Carlos Flores Sequeira es administrador de empresas, empresario y padre de dos jóvenes universitarias que sobrevivieron a una historia de abuso, maltrato y tortura que, según relata, comenzó dentro de su propio hogar. Formado en valores católicos y con una larga trayectoria en trabajo social con niños y jóvenes, nunca imaginó que tendría que librar una batalla para rescatar a sus hijas de quien debía protegerlas: su propia madre.
En esta entrevista, Carlos reconstruye el camino que lo llevó de ser un padre preocupado por cambios de conducta en sus hijas a convertirse en denunciante, sobreviviente indirecto del sistema y activista contra el abuso infantil. Su relato también es una advertencia para madres y padres: escuchar a los hijos, por pequeños que sean, puede significar la diferencia entre salvar una vida o condenarla al silencio.
¿Cómo era su vida antes de que comenzara todo esto?
—Me casé. Nunca me imaginé que llegara a pasar una situación así. Yo tenía muy claro que me quería casar y tener hijos. Ese ha sido mi camino.
Conocí a la madre de mis hijas hace muchos años. Era una persona muy cabal y estudiante de la universidad también. Fuimos amigos diez años, novios dos años. Nos conocíamos muy bien.
Participábamos en cosas del colegio de mis hijas con las monjas. Una vida que se podía decir era muy estable. Gente que nos conocía valoraba mucho el matrimonio que teníamos.
Íbamos a misa, hacíamos actividades. Éramos una familia que trabajaba mucho en nuestro hogar, con nuestras hijas.
Nuestro matrimonio fue bastante estable. De esfuerzo, de trabajar, como todo matrimonio, de ir poco a poco construyendo todo lo que queríamos. Yo trabajando en estas empresas, con una estabilidad tranquila. No nos hacía falta nada. Ella en algún momentito dejó de trabajar por el tema de las nenas. Dos nenas. Pero muy estable.
¿Cuándo comenzaron las primeras señales de que algo no estaba bien?
—En 2015, ella empieza a involucrarse con gente que yo no conocía y empiezan a aparecer personas.
Aparece una tía de ella que siempre, desde que éramos amigos y durante el noviazgo, me había dicho que era una persona, así literalmente, nefasta, y que estaba muy alejada de ella.
Empieza 2015, empieza a aparecer ella en la casa, y yo le decía: “No has hablado de aquí para atrás, toda la vida, de que esa persona y su hijo eran personas con las que no tenías relación”, y, literalmente, aparecen ahí.
Lo peor era que, en paralelo, mis hijas iban cambiando y cambiando.
¿Qué cambios veía en las niñas?
—Mis hijas tenían siete y diez años. El colegio también se da cuenta del cambio en mis hijas. Entonces nos llamaban y decían: “Mire, estamos viendo mal a las nenas”.
Ella empieza a echarle la culpa al colegio, a las maestras. Nosotros, aparte de la psicóloga del colegio, consultamos a otra psicóloga.
Ella lloraba diciendo que las culpables eran las maestras y yo le decía: “Discúlpeme, pero yo no veo lo que ella está viendo”.
Entonces las cambiamos de colegio y, a los quince días, las del otro colegio eran las nuevas culpables. Seguía lo mismo.
Mis hijas empiezan a estar peor emocionalmente. Empiezan con enuresis nocturna, que es orinarse en la cama. Ya era una edad en la que ellas habían controlado esa parte.
Era un temor muy grande.
Yo les decía: “¿Qué les está pasando?”.
Solo agachaban la cabeza.
Entonces vi que esto iba escalando de una manera muy fuerte.
¿En qué momento decidió actuar?
—Un psicólogo me dice: “Yo creo que algo está pasando dentro de tu casa”.
Yo, por el involucramiento de estas personas, hablo con una abogada y le cuento qué era lo que había estado encontrando, que me parecía muy raro.
Yo siempre le decía: “Tené cuidado con esta persona porque a mí no me da confianza”.
Yo trataba de estar muy pendiente de ellas y de hacerle ver esto.
En algún momento le digo que voy a salir a ver a un cliente lejos y que voy a regresar muy tarde.
Pero yo llegué a las cuatro de la tarde a la casa, a escondidas.
Mire, yo le pedía a Dios que me permitiera encontrar la respuesta de lo que estaba pasando.
¿Qué encontró ese día?
—Entré a la casa y oigo ruido de una habitación.
Empujo la puerta y miro llena de pornografía la habitación.
Pornografía, hombres y mujeres desnudos.
Y había un pizarrón en esa habitación, un gran pene dibujado en el pizarrón.
Y ella dice: ‘Es que les estoy enseñando a tener relaciones sexuales’.
En ese momentito yo ya descubrí que era ella la persona que les estaba haciendo daño.
Las niñas llorando ahí, sentaditas. Mis hijas viendo. Viendo todo.
¿Por qué no se llevó inmediatamente a sus hijas?
—A mí me dijo algo mi abogada.
Me dijo: ‘Lo que encontrés, por favor, me llamás y no vas a reaccionar con nada. Simplemente te salís’.
Yo le dije: ‘¿Y si encuentro algo? ¿Me las llevo?’.
‘No, no las vas a tocar. Ni a ella. Te salís, me hablas y te salís’.
Y lo que sea, vamos a denunciar.
Le llamé inmediatamente.
Le dije: ‘Mirá, encontré tal y tal cosa’.
Nos vamos a denunciar a la PGN.
Ahí empieza toda la investigación.
¿Qué pasó con las niñas?
—Yo no las podía sacar porque me dijo que si yo las sacaba, me podían denunciar como secuestro.
Uno está fregado. Créame que uno podía decir: ‘Agarro a mis hijas y las salvo’.
Pero no podía.
La PGN empieza a hacer toda la investigación.
Nos llaman.
Cámara de Gesell.
Mis hijas hablando.
En esa audiencia hablan de maltrato, amenazas.
Mis hijas dijeron: ‘Mi mamá me dijo que dijera que mi papá me pega, pero mi papá no me pega; quien me pega es ella y nos está diciendo que tenemos que mentir’.
Mis hijas fueron muy valientes.
¿Qué determinaron los informes?
—En los informes decía: ‘Las niñas no se deben acercar por nada del mundo a esta señora. El papá es el recurso idóneo para esto’.
Y me entregan a mis hijas.
Yo en ese momentito dije: ‘Salvé a mis hijas’.
Todavía yo lo sentía eterno, pero dije: salvé a mis hijas.
Sin embargo, la historia no terminó ahí
—No, ahí empieza.
Después que yo rescato a mis hijas, a los 25 días de tenerlas, nos vuelven a llamar y me las quitan.
Ella llega con la gente de la PDH y me quitan a mis hijas. Sin qué ni para qué.
El mismo juez viene, que me había entregado a mis hijas 25 días antes, y dice que ahora se tienen que regresar con la mamá.
Mi abogada decía: ‘No se las tiene que regresar’.
Y me quitan a las nenas.
Y ahí empieza el tormento.
Un año pasé sin ver a mis hijas.
¿Qué significó ese año?
—Un tormento enorme y una lucha grandísima.
A mí me decían: “Señor, ¿por qué no deja el caso?”.
No. Eran mis hijas.
Yo iba a seguir luchando, mire, legalmente.
¿Qué podía hacer?
Yo no podía llegar a la casa y sacarlas.
Me tenían restringido.
Me decían que ya no tenía nada que ver en el caso.
Nosotros les decíamos: “Salven a esas niñas. Dennos la firma. Las van a destrozar”.
Las estaban tapando.
Y ellos buscaban la forma de que las taparan para que no saliera esto a la luz.
¿Cómo volvió a encontrarse con ellas?
—El 9 de junio de 2017 recibo una llamada en mi oficina: habían encontrado en la calle a mi hija pequeña pidiendo auxilio.
Mi hija se había logrado escapar.
Entonces ahí es cuando uno se da cuenta.
Yo les digo siempre: “Los niños saben el daño que les están haciendo”.
La última vez que vi a mis hijas, cuando me las quitaron, les dije: “Sean valientes porque yo voy a luchar por ustedes afuera”.
Y ahí ya no las miro más.
¿Qué le dijo su hija cuando volvió a verla?
—Yo salgo corriendo porque ya la tenían en la oficina.
Yo llego a tirarme a mi hija a los brazos.
Y me dice: “Papito, la última vez que nos vimos, me dijiste que fuera valiente. Yo fui valiente. Me escapé porque ya no aguantamos todo lo que nos hacen”.
Y, todavía con eso, mi hija estaba llena de sangre en la boca.
Le digo: “Mi hija, ¿qué tenés?”.
Le limpio la boca.
“Es que me meten un alambre en la lengua y me la cortan para que yo no hable”.
Y me dice: “Y salva a mi hermanita porque yo la miro mal”.
¿Qué sintió al escuchar eso?
—Lo que yo había dicho desde el principio.
Mi abogada luchó.
Se los dijimos: ‘Van a ver en el infierno a mis hijas’.
No les importó nada.
Y destrozaron a mis hijas.
Mis hijas fueron abusadas, fueron torturadas.
Y estamos de pie hoy defendiendo a mis hijas en todo momento.
Ellas han sido muy valientes.
¿Qué ocurrió después del rescate?
—Empieza todo un proceso de sanación.
Médicos.
Psicólogos.
Denuncias penales.
Cuando rescatamos a mi otra hija, tenía desnutrición severa.
Mis hijas empiezan a contarme todo.
Mis hijas vienen y dicen: ‘La abogada es la que se llevó toda la comida y a nosotros no nos daban de comer’.
Si haces esto, si te callas, nosotros te damos de comer.
Mis hijas tenían una desnutrición severa.
¿Qué le enseñó esta experiencia sobre el abuso infantil?
—Los niños saben el daño que les están haciendo.
Aquí no importa la edad.
El papá y la mamá deben estar 100 % involucrados en la comunicación con sus hijos.
Cuando el niño empieza a sexualizar cosas que normalmente no haría.
Temores.
Miedos.
No querer comer.
No querer estar con la persona que los está dañando.
No empuje a sus hijos a que abracen a alguien porque posiblemente no le gusta.
O puede ser que algo esté pasando.
Baja en las notas.
Enuresis nocturna.
Hay señales emocionales a las que los papás debemos estar muy atentos.
¿Cuál es el mayor error que cometen los adultos?
—Muchas veces se dan cuenta de que los niños están siendo abusados y lo que hacen es callarse.
El niño normalmente se lo puede contar a un adulto y, si ese adulto le dice: “Callate”, le destroza la vida por completo.
¿Por qué?
—Porque ese ‘callate’ va para toda la vida.
Hasta que se atreven a hablar.
¿Cómo están hoy sus hijas?
—Mis hijas están bien.
Graduadas con honores del colegio.
Universidad.
Han sido conscientes de lo que les pasó.
Esto no ha sido nunca de guardar silencio.
Aquí es estar consciente y enfrentar la verdad de lo que nos pasó en la vida.
Trabajarlo con psicólogos, con médicos, con mucho amor, con mucha fe.
Y ahí está el resultado.
Se puede salir adelante.
Yo considero que mis hijas están sanas.
Muy claras de lo que vivimos.
Pero muy enfocadas en su vida y en sus sueños.
¿Qué ocurrió con la relación con su madre?
—Ellas lo han aclarado.
Dicen: “Nosotros no queremos regresar con la persona que más daño nos hizo”.
Simplemente, no queremos tener ninguna relación.
De por sí, hasta me pidieron quitarse el apellido.
Ya no lo tienen.
¿Por qué escribir un libro?
—Yo empecé a anotar muchas cosas, una bitácora de todo lo que iba pasando.
Mis hijas me decían: “Papá, ¿qué te pasó a ti en este año que no estuvimos juntos?”.
Yo les decía: “Yo luché mucho por ustedes. Fueron momentos de fe. Cosas muy especiales”.
Y algún día se los voy a contar.
Ellas sabían desde hace años que yo estaba escribiendo.
Hace cuatro meses se los di y les dije: “Si ustedes no quieren que esto se publique, no se publica”.
Lo leyeron.
Y me dijeron:
“¡Hermoso! Dale”.
¿Por qué hoy sigue hablando de esto?
—Porque con esto ya venimos ayudando a un montón de gente.
Mis hijas se han involucrado en contenidos, en notas que hacemos y en muchas cosas.
Han ido a charlas.
Han hablado con grupos de jóvenes.
Y decir: “Nos pasó esto y tuvimos milagros”.
Enfrentar la verdad también es una forma de valentía.
¿Qué hacen actualmente?
—Tenemos una página que se llama El País de los Jóvenes.
Dentro de esto está el programa AM Un Nuevo Amanecer.
Hacemos contenido enfocado en brindar información sobre estos temas de prevención.
Hacemos charlas. Nos invitan a distintos lugares para hablar sobre la prevención del abuso y también sobre la comunicación entre padres de familia.
Siempre es importante que el entorno familiar de un niño esté fortalecido con información.
Porque esta situación lamentablemente se da en ese 80 % dentro de la casa.
Tenemos que sumarnos todos a esto.
La salud emocional es básica.
Y, a veces, hay gente que necesita entender cuál es el significado de romper el silencio.
Eso es lo que hacemos.
Carlos Flores Sequeira es administrador de empresas, empresario y padre de dos jóvenes universitarias que sobrevivieron a una historia de abuso, maltrato y tortura que, según relata, comenzó dentro de su propio hogar. Formado en valores católicos y con una larga trayectoria en trabajo social con niños y jóvenes, nunca imaginó que tendría que librar una batalla para rescatar a sus hijas de quien debía protegerlas: su propia madre.
En esta entrevista, Carlos reconstruye el camino que lo llevó de ser un padre preocupado por cambios de conducta en sus hijas a convertirse en denunciante, sobreviviente indirecto del sistema y activista contra el abuso infantil. Su relato también es una advertencia para madres y padres: escuchar a los hijos, por pequeños que sean, puede significar la diferencia entre salvar una vida o condenarla al silencio.
¿Cómo era su vida antes de que comenzara todo esto?
—Me casé. Nunca me imaginé que llegara a pasar una situación así. Yo tenía muy claro que me quería casar y tener hijos. Ese ha sido mi camino.
Conocí a la madre de mis hijas hace muchos años. Era una persona muy cabal y estudiante de la universidad también. Fuimos amigos diez años, novios dos años. Nos conocíamos muy bien.
Participábamos en cosas del colegio de mis hijas con las monjas. Una vida que se podía decir era muy estable. Gente que nos conocía valoraba mucho el matrimonio que teníamos.
Íbamos a misa, hacíamos actividades. Éramos una familia que trabajaba mucho en nuestro hogar, con nuestras hijas.
Nuestro matrimonio fue bastante estable. De esfuerzo, de trabajar, como todo matrimonio, de ir poco a poco construyendo todo lo que queríamos. Yo trabajando en estas empresas, con una estabilidad tranquila. No nos hacía falta nada. Ella en algún momentito dejó de trabajar por el tema de las nenas. Dos nenas. Pero muy estable.
¿Cuándo comenzaron las primeras señales de que algo no estaba bien?
—En 2015, ella empieza a involucrarse con gente que yo no conocía y empiezan a aparecer personas.
Aparece una tía de ella que siempre, desde que éramos amigos y durante el noviazgo, me había dicho que era una persona, así literalmente, nefasta, y que estaba muy alejada de ella.
Empieza 2015, empieza a aparecer ella en la casa, y yo le decía: “No has hablado de aquí para atrás, toda la vida, de que esa persona y su hijo eran personas con las que no tenías relación”, y, literalmente, aparecen ahí.
Lo peor era que, en paralelo, mis hijas iban cambiando y cambiando.
¿Qué cambios veía en las niñas?
—Mis hijas tenían siete y diez años. El colegio también se da cuenta del cambio en mis hijas. Entonces nos llamaban y decían: “Mire, estamos viendo mal a las nenas”.
Ella empieza a echarle la culpa al colegio, a las maestras. Nosotros, aparte de la psicóloga del colegio, consultamos a otra psicóloga.
Ella lloraba diciendo que las culpables eran las maestras y yo le decía: “Discúlpeme, pero yo no veo lo que ella está viendo”.
Entonces las cambiamos de colegio y, a los quince días, las del otro colegio eran las nuevas culpables. Seguía lo mismo.
Mis hijas empiezan a estar peor emocionalmente. Empiezan con enuresis nocturna, que es orinarse en la cama. Ya era una edad en la que ellas habían controlado esa parte.
Era un temor muy grande.
Yo les decía: “¿Qué les está pasando?”.
Solo agachaban la cabeza.
Entonces vi que esto iba escalando de una manera muy fuerte.
¿En qué momento decidió actuar?
—Un psicólogo me dice: “Yo creo que algo está pasando dentro de tu casa”.
Yo, por el involucramiento de estas personas, hablo con una abogada y le cuento qué era lo que había estado encontrando, que me parecía muy raro.
Yo siempre le decía: “Tené cuidado con esta persona porque a mí no me da confianza”.
Yo trataba de estar muy pendiente de ellas y de hacerle ver esto.
En algún momento le digo que voy a salir a ver a un cliente lejos y que voy a regresar muy tarde.
Pero yo llegué a las cuatro de la tarde a la casa, a escondidas.
Mire, yo le pedía a Dios que me permitiera encontrar la respuesta de lo que estaba pasando.
¿Qué encontró ese día?
—Entré a la casa y oigo ruido de una habitación.
Empujo la puerta y miro llena de pornografía la habitación.
Pornografía, hombres y mujeres desnudos.
Y había un pizarrón en esa habitación, un gran pene dibujado en el pizarrón.
Y ella dice: ‘Es que les estoy enseñando a tener relaciones sexuales’.
En ese momentito yo ya descubrí que era ella la persona que les estaba haciendo daño.
Las niñas llorando ahí, sentaditas. Mis hijas viendo. Viendo todo.
¿Por qué no se llevó inmediatamente a sus hijas?
—A mí me dijo algo mi abogada.
Me dijo: ‘Lo que encontrés, por favor, me llamás y no vas a reaccionar con nada. Simplemente te salís’.
Yo le dije: ‘¿Y si encuentro algo? ¿Me las llevo?’.
‘No, no las vas a tocar. Ni a ella. Te salís, me hablas y te salís’.
Y lo que sea, vamos a denunciar.
Le llamé inmediatamente.
Le dije: ‘Mirá, encontré tal y tal cosa’.
Nos vamos a denunciar a la PGN.
Ahí empieza toda la investigación.
¿Qué pasó con las niñas?
—Yo no las podía sacar porque me dijo que si yo las sacaba, me podían denunciar como secuestro.
Uno está fregado. Créame que uno podía decir: ‘Agarro a mis hijas y las salvo’.
Pero no podía.
La PGN empieza a hacer toda la investigación.
Nos llaman.
Cámara de Gesell.
Mis hijas hablando.
En esa audiencia hablan de maltrato, amenazas.
Mis hijas dijeron: ‘Mi mamá me dijo que dijera que mi papá me pega, pero mi papá no me pega; quien me pega es ella y nos está diciendo que tenemos que mentir’.
Mis hijas fueron muy valientes.
¿Qué determinaron los informes?
—En los informes decía: ‘Las niñas no se deben acercar por nada del mundo a esta señora. El papá es el recurso idóneo para esto’.
Y me entregan a mis hijas.
Yo en ese momentito dije: ‘Salvé a mis hijas’.
Todavía yo lo sentía eterno, pero dije: salvé a mis hijas.
Sin embargo, la historia no terminó ahí
—No, ahí empieza.
Después que yo rescato a mis hijas, a los 25 días de tenerlas, nos vuelven a llamar y me las quitan.
Ella llega con la gente de la PDH y me quitan a mis hijas. Sin qué ni para qué.
El mismo juez viene, que me había entregado a mis hijas 25 días antes, y dice que ahora se tienen que regresar con la mamá.
Mi abogada decía: ‘No se las tiene que regresar’.
Y me quitan a las nenas.
Y ahí empieza el tormento.
Un año pasé sin ver a mis hijas.
¿Qué significó ese año?
—Un tormento enorme y una lucha grandísima.
A mí me decían: “Señor, ¿por qué no deja el caso?”.
No. Eran mis hijas.
Yo iba a seguir luchando, mire, legalmente.
¿Qué podía hacer?
Yo no podía llegar a la casa y sacarlas.
Me tenían restringido.
Me decían que ya no tenía nada que ver en el caso.
Nosotros les decíamos: “Salven a esas niñas. Dennos la firma. Las van a destrozar”.
Las estaban tapando.
Y ellos buscaban la forma de que las taparan para que no saliera esto a la luz.
¿Cómo volvió a encontrarse con ellas?
—El 9 de junio de 2017 recibo una llamada en mi oficina: habían encontrado en la calle a mi hija pequeña pidiendo auxilio.
Mi hija se había logrado escapar.
Entonces ahí es cuando uno se da cuenta.
Yo les digo siempre: “Los niños saben el daño que les están haciendo”.
La última vez que vi a mis hijas, cuando me las quitaron, les dije: “Sean valientes porque yo voy a luchar por ustedes afuera”.
Y ahí ya no las miro más.
¿Qué le dijo su hija cuando volvió a verla?
—Yo salgo corriendo porque ya la tenían en la oficina.
Yo llego a tirarme a mi hija a los brazos.
Y me dice: “Papito, la última vez que nos vimos, me dijiste que fuera valiente. Yo fui valiente. Me escapé porque ya no aguantamos todo lo que nos hacen”.
Y, todavía con eso, mi hija estaba llena de sangre en la boca.
Le digo: “Mi hija, ¿qué tenés?”.
Le limpio la boca.
“Es que me meten un alambre en la lengua y me la cortan para que yo no hable”.
Y me dice: “Y salva a mi hermanita porque yo la miro mal”.
¿Qué sintió al escuchar eso?
—Lo que yo había dicho desde el principio.
Mi abogada luchó.
Se los dijimos: ‘Van a ver en el infierno a mis hijas’.
No les importó nada.
Y destrozaron a mis hijas.
Mis hijas fueron abusadas, fueron torturadas.
Y estamos de pie hoy defendiendo a mis hijas en todo momento.
Ellas han sido muy valientes.
¿Qué ocurrió después del rescate?
—Empieza todo un proceso de sanación.
Médicos.
Psicólogos.
Denuncias penales.
Cuando rescatamos a mi otra hija, tenía desnutrición severa.
Mis hijas empiezan a contarme todo.
Mis hijas vienen y dicen: ‘La abogada es la que se llevó toda la comida y a nosotros no nos daban de comer’.
Si haces esto, si te callas, nosotros te damos de comer.
Mis hijas tenían una desnutrición severa.
¿Qué le enseñó esta experiencia sobre el abuso infantil?
—Los niños saben el daño que les están haciendo.
Aquí no importa la edad.
El papá y la mamá deben estar 100 % involucrados en la comunicación con sus hijos.
Cuando el niño empieza a sexualizar cosas que normalmente no haría.
Temores.
Miedos.
No querer comer.
No querer estar con la persona que los está dañando.
No empuje a sus hijos a que abracen a alguien porque posiblemente no le gusta.
O puede ser que algo esté pasando.
Baja en las notas.
Enuresis nocturna.
Hay señales emocionales a las que los papás debemos estar muy atentos.
¿Cuál es el mayor error que cometen los adultos?
—Muchas veces se dan cuenta de que los niños están siendo abusados y lo que hacen es callarse.
El niño normalmente se lo puede contar a un adulto y, si ese adulto le dice: “Callate”, le destroza la vida por completo.
¿Por qué?
—Porque ese ‘callate’ va para toda la vida.
Hasta que se atreven a hablar.
¿Cómo están hoy sus hijas?
—Mis hijas están bien.
Graduadas con honores del colegio.
Universidad.
Han sido conscientes de lo que les pasó.
Esto no ha sido nunca de guardar silencio.
Aquí es estar consciente y enfrentar la verdad de lo que nos pasó en la vida.
Trabajarlo con psicólogos, con médicos, con mucho amor, con mucha fe.
Y ahí está el resultado.
Se puede salir adelante.
Yo considero que mis hijas están sanas.
Muy claras de lo que vivimos.
Pero muy enfocadas en su vida y en sus sueños.
¿Qué ocurrió con la relación con su madre?
—Ellas lo han aclarado.
Dicen: “Nosotros no queremos regresar con la persona que más daño nos hizo”.
Simplemente, no queremos tener ninguna relación.
De por sí, hasta me pidieron quitarse el apellido.
Ya no lo tienen.
¿Por qué escribir un libro?
—Yo empecé a anotar muchas cosas, una bitácora de todo lo que iba pasando.
Mis hijas me decían: “Papá, ¿qué te pasó a ti en este año que no estuvimos juntos?”.
Yo les decía: “Yo luché mucho por ustedes. Fueron momentos de fe. Cosas muy especiales”.
Y algún día se los voy a contar.
Ellas sabían desde hace años que yo estaba escribiendo.
Hace cuatro meses se los di y les dije: “Si ustedes no quieren que esto se publique, no se publica”.
Lo leyeron.
Y me dijeron:
“¡Hermoso! Dale”.
¿Por qué hoy sigue hablando de esto?
—Porque con esto ya venimos ayudando a un montón de gente.
Mis hijas se han involucrado en contenidos, en notas que hacemos y en muchas cosas.
Han ido a charlas.
Han hablado con grupos de jóvenes.
Y decir: “Nos pasó esto y tuvimos milagros”.
Enfrentar la verdad también es una forma de valentía.
¿Qué hacen actualmente?
—Tenemos una página que se llama El País de los Jóvenes.
Dentro de esto está el programa AM Un Nuevo Amanecer.
Hacemos contenido enfocado en brindar información sobre estos temas de prevención.
Hacemos charlas. Nos invitan a distintos lugares para hablar sobre la prevención del abuso y también sobre la comunicación entre padres de familia.
Siempre es importante que el entorno familiar de un niño esté fortalecido con información.
Porque esta situación lamentablemente se da en ese 80 % dentro de la casa.
Tenemos que sumarnos todos a esto.
La salud emocional es básica.
Y, a veces, hay gente que necesita entender cuál es el significado de romper el silencio.
Eso es lo que hacemos.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: