Mi cabeza vale 35 mil quetzales, ESTA ES LA HISTORIA URBANA DE JOSÉ VICENTE SOLÓRZANO AGUILAR.
Aclaro a mi estimado lector y a mi apreciable lectora que no me incorporé a la lista de prófugos de la justicia guatemalteca. Los 35 mil quetzales que menciono aluden al valor en que me tasó el seguro médico que me ofrecieron el jueves de la semana pasada.
Estaba pensando cómo empezar el trabajo del día cuando recibí la llamada de un número desconocido. Creyendo que era alguno de mis amigos, de los que tengo tiempos de no saber, contesté. Me resultó una vendedora de seguros; pertenece al banco donde acabo de sacar mi tarjeta de crédito.
Perdí la cuenta de los minutos que pasó tratando de convencerme para que aceptara el descuento de una cantidad mensual para tener derecho a la mejor atención médica disponible en caso de accidente o enfermedad.
Porque nadie está a salvo de que un zancudo lo contagie con el dengue, el zika, el chikunguña y la próxima enfermedad que brote de las profundidades del Congo y resulte exportada al continente americano, cortesía del primer turista que regrese hirviendo de fiebre a casa.
También estamos expuestos al primer energúmeno que se siente al volante, maneje a toda prisa y nos pase tirando cuando atravesamos la calle para comprar una vitapirena en la tienda de la esquina.
Piense en los resbalones en el baño, golpearse la cabeza si el dintel de la puerta está muy bajo, viajar de madrugada en la camioneta que se termina embarrancando porque el chofer se durmió encima del timón, o quedar atrapado entre una balacera.
Si aumenta la lista, tendrá motivos suficientes para guardarse en casa, cerrar las ventanas para que no entre el aire, taparlas con espesas cortinas con tal de vedarle el paso al sol y pasarse el día entero cual Anselmito Vidriera, el enclenque engendrado y parido por ancianos que retrató José Milla en uno de los artículos que escribió para El canasto del sastre.
Todo este me lo imaginé mientras la vendedora insistía que yo me encontraba al acecho de cualquier imprevisto y qué mejor muestra de responsabilidad que ponerme bajo cubierto con el seguro que me ofrecía.
Ah, y antes de que lo olvidara, también podía cubrir a mis beneficiarios directos. Padre, madre, hermanos e incluso sobrinos. Si bien le entendí, en caso de que yo falleciera por accidente o muerte violenta, podrían recibir 35 mil quetzales.
Tal es mi valor en el mercado: 35 mil quetzales. Unos 4 mil 562 dólares con 78 centavos, 4 mil 74 euros con 47 céntimos y 3 mil 783 libras esterlinas con 68 peniques al cambio del día. La cantidad se expande si la cambio por pesos mexicanos ($88,688.57) y yenes japoneses (¥482,078.67).
Es una suma nada desdeñable en otros tiempos (35 mil quetzales alcanzaban para comprar un carro) y todavía hace que los ojos relampagueen de codicia ante la posibilidad de conseguirla. De ahí vienen las comedias de enredos y esos cuentos siniestros de empujones causados intencionalmente para apropiarse de la herencia, el mobiliario y la casa.
Dije que no estaba interesado. No me lo preguntan, pero estoy pagando un préstamo que hice para resolver cierta urgencia. La vendedora adoptó el tono profesoral de consejera financiera y me recomendó guardar las monedas de a quetzal que me sobraran al final del día.
Esas monedas, le dije, me sirven para el transmetro y el bus. Al final me dejó su número de teléfono para que lo pensara mejor y la contactara cuando me decidiera a ponerme bajo cobertura médica.
Ahora me pregunto si la dejé sin los puntos que necesita para competir por el viaje a Punta Cana para dos personas, con gastos pagados, que seguro ofrece el banco a quien acumule la mayor cantidad de ventas durante el año.
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Estaba pensando cómo empezar el trabajo del día cuando recibí la llamada de un número desconocido. Creyendo que era alguno de mis amigos, de los que tengo tiempos de no saber, contesté. Me resultó una vendedora de seguros; pertenece al banco donde acabo de sacar mi tarjeta de crédito.
Perdí la cuenta de los minutos que pasó tratando de convencerme para que aceptara el descuento de una cantidad mensual para tener derecho a la mejor atención médica disponible en caso de accidente o enfermedad.
Porque nadie está a salvo de que un zancudo lo contagie con el dengue, el zika, el chikunguña y la próxima enfermedad que brote de las profundidades del Congo y resulte exportada al continente americano, cortesía del primer turista que regrese hirviendo de fiebre a casa.
También estamos expuestos al primer energúmeno que se siente al volante, maneje a toda prisa y nos pase tirando cuando atravesamos la calle para comprar una vitapirena en la tienda de la esquina.
Piense en los resbalones en el baño, golpearse la cabeza si el dintel de la puerta está muy bajo, viajar de madrugada en la camioneta que se termina embarrancando porque el chofer se durmió encima del timón, o quedar atrapado entre una balacera.
Si aumenta la lista, tendrá motivos suficientes para guardarse en casa, cerrar las ventanas para que no entre el aire, taparlas con espesas cortinas con tal de vedarle el paso al sol y pasarse el día entero cual Anselmito Vidriera, el enclenque engendrado y parido por ancianos que retrató José Milla en uno de los artículos que escribió para El canasto del sastre.
Todo este me lo imaginé mientras la vendedora insistía que yo me encontraba al acecho de cualquier imprevisto y qué mejor muestra de responsabilidad que ponerme bajo cubierto con el seguro que me ofrecía.
Ah, y antes de que lo olvidara, también podía cubrir a mis beneficiarios directos. Padre, madre, hermanos e incluso sobrinos. Si bien le entendí, en caso de que yo falleciera por accidente o muerte violenta, podrían recibir 35 mil quetzales.
Tal es mi valor en el mercado: 35 mil quetzales. Unos 4 mil 562 dólares con 78 centavos, 4 mil 74 euros con 47 céntimos y 3 mil 783 libras esterlinas con 68 peniques al cambio del día. La cantidad se expande si la cambio por pesos mexicanos ($88,688.57) y yenes japoneses (¥482,078.67).
Es una suma nada desdeñable en otros tiempos (35 mil quetzales alcanzaban para comprar un carro) y todavía hace que los ojos relampagueen de codicia ante la posibilidad de conseguirla. De ahí vienen las comedias de enredos y esos cuentos siniestros de empujones causados intencionalmente para apropiarse de la herencia, el mobiliario y la casa.
Dije que no estaba interesado. No me lo preguntan, pero estoy pagando un préstamo que hice para resolver cierta urgencia. La vendedora adoptó el tono profesoral de consejera financiera y me recomendó guardar las monedas de a quetzal que me sobraran al final del día.
Esas monedas, le dije, me sirven para el transmetro y el bus. Al final me dejó su número de teléfono para que lo pensara mejor y la contactara cuando me decidiera a ponerme bajo cobertura médica.
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