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Elecciones en Costa Rica: el dilema entre las instituciones duraderas y los resultados rápidos

.
Rafael P. Palomo
27 de enero, 2026

Costa Rica está en la antesala de las elecciones del 1 de febrero de 2026 en un estado anímico muy distinto al que durante décadas definió su vida política.

En perspectiva. Lo que solía describirse como una “fiesta cívica” hoy se vive con cansancio, recelo y una participación emocionalmente baja, incluso cuando el desenlace parece cada vez más claro. Las encuestas más recientes colocan a Laura Fernández, candidata del oficialismo y figura de absoluta lealtad al presidente Rodrigo Chaves, cerca o incluso por encima del umbral del 40 % necesario para ganar en primera vuelta.  

  • La oposición, desconcertada por un proyecto que arrastra el 60 % de aprobación del presidente, espera con los dedos cruzados un milagro que evite una victoria oficialista en primera vuelta, pero las esperanzas son escasas.

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  • Aun así, las calles muestran poco entusiasmo, una oposición fragmentada y un electorado que observa el proceso con más preocupación que expectativa.  

  • Esa desconexión entre resultado probable y ánimo ciudadano es el primer síntoma de un cambio más profundo. 

Entre líneas. El eje de esta transformación —como en casi toda la región— ha sido la inseguridad. En pocos años, Costa Rica pasó de ser la excepción regional, a enfrentar la peor ola de violencia de su historia reciente, vinculada al crimen organizado y al narcotráfico. Frente a ese escenario, Rodrigo Chaves construyó su presidencia sobre la promesa de romper con la inercia institucional que, a su juicio, había sido incapaz de responder con eficacia al problema.

  • Su estilo confrontativo, su cuestionamiento abierto a los contrapesos y su retórica de mano dura le permitieron capitalizar un sentimiento extendido de frustración.

  • Cerrar su mandato con cerca del 60 % de aprobación en un contexto regional adverso no es menor; refleja la tendencia global de una fuerte preferencia hacia la seguridad y la eficiencia por encima de la institucionalidad.

  • Para una parte importante de la población, Chaves no solo habló de seguridad, sino que actuó, incluso a costa de tensar las reglas y las formas tradicionales del sistema político costarricense. 

Por qué importa. Ese respaldo no se explica únicamente por los resultados concretos en materia de seguridad, que siguen siendo mixtos, sino por una percepción de liderazgo y decisión. Aprovechando el miedo, la figura de un presidente dispuesto a desafiar las formas percibidas como ineficaces fue vista como una señal de control.  

  • Ahí es donde el modelo democrático comienza a desplazarse, ya que la confianza en las instituciones se traslada a la confianza en una sola persona.  

  • Si bien, no se trata de un quiebre autoritario, el centro de gravedad del sistema se vuelve personalista, algo que, a largo plazo, sí suele traducirse en regresiones democráticas. 

Ecos regionales. En ese proceso, la sombra de Nayib Bukele ha sido determinante. Chaves entendió temprano que el presidente salvadoreño se convirtió en el referente regional de una nueva fórmula política de seguridad primero, legitimidad después. Bukele ha ofrecido un ejemplo concreto de cómo una agenda de orden puede traducirse en apoyo masivo, incluso fuera de sus fronteras.  

  • Para Chaves, alinearse con esa narrativa ha sido una forma de reforzar su propio proyecto y de ofrecer a los votantes una promesa de eficacia en un entorno regional marcado por el avance del crimen.  

  • Ejemplo de ello es la visita del presidente salvadoreño a Costa Rica hace una semana para colocar la primera piedra de la nueva mega cárcel costarricense, inspirada en el CECOT, como una especie de aval al proyecto del oficialismo.

  • La adopción del modelo de mega cárceles y el discurso de tolerancia cero son señales claras de hacia dónde se dirige el “chavismo costarricense”. 

Visto y no visto. El riesgo, sin embargo, no está en la búsqueda de eficacia, sino en la fragilidad que se genera cuando la legitimidad descansa más en resultados inmediatos que en reglas duraderas.

  • El populismo de seguridad, incluso cuando surge como respuesta racional a una crisis real, tiende a debilitar los mecanismos de control que garantizan su sostenibilidad en el tiempo.  
  • Costa Rica enfrenta así un dilema complejo: mantener su tradición institucional en un contexto que exige respuestas rápidas, o adaptarse a una lógica regional donde el liderazgo personal se percibe como la única vía para recuperar el orden. 

En conclusión. En última instancia, el país no está votando entre democracia y autoritarismo, sino entre dos formas de entender la democracia.

  • Una, anclada en instituciones fuertes que hoy muchos perciben como lentas, y otra, centrada en liderazgos capaces de imponer dirección en tiempos de crisis.
  • El reto lo enfrenta hoy Costa Rica, debido a su tradicional reputación democrática en Centroamérica, pero es solo el ejemplo más significativo de algo que sufre toda la región, incluso Guatemala.  
  • La potencial presidencia de Laura Fernández será la prueba para ver si Costa Rica logra equilibrar ambas o si, como gran parte de Latinoamérica, termina abrazando un modelo donde la eficiencia redefine los límites del sistema democrático. 
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Elecciones en Costa Rica: el dilema entre las instituciones duraderas y los resultados rápidos

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Rafael P. Palomo
27 de enero, 2026

Costa Rica está en la antesala de las elecciones del 1 de febrero de 2026 en un estado anímico muy distinto al que durante décadas definió su vida política.

En perspectiva. Lo que solía describirse como una “fiesta cívica” hoy se vive con cansancio, recelo y una participación emocionalmente baja, incluso cuando el desenlace parece cada vez más claro. Las encuestas más recientes colocan a Laura Fernández, candidata del oficialismo y figura de absoluta lealtad al presidente Rodrigo Chaves, cerca o incluso por encima del umbral del 40 % necesario para ganar en primera vuelta.  

  • La oposición, desconcertada por un proyecto que arrastra el 60 % de aprobación del presidente, espera con los dedos cruzados un milagro que evite una victoria oficialista en primera vuelta, pero las esperanzas son escasas.

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  • Aun así, las calles muestran poco entusiasmo, una oposición fragmentada y un electorado que observa el proceso con más preocupación que expectativa.  

  • Esa desconexión entre resultado probable y ánimo ciudadano es el primer síntoma de un cambio más profundo. 

Entre líneas. El eje de esta transformación —como en casi toda la región— ha sido la inseguridad. En pocos años, Costa Rica pasó de ser la excepción regional, a enfrentar la peor ola de violencia de su historia reciente, vinculada al crimen organizado y al narcotráfico. Frente a ese escenario, Rodrigo Chaves construyó su presidencia sobre la promesa de romper con la inercia institucional que, a su juicio, había sido incapaz de responder con eficacia al problema.

  • Su estilo confrontativo, su cuestionamiento abierto a los contrapesos y su retórica de mano dura le permitieron capitalizar un sentimiento extendido de frustración.

  • Cerrar su mandato con cerca del 60 % de aprobación en un contexto regional adverso no es menor; refleja la tendencia global de una fuerte preferencia hacia la seguridad y la eficiencia por encima de la institucionalidad.

  • Para una parte importante de la población, Chaves no solo habló de seguridad, sino que actuó, incluso a costa de tensar las reglas y las formas tradicionales del sistema político costarricense. 

Por qué importa. Ese respaldo no se explica únicamente por los resultados concretos en materia de seguridad, que siguen siendo mixtos, sino por una percepción de liderazgo y decisión. Aprovechando el miedo, la figura de un presidente dispuesto a desafiar las formas percibidas como ineficaces fue vista como una señal de control.  

  • Ahí es donde el modelo democrático comienza a desplazarse, ya que la confianza en las instituciones se traslada a la confianza en una sola persona.  

  • Si bien, no se trata de un quiebre autoritario, el centro de gravedad del sistema se vuelve personalista, algo que, a largo plazo, sí suele traducirse en regresiones democráticas. 

Ecos regionales. En ese proceso, la sombra de Nayib Bukele ha sido determinante. Chaves entendió temprano que el presidente salvadoreño se convirtió en el referente regional de una nueva fórmula política de seguridad primero, legitimidad después. Bukele ha ofrecido un ejemplo concreto de cómo una agenda de orden puede traducirse en apoyo masivo, incluso fuera de sus fronteras.  

  • Para Chaves, alinearse con esa narrativa ha sido una forma de reforzar su propio proyecto y de ofrecer a los votantes una promesa de eficacia en un entorno regional marcado por el avance del crimen.  

  • Ejemplo de ello es la visita del presidente salvadoreño a Costa Rica hace una semana para colocar la primera piedra de la nueva mega cárcel costarricense, inspirada en el CECOT, como una especie de aval al proyecto del oficialismo.

  • La adopción del modelo de mega cárceles y el discurso de tolerancia cero son señales claras de hacia dónde se dirige el “chavismo costarricense”. 

Visto y no visto. El riesgo, sin embargo, no está en la búsqueda de eficacia, sino en la fragilidad que se genera cuando la legitimidad descansa más en resultados inmediatos que en reglas duraderas.

  • El populismo de seguridad, incluso cuando surge como respuesta racional a una crisis real, tiende a debilitar los mecanismos de control que garantizan su sostenibilidad en el tiempo.  
  • Costa Rica enfrenta así un dilema complejo: mantener su tradición institucional en un contexto que exige respuestas rápidas, o adaptarse a una lógica regional donde el liderazgo personal se percibe como la única vía para recuperar el orden. 

En conclusión. En última instancia, el país no está votando entre democracia y autoritarismo, sino entre dos formas de entender la democracia.

  • Una, anclada en instituciones fuertes que hoy muchos perciben como lentas, y otra, centrada en liderazgos capaces de imponer dirección en tiempos de crisis.
  • El reto lo enfrenta hoy Costa Rica, debido a su tradicional reputación democrática en Centroamérica, pero es solo el ejemplo más significativo de algo que sufre toda la región, incluso Guatemala.  
  • La potencial presidencia de Laura Fernández será la prueba para ver si Costa Rica logra equilibrar ambas o si, como gran parte de Latinoamérica, termina abrazando un modelo donde la eficiencia redefine los límites del sistema democrático. 

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