El coronel retirado Juan Chiroy nació el 28 de marzo de 1967 en San Andrés Itzapa, Chimaltenango. Su historia es la de un hombre que creció en condiciones de pobreza extrema, cuya lengua materna fue el Kaqchikel y que, a base de disciplina, logró escalar en la carrera militar hasta situarse a las puertas del generalato. Durante más de 30 años sirvió en el Ejército de Guatemala, participando en operaciones durante el conflicto armado interno y formando parte de unidades de combate en escenarios de alta complejidad. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida en 2012 luego de los hechos ocurridos en Totonicapán (el llamado caso Alaska), que derivaron en un prolongado proceso judicial. Tras doce años de litigio y seis años y medio en prisión preventiva, el coronel fue absuelto. Hoy, ya retirado, ha reorientado su vida hacia el Derecho.
¿En su niñez pensó en ser militar?
— Honestamente, no. Dentro de mi mente nunca pasó llegar a ser oficial del Ejército. Yo vengo de una familia de extrema pobreza. Mis primeros ocho años hablé solo Kaqchikel. Hasta que ingresé en la escuela, empecé a hablar español.
¿Cómo recuerda su infancia?
— Fue muy dura. Anduve descalzo hasta los nueve años. Íbamos a la escuela corriendo, descalzos. En la madrugada cuidábamos la milpa, regresábamos, comíamos algo y salíamos a estudiar. Los domingos me dedicaba a lustrar zapatos para ayudar en la casa.
¿A qué se dedicaban sus padres?
— Mi mamá vendía vísceras en el mercado, lo que nosotros llamábamos “panza”. Mi papá no sabía leer ni escribir. Se separaron cuando yo tenía once años y nos quedamos con mi mamá.
¿Cuántos hermanos eran?
— Éramos seis, todos hombres. Hoy solo quedamos tres.
¿Qué tan importante era la educación en su hogar?
— Mucho. Mi mamá solo estudió segundo de primaria, pero siempre nos insistía en que lo que ella no tuvo, nosotros sí debíamos tenerlo. Nos exigía bastante.
¿Qué tipo de estudiante fue?
— Fui muy diligente, especialmente en matemáticas. En primaria llegué a ser segundo lugar. Siempre hubo una compañera que me ganaba, pero ella falleció en el terremoto de 1976 y después de eso ocupé el primer lugar.
¿Cómo logra continuar sus estudios?
— Me examiné para una beca en el Instituto Adolfo V. Hall. Gané la beca, pero había que pagar el internado, unos 40 quetzales, y mi mamá no podía. Entonces me otorgaron una segunda beca del Ministerio de la Defensa que cubría esos gastos.
¿Cómo fue su vida en el Hall?
— Muy disciplinada. Nos levantábamos a las cinco de la mañana, hacíamos deporte, estudio obligatorio, clases, limpieza. Todo estaba estructurado. Eso me formó mucho.
¿Seguía trabajando?
— Sí. En vacaciones trabajaba en ferias: lotería, tiro al blanco, boliche. Desde los 13 o 14 años el patrón confiaba en mí, me daba dinero para comprar insumos en la capital. Administraba recursos.
¿Tuvo momentos difíciles en lo académico?
— Solo una vez. En tercero básico dejé cuatro clases. Mi mamá llegó a regañarme frente a todos, incluso me pegó ahí mismo. Fue una humillación fuerte. Después de eso no volví a fallar.
¿Cómo da el paso a la Escuela Politécnica?
— Me examiné en tercero básico, pero no alcanzaba la estatura. Regresé al Hall, seguí estudiando y volví a intentar. Aunque todavía no cumplía completamente, me aceptaron.
¿Qué significó ese ingreso?
— Que no había regreso. Firmé un acta donde renunciaba a mis becas. Si me salía de la escuela, ya no tenía ninguna ayuda. Tenía que aguantar sí o sí.
¿Cómo describe la formación en la Escuela Politécnica?
— Muy dura. Entramos alrededor de 350 y nos graduamos 68. El sistema está hecho para seleccionar a los que realmente resisten.
¿Qué tipo de exigencias enfrentaban?
— Desvelos, ejercicio extremo, presión psicológica. Le dicen a uno que no sirve, que no va a lograrlo. Lo mandan a limpiar a medianoche, a tirarse a una piscina a la madrugada, a caminar kilómetros sin alimento.
¿Por qué ese nivel de exigencia?
— Para ver quién aguanta. Si uno viene de una vida cómoda, no resiste. Es para formar carácter.
¿Cómo era un día típico?
— Nos levantaban a las cuatro de la mañana. Deporte, baño, limpieza, estudio obligatorio, desayuno rápido, clases, entrenamiento, más limpieza y estudio. A veces solo teníamos dos minutos para comer.
¿Recuerda algún momento particularmente importante?
— El examen de espadín. Es muy duro, pero cuando se lo dan a uno, siente que todo valió la pena. También el curso de montaña, de 40 días, donde ponen a prueba la resistencia total.
¿Cuándo se gradúa como oficial?
— El 20 de diciembre de 1986, en pleno conflicto armado.
¿Cuál fue su primera asignación?
— En Chicacao. Me mandaron a patrullar zonas donde operaba la guerrilla.
¿Cómo fue su primera experiencia en combate?
— Difícil. Un soldado activó una mina quita-pie, perdió la pierna y murió desangrado. Estábamos en la montaña y no pudimos evacuarlo.
¿Hubo otras experiencias que lo marcaron?
— Sí. En una operación perdí seis soldados y tuve doce heridos. En otra, un compañero fue degollado. Son vivencias muy fuertes.
¿Sintió que podía morir en esas misiones?
— Sí. Hubo momentos en que pensé que no volvería a ver a mi familia. Todos los días había muertos y heridos.
Para 2012, ¿en qué punto estaba su carrera?
— Llevaba 25 años de servicio, ya era coronel. Estaba cursando los altos estudios estratégicos, que era el último requisito para ser general. No tenía impedimentos.
¿Qué ocurrió ese día en Totonicapán?
— Yo venía de una actividad académica. Me ordenaron apoyar a la Policía en una manifestación. Mi función era coordinar con el comisario, no dirigir acciones operativas.
¿Hubo problemas desde el inicio?
— Sí. No encontré al comisario con quien debía coordinar. Cuando estaba reorganizando a mi personal, la población empezó a atacarnos.
¿Cómo reaccionó la unidad?
— Intentamos retirarnos. Un camión logró salir, pero otro quedó atrapado. La unidad se desintegró y se dio lo que se llama un repliegue involuntario.
¿Qué significa eso?
— Que la unidad pierde su cohesión por la presión y se divide en pequeñas fracciones que buscan replegarse.
¿Se dio alguna orden de disparar?
— No. Yo nunca di una orden de disparo. Eso quedó establecido en el tribunal. La única orden que di fue “bájese del camión”.
¿Entonces cómo ocurrieron los disparos?
— Algunos soldados dispararon para disuadir a la población, porque los estaban rodeando y querían quemar el camión con ellos adentro.
¿Qué pasó después?
— Se inició un proceso judicial. Nos acusaron de ejecución extrajudicial.
¿Cuánto tiempo estuvieron en prisión preventiva?
— Seis años y medio.
¿Cuándo se realizó el juicio?
— Doce años después de los hechos.
¿Cuál fue el resultado?
— Yo fui absuelto junto con otro soldado. Siete más fueron condenados inicialmente a más de siete años, pero luego la pena fue reducida a seis meses y se sigue en el proceso para que también sean absueltos.
¿Cómo vivió ese proceso en lo personal?
— Fue muy duro. Mi hijo pequeño aprendió a caminar en prisión. Mis hijos crecieron visitándome. No tuvieron una infancia normal.
¿Qué consecuencias tuvo en su familia?
— Mi hijo mayor tuvo que cambiar varias veces de colegio; eso le afectó mucho. No tuvo continuidad educativa.
¿Hubo otras pérdidas en ese tiempo?
— Sí. Mi mamá fue asesinada. No se robaron nada, fue un hecho brutal, y nunca se investigó. He llegado a pensar que se trató de una venganza.
Después de todo eso, ¿cómo logra reconstruir su vida?
— Cuando salí en libertad decidí estudiar Derecho. Quería entender el sistema, porque viví en carne propia cómo funcionan los procesos.
¿Cuándo se graduó?
— El 30 de abril me gradué como abogado y notario.
¿Cuál es su objetivo ahora?
— Ayudar a personas que enfrentan procesos injustos, especialmente militares. Muchos abogados no conocen la terminología ni el contexto operativo.
¿Lo hace con fines económicos?
— No. Mi intención no es enriquecerme. Es aportar, ayudar a quienes no tienen cómo defenderse.
Después de todo lo vivido, ¿qué significa ser soldado?
— Es servir a la patria. Es estar dispuesto a ofrendar la vida por la libertad. Yo me siento orgulloso de haber servido más de 30 años.
¿Se sigue sintiendo soldado?
— Sí. Uno nunca deja de ser soldado. Eso queda en el corazón.
¿Qué representa el Día del Ejército para usted?
— Es un día muy significativo. Yo desfilé durante décadas, desde joven. Es parte de nuestra vida.
¿Se siente satisfecho con su trayectoria?
— A pesar de todo, sí. El Ejército me formó, me dio disciplina y me permitió sacar adelante a mi familia. Eso no se borra.
El coronel retirado Juan Chiroy nació el 28 de marzo de 1967 en San Andrés Itzapa, Chimaltenango. Su historia es la de un hombre que creció en condiciones de pobreza extrema, cuya lengua materna fue el Kaqchikel y que, a base de disciplina, logró escalar en la carrera militar hasta situarse a las puertas del generalato. Durante más de 30 años sirvió en el Ejército de Guatemala, participando en operaciones durante el conflicto armado interno y formando parte de unidades de combate en escenarios de alta complejidad. Sin embargo, su carrera se vio interrumpida en 2012 luego de los hechos ocurridos en Totonicapán (el llamado caso Alaska), que derivaron en un prolongado proceso judicial. Tras doce años de litigio y seis años y medio en prisión preventiva, el coronel fue absuelto. Hoy, ya retirado, ha reorientado su vida hacia el Derecho.
¿En su niñez pensó en ser militar?
— Honestamente, no. Dentro de mi mente nunca pasó llegar a ser oficial del Ejército. Yo vengo de una familia de extrema pobreza. Mis primeros ocho años hablé solo Kaqchikel. Hasta que ingresé en la escuela, empecé a hablar español.
¿Cómo recuerda su infancia?
— Fue muy dura. Anduve descalzo hasta los nueve años. Íbamos a la escuela corriendo, descalzos. En la madrugada cuidábamos la milpa, regresábamos, comíamos algo y salíamos a estudiar. Los domingos me dedicaba a lustrar zapatos para ayudar en la casa.
¿A qué se dedicaban sus padres?
— Mi mamá vendía vísceras en el mercado, lo que nosotros llamábamos “panza”. Mi papá no sabía leer ni escribir. Se separaron cuando yo tenía once años y nos quedamos con mi mamá.
¿Cuántos hermanos eran?
— Éramos seis, todos hombres. Hoy solo quedamos tres.
¿Qué tan importante era la educación en su hogar?
— Mucho. Mi mamá solo estudió segundo de primaria, pero siempre nos insistía en que lo que ella no tuvo, nosotros sí debíamos tenerlo. Nos exigía bastante.
¿Qué tipo de estudiante fue?
— Fui muy diligente, especialmente en matemáticas. En primaria llegué a ser segundo lugar. Siempre hubo una compañera que me ganaba, pero ella falleció en el terremoto de 1976 y después de eso ocupé el primer lugar.
¿Cómo logra continuar sus estudios?
— Me examiné para una beca en el Instituto Adolfo V. Hall. Gané la beca, pero había que pagar el internado, unos 40 quetzales, y mi mamá no podía. Entonces me otorgaron una segunda beca del Ministerio de la Defensa que cubría esos gastos.
¿Cómo fue su vida en el Hall?
— Muy disciplinada. Nos levantábamos a las cinco de la mañana, hacíamos deporte, estudio obligatorio, clases, limpieza. Todo estaba estructurado. Eso me formó mucho.
¿Seguía trabajando?
— Sí. En vacaciones trabajaba en ferias: lotería, tiro al blanco, boliche. Desde los 13 o 14 años el patrón confiaba en mí, me daba dinero para comprar insumos en la capital. Administraba recursos.
¿Tuvo momentos difíciles en lo académico?
— Solo una vez. En tercero básico dejé cuatro clases. Mi mamá llegó a regañarme frente a todos, incluso me pegó ahí mismo. Fue una humillación fuerte. Después de eso no volví a fallar.
¿Cómo da el paso a la Escuela Politécnica?
— Me examiné en tercero básico, pero no alcanzaba la estatura. Regresé al Hall, seguí estudiando y volví a intentar. Aunque todavía no cumplía completamente, me aceptaron.
¿Qué significó ese ingreso?
— Que no había regreso. Firmé un acta donde renunciaba a mis becas. Si me salía de la escuela, ya no tenía ninguna ayuda. Tenía que aguantar sí o sí.
¿Cómo describe la formación en la Escuela Politécnica?
— Muy dura. Entramos alrededor de 350 y nos graduamos 68. El sistema está hecho para seleccionar a los que realmente resisten.
¿Qué tipo de exigencias enfrentaban?
— Desvelos, ejercicio extremo, presión psicológica. Le dicen a uno que no sirve, que no va a lograrlo. Lo mandan a limpiar a medianoche, a tirarse a una piscina a la madrugada, a caminar kilómetros sin alimento.
¿Por qué ese nivel de exigencia?
— Para ver quién aguanta. Si uno viene de una vida cómoda, no resiste. Es para formar carácter.
¿Cómo era un día típico?
— Nos levantaban a las cuatro de la mañana. Deporte, baño, limpieza, estudio obligatorio, desayuno rápido, clases, entrenamiento, más limpieza y estudio. A veces solo teníamos dos minutos para comer.
¿Recuerda algún momento particularmente importante?
— El examen de espadín. Es muy duro, pero cuando se lo dan a uno, siente que todo valió la pena. También el curso de montaña, de 40 días, donde ponen a prueba la resistencia total.
¿Cuándo se gradúa como oficial?
— El 20 de diciembre de 1986, en pleno conflicto armado.
¿Cuál fue su primera asignación?
— En Chicacao. Me mandaron a patrullar zonas donde operaba la guerrilla.
¿Cómo fue su primera experiencia en combate?
— Difícil. Un soldado activó una mina quita-pie, perdió la pierna y murió desangrado. Estábamos en la montaña y no pudimos evacuarlo.
¿Hubo otras experiencias que lo marcaron?
— Sí. En una operación perdí seis soldados y tuve doce heridos. En otra, un compañero fue degollado. Son vivencias muy fuertes.
¿Sintió que podía morir en esas misiones?
— Sí. Hubo momentos en que pensé que no volvería a ver a mi familia. Todos los días había muertos y heridos.
Para 2012, ¿en qué punto estaba su carrera?
— Llevaba 25 años de servicio, ya era coronel. Estaba cursando los altos estudios estratégicos, que era el último requisito para ser general. No tenía impedimentos.
¿Qué ocurrió ese día en Totonicapán?
— Yo venía de una actividad académica. Me ordenaron apoyar a la Policía en una manifestación. Mi función era coordinar con el comisario, no dirigir acciones operativas.
¿Hubo problemas desde el inicio?
— Sí. No encontré al comisario con quien debía coordinar. Cuando estaba reorganizando a mi personal, la población empezó a atacarnos.
¿Cómo reaccionó la unidad?
— Intentamos retirarnos. Un camión logró salir, pero otro quedó atrapado. La unidad se desintegró y se dio lo que se llama un repliegue involuntario.
¿Qué significa eso?
— Que la unidad pierde su cohesión por la presión y se divide en pequeñas fracciones que buscan replegarse.
¿Se dio alguna orden de disparar?
— No. Yo nunca di una orden de disparo. Eso quedó establecido en el tribunal. La única orden que di fue “bájese del camión”.
¿Entonces cómo ocurrieron los disparos?
— Algunos soldados dispararon para disuadir a la población, porque los estaban rodeando y querían quemar el camión con ellos adentro.
¿Qué pasó después?
— Se inició un proceso judicial. Nos acusaron de ejecución extrajudicial.
¿Cuánto tiempo estuvieron en prisión preventiva?
— Seis años y medio.
¿Cuándo se realizó el juicio?
— Doce años después de los hechos.
¿Cuál fue el resultado?
— Yo fui absuelto junto con otro soldado. Siete más fueron condenados inicialmente a más de siete años, pero luego la pena fue reducida a seis meses y se sigue en el proceso para que también sean absueltos.
¿Cómo vivió ese proceso en lo personal?
— Fue muy duro. Mi hijo pequeño aprendió a caminar en prisión. Mis hijos crecieron visitándome. No tuvieron una infancia normal.
¿Qué consecuencias tuvo en su familia?
— Mi hijo mayor tuvo que cambiar varias veces de colegio; eso le afectó mucho. No tuvo continuidad educativa.
¿Hubo otras pérdidas en ese tiempo?
— Sí. Mi mamá fue asesinada. No se robaron nada, fue un hecho brutal, y nunca se investigó. He llegado a pensar que se trató de una venganza.
Después de todo eso, ¿cómo logra reconstruir su vida?
— Cuando salí en libertad decidí estudiar Derecho. Quería entender el sistema, porque viví en carne propia cómo funcionan los procesos.
¿Cuándo se graduó?
— El 30 de abril me gradué como abogado y notario.
¿Cuál es su objetivo ahora?
— Ayudar a personas que enfrentan procesos injustos, especialmente militares. Muchos abogados no conocen la terminología ni el contexto operativo.
¿Lo hace con fines económicos?
— No. Mi intención no es enriquecerme. Es aportar, ayudar a quienes no tienen cómo defenderse.
Después de todo lo vivido, ¿qué significa ser soldado?
— Es servir a la patria. Es estar dispuesto a ofrendar la vida por la libertad. Yo me siento orgulloso de haber servido más de 30 años.
¿Se sigue sintiendo soldado?
— Sí. Uno nunca deja de ser soldado. Eso queda en el corazón.
¿Qué representa el Día del Ejército para usted?
— Es un día muy significativo. Yo desfilé durante décadas, desde joven. Es parte de nuestra vida.
¿Se siente satisfecho con su trayectoria?
— A pesar de todo, sí. El Ejército me formó, me dio disciplina y me permitió sacar adelante a mi familia. Eso no se borra.
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