Miles de personas atraviesan a diario la Calzada Roosevelt para trabajar, llegar a Mixco o salir de la ciudad. Zona 7 era eso: un tramo entre destinos. Fábricas, bodegas, restaurantes, condominios y poco más. En la última década aparecieron grúas sobre la Doroteo Guamuch Flores. Después llegaron proyectos como Di Fiori y Parque Mateo.
Hoy, Strata Desarrollos y Milésimo apuestan por vivienda vertical en paralelo, aunque en distintas fases: finalización de obra en Torrus y open house en Vicinia Mateo. Coinciden en algo: el boom llegó antes de que el mercado lo esperara y de que la zona se pusiera de moda.
No es toda la zona
El primer error es hablar de Zona 7 como si fuera una sola pieza. Pablo Solórzano, director de Strata Desarrollos, insiste en leerla por sectores. “Es muy grande. Sirve a diferentes segmentos”, advierte. El tramo que hoy capta la atención del mercado es un polígono preciso: el área alrededor de “La Mateo”, entre la San Juan y el Anillo Periférico.
La lectura de Alfredo Vila, CEO de Milésimo, parte de que está dejando de ser solo un corredor de paso para convertirse en una zona real de residencia, sobre todo para el segmento C. Y ahí aparece otra comparación útil: lo que hace algunos años representaba Zona 11, hoy ya cuesta más. Zona 7 empezó a verse como una alternativa seria.
Todavía no tiene, en todos sus tramos, la inercia aspiracional de otras. No es una ubicación que se venda sola por prestigio. Pero ya dejó de justificarse solo por precio. El sector empieza a vender una lógica urbana: accesos, servicios médicos, colegios, comercio y cercanía con polos como Miraflores y Majadas. A eso se suma el AeroMetro que ya entra en la ecuación del desarrollador.
La señal más clara de que el mercado ya se movió está en la tierra. “Me ha sorprendido mucho cómo el precio en la Roosevelt ha subido considerablemente”, dice Vila. Pone como ejemplo la Zona 11: antes había apartamentos de 80 metros; hoy, de 60. Algunos, de 50. “Ya no puedes hacer más pequeño el producto para que la gente le llegue a la cuota”, agrega. La oportunidad sigue ahí, pero el costo de entrada ya empezó a subir.
Lo nuevo no borra lo anterior
El sector no tiene una vocación residencial obvia. Tiene mezcla. Y eso ayuda a entender por qué el boom no llegó antes. Solórzano recuerda que el área se urbanizó hace tres generaciones, cuando todavía era “las afueras de la ciudad”.
La comunidad coreana invirtió, instaló negocios y, aunque en su mayoría ya no vive ahí, todavía conserva propiedades. El resultado es un paisaje donde conviven fábricas, restaurantes, oficinas y bodegas con las nuevas torres.
Esa convivencia explica parte de la demora. Zona 7 no era un render fácil de vender. Era una zona híbrida y menos propensa al discurso comercial. Pero justamente ahí estaba la oportunidad. “Conforme se va poblando, mejora”, resume Solórzano. Cuando llega la vivienda, cambian las fachadas, cambia el entorno y se fortalece la vida cotidiana.
El mercado que algunos leyeron antes
Decir que nadie vio venir el boom sería exagerar. Algunos sí lo vieron. Lo que pasó es que muchos prefirieron esperar a que alguien más validara primero. Pero hubo un error de lectura.
El mercado tendió a ver Zona 7 como etiqueta, no como territorio. Vila lo resume mejor que nadie: “Más que verla o no verla venir, la apreciación que tuvo la gente es que todavía no era su momento, y ya es su momento”.
Esa es la mejor forma de entender lo que pasa. Zona 7 se volvió interesante porque empezó a resolver mejor que otras la relación entre ubicación, producto y demanda. Para el desarrollador, la lectura es clara: entra a un sector con recorrido, pero que ya empezó a estrecharse por el precio de la tierra y la llegada de más competencia.
Las grúas que hoy asoman entre la Roosevelt y la Doroteo Guamuch Flores no solo anuncian torres. También anuncian que el mercado ya empezó a corregir una subestimación vieja. Zona 7 no se hizo famosa primero. Esta vez, la oferta se afinó antes que el prestigio.
Miles de personas atraviesan a diario la Calzada Roosevelt para trabajar, llegar a Mixco o salir de la ciudad. Zona 7 era eso: un tramo entre destinos. Fábricas, bodegas, restaurantes, condominios y poco más. En la última década aparecieron grúas sobre la Doroteo Guamuch Flores. Después llegaron proyectos como Di Fiori y Parque Mateo.
Hoy, Strata Desarrollos y Milésimo apuestan por vivienda vertical en paralelo, aunque en distintas fases: finalización de obra en Torrus y open house en Vicinia Mateo. Coinciden en algo: el boom llegó antes de que el mercado lo esperara y de que la zona se pusiera de moda.
No es toda la zona
El primer error es hablar de Zona 7 como si fuera una sola pieza. Pablo Solórzano, director de Strata Desarrollos, insiste en leerla por sectores. “Es muy grande. Sirve a diferentes segmentos”, advierte. El tramo que hoy capta la atención del mercado es un polígono preciso: el área alrededor de “La Mateo”, entre la San Juan y el Anillo Periférico.
La lectura de Alfredo Vila, CEO de Milésimo, parte de que está dejando de ser solo un corredor de paso para convertirse en una zona real de residencia, sobre todo para el segmento C. Y ahí aparece otra comparación útil: lo que hace algunos años representaba Zona 11, hoy ya cuesta más. Zona 7 empezó a verse como una alternativa seria.
Todavía no tiene, en todos sus tramos, la inercia aspiracional de otras. No es una ubicación que se venda sola por prestigio. Pero ya dejó de justificarse solo por precio. El sector empieza a vender una lógica urbana: accesos, servicios médicos, colegios, comercio y cercanía con polos como Miraflores y Majadas. A eso se suma el AeroMetro que ya entra en la ecuación del desarrollador.
La señal más clara de que el mercado ya se movió está en la tierra. “Me ha sorprendido mucho cómo el precio en la Roosevelt ha subido considerablemente”, dice Vila. Pone como ejemplo la Zona 11: antes había apartamentos de 80 metros; hoy, de 60. Algunos, de 50. “Ya no puedes hacer más pequeño el producto para que la gente le llegue a la cuota”, agrega. La oportunidad sigue ahí, pero el costo de entrada ya empezó a subir.
Lo nuevo no borra lo anterior
El sector no tiene una vocación residencial obvia. Tiene mezcla. Y eso ayuda a entender por qué el boom no llegó antes. Solórzano recuerda que el área se urbanizó hace tres generaciones, cuando todavía era “las afueras de la ciudad”.
La comunidad coreana invirtió, instaló negocios y, aunque en su mayoría ya no vive ahí, todavía conserva propiedades. El resultado es un paisaje donde conviven fábricas, restaurantes, oficinas y bodegas con las nuevas torres.
Esa convivencia explica parte de la demora. Zona 7 no era un render fácil de vender. Era una zona híbrida y menos propensa al discurso comercial. Pero justamente ahí estaba la oportunidad. “Conforme se va poblando, mejora”, resume Solórzano. Cuando llega la vivienda, cambian las fachadas, cambia el entorno y se fortalece la vida cotidiana.
El mercado que algunos leyeron antes
Decir que nadie vio venir el boom sería exagerar. Algunos sí lo vieron. Lo que pasó es que muchos prefirieron esperar a que alguien más validara primero. Pero hubo un error de lectura.
El mercado tendió a ver Zona 7 como etiqueta, no como territorio. Vila lo resume mejor que nadie: “Más que verla o no verla venir, la apreciación que tuvo la gente es que todavía no era su momento, y ya es su momento”.
Esa es la mejor forma de entender lo que pasa. Zona 7 se volvió interesante porque empezó a resolver mejor que otras la relación entre ubicación, producto y demanda. Para el desarrollador, la lectura es clara: entra a un sector con recorrido, pero que ya empezó a estrecharse por el precio de la tierra y la llegada de más competencia.
Las grúas que hoy asoman entre la Roosevelt y la Doroteo Guamuch Flores no solo anuncian torres. También anuncian que el mercado ya empezó a corregir una subestimación vieja. Zona 7 no se hizo famosa primero. Esta vez, la oferta se afinó antes que el prestigio.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: