“Nos están borrando como pueblo”: Elfidar Iltebir y Rayhan Asat sobre la persecución china a los uigures
Durante su visita a Guatemala, las líderes uigures Elfidar Iltebir y Rayhan Asat conversaron con República sobre la persecución que enfrenta el pueblo uigur en China. Ambas describieron un sistema de vigilancia masiva, campos de internamiento, trabajo forzado y una política estatal que, según afirman, busca eliminar su identidad cultural, religiosa y lingüística. También explicaron por qué Xinjiang ocupa un lugar central en la estrategia geopolítica de Pekín y advirtieron sobre la exportación global de tecnologías de control desarrolladas en la región.
¿Qué significa ser uigur hoy?
—Ser uigur significa pertenecer a una cultura milenaria profundamente arraigada en la familia, la comunidad y la identidad colectiva. Sin embargo, hoy el término “uigur” suele asociarse más con la persecución que con la riqueza cultural de un pueblo con siglos de historia. “Nos hemos convertido en la voz de quienes ya no pueden hablar”, explica Rayhan Asat.
Para Elfidar Iltebir, su pueblo atraviesa el período más difícil de su historia reciente. Sostiene que las políticas impulsadas por el gobierno chino buscan desmantelar los elementos que definen la identidad uigur: su idioma, su religión, sus tradiciones y su memoria histórica. “Nos están borrando como pueblo”, afirma. “No toleran nuestra diferencia ni nuestra identidad. Quieren que desaparezcamos como cultura para ejercer un control total sobre nuestra tierra y nuestros recursos”.
¿Qué distingue a los uigures del resto de China?
—Más allá de la religión musulmana y del idioma uigur, ambas entrevistadas destacan una identidad cultural propia, con profundas raíces históricas vinculadas al mundo túrquico y Asia Central. Los uigures poseen tradiciones, literatura, celebraciones y formas de organización comunitaria distintas a las de la mayoría Han; el grupo étnico mayoritario de China en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang. Según explican, la familia y la comunidad ocupan un lugar central en su forma de vida, al punto de que el propio término “uigur” puede interpretarse como “unidos” o “juntos”.
También resaltan el legado histórico de su pueblo como una de las civilizaciones más antiguas de la región. “Nuestra historia no comenzó con China. Somos una civilización con miles de años de existencia”, señala Rayhan. De hecho, enfatizan que los uigures desempeñaron un papel relevante en el desarrollo de la cultura túrquica y que el primer gran diccionario de las lenguas túrquicas.
Para ellas, preservar el idioma, las costumbres, la memoria histórica y el vínculo con su tierra ancestral no es solo una cuestión cultural, sino una forma de resistencia frente a los intentos de diluir una identidad que consideran única y milenaria.
¿Por qué Xinjiang es tan importante para el gobierno chino?
—Según Elfidar, la importancia de Xinjiang para Pekín responde a una combinación de geografía, recursos naturales y estrategia política. La región representa aproximadamente una sexta parte del territorio chino y alberga importantes reservas de petróleo, gas, uranio, minerales críticos y otros recursos que han contribuido al desarrollo económico del país.
Además, Xinjiang ocupa una posición estratégica en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, al servir como puente entre China, Asia Central, Medio Oriente y Europa. A su juicio, el control de corredores comerciales, oleoductos, gasoductos y rutas de transporte convierte a la región en una pieza fundamental para los intereses económicos y geopolíticos chinos.
China justifica sus políticas como medidas contra el terrorismo. ¿Cómo responden a esa narrativa?
—Ambas entrevistadas sostienen que el discurso antiterrorista ha sido utilizado por Beijing para justificar una campaña de represión contra la población uigur. Según explican, prácticas cotidianas asociadas a su identidad cultural y religiosa han sido catalogadas como señales de extremismo. “Practicar la religión, dejarse la barba, usar un velo o incluso rezar en un funeral pueden ser considerados signos de extremismo”, explica Elfidar.
Para Rayhan, el punto de inflexión llegó después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando China aprovechó el contexto global de lucha contra el terrorismo para presentar la cuestión uigur como un problema de seguridad nacional. Bajo esa narrativa, afirma, la identidad uigur fue progresivamente asociada al extremismo islámico, pese a que la gran mayoría de la población no tiene vínculos con actividades terroristas. “Lo que realmente ocurrió fue la criminalización de una identidad nacional completa”, asegura.
Las entrevistadas argumentan que la retórica de la “desradicalización” y el “contraterrorismo” sirvió para legitimar políticas de vigilancia masiva, detenciones arbitrarias, internamientos y restricciones religiosas que, en su opinión, buscan controlar y diluir una identidad cultural diferenciada más que responder a amenazas reales de seguridad.
¿Qué ocurre dentro de los llamados centros de reeducación?
—Las entrevistadas rechazan la denominación oficial de “centros de formación vocacional” y sostienen que se trata de un sistema de internamiento masivo diseñado para eliminar la identidad uigur.
“Nosotros los llamamos campos de concentración”, afirma Rayhan.
Según testimonios de sobrevivientes y documentación recopilada por organizaciones de derechos humanos, los detenidos son sometidos a adoctrinamiento político, vigilancia permanente, privación del sueño, torturas psicológicas y sesiones obligatorias de aprendizaje del mandarín, además de expresiones de lealtad al Partido Comunista Chino y a Xi Jinping. Asat sostiene que muchas personas fueron enviadas a estos centros sin juicio ni debido proceso, y que en numerosos casos no sabían de qué se les acusaba o cuánto tiempo permanecerían detenidas.
“Había personas detenidas por tener WhatsApp, por dejarse la barba o por usar determinadas prendas de vestir. Nunca sabían cuánto tiempo permanecerían allí”, explica. Entre los internados, aseguran, se encontraban académicos, empresarios, artistas, profesores y otras figuras consideradas pilares de la sociedad uigur.
¿Qué papel juega el trabajo forzado dentro de este sistema?
—Las entrevistadas sostienen que el trabajo forzado constituye uno de los pilares de la represión y una de las principales conexiones entre Xinjiang y las cadenas globales de suministro. Según explican, millones de uigures han sido trasladados a fábricas dentro y fuera de la región para producir textiles, productos agrícolas, componentes electrónicos, autopartes y otros bienes destinados a mercados internacionales.
“Las fábricas fueron construidas junto a los campos o los llamados centros de reeducación. Muchas veces ni siquiera cambian la dirección oficial del lugar”, asegura Elfidar. Ambas sostienen que los programas de empleo promovidos por las autoridades funcionan bajo condiciones coercitivas y forman parte de una estrategia más amplia de control social. También denuncian la separación de familias, el traslado de trabajadores a otras provincias chinas y la reubicación de niños en internados estatales mientras sus padres permanecen detenidos o son enviados a trabajar.
A juicio de las entrevistadas, los bajos costos de ciertos productos chinos están directamente relacionados con sistemas de explotación laboral que califican como formas contemporáneas de trabajo forzado. Es por ello mismo que resaltan que no hay forma de competir con la manufactura china, ya que los bajos costos de producción están directamente vinculados a dicho trabajo forzado.
¿Estamos ante una política de asimilación o algo más grave?
—Para ambas entrevistadas, lo que ocurre supera ampliamente la asimilación cultural. Rayhan explica que el proceso comenzó décadas atrás mediante la imposición progresiva del mandarín, el control de los contenidos educativos y una versión oficial de la historia que reducía el espacio para la identidad uigur.
“Intentaron asimilarnos durante años. Cuando eso no fue suficiente, avanzaron hacia algo mucho más profundo”, afirma.
Mientras Elfidar sostiene que las políticas actuales encajan dentro de la definición internacional de genocidio al combinar internamientos masivos, esterilizaciones forzadas, restricciones reproductivas, separación familiar y destrucción sistemática de la identidad cultural. También señala que la prohibición del idioma, la presión para abandonar prácticas religiosas y el aislamiento de los niños de sus familias buscan romper los vínculos entre generaciones.
Xinjiang ha sido descrito como una prisión al aire libre. ¿Es una descripción justa?
—“Sí, “absolutamente”, responde Elfidar.
Las entrevistadas describen Xinjiang como uno de los sistemas de vigilancia más sofisticados del mundo. En este existen cámaras con reconocimiento facial, controles de identidad, monitoreo de teléfonos móviles, aplicaciones obligatorias y recopilación masiva de datos que forman parte de la vida cotidiana. “Todo lo que haces, dices o escribes puede ser monitoreado”, explica.
Según relatan, el control es tan intenso que muchas personas evitan hablar libremente incluso dentro de sus propias casas por temor a ser escuchadas, denunciadas o castigadas. Además, aseguran que determinados términos, mensajes o contenidos digitales pueden activar investigaciones o detenciones. A su juicio, la vigilancia no solo busca detectar amenazas, sino generar un clima permanente de miedo y autocensura que limita cualquier forma de disidencia o expresión identitaria.
¿Cómo afecta esta situación a la práctica religiosa?
—Las restricciones religiosas constituyen uno de los aspectos más sensibles del conflicto. Puesto que denuncian la destrucción de mezquitas, la prohibición de determinadas prácticas religiosas y la supervisión constante de la vida espiritual de los uigures.
“Solo una versión aprobada por el Partido Comunista puede existir. La religión independiente es vista como una amenaza”, sostiene Elfidar.
Según explican, las autoridades han asociado prácticas religiosas ordinarias con señales de extremismo, lo que ha llevado a que rezar, poseer textos religiosos o participar en ceremonias familiares pueda generar sospechas. No obstante, aclaran que esto es con cualquier religión, no solo la musulmana, ya que es cualquier tipo de creencia ajena a lo aceptado por Pekín que es censurado y castigado. También afirman que los textos religiosos han sido modificados para alinearlos con la ideología oficial y que el acceso a los lugares de culto está fuertemente restringido. Por lo mismo, afirman que el objetivo es debilitar uno de los principales elementos de cohesión social e identidad colectiva del pueblo uigur.
¿Cómo afecta la represión a los uigures que viven fuera de China?
—Las entrevistadas sostienen que la persecución no termina al abandonar Xinjiang. Según explican, muchos miembros de la diáspora viven bajo presión constante debido a que familiares y seres queridos permanecen en China.
Elfidar asegura que las autoridades utilizan a los familiares como mecanismo de coerción para silenciar a quienes denuncian abusos en el extranjero. “Intentan encarcelar nuestras almas y nuestras mentes reteniendo a nuestros seres queridos”, afirma.
Por esa razón, muchos uigures en el exterior temen participar en actividades públicas, conceder entrevistas o expresar opiniones políticas que puedan poner en riesgo a sus familias.
¿Por qué consideran importante que Latinoamérica preste atención a lo que ocurre en Xinjiang?
—Rayhan considera que la experiencia latinoamericana ofrece una perspectiva particularmente relevante para comprender la situación. Señala que muchos países de la región han vivido dictaduras, conflictos internos, violaciones de derechos humanos y procesos de reconciliación que les permiten reconocer los riesgos de la concentración de poder y la erosión de libertades fundamentales.
Además, advierte que la expansión de tecnologías de vigilancia, la dependencia económica y la influencia política de actores externos pueden afectar a cualquier sociedad democrática. Por ello, sostiene que el caso uigur no debe verse como un conflicto lejano, sino como un debate global sobre derechos humanos, soberanía y libertad.
¿Qué debería entender la comunidad internacional sobre este tema?
—Para Rayhan Asat, el caso uigur no es únicamente una cuestión de derechos humanos, sino también un asunto relacionado con soberanía, seguridad nacional y dependencia económica.
“La tecnología de vigilancia desarrollada contra los uigures está siendo exportada a otros países. Lo que hoy ocurre en Xinjiang puede convertirse en un modelo para otros gobiernos”, advierte.
Rayhan sostiene que las herramientas de reconocimiento facial, monitoreo digital y control poblacional utilizadas en Xinjiang se están comercializando internacionalmente y pueden fortalecer tendencias autoritarias en otras regiones. A su vez, alerta sobre la creciente dependencia económica de China y la capacidad que esto puede darle para ejercer presión política sobre gobiernos extranjeros, pese a estar disfrazada bajo una premisa de desarrollo en infraestructura, educación o economía.
“Lo que está ocurriendo no es solo un problema de los uigures. Es una advertencia para el mundo entero”, concluye. A su juicio, la experiencia de Xinjiang demuestra cómo la tecnología, la dependencia económica y la concentración de poder pueden combinarse para restringir libertades fundamentales mucho más allá de las fronteras chinas.
“Nos están borrando como pueblo”: Elfidar Iltebir y Rayhan Asat sobre la persecución china a los uigures
Durante su visita a Guatemala, las líderes uigures Elfidar Iltebir y Rayhan Asat conversaron con República sobre la persecución que enfrenta el pueblo uigur en China. Ambas describieron un sistema de vigilancia masiva, campos de internamiento, trabajo forzado y una política estatal que, según afirman, busca eliminar su identidad cultural, religiosa y lingüística. También explicaron por qué Xinjiang ocupa un lugar central en la estrategia geopolítica de Pekín y advirtieron sobre la exportación global de tecnologías de control desarrolladas en la región.
¿Qué significa ser uigur hoy?
—Ser uigur significa pertenecer a una cultura milenaria profundamente arraigada en la familia, la comunidad y la identidad colectiva. Sin embargo, hoy el término “uigur” suele asociarse más con la persecución que con la riqueza cultural de un pueblo con siglos de historia. “Nos hemos convertido en la voz de quienes ya no pueden hablar”, explica Rayhan Asat.
Para Elfidar Iltebir, su pueblo atraviesa el período más difícil de su historia reciente. Sostiene que las políticas impulsadas por el gobierno chino buscan desmantelar los elementos que definen la identidad uigur: su idioma, su religión, sus tradiciones y su memoria histórica. “Nos están borrando como pueblo”, afirma. “No toleran nuestra diferencia ni nuestra identidad. Quieren que desaparezcamos como cultura para ejercer un control total sobre nuestra tierra y nuestros recursos”.
¿Qué distingue a los uigures del resto de China?
—Más allá de la religión musulmana y del idioma uigur, ambas entrevistadas destacan una identidad cultural propia, con profundas raíces históricas vinculadas al mundo túrquico y Asia Central. Los uigures poseen tradiciones, literatura, celebraciones y formas de organización comunitaria distintas a las de la mayoría Han; el grupo étnico mayoritario de China en la Región Autónoma Uigur de Xinjiang. Según explican, la familia y la comunidad ocupan un lugar central en su forma de vida, al punto de que el propio término “uigur” puede interpretarse como “unidos” o “juntos”.
También resaltan el legado histórico de su pueblo como una de las civilizaciones más antiguas de la región. “Nuestra historia no comenzó con China. Somos una civilización con miles de años de existencia”, señala Rayhan. De hecho, enfatizan que los uigures desempeñaron un papel relevante en el desarrollo de la cultura túrquica y que el primer gran diccionario de las lenguas túrquicas.
Para ellas, preservar el idioma, las costumbres, la memoria histórica y el vínculo con su tierra ancestral no es solo una cuestión cultural, sino una forma de resistencia frente a los intentos de diluir una identidad que consideran única y milenaria.
¿Por qué Xinjiang es tan importante para el gobierno chino?
—Según Elfidar, la importancia de Xinjiang para Pekín responde a una combinación de geografía, recursos naturales y estrategia política. La región representa aproximadamente una sexta parte del territorio chino y alberga importantes reservas de petróleo, gas, uranio, minerales críticos y otros recursos que han contribuido al desarrollo económico del país.
Además, Xinjiang ocupa una posición estratégica en la Iniciativa de la Franja y la Ruta, al servir como puente entre China, Asia Central, Medio Oriente y Europa. A su juicio, el control de corredores comerciales, oleoductos, gasoductos y rutas de transporte convierte a la región en una pieza fundamental para los intereses económicos y geopolíticos chinos.
China justifica sus políticas como medidas contra el terrorismo. ¿Cómo responden a esa narrativa?
—Ambas entrevistadas sostienen que el discurso antiterrorista ha sido utilizado por Beijing para justificar una campaña de represión contra la población uigur. Según explican, prácticas cotidianas asociadas a su identidad cultural y religiosa han sido catalogadas como señales de extremismo. “Practicar la religión, dejarse la barba, usar un velo o incluso rezar en un funeral pueden ser considerados signos de extremismo”, explica Elfidar.
Para Rayhan, el punto de inflexión llegó después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando China aprovechó el contexto global de lucha contra el terrorismo para presentar la cuestión uigur como un problema de seguridad nacional. Bajo esa narrativa, afirma, la identidad uigur fue progresivamente asociada al extremismo islámico, pese a que la gran mayoría de la población no tiene vínculos con actividades terroristas. “Lo que realmente ocurrió fue la criminalización de una identidad nacional completa”, asegura.
Las entrevistadas argumentan que la retórica de la “desradicalización” y el “contraterrorismo” sirvió para legitimar políticas de vigilancia masiva, detenciones arbitrarias, internamientos y restricciones religiosas que, en su opinión, buscan controlar y diluir una identidad cultural diferenciada más que responder a amenazas reales de seguridad.
¿Qué ocurre dentro de los llamados centros de reeducación?
—Las entrevistadas rechazan la denominación oficial de “centros de formación vocacional” y sostienen que se trata de un sistema de internamiento masivo diseñado para eliminar la identidad uigur.
“Nosotros los llamamos campos de concentración”, afirma Rayhan.
Según testimonios de sobrevivientes y documentación recopilada por organizaciones de derechos humanos, los detenidos son sometidos a adoctrinamiento político, vigilancia permanente, privación del sueño, torturas psicológicas y sesiones obligatorias de aprendizaje del mandarín, además de expresiones de lealtad al Partido Comunista Chino y a Xi Jinping. Asat sostiene que muchas personas fueron enviadas a estos centros sin juicio ni debido proceso, y que en numerosos casos no sabían de qué se les acusaba o cuánto tiempo permanecerían detenidas.
“Había personas detenidas por tener WhatsApp, por dejarse la barba o por usar determinadas prendas de vestir. Nunca sabían cuánto tiempo permanecerían allí”, explica. Entre los internados, aseguran, se encontraban académicos, empresarios, artistas, profesores y otras figuras consideradas pilares de la sociedad uigur.
¿Qué papel juega el trabajo forzado dentro de este sistema?
—Las entrevistadas sostienen que el trabajo forzado constituye uno de los pilares de la represión y una de las principales conexiones entre Xinjiang y las cadenas globales de suministro. Según explican, millones de uigures han sido trasladados a fábricas dentro y fuera de la región para producir textiles, productos agrícolas, componentes electrónicos, autopartes y otros bienes destinados a mercados internacionales.
“Las fábricas fueron construidas junto a los campos o los llamados centros de reeducación. Muchas veces ni siquiera cambian la dirección oficial del lugar”, asegura Elfidar. Ambas sostienen que los programas de empleo promovidos por las autoridades funcionan bajo condiciones coercitivas y forman parte de una estrategia más amplia de control social. También denuncian la separación de familias, el traslado de trabajadores a otras provincias chinas y la reubicación de niños en internados estatales mientras sus padres permanecen detenidos o son enviados a trabajar.
A juicio de las entrevistadas, los bajos costos de ciertos productos chinos están directamente relacionados con sistemas de explotación laboral que califican como formas contemporáneas de trabajo forzado. Es por ello mismo que resaltan que no hay forma de competir con la manufactura china, ya que los bajos costos de producción están directamente vinculados a dicho trabajo forzado.
¿Estamos ante una política de asimilación o algo más grave?
—Para ambas entrevistadas, lo que ocurre supera ampliamente la asimilación cultural. Rayhan explica que el proceso comenzó décadas atrás mediante la imposición progresiva del mandarín, el control de los contenidos educativos y una versión oficial de la historia que reducía el espacio para la identidad uigur.
“Intentaron asimilarnos durante años. Cuando eso no fue suficiente, avanzaron hacia algo mucho más profundo”, afirma.
Mientras Elfidar sostiene que las políticas actuales encajan dentro de la definición internacional de genocidio al combinar internamientos masivos, esterilizaciones forzadas, restricciones reproductivas, separación familiar y destrucción sistemática de la identidad cultural. También señala que la prohibición del idioma, la presión para abandonar prácticas religiosas y el aislamiento de los niños de sus familias buscan romper los vínculos entre generaciones.
Xinjiang ha sido descrito como una prisión al aire libre. ¿Es una descripción justa?
—“Sí, “absolutamente”, responde Elfidar.
Las entrevistadas describen Xinjiang como uno de los sistemas de vigilancia más sofisticados del mundo. En este existen cámaras con reconocimiento facial, controles de identidad, monitoreo de teléfonos móviles, aplicaciones obligatorias y recopilación masiva de datos que forman parte de la vida cotidiana. “Todo lo que haces, dices o escribes puede ser monitoreado”, explica.
Según relatan, el control es tan intenso que muchas personas evitan hablar libremente incluso dentro de sus propias casas por temor a ser escuchadas, denunciadas o castigadas. Además, aseguran que determinados términos, mensajes o contenidos digitales pueden activar investigaciones o detenciones. A su juicio, la vigilancia no solo busca detectar amenazas, sino generar un clima permanente de miedo y autocensura que limita cualquier forma de disidencia o expresión identitaria.
¿Cómo afecta esta situación a la práctica religiosa?
—Las restricciones religiosas constituyen uno de los aspectos más sensibles del conflicto. Puesto que denuncian la destrucción de mezquitas, la prohibición de determinadas prácticas religiosas y la supervisión constante de la vida espiritual de los uigures.
“Solo una versión aprobada por el Partido Comunista puede existir. La religión independiente es vista como una amenaza”, sostiene Elfidar.
Según explican, las autoridades han asociado prácticas religiosas ordinarias con señales de extremismo, lo que ha llevado a que rezar, poseer textos religiosos o participar en ceremonias familiares pueda generar sospechas. No obstante, aclaran que esto es con cualquier religión, no solo la musulmana, ya que es cualquier tipo de creencia ajena a lo aceptado por Pekín que es censurado y castigado. También afirman que los textos religiosos han sido modificados para alinearlos con la ideología oficial y que el acceso a los lugares de culto está fuertemente restringido. Por lo mismo, afirman que el objetivo es debilitar uno de los principales elementos de cohesión social e identidad colectiva del pueblo uigur.
¿Cómo afecta la represión a los uigures que viven fuera de China?
—Las entrevistadas sostienen que la persecución no termina al abandonar Xinjiang. Según explican, muchos miembros de la diáspora viven bajo presión constante debido a que familiares y seres queridos permanecen en China.
Elfidar asegura que las autoridades utilizan a los familiares como mecanismo de coerción para silenciar a quienes denuncian abusos en el extranjero. “Intentan encarcelar nuestras almas y nuestras mentes reteniendo a nuestros seres queridos”, afirma.
Por esa razón, muchos uigures en el exterior temen participar en actividades públicas, conceder entrevistas o expresar opiniones políticas que puedan poner en riesgo a sus familias.
¿Por qué consideran importante que Latinoamérica preste atención a lo que ocurre en Xinjiang?
—Rayhan considera que la experiencia latinoamericana ofrece una perspectiva particularmente relevante para comprender la situación. Señala que muchos países de la región han vivido dictaduras, conflictos internos, violaciones de derechos humanos y procesos de reconciliación que les permiten reconocer los riesgos de la concentración de poder y la erosión de libertades fundamentales.
Además, advierte que la expansión de tecnologías de vigilancia, la dependencia económica y la influencia política de actores externos pueden afectar a cualquier sociedad democrática. Por ello, sostiene que el caso uigur no debe verse como un conflicto lejano, sino como un debate global sobre derechos humanos, soberanía y libertad.
¿Qué debería entender la comunidad internacional sobre este tema?
—Para Rayhan Asat, el caso uigur no es únicamente una cuestión de derechos humanos, sino también un asunto relacionado con soberanía, seguridad nacional y dependencia económica.
“La tecnología de vigilancia desarrollada contra los uigures está siendo exportada a otros países. Lo que hoy ocurre en Xinjiang puede convertirse en un modelo para otros gobiernos”, advierte.
Rayhan sostiene que las herramientas de reconocimiento facial, monitoreo digital y control poblacional utilizadas en Xinjiang se están comercializando internacionalmente y pueden fortalecer tendencias autoritarias en otras regiones. A su vez, alerta sobre la creciente dependencia económica de China y la capacidad que esto puede darle para ejercer presión política sobre gobiernos extranjeros, pese a estar disfrazada bajo una premisa de desarrollo en infraestructura, educación o economía.
“Lo que está ocurriendo no es solo un problema de los uigures. Es una advertencia para el mundo entero”, concluye. A su juicio, la experiencia de Xinjiang demuestra cómo la tecnología, la dependencia económica y la concentración de poder pueden combinarse para restringir libertades fundamentales mucho más allá de las fronteras chinas.
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