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El Banguat peligra en este 2026

.
Redacción República
19 de febrero, 2026

Este año, Bernardo Arévalo debe nombrar presidente del Banco de Guatemala (Banguat) y, para horror de la economía del país, el actual ministro de Finanzas, Jonathan Menkos, es considerado para el puesto.

La estabilidad macroeconómica es el ancla fundamental para el desarrollo de cualquier nación; una economía estable garantiza inflación controlada, tipos de cambio predecibles, reservas internacionales sólidas y un crecimiento —como el de Guatemala— que debe traducirse en empleo, inversión y bienestar social, amén de otros importantes elementos, como la certeza jurídica e infraestructura.

¿Pero qué sostiene esta estabilidad? No radica tanto en los políticos —de turno—, sino en la continuidad de políticas económicas bien diseñadas, independientes de vaivenes ideológicos.

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Un ejemplo paradigmático es Perú, un país que ha sufrido turbulencia política en las últimas dos décadas. Desde el año 2000, ha tenido ocho presidentes, la mayoría envueltos en escándalos de corrupción, con varios terminando en prisión o enfrentando acusaciones graves. Ello ha generado caos político y gobiernos deleznables. Sin embargo, en medio de todo ello, Perú ha mantenido un crecimiento económico notable, con una inflación baja y reservas internacionales envidiables.

¿El secreto? La continuidad en el Banco Central de Reserva del Perú, liderado por Julio Velarde desde 2006. Velarde no es un político; es un técnico que ha priorizado políticas monetarias prudentes, independientes de los cambios presidenciales. Esta estabilidad institucional ha permitido que Perú atraiga inversiones extranjeras, expanda su sector exportador y reduzca la pobreza, demostrando que las políticas consistentes trascienden a las personas.

Guatemala debe mirarse en este espejo peruano; a diferencia de su hermano andino, Guatemala ha disfrutado de una relativa estabilidad política en los últimos años, con transiciones de poder ordenadas y un marco institucional que, aunque imperfecto, ha evitado los golpes de Estado. Esta calma política ha sido complementada por una estabilidad macroeconómica reconocida a nivel mundial: el quetzal se mantiene estable, la inflación es baja y las reservas del Banguat superan los estándares internacionales. Este track record no es casualidad; se debe a décadas de políticas monetarias conservadoras, enfocadas en la independencia del banco central y en medidas antiinflacionarias que han resistido presiones partidistas.

Sin embargo, este logro está en riesgo inminente; Menkos, un cuadro eminentemente político —fundador del partido Semilla, candidato fallido a la vicepresidencia y diputado electo—, enciende alarmas. Menkos representa una ruptura con la tradición de tecnócratas apolíticos al frente del banco central. Su perfil inclinaría las políticas hacia agendas ideológicas, erosionando la independencia que ha sido clave para la estabilidad. En un contexto regional donde populismos económicos han llevado a hiperinflaciones en Venezuela o deudas insostenibles en Argentina, Guatemala no puede permitirse experimentos. Nombrar a alguien con fuertes lazos políticos podría disuadir inversiones, elevar el riesgo país y, en última instancia, perjudicar a los guatemaltecos más vulnerables.

La lección es clara: la estabilidad macroeconómica no depende de héroes individuales, sino de instituciones robustas y políticas continuas. Presidentes vienen y van, pero las políticas macroeconómicas deben perdurar. Para Guatemala, preservar esta continuidad significa priorizar perfiles técnicos sobre políticos en el Banguat. Solo así se mantendrá el escudo que protege a la nación de crisis externas y se fomentará el crecimiento económico.

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Este año, Bernardo Arévalo debe nombrar presidente del Banco de Guatemala (Banguat) y, para horror de la economía del país, el actual ministro de Finanzas, Jonathan Menkos, es considerado para el puesto.

La estabilidad macroeconómica es el ancla fundamental para el desarrollo de cualquier nación; una economía estable garantiza inflación controlada, tipos de cambio predecibles, reservas internacionales sólidas y un crecimiento —como el de Guatemala— que debe traducirse en empleo, inversión y bienestar social, amén de otros importantes elementos, como la certeza jurídica e infraestructura.

¿Pero qué sostiene esta estabilidad? No radica tanto en los políticos —de turno—, sino en la continuidad de políticas económicas bien diseñadas, independientes de vaivenes ideológicos.

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Un ejemplo paradigmático es Perú, un país que ha sufrido turbulencia política en las últimas dos décadas. Desde el año 2000, ha tenido ocho presidentes, la mayoría envueltos en escándalos de corrupción, con varios terminando en prisión o enfrentando acusaciones graves. Ello ha generado caos político y gobiernos deleznables. Sin embargo, en medio de todo ello, Perú ha mantenido un crecimiento económico notable, con una inflación baja y reservas internacionales envidiables.

¿El secreto? La continuidad en el Banco Central de Reserva del Perú, liderado por Julio Velarde desde 2006. Velarde no es un político; es un técnico que ha priorizado políticas monetarias prudentes, independientes de los cambios presidenciales. Esta estabilidad institucional ha permitido que Perú atraiga inversiones extranjeras, expanda su sector exportador y reduzca la pobreza, demostrando que las políticas consistentes trascienden a las personas.

Guatemala debe mirarse en este espejo peruano; a diferencia de su hermano andino, Guatemala ha disfrutado de una relativa estabilidad política en los últimos años, con transiciones de poder ordenadas y un marco institucional que, aunque imperfecto, ha evitado los golpes de Estado. Esta calma política ha sido complementada por una estabilidad macroeconómica reconocida a nivel mundial: el quetzal se mantiene estable, la inflación es baja y las reservas del Banguat superan los estándares internacionales. Este track record no es casualidad; se debe a décadas de políticas monetarias conservadoras, enfocadas en la independencia del banco central y en medidas antiinflacionarias que han resistido presiones partidistas.

Sin embargo, este logro está en riesgo inminente; Menkos, un cuadro eminentemente político —fundador del partido Semilla, candidato fallido a la vicepresidencia y diputado electo—, enciende alarmas. Menkos representa una ruptura con la tradición de tecnócratas apolíticos al frente del banco central. Su perfil inclinaría las políticas hacia agendas ideológicas, erosionando la independencia que ha sido clave para la estabilidad. En un contexto regional donde populismos económicos han llevado a hiperinflaciones en Venezuela o deudas insostenibles en Argentina, Guatemala no puede permitirse experimentos. Nombrar a alguien con fuertes lazos políticos podría disuadir inversiones, elevar el riesgo país y, en última instancia, perjudicar a los guatemaltecos más vulnerables.

La lección es clara: la estabilidad macroeconómica no depende de héroes individuales, sino de instituciones robustas y políticas continuas. Presidentes vienen y van, pero las políticas macroeconómicas deben perdurar. Para Guatemala, preservar esta continuidad significa priorizar perfiles técnicos sobre políticos en el Banguat. Solo así se mantendrá el escudo que protege a la nación de crisis externas y se fomentará el crecimiento económico.

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