prueba. Esa vez recuperó la confianza y participó en la eliminatoria para salvavidas de Semana Santa. Terminó en el puesto 24 entre 130 competidores. Un año después alcanzó el cuarto lugar. A los 16 ganó la eliminatoria y comenzó una trayectoria que todavía continúa.

Grandes resultados 

La natación le abrió otra puerta. A los 20 años ingresó al triatlón. Llegó como un desconocido y sorprendió desde la primera competencia. Terminó en el segundo lugar a nivel nacional. Competía con una bicicleta sencilla. Ese resultado bastó para ingresar a la selección nacional. Permaneció cuatro años en el equipo. 

Representó a Guatemala en Juegos Centroamericanos, Juegos Panamericanos y Juegos Centroamericanos y del Caribe. Entre sus principales logros destaca la medalla de plata obtenida en San Pedro Sula, Honduras, en 1997.

El alto rendimiento también impuso límites. Los costos del entrenamiento y los constantes viajes hacia la capital resultaron imposibles de sostener. No encontró patrocinadores y se retiró del triatlón a los 23. Años después intentó volver. Clasificó a campeonatos mundiales de categoría en Edmonton y Chicago, pero no alcanzó el nivel en su juventud.

Mientras su carrera deportiva avanzaba, apareció otra oportunidad. En 1994 participó en una plaza por oposición para ingresar como salvavidas del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). Muchos dudaban de su capacidad porque toda su experiencia estaba ligada al mar. La prueba se realizó en aguas frías, en Amatitlán. Debía completar 1550 metros frente a un nadador de selección nacional. Federico ganó. Desde entonces forma parte del cuerpo de salvamento del IGSS.

Salvar vidas es su pasión

Tres décadas después, ese triunfo todavía representa uno de los momentos más importantes de su vida. Hoy suma 31 años de servicio como salvavidas. También dirige el cuerpo de salvamento del Puerto San José. Para él, cada etapa tuvo el mismo propósito. Primero aprendió a competir. Después aprendió a sobrevivir. Finalmente, entendió que el verdadero valor de su trabajo es llegar a tiempo para darle una segunda oportunidad a quien lucha por vivir.

“Una playa puede parecer tranquila y, pocos minutos después, convertirse en una trampa”, explicó Federico. Después de más de tres décadas como salvavidas, asegura que el rescate más efectivo empieza antes de que alguien entre al agua con la prevención.

Sin embargo, no todos los accidentes pueden evitarse. Entre los episodios que recuerda, destaca un rescate en el antiguo muelle del Puerto San José. Dos personas quedaron atrapadas entre las fuertes olas. Federico alcanzó a las víctimas e intentó mantenerlas a salvo. En ese momento, una ola de gran tamaño golpeó la estructura.

Sujetó a las dos personas contra un barrote y también se aferró para evitar que la corriente lo arrastrara. La fuerza del mar venció el esfuerzo. Las víctimas se soltaron. Una logró sobrevivir. Esa escena todavía permanece en su memoria.

Futuro inconcluso

No todas las historias terminan con un rescate exitoso. Las más dolorosas tienen como protagonistas a niños, indicó. Federico admite que esos casos dejan una huella distinta. Cada vez que recupera el cuerpo de un menor, piensa en todo el futuro que quedó inconcluso. También considera que muchos accidentes ocurren por descuido de los adultos. Por esa razón insiste en que los padres nunca deben perder de vista a sus hijos en ningún lugar.  

La experiencia cambió la forma de trabajar del cuerpo de salvamento. Antes, los rescates ocupaban la mayor parte del esfuerzo. Hoy la prioridad consiste en evitar que las personas entren en zonas peligrosas. Los salvavidas identifican las corrientes, reúnen a los turistas y los trasladan hacia áreas seguras. Recomiendan permanecer cerca de las torres de vigilancia. Esa estrategia redujo los rescates los últimos años.

Federico asegura que la preparación física resulta indispensable para el salvavidas. Entrena todos los días. Practica triatlón por gusto y conserva un nivel que todavía le permite competir con atletas jóvenes. En un rescate, unos segundos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Si el salvavidas llega tarde, la víctima desaparece.

Disciplina y vocación 

Además del entrenamiento físico, dirige un equipo de salvamento en el Puerto San José. Combina la experiencia de rescatistas veteranos con la energía de los más jóvenes. Les transmite la misma enseñanza que recibió de su padre. Un salvavidas necesita disciplina, conocimiento de primeros auxilios y vocación de servicio. Sin esos elementos, el uniforme pierde sentido.

Su vida también gira alrededor de la familia. Tiene dos hijos. Su hija ejerce como veterinaria y dirige un hospital para animales en el Puerto San José. Su hijo estudió seguridad informática. Aunque ninguno siguió su camino, ambos aprendieron técnicas de reanimación cardiopulmonar.

Después de 31 años de servicio, perdió la cuenta de los rescates realizados. Calcula que participó en unas 200 intervenciones. Prefiere recordar las vidas que lograron regresar con sus familias. Agradece las enseñanzas de sus padres y el respeto que ganó entre sus compañeros.

Espera que las nuevas generaciones lo recuerden como un buen atleta, un buen salvavidas y, sobre todo, como una persona que nunca olvidó sus orígenes.

Del niño que temía al mar al hombre que salva vidas

Glenda Sanchez
26 de julio, 2026

El mar marcó el destino de Federico Catalán desde la infancia. Nació en diciembre de 1973 y creció en el Puerto San José, Escuintla. Su padre, Rodolfo Catalán, era entrenador de natación. A los 7 años lo llevó por primera vez a una piscina. Desde entonces, el agua se convirtió en su mejor compañía.

Su infancia transcurrió entre entrenamientos y competencias. Participó en torneos desde muy pequeño. Ganó medallas de oro, plata y bronce. Sin embargo, el talento no resolvió todas las dificultades, pues provenía de una familia con recursos limitados y el apoyo al deporte casi no existía. Aun así, nunca dejó de entrenar.

Cuando tenía 13 años, miraba el trabajo de los salvavidas durante las competencias. Su padre también participaba y quiso seguir sus pasos. Entró al mar con entusiasmo, pero enfrentó una de las experiencias más duras. Una corriente, conocida como alfaque, lo arrastró mar adentro. Logró salir, pero quedó asustado.

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

A los 14 volvió al mar y enfrentó la misma prueba. Esa vez recuperó la confianza y participó en la eliminatoria para salvavidas de Semana Santa. Terminó en el puesto 24 entre 130 competidores. Un año después alcanzó el cuarto lugar. A los 16 ganó la eliminatoria y comenzó una trayectoria que todavía continúa.

Grandes resultados 

La natación le abrió otra puerta. A los 20 años ingresó al triatlón. Llegó como un desconocido y sorprendió desde la primera competencia. Terminó en el segundo lugar a nivel nacional. Competía con una bicicleta sencilla. Ese resultado bastó para ingresar a la selección nacional. Permaneció cuatro años en el equipo. 

Representó a Guatemala en Juegos Centroamericanos, Juegos Panamericanos y Juegos Centroamericanos y del Caribe. Entre sus principales logros destaca la medalla de plata obtenida en San Pedro Sula, Honduras, en 1997.

El alto rendimiento también impuso límites. Los costos del entrenamiento y los constantes viajes hacia la capital resultaron imposibles de sostener. No encontró patrocinadores y se retiró del triatlón a los 23. Años después intentó volver. Clasificó a campeonatos mundiales de categoría en Edmonton y Chicago, pero no alcanzó el nivel en su juventud.

Mientras su carrera deportiva avanzaba, apareció otra oportunidad. En 1994 participó en una plaza por oposición para ingresar como salvavidas del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). Muchos dudaban de su capacidad porque toda su experiencia estaba ligada al mar. La prueba se realizó en aguas frías, en Amatitlán. Debía completar 1550 metros frente a un nadador de selección nacional. Federico ganó. Desde entonces forma parte del cuerpo de salvamento del IGSS.

Salvar vidas es su pasión

Tres décadas después, ese triunfo todavía representa uno de los momentos más importantes de su vida. Hoy suma 31 años de servicio como salvavidas. También dirige el cuerpo de salvamento del Puerto San José. Para él, cada etapa tuvo el mismo propósito. Primero aprendió a competir. Después aprendió a sobrevivir. Finalmente, entendió que el verdadero valor de su trabajo es llegar a tiempo para darle una segunda oportunidad a quien lucha por vivir.

“Una playa puede parecer tranquila y, pocos minutos después, convertirse en una trampa”, explicó Federico. Después de más de tres décadas como salvavidas, asegura que el rescate más efectivo empieza antes de que alguien entre al agua con la prevención.

Sin embargo, no todos los accidentes pueden evitarse. Entre los episodios que recuerda, destaca un rescate en el antiguo muelle del Puerto San José. Dos personas quedaron atrapadas entre las fuertes olas. Federico alcanzó a las víctimas e intentó mantenerlas a salvo. En ese momento, una ola de gran tamaño golpeó la estructura.

Sujetó a las dos personas contra un barrote y también se aferró para evitar que la corriente lo arrastrara. La fuerza del mar venció el esfuerzo. Las víctimas se soltaron. Una logró sobrevivir. Esa escena todavía permanece en su memoria.

Futuro inconcluso

No todas las historias terminan con un rescate exitoso. Las más dolorosas tienen como protagonistas a niños, indicó. Federico admite que esos casos dejan una huella distinta. Cada vez que recupera el cuerpo de un menor, piensa en todo el futuro que quedó inconcluso. También considera que muchos accidentes ocurren por descuido de los adultos. Por esa razón insiste en que los padres nunca deben perder de vista a sus hijos en ningún lugar.  

La experiencia cambió la forma de trabajar del cuerpo de salvamento. Antes, los rescates ocupaban la mayor parte del esfuerzo. Hoy la prioridad consiste en evitar que las personas entren en zonas peligrosas. Los salvavidas identifican las corrientes, reúnen a los turistas y los trasladan hacia áreas seguras. Recomiendan permanecer cerca de las torres de vigilancia. Esa estrategia redujo los rescates los últimos años.

Federico asegura que la preparación física resulta indispensable para el salvavidas. Entrena todos los días. Practica triatlón por gusto y conserva un nivel que todavía le permite competir con atletas jóvenes. En un rescate, unos segundos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Si el salvavidas llega tarde, la víctima desaparece.

Disciplina y vocación 

Además del entrenamiento físico, dirige un equipo de salvamento en el Puerto San José. Combina la experiencia de rescatistas veteranos con la energía de los más jóvenes. Les transmite la misma enseñanza que recibió de su padre. Un salvavidas necesita disciplina, conocimiento de primeros auxilios y vocación de servicio. Sin esos elementos, el uniforme pierde sentido.

Su vida también gira alrededor de la familia. Tiene dos hijos. Su hija ejerce como veterinaria y dirige un hospital para animales en el Puerto San José. Su hijo estudió seguridad informática. Aunque ninguno siguió su camino, ambos aprendieron técnicas de reanimación cardiopulmonar.

Después de 31 años de servicio, perdió la cuenta de los rescates realizados. Calcula que participó en unas 200 intervenciones. Prefiere recordar las vidas que lograron regresar con sus familias. Agradece las enseñanzas de sus padres y el respeto que ganó entre sus compañeros.

Espera que las nuevas generaciones lo recuerden como un buen atleta, un buen salvavidas y, sobre todo, como una persona que nunca olvidó sus orígenes.

¿Quiere recibir notificaciones de alertas?