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Carlo Alberto Brioschi: Breve historia de la corrupción, de la Antigüedad a nuestros días

.
Gérman Gómez
10 de abril, 2026

La corrupción no es un defecto del presente. Es, quizás, el hilo más constante de la historia humana. Esa es la tesis central que Carlo Alberto Brioschi defiende en este libro. Es un recorrido erudito, irónico y desencantado por siglos de venalidad, cohecho y abuso de poder. El resultado es una obra que incomoda tanto como ilumina.

El libro parte de una pregunta provocadora que funciona como título de su introducción: ¿A quién le importa si César es un ladrón? La respuesta es perturbadora: a casi nadie. El autor observa que los grandes corruptos de la historia no cayeron en el olvido; por el contrario, conquistaron la admiración popular. Nerón, Calígula, los Borgia. Todos pasaron a la historia con igual o mayor intensidad que los justos. Esta paradoja recorre todo el texto como una sombra.

El itinerario histórico arranca en Mesopotamia. La ciudad de Babilonia ya conocía la opresión, el robo y las dádivas como moneda de poder. El Arthashastra de Kautilya, texto sánscrito del siglo IV a.C. —redescubierto en 1905—, describe con asombrosa lucidez el problema del funcionario corrupto. Es tan difícil probar su deshonestidad como averiguar cuánta agua bebe un pez. La Biblia, los textos griegos y las leyes romanas evidencian la tentación de torcer las reglas en beneficio propio. Práctica tan antigua como las reglas mismas.

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Brioschi dedica atención especial a Grecia y Roma. En Atenas, el escándalo del oro de Arpalos arrastró al mismísimo Demóstenes. En Roma, Cicerón advirtió que quien compra un cargo público se afana por ejercerlo de modo que llene el vacío de su patrimonio. Las frases de estos autores clásicos resuenan con familiaridad en Guatemala. No hace falta cambiar muchos detalles para que parezcan crónicas de hoy, como las elecciones [fraudes] de Walter Mazariegos en la Universidad de San Carlos (USAC).

La Edad Media y el Renacimiento amplían el cuadro. La venta de indulgencias (la principal crítica de Martín Lutero), la simonía eclesiástica y la degradación moral del papado con los Borgia muestran que la Iglesia no fue inmune al mismo mal que predicaba combatir. Maquiavelo aparece aquí como testigo privilegiado y analista implacable. El término faccendiere —el intrigante, el chanchullero— se rastrea precisamente hasta su obra de 1513. La reforma luterana, en este contexto, no fue solo una disputa teológica. También fue una reacción ante la corrupción institucionalizada de Roma.

El libro avanza en el tiempo con más historias y anécdotas; el nacimiento del capitalismo, las revoluciones burguesas, el colonialismo y la expansión de los mercados financieros generaron nuevas formas de corrupción, más sofisticadas y difíciles de detectar. Adam Smith observó que los actores del mercado operan en busca de su propio interés; el problema es que el político, también. El siglo XX, con sus totalitarismos, cierra el ciclo. Las dictaduras no eliminaron la corrupción; son, en sí mismas, una forma de corrupción sistémica, porque pervierten todas las relaciones sociales, políticas y económicas.

Los capítulos finales analizan el presente. Brioschi examina los grandes escándalos financieros internacionales —Enron, Parmalat, el caso italiano de Mani Pulite— y conecta la corrupción con la crisis de 2008.  El fenómeno se reinventa, adopta nuevas formas y encuentra nuevos cómplices, pero su lógica permanece intacta.

Brioschi no escribe como un académico encerrado en su especialidad. Narra cómo alguien que leyó mucho, pensó mucho y decidió contar lo que encontró con honestidad. La prosa es densa de citas —Cicerón, Platón, Brecht, De Gaulle, Umberto Eco—, pero nunca se vuelve redundante. El tono alterna entre la ironía y la gravedad con naturalidad: dos por uno.

La edición de 2019, revisada y actualizada, mantiene la estructura original e incorpora referencias a los escándalos más recientes. Refuerza el argumento central del libro: la corrupción no es una anomalía histórica, es una constante.  Reconocerla como tal no es un acto de cinismo, sino el primer paso para combatirla con inteligencia.

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Carlo Alberto Brioschi: Breve historia de la corrupción, de la Antigüedad a nuestros días

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Gérman Gómez
10 de abril, 2026

La corrupción no es un defecto del presente. Es, quizás, el hilo más constante de la historia humana. Esa es la tesis central que Carlo Alberto Brioschi defiende en este libro. Es un recorrido erudito, irónico y desencantado por siglos de venalidad, cohecho y abuso de poder. El resultado es una obra que incomoda tanto como ilumina.

El libro parte de una pregunta provocadora que funciona como título de su introducción: ¿A quién le importa si César es un ladrón? La respuesta es perturbadora: a casi nadie. El autor observa que los grandes corruptos de la historia no cayeron en el olvido; por el contrario, conquistaron la admiración popular. Nerón, Calígula, los Borgia. Todos pasaron a la historia con igual o mayor intensidad que los justos. Esta paradoja recorre todo el texto como una sombra.

El itinerario histórico arranca en Mesopotamia. La ciudad de Babilonia ya conocía la opresión, el robo y las dádivas como moneda de poder. El Arthashastra de Kautilya, texto sánscrito del siglo IV a.C. —redescubierto en 1905—, describe con asombrosa lucidez el problema del funcionario corrupto. Es tan difícil probar su deshonestidad como averiguar cuánta agua bebe un pez. La Biblia, los textos griegos y las leyes romanas evidencian la tentación de torcer las reglas en beneficio propio. Práctica tan antigua como las reglas mismas.

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Brioschi dedica atención especial a Grecia y Roma. En Atenas, el escándalo del oro de Arpalos arrastró al mismísimo Demóstenes. En Roma, Cicerón advirtió que quien compra un cargo público se afana por ejercerlo de modo que llene el vacío de su patrimonio. Las frases de estos autores clásicos resuenan con familiaridad en Guatemala. No hace falta cambiar muchos detalles para que parezcan crónicas de hoy, como las elecciones [fraudes] de Walter Mazariegos en la Universidad de San Carlos (USAC).

La Edad Media y el Renacimiento amplían el cuadro. La venta de indulgencias (la principal crítica de Martín Lutero), la simonía eclesiástica y la degradación moral del papado con los Borgia muestran que la Iglesia no fue inmune al mismo mal que predicaba combatir. Maquiavelo aparece aquí como testigo privilegiado y analista implacable. El término faccendiere —el intrigante, el chanchullero— se rastrea precisamente hasta su obra de 1513. La reforma luterana, en este contexto, no fue solo una disputa teológica. También fue una reacción ante la corrupción institucionalizada de Roma.

El libro avanza en el tiempo con más historias y anécdotas; el nacimiento del capitalismo, las revoluciones burguesas, el colonialismo y la expansión de los mercados financieros generaron nuevas formas de corrupción, más sofisticadas y difíciles de detectar. Adam Smith observó que los actores del mercado operan en busca de su propio interés; el problema es que el político, también. El siglo XX, con sus totalitarismos, cierra el ciclo. Las dictaduras no eliminaron la corrupción; son, en sí mismas, una forma de corrupción sistémica, porque pervierten todas las relaciones sociales, políticas y económicas.

Los capítulos finales analizan el presente. Brioschi examina los grandes escándalos financieros internacionales —Enron, Parmalat, el caso italiano de Mani Pulite— y conecta la corrupción con la crisis de 2008.  El fenómeno se reinventa, adopta nuevas formas y encuentra nuevos cómplices, pero su lógica permanece intacta.

Brioschi no escribe como un académico encerrado en su especialidad. Narra cómo alguien que leyó mucho, pensó mucho y decidió contar lo que encontró con honestidad. La prosa es densa de citas —Cicerón, Platón, Brecht, De Gaulle, Umberto Eco—, pero nunca se vuelve redundante. El tono alterna entre la ironía y la gravedad con naturalidad: dos por uno.

La edición de 2019, revisada y actualizada, mantiene la estructura original e incorpora referencias a los escándalos más recientes. Refuerza el argumento central del libro: la corrupción no es una anomalía histórica, es una constante.  Reconocerla como tal no es un acto de cinismo, sino el primer paso para combatirla con inteligencia.

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