El ensayo Trumpismo y reconfiguración global. El tortuoso camino hacia un nuevo orden mundial, del español José Antonio Gurpegui Palacios, dedica buena parte de sus páginas a explicar cómo hemos llegado hasta el momento actual. Sin embargo, su verdadera fuerza está en la descripción de un mundo que ya no parece organizado alrededor de una potencia capaz de imponer reglas universales.
Según el autor —catedrático de Estudios Norteamericanos en la Universidad de Alcalá y director del Instituto Franklin-UAH— lo que emerge es un escenario más incierto, más competitivo y, probablemente, más peligroso.
La tesis central es sencilla, sus consecuencias no. Lejos de ser una anomalía pasajera ni un accidente electoral, el trumpismo sería la manifestación política de una transformación más profunda. El agotamiento del orden liberal construido por Washington tras la Guerra Fría y el tránsito hacia un sistema multipolar donde nadie posee suficiente fuerza para ejercer una hegemonía indiscutida. Europa pierde peso relativo; China, India y EE. UU. compiten por espacios de influencia; y el resto del mundo aprende a sobrevivir en medio de ese forcejeo.
Lo más sugestivo del ensayo aparece cuando comienza a preguntarse qué significará todo esto en los conflictos concretos que dominan los titulares.
En Ucrania, la guerra no parece encaminada a una victoria absoluta de nadie. Más bien se perfila como uno de los primeros conflictos de la nueva multipolaridad, donde las negociaciones terminarán imponiéndose a los objetivos máximos de las partes. La paz, si llega, será imperfecta y dejará heridas abiertas durante décadas.
El Kremlin ha convertido la paciencia en un instrumento de poder. Su apuesta no consiste tanto en derrotar a Ucrania como en sobrevivir políticamente a quienes la respaldan.
En Oriente Medio, la guerra de Gaza es otro síntoma de un sistema cada vez menos regulado. Pese a continuar interviniendo, las grandes potencias son incapaces de construir un marco político duradero. El resultado: una región atrapada entre crisis sucesivas y equilibrios provisionales.
La gran incógnita para Israel es cómo preservar su seguridad en un Oriente Medio cada vez más fragmentado e imprevisible.
Taiwán sobrevuela el libro como la gran interrogante del siglo XXI. Gurpegui no cae en el catastrofismo fácil, pero tampoco transmite tranquilidad. Su sensación: China gana tiempo, influencia y confianza, mientras EE. UU. intenta contenerla sin llegar a una confrontación directa. Esa tensión podría definir las próximas décadas.
Interesante resulta la reflexión sobre India. El ensayo llega a hablar de “ceguera” frente a la gran táctica del subcontinente centrada en lograr la autonomía estratégica. Advierte que la administración Trump observa el mundo desde una lógica estrictamente transaccional. Nueva Delhi es útil mientras sirva para equilibrar a Pekín. No hay romanticismo geopolítico ni asociaciones permanentes, solo intereses temporales.
Venezuela ya no es únicamente un problema regional. Se convierte en una pieza más dentro de una competencia global donde energía, influencia política y posicionamiento se entremezclan constantemente.
También, desde Centroamérica, esta lectura adquiere relevancia. Durante décadas vivió pendiente de Washington. Hoy el panorama es más complejo. China avanza económicamente, Europa busca mantener presencia y EE. UU. redefine prioridades. Países pequeños como Guatemala, Honduras o Costa Rica descubren que la multipolaridad ofrece oportunidades… y capacidad estratégica.
El libro no pretende decirnos cómo terminarán estas historias. Más bien sugiere que hemos entrado en una época donde las certezas escasean. Su principal acierto intelectual reside en comprender que el nuevo orden mundial no se caracteriza por la aparición de un nuevo dueño del tablero, sino por la ausencia de uno.
El profesor Gurpegui, especialista en historia, política y cultura estadounidense, ofrece una explicación estructural del presente. El lector podrá discrepar de algunas interpretaciones, pero difícilmente podrá negar la pertinencia de la pregunta que atraviesa la obra: ¿qué sucede cuando el árbitro abandona el campo y los jugadores siguen disputando el partido?
El ensayo Trumpismo y reconfiguración global. El tortuoso camino hacia un nuevo orden mundial, del español José Antonio Gurpegui Palacios, dedica buena parte de sus páginas a explicar cómo hemos llegado hasta el momento actual. Sin embargo, su verdadera fuerza está en la descripción de un mundo que ya no parece organizado alrededor de una potencia capaz de imponer reglas universales.
Según el autor —catedrático de Estudios Norteamericanos en la Universidad de Alcalá y director del Instituto Franklin-UAH— lo que emerge es un escenario más incierto, más competitivo y, probablemente, más peligroso.
La tesis central es sencilla, sus consecuencias no. Lejos de ser una anomalía pasajera ni un accidente electoral, el trumpismo sería la manifestación política de una transformación más profunda. El agotamiento del orden liberal construido por Washington tras la Guerra Fría y el tránsito hacia un sistema multipolar donde nadie posee suficiente fuerza para ejercer una hegemonía indiscutida. Europa pierde peso relativo; China, India y EE. UU. compiten por espacios de influencia; y el resto del mundo aprende a sobrevivir en medio de ese forcejeo.
Lo más sugestivo del ensayo aparece cuando comienza a preguntarse qué significará todo esto en los conflictos concretos que dominan los titulares.
En Ucrania, la guerra no parece encaminada a una victoria absoluta de nadie. Más bien se perfila como uno de los primeros conflictos de la nueva multipolaridad, donde las negociaciones terminarán imponiéndose a los objetivos máximos de las partes. La paz, si llega, será imperfecta y dejará heridas abiertas durante décadas.
El Kremlin ha convertido la paciencia en un instrumento de poder. Su apuesta no consiste tanto en derrotar a Ucrania como en sobrevivir políticamente a quienes la respaldan.
En Oriente Medio, la guerra de Gaza es otro síntoma de un sistema cada vez menos regulado. Pese a continuar interviniendo, las grandes potencias son incapaces de construir un marco político duradero. El resultado: una región atrapada entre crisis sucesivas y equilibrios provisionales.
La gran incógnita para Israel es cómo preservar su seguridad en un Oriente Medio cada vez más fragmentado e imprevisible.
Taiwán sobrevuela el libro como la gran interrogante del siglo XXI. Gurpegui no cae en el catastrofismo fácil, pero tampoco transmite tranquilidad. Su sensación: China gana tiempo, influencia y confianza, mientras EE. UU. intenta contenerla sin llegar a una confrontación directa. Esa tensión podría definir las próximas décadas.
Interesante resulta la reflexión sobre India. El ensayo llega a hablar de “ceguera” frente a la gran táctica del subcontinente centrada en lograr la autonomía estratégica. Advierte que la administración Trump observa el mundo desde una lógica estrictamente transaccional. Nueva Delhi es útil mientras sirva para equilibrar a Pekín. No hay romanticismo geopolítico ni asociaciones permanentes, solo intereses temporales.
Venezuela ya no es únicamente un problema regional. Se convierte en una pieza más dentro de una competencia global donde energía, influencia política y posicionamiento se entremezclan constantemente.
También, desde Centroamérica, esta lectura adquiere relevancia. Durante décadas vivió pendiente de Washington. Hoy el panorama es más complejo. China avanza económicamente, Europa busca mantener presencia y EE. UU. redefine prioridades. Países pequeños como Guatemala, Honduras o Costa Rica descubren que la multipolaridad ofrece oportunidades… y capacidad estratégica.
El libro no pretende decirnos cómo terminarán estas historias. Más bien sugiere que hemos entrado en una época donde las certezas escasean. Su principal acierto intelectual reside en comprender que el nuevo orden mundial no se caracteriza por la aparición de un nuevo dueño del tablero, sino por la ausencia de uno.
El profesor Gurpegui, especialista en historia, política y cultura estadounidense, ofrece una explicación estructural del presente. El lector podrá discrepar de algunas interpretaciones, pero difícilmente podrá negar la pertinencia de la pregunta que atraviesa la obra: ¿qué sucede cuando el árbitro abandona el campo y los jugadores siguen disputando el partido?
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: