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“La economía circular paga por sí misma”: Melissa Calvo

Fotografía por: Diego Flores
Ximena Fernández
18 de junio, 2026

Guatemala todavía desperdicia energía y dinero en sus residuos, y ese desperdicio se vuelve más costoso a medida que su industria enfrenta una presión internacional creciente por certificar su gestión ambiental. En ese escenario, manejar bien los desechos dejó de ser solo cumplimiento: empieza a ser una ventaja frente a los compradores externos. 

Así lo expone Melissa Calvo Samayoa, directora ejecutiva de Biotrash, empresa guatemalteca de capital nacional e impulsada por mujeres que, desde hace más de 27 años, gestiona desechos peligrosos. 

Calvo enfoca su análisis en tres frentes: los residuos que pueden transformarse en energía, la economía circular como vía de eficiencia operativa y la ausencia de reglas claras para atraer inversión. A su juicio, ordenar el sistema mejoraría también la competitividad exportadora del país. 

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¿Cuándo dejaron los desechos de verse como costo y pasaron a oportunidad económica? 

—Hace 27 años nacimos como respuesta a los desechos sólidos hospitalarios, que representaban un alto riesgo bioinfeccioso. Para mitigar ese problema de salud pública, invertimos en crear la primera empresa del país dedicada a la gestión adecuada de desechos peligrosos en el ámbito hospitalario. 

Con el tiempo ampliamos el servicio a otras corporaciones, negocios e industrias, y hoy atendemos una gran diversidad de residuos peligrosos de manera especializada. 

Un punto de inflexión fue el reglamento 164-2021, que lamentablemente fue derogado. Aun así, muchas empresas tomaron conciencia y buscaron un gestor para dar valor a los desechos que generaban, integrándolos en una cadena donde el residuo se reconvierte en algo útil. Tenemos, por ejemplo, una iniciativa para transformar esos residuos en un combustible alternativo: convertimos un problema ambiental en una nueva fuente de energía, capaz de alimentar la combustión en calderas o de generar energía renovable a partir de residuos. 

Fotografía por: Diego Flores

¿Qué pierde Guatemala cuando residuos peligrosos, hospitalarios y orgánicos no se tratan adecuadamente? 

—Estamos desperdiciando muchísimos megavatios de energía. El 50 % de la basura que generan los guatemaltecos es orgánica: vegetales, frutas, estiércol de ganado o la gallinaza de la industria avícola. 

Todo ese material tiene un altísimo valor energético, porque al descomponerse genera gas metano. Aprovechado adecuadamente en un biodigestor, ese metano puede convertirse en energía pura: se quema para obtener potencial calorífico y producir kilovatios. Hoy ese valor se está perdiendo. 

La otra mitad son desechos diversos —plástico, cartón y otras materias primas— que, encadenados correctamente en una economía circular, resultan aprovechables en buena medida. De esos materiales podemos llegar a reciclar entre el 5 y el 8 %. 

A través de nuestro programa "Biocircular", la industria recibe un estudio de los residuos que produce y propuestas de proyectos concretos de encadenamiento circular. 

¿Cuánta energía logra producir Biotrash actualmente a partir de residuos aprovechables? 

—Por cada tonelada de plásticos como el polipropileno y el polietileno de alta densidad, alcanzamos una tasa de conversión a combustible cercana al 30 %. Una carga de 5 toneladas rinde unos 500 galones de combustible alternativo equivalente a un búnker, cuyo precio de mercado ronda los GTQ 20. 

En lugar de enviar esa basura a disposición final, la transformamos en un combustible con valor comercial. 

Fotografía por: Diego Flores

¿Cómo puede la industria ver los desechos como eficiencia operativa? 

—La presión internacional es cada vez más exigente. Como país contamos con una ley de cambio climático que todavía hay que dar a conocer entre las empresas. En el sector salud ya existe un código y una reglamentación específica: todos los establecimientos están obligados a obtener una licencia sanitaria y a contratar una empresa que se haga cargo de la disposición final de sus desechos, dado el alto riesgo infeccioso y de propagación de enfermedades. 

En el plano internacional, la industria del café debe cumplir certificaciones sobre su producción, el manejo de residuos y la forma en que gestiona siembras y cosechas. Para vender bien su producto, tiene que demostrar una buena gestión ambiental. Lo mismo ocurre con la caña y el banano, sectores clave para nuestras exportaciones y para el PIB. Son industrias que generan mucho empleo y que, además, tienen la responsabilidad social de involucrar a sus trabajadores como parte de la solución. 

¿Qué valor económico tiene demostrar hacia dónde fueron los residuos tratados? 

—Gestionar la basura cuesta, pero es indispensable. La pregunta es cuál sería el riesgo para la salud y el costo social de hacerlo mal. Ahí está el equilibrio de costo-beneficio que debemos encontrar. 

Hay que asumir que tiene un costo y, a la vez, que somos responsables de lo que generamos y del impacto que provocamos en el medioambiente. Esa basura tiene un valor económico que no se mide solo en la compraventa del reciclaje, sino en todo el daño ambiental que dejamos de causar. ¿Cuánto cuesta después limpiar un río? ¿Cuánto vale la salud de una población que recibe aguas residuales sin tratar? Ese es el verdadero costo social de gestionar mal los desechos. 

Fotografía por: Diego Flores

¿Cuál es el principal obstáculo para que crezca la economía circular? 

—El acceso a líneas de financiamiento blandas que permitan a los empresarios seguir creciendo y ofreciendo soluciones ambientales. La demanda aumenta, pero la infraestructura instalada en el país no alcanza. 

Necesitamos importar maquinaria, invertir y ampliar las plantas que operamos. Hay muy pocos gestores autorizados para el enorme volumen de desechos que se genera, y los que existen deben especializarse. Nuestro foco principal son los desechos bioinfecciosos, y hemos incursionado en la economía circular por la creciente necesidad; pero lo hacemos de forma manual y con poca infraestructura, porque los recursos para traer tecnología internacional son limitados. 

El otro gran obstáculo es la reglamentación. Necesitamos una ley de desechos y una ley de aguas. Hace falta que el Legislativo y el Ejecutivo tomen conciencia y promulguen esas normas. En 1997 se creó el Código de Salud, cuyo artículo 106 ordena elaborar un reglamento de manejo de desechos hospitalarios; ese, publicado en 2001, es el único vigente en la materia. El manejo de desechos comunes se reguló apenas 20 años después, en un reglamento que fue invalidado cinco años más tarde. Sin un marco legal estable, no llegará la inversión extranjera. 

¿Cuánto puede ahorrar o generar una empresa al gestionar sus desechos sólidos? 

—En el reciclaje de PVC evitamos unas 90 toneladas de desechos al año, que ahora incorporamos a la fabricación de moldes para transformarlos en adoquín. Por cada tonelada de PVC recuperamos alrededor de GTQ 6000 en valor transformado. 

No todo es ganancia, pero el efecto económico positivo es claro: se obtiene materia prima, se convierte en un producto que se vende y se genera un encadenamiento social. Cada desecho admite su propia fórmula económica, según el nicho de oportunidad, porque no es lo mismo recorrer la economía circular del vidrio que la del cartón o la del PVC. 

La economía circular paga, paga por sí misma. Un desecho que solo se veía como impacto ambiental se convierte en algo útil y valioso para alguien más. Tenemos, por ejemplo, un programa de recuperación de bolsas de hemodiálisis y suero de los hospitales con el que construimos calles dignas en poblaciones como Panajachel: una solución tecnológica para un desecho peligroso con la que, desde 2017, hemos evitado cerca de 90 toneladas de residuos al año. 

Fotografía por: Diego Flores

¿Qué impacto tendría ordenar residuos y avanzar hacia una economía circular estructurada? 

—A escala internacional crece la conciencia ambiental y, con ella, la exigencia de certificaciones para los productos de exportación. Hoy los productores deben garantizar al comprador que gestionan bien sus residuos. 

Eso significa que el agro tendría que contar con sistemas de gestión —un biodigestor, por ejemplo— y medir el valor energético de su huella de carbono para obtener certificaciones que presentar a sus compradores en el extranjero. En el sector salud, encadenados con una empresa como Biotrash, es posible recolectar, gestionar, destruir correctamente y recuperar los envases primarios. 

Esa es la mayor ventaja competitiva: poder decirle al comprador, o a toda la cadena de exportación, que los residuos se gestionan bajo un modelo de economía circular y que se alcanza un impacto ambiental cero. 

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