Latinoamérica atraviesa un nuevo ciclo político marcado por la preocupación por la seguridad. Después de una década en la que buena parte del debate estuvo dominado por desigualdad, corrupción y crisis de representación, el crimen organizado ha regresado al centro de la competencia electoral como un eje de rotación.
La expansión del narcotráfico, la fragmentación de los grupos criminales, el deterioro del control territorial y la presión sobre corredores logísticos han convertido la seguridad en una preocupación geopolítica de primer orden.
Ese cambio ha producido una consecuencia electoral visible: el ascenso de candidatos que prometen restaurar autoridad, endurecer el sistema penal, recuperar territorios y confrontar directamente al crimen. La geopolítica del crimen ha terminado generando una sociología electoral del miedo, en la que la demanda de seguridad reorganiza la política tradicional.
El caso de Colombia:
El comportamiento del electorado no puede leerse únicamente como un giro ideológico hacia la derecha, sino como una reacción sociológica ante las condiciones concretas del país: el conflicto armado persistente, expansión de economías ilícitas y la percepción de pérdida de control. Colombia es uno de los nodos centrales del narcotráfico hemisférico, con vínculos hacia el Pacífico y toda América.
Por eso es significativo que el voto de derecha no haya recaído sobre la derecha institucional, partidaria y legislativa de Paloma Valencia, quien consiguió únicamente un 7 % de los votos en la primera vuelta.
Valencia representaba una derecha anclada en el sistema de partidos, con lenguaje jurídico y parlamentario. De la Espriella, en cambio, proyectó una derecha de restauración: menos institucionalista, más plebiscitaria, menos orientada a administrar el Estado existente, más dispuesta a prometer una ruptura simbólica con el orden político que muchos votantes consideran agotado.
Su atractivo no procede de su ubicación ideológica, sino de su capacidad para condensar una ansiedad existencial: la idea de que Colombia puede perderse si no se restablece autoridad.
El votante de De la Espriella no busca votar por la derecha, sino por el orden. No necesariamente vota por tradición ideológica, sino por reacción frente al antipetrismo, la desconfianza hacia la paz total y el temor a que el Estado sea incapaz de contener a los grupos armados.
La candidatura del abogado funciona como vehículo de una emoción política: castigar al crimen, revertir el experimento progresista y reinscribir a Colombia en una lógica de seguridad dura. Su ascenso revela que parte del electorado considera insuficiente la moderación institucional cuando percibe que el país vive una crisis de autoridad.
La izquierda, por su parte, conserva una capacidad importante de movilización. Iván Cepeda encarna el núcleo orgánico del progresismo colombiano fundamentado en estructuras del Pacto Histórico, movimientos sociales, sectores urbanos universitarios ideologizados, bases territoriales periféricas y comunidades que leen la violencia desde categorías de exclusión, reparación, derechos y presencia social del Estado.
En esas periferias, el voto de izquierda responde a una sociología distinta. No interpreta la seguridad únicamente como castigo, sino como consecuencia de abandono estatal, desigualdad, conflicto rural y ausencia de garantías históricas.
Perspectivas electorales
La capacidad expansiva de Cepeda choca con anticuerpos orgánicos fuera de ese núcleo. Para amplios sectores medios, urbanos, empresariales o de derecha moderada, su candidatura aparece como continuidad del petrismo en un momento en que la seguridad pesa más que la promesa reformista.
Esa es su dificultad, pues moviliza eficazmente a los propios, pero tiene problemas para capturar votos de quienes perciben que la agenda progresista no responde al clima de amenaza actual.
La seguridad latinoamericana es hoy uno de los puntos clave para Estados Unidos, especialmente por narcotráfico, migración, control fronterizo, lavado de activos y estabilidad regional.
De la Espriella, con mejores relaciones hacia Washington, representa una posible realineación de seguridad, con especial posibilidad de ganar la elección. No obstante, también es preocupante que el sistema de partidos institucional no logre responder a las demandas del electorado.
Cuando la ciudadanía abandona a las derechas partidarias y busca figuras de ruptura, el mensaje es claro. La institucionalidad no está procesando la ansiedad social. Esa fractura puede ser funcional electoralmente, pero no debería prolongarse como forma normal de competencia política.
Latinoamérica atraviesa un nuevo ciclo político marcado por la preocupación por la seguridad. Después de una década en la que buena parte del debate estuvo dominado por desigualdad, corrupción y crisis de representación, el crimen organizado ha regresado al centro de la competencia electoral como un eje de rotación.
La expansión del narcotráfico, la fragmentación de los grupos criminales, el deterioro del control territorial y la presión sobre corredores logísticos han convertido la seguridad en una preocupación geopolítica de primer orden.
Ese cambio ha producido una consecuencia electoral visible: el ascenso de candidatos que prometen restaurar autoridad, endurecer el sistema penal, recuperar territorios y confrontar directamente al crimen. La geopolítica del crimen ha terminado generando una sociología electoral del miedo, en la que la demanda de seguridad reorganiza la política tradicional.
El caso de Colombia:
El comportamiento del electorado no puede leerse únicamente como un giro ideológico hacia la derecha, sino como una reacción sociológica ante las condiciones concretas del país: el conflicto armado persistente, expansión de economías ilícitas y la percepción de pérdida de control. Colombia es uno de los nodos centrales del narcotráfico hemisférico, con vínculos hacia el Pacífico y toda América.
Por eso es significativo que el voto de derecha no haya recaído sobre la derecha institucional, partidaria y legislativa de Paloma Valencia, quien consiguió únicamente un 7 % de los votos en la primera vuelta.
Valencia representaba una derecha anclada en el sistema de partidos, con lenguaje jurídico y parlamentario. De la Espriella, en cambio, proyectó una derecha de restauración: menos institucionalista, más plebiscitaria, menos orientada a administrar el Estado existente, más dispuesta a prometer una ruptura simbólica con el orden político que muchos votantes consideran agotado.
Su atractivo no procede de su ubicación ideológica, sino de su capacidad para condensar una ansiedad existencial: la idea de que Colombia puede perderse si no se restablece autoridad.
El votante de De la Espriella no busca votar por la derecha, sino por el orden. No necesariamente vota por tradición ideológica, sino por reacción frente al antipetrismo, la desconfianza hacia la paz total y el temor a que el Estado sea incapaz de contener a los grupos armados.
La candidatura del abogado funciona como vehículo de una emoción política: castigar al crimen, revertir el experimento progresista y reinscribir a Colombia en una lógica de seguridad dura. Su ascenso revela que parte del electorado considera insuficiente la moderación institucional cuando percibe que el país vive una crisis de autoridad.
La izquierda, por su parte, conserva una capacidad importante de movilización. Iván Cepeda encarna el núcleo orgánico del progresismo colombiano fundamentado en estructuras del Pacto Histórico, movimientos sociales, sectores urbanos universitarios ideologizados, bases territoriales periféricas y comunidades que leen la violencia desde categorías de exclusión, reparación, derechos y presencia social del Estado.
En esas periferias, el voto de izquierda responde a una sociología distinta. No interpreta la seguridad únicamente como castigo, sino como consecuencia de abandono estatal, desigualdad, conflicto rural y ausencia de garantías históricas.
Perspectivas electorales
La capacidad expansiva de Cepeda choca con anticuerpos orgánicos fuera de ese núcleo. Para amplios sectores medios, urbanos, empresariales o de derecha moderada, su candidatura aparece como continuidad del petrismo en un momento en que la seguridad pesa más que la promesa reformista.
Esa es su dificultad, pues moviliza eficazmente a los propios, pero tiene problemas para capturar votos de quienes perciben que la agenda progresista no responde al clima de amenaza actual.
La seguridad latinoamericana es hoy uno de los puntos clave para Estados Unidos, especialmente por narcotráfico, migración, control fronterizo, lavado de activos y estabilidad regional.
De la Espriella, con mejores relaciones hacia Washington, representa una posible realineación de seguridad, con especial posibilidad de ganar la elección. No obstante, también es preocupante que el sistema de partidos institucional no logre responder a las demandas del electorado.
Cuando la ciudadanía abandona a las derechas partidarias y busca figuras de ruptura, el mensaje es claro. La institucionalidad no está procesando la ansiedad social. Esa fractura puede ser funcional electoralmente, pero no debería prolongarse como forma normal de competencia política.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: