El presidente, Bernardo Arévalo, compareció ayer 14 de enero a la sesión solemne del Congreso que dio inicio a un nuevo período ordinario de sesiones con la toma de posesión de la nueva Junta Directiva.
Como lo ordena el artículo 183, literal i) de la Constitución, también presentó por escrito un informe de la situación general de la República y de los negocios de su administración realizados durante su segundo año; la “segunda cosecha”, como alegóricamente le llama. Como es costumbre ya —mas no obligación—, también pronunció un discurso que, en esta ocasión, fue más bien breve.
Era de esperar que estuviese lleno de autobombo —no como lo ordena el artículo constitucional—; no decepcionó en ese sentido. Lanzó cifras “oficiales” de metas aún por alcanzar en temas como salud, educación y, por más que suene como chiste de mal gusto, en construcción de infraestructura. Comparó el suyo con gobiernos anteriores como si fuese un logro mejorar un poco la mediocridad pasada; como si los guatemaltecos debiésemos estar agradecidos y no fuese su harta obligación cumplir a cabalidad con el mandato otorgado en las urnas. Fue elegido para hacer todo lo que está haciendo, y para mucho más, que no ha hecho ni hará.
Uno de los grandes rezagos de este gobierno ha sido la desatención casi absoluta de la red vial, no solo por la construcción de 0 kilómetros nuevos de carreteras, sino que todo el esfuerzo ha consistido en mejorar mínimamente las rutas “terciarias” —terracería—; un exiguo esfuerzo que se esfuma con las primeras lluvias.
Ya no chiste de mal gusto, sino casi ofensa, fue que pretendiese ponerse la medallita de la aprobación de la Ley de Infraestructura Vial Prioritaria, cuando es algo que hizo el Legislativo y que, en todo caso, su administración torpedeó al reducir a la DIPP a una simple unidad ejecutora y a la que no le dio los recursos requeridos.
Reconoció, eso sí, el desastre que ha sido su administración en materia de seguridad y prometió hacer más. Ningún consuelo para las miles de familias afectadas por la violencia y, en particular, por los asesinatos.
Habló de que durante su administración centros de salud y hospitales han alcanzado históricos altos niveles de abastecimiento de medicinas, pero no dijo que solamente de algunas de ellas, tan básicas como paracetamol, pero no de otras igual de indispensables para atender los requerimientos de los guatemaltecos.
Más allá de los cuentos y las medias verdades, pronunció su alocución serenidad, que contrasta grotescamente con el miedo, intranquilidad e inseguridad con la que millones de guatemaltecos viven diariamente; un presidente enfocado y responsable, en la situación que está en el país, debiese ser el guatemalteco más preocupado de todos. No es el caso de Arévalo.
Empieza así el tercer año de su mandato, el penúltimo de ellos, pero el último que podrá intentar hacer algo, pues el siguiente —año electoral— es históricamente considerado como perdido. A partir del 2028, Arévalo podrá dedicarse a lo suyo, a lo que realmente le gusta: viajar, dar conferencias y escribir libros que, si son de lo bien que llevó su gestión —hasta ahora—, serán de ficción.
El presidente, Bernardo Arévalo, compareció ayer 14 de enero a la sesión solemne del Congreso que dio inicio a un nuevo período ordinario de sesiones con la toma de posesión de la nueva Junta Directiva.
Como lo ordena el artículo 183, literal i) de la Constitución, también presentó por escrito un informe de la situación general de la República y de los negocios de su administración realizados durante su segundo año; la “segunda cosecha”, como alegóricamente le llama. Como es costumbre ya —mas no obligación—, también pronunció un discurso que, en esta ocasión, fue más bien breve.
Era de esperar que estuviese lleno de autobombo —no como lo ordena el artículo constitucional—; no decepcionó en ese sentido. Lanzó cifras “oficiales” de metas aún por alcanzar en temas como salud, educación y, por más que suene como chiste de mal gusto, en construcción de infraestructura. Comparó el suyo con gobiernos anteriores como si fuese un logro mejorar un poco la mediocridad pasada; como si los guatemaltecos debiésemos estar agradecidos y no fuese su harta obligación cumplir a cabalidad con el mandato otorgado en las urnas. Fue elegido para hacer todo lo que está haciendo, y para mucho más, que no ha hecho ni hará.
Uno de los grandes rezagos de este gobierno ha sido la desatención casi absoluta de la red vial, no solo por la construcción de 0 kilómetros nuevos de carreteras, sino que todo el esfuerzo ha consistido en mejorar mínimamente las rutas “terciarias” —terracería—; un exiguo esfuerzo que se esfuma con las primeras lluvias.
Ya no chiste de mal gusto, sino casi ofensa, fue que pretendiese ponerse la medallita de la aprobación de la Ley de Infraestructura Vial Prioritaria, cuando es algo que hizo el Legislativo y que, en todo caso, su administración torpedeó al reducir a la DIPP a una simple unidad ejecutora y a la que no le dio los recursos requeridos.
Reconoció, eso sí, el desastre que ha sido su administración en materia de seguridad y prometió hacer más. Ningún consuelo para las miles de familias afectadas por la violencia y, en particular, por los asesinatos.
Habló de que durante su administración centros de salud y hospitales han alcanzado históricos altos niveles de abastecimiento de medicinas, pero no dijo que solamente de algunas de ellas, tan básicas como paracetamol, pero no de otras igual de indispensables para atender los requerimientos de los guatemaltecos.
Más allá de los cuentos y las medias verdades, pronunció su alocución serenidad, que contrasta grotescamente con el miedo, intranquilidad e inseguridad con la que millones de guatemaltecos viven diariamente; un presidente enfocado y responsable, en la situación que está en el país, debiese ser el guatemalteco más preocupado de todos. No es el caso de Arévalo.
Empieza así el tercer año de su mandato, el penúltimo de ellos, pero el último que podrá intentar hacer algo, pues el siguiente —año electoral— es históricamente considerado como perdido. A partir del 2028, Arévalo podrá dedicarse a lo suyo, a lo que realmente le gusta: viajar, dar conferencias y escribir libros que, si son de lo bien que llevó su gestión —hasta ahora—, serán de ficción.