“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La célebre frase de George Santayana en La razón en el sentido común no es un adagio retórico; es una sentencia política de hierro. Quienes olvidan cómo las ideologías totalitarias del siglo XX destruyeron la iniciativa privada terminan, una y otra vez, entregando el campo a nuevos depredadores de la libertad.
Lo que el comunismo y el socialismo hicieron contra la industria, las finanzas y el libre comercio desde finales del siglo XIX y durante todo el XX, lo hace hoy el narcotráfico. El blanco sigue siendo el mismo: la actividad productiva lícita, autónoma, ajena al poder político y, por tanto, inmune a sus caprichos.
Durante más de un siglo, el socialismo y sus variantes “democráticas” persiguieron sistemáticamente al empresario, al banquero y al comerciante. No porque fueran corruptos, sino porque su independencia económica representaba un desafío intolerable al control estatal.
La expropiación, la inflación planificada, la regulación asfixiante y la demonización ideológica fueron, entonces, las armas. El resultado siempre fue previsible: escasez, miseria y la conversión del ciudadano en súbdito. Países que una vez fueron graneros del mundo terminaron importando hambre. La lección parecía clara: la economía libre no es un lujo burgués, es el único sistema que permite a la gente escapar del control de los políticos.
Hoy, sin embargo, la amenaza no viene con banderas rojas, sino con asesinatos, extorsiones, montañas de dinero ilícito y toneladas de cocaína. El narco no aspira a construir lo mismo que las ideologías totalitarias: su feudo. Y para lograrlo ataca exactamente las mismas fortalezas que antes atacó el comunismo: el agricultor que produce para el mercado, el transportista que mueve mercancías, el empresario que genera empleo, el banquero que financia sin pedir permiso al cártel.
En Centroamérica y México, regiones enteras viven bajo un impuesto revolucionario moderno: la “cuota” que se paga para no morir. El que se niega pierde la cosecha, la fábrica o la vida. La actividad productiva se vuelve, otra vez, sospechosa de independencia.
El paralelo es escalofriante. El comunismo expropiaba en nombre del pueblo; el narco “protege” en nombre de la supervivencia. Ambos destruyen la propiedad privada porque entienden que quien posee algo propio no necesita arrodillarse ante el que tiene el monopolio de la violencia.
Tanto el comunismo como el narco corrompen al Estado: uno mediante la burocracia ideológica, el otro mediante el soborno y el miedo. Y ambos prosperan cuando la sociedad olvida. Olvidamos que la libertad económica no es opcional; es la base de todas las demás. Olvidamos que un sector productivo fuerte es el único dique contra la arbitrariedad, sea esta ideológica o criminal.
El costo de este olvido ya se mide en miles de muertos, millones de desplazados y economías enteras capturadas. Mientras celebramos el emprendimiento, la sociedad parece permitir que el narco dicte qué se siembra, qué se transporta y quién sobrevive. La frase de Santayana no advierte solo contra el retorno del socialismo; advierte contra cualquier fuerza que, ideológica o criminal, busque someter la productividad al poder.
Recordar el pasado no es nostalgia, es defensa propia. Solo una sociedad que defienda con uñas y dientes la autonomía del productor —desde el pequeño agricultor hasta el gran exportador— puede romper el ciclo. De lo contrario, seguiremos condenados a repetir la misma tragedia bajo distinto uniforme: ayer la hoz y el martillo, hoy la metralleta y el fajo de billetes.
Y aunque el narco es ajeno a ideologías, a lo largo y ancho del continente americano ha florecido bajo gobiernos de izquierda, particularmente. Sus esbirros y facilitadores atacan, entre otros, el financiamiento electoral proveniente de sectores productivos para habilitar, precisamente, el financiamiento del narco.
Así, el ataque a la libertad, a la productividad y al progreso sigue viniendo de la izquierda, pero ahora encontró aliados en el narco.
“Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. La célebre frase de George Santayana en La razón en el sentido común no es un adagio retórico; es una sentencia política de hierro. Quienes olvidan cómo las ideologías totalitarias del siglo XX destruyeron la iniciativa privada terminan, una y otra vez, entregando el campo a nuevos depredadores de la libertad.
Lo que el comunismo y el socialismo hicieron contra la industria, las finanzas y el libre comercio desde finales del siglo XIX y durante todo el XX, lo hace hoy el narcotráfico. El blanco sigue siendo el mismo: la actividad productiva lícita, autónoma, ajena al poder político y, por tanto, inmune a sus caprichos.
Durante más de un siglo, el socialismo y sus variantes “democráticas” persiguieron sistemáticamente al empresario, al banquero y al comerciante. No porque fueran corruptos, sino porque su independencia económica representaba un desafío intolerable al control estatal.
La expropiación, la inflación planificada, la regulación asfixiante y la demonización ideológica fueron, entonces, las armas. El resultado siempre fue previsible: escasez, miseria y la conversión del ciudadano en súbdito. Países que una vez fueron graneros del mundo terminaron importando hambre. La lección parecía clara: la economía libre no es un lujo burgués, es el único sistema que permite a la gente escapar del control de los políticos.
Hoy, sin embargo, la amenaza no viene con banderas rojas, sino con asesinatos, extorsiones, montañas de dinero ilícito y toneladas de cocaína. El narco no aspira a construir lo mismo que las ideologías totalitarias: su feudo. Y para lograrlo ataca exactamente las mismas fortalezas que antes atacó el comunismo: el agricultor que produce para el mercado, el transportista que mueve mercancías, el empresario que genera empleo, el banquero que financia sin pedir permiso al cártel.
En Centroamérica y México, regiones enteras viven bajo un impuesto revolucionario moderno: la “cuota” que se paga para no morir. El que se niega pierde la cosecha, la fábrica o la vida. La actividad productiva se vuelve, otra vez, sospechosa de independencia.
El paralelo es escalofriante. El comunismo expropiaba en nombre del pueblo; el narco “protege” en nombre de la supervivencia. Ambos destruyen la propiedad privada porque entienden que quien posee algo propio no necesita arrodillarse ante el que tiene el monopolio de la violencia.
Tanto el comunismo como el narco corrompen al Estado: uno mediante la burocracia ideológica, el otro mediante el soborno y el miedo. Y ambos prosperan cuando la sociedad olvida. Olvidamos que la libertad económica no es opcional; es la base de todas las demás. Olvidamos que un sector productivo fuerte es el único dique contra la arbitrariedad, sea esta ideológica o criminal.
El costo de este olvido ya se mide en miles de muertos, millones de desplazados y economías enteras capturadas. Mientras celebramos el emprendimiento, la sociedad parece permitir que el narco dicte qué se siembra, qué se transporta y quién sobrevive. La frase de Santayana no advierte solo contra el retorno del socialismo; advierte contra cualquier fuerza que, ideológica o criminal, busque someter la productividad al poder.
Recordar el pasado no es nostalgia, es defensa propia. Solo una sociedad que defienda con uñas y dientes la autonomía del productor —desde el pequeño agricultor hasta el gran exportador— puede romper el ciclo. De lo contrario, seguiremos condenados a repetir la misma tragedia bajo distinto uniforme: ayer la hoz y el martillo, hoy la metralleta y el fajo de billetes.
Y aunque el narco es ajeno a ideologías, a lo largo y ancho del continente americano ha florecido bajo gobiernos de izquierda, particularmente. Sus esbirros y facilitadores atacan, entre otros, el financiamiento electoral proveniente de sectores productivos para habilitar, precisamente, el financiamiento del narco.
Así, el ataque a la libertad, a la productividad y al progreso sigue viniendo de la izquierda, pero ahora encontró aliados en el narco.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: