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“La regulación se volvió agnóstica a la tecnología en países líderes”: Edwin Zacipa

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Braulio Palacios
02 de junio, 2000

Colombia cargaba con uno de los sistemas financieros más rígidos del mundo y hoy es referente fintech de la región. Para Edwin Zacipa el giro tiene una explicación: reguladores que dejaron de preguntar qué tecnología usa cada jugador para concentrarse en que gestione bien el riesgo.

En el marco del Fintech Day 2026, Zacipa recorre dónde conviene invertir, qué hace distinta a Colombia y cuál es el eslabón más débil del sector. Una radiografía del ecosistema colombiano en voz de uno de sus protagonistas más autorizados por ser fundador del Latam Fintech Hub.

Usted decía que la verdadera competencia de las fintech era el efectivo y la informalidad. ¿Eso ha cambiado?

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—Al inicio había una conversación antagónica entre bancos y fintech, pero con el tiempo entendimos que es un tema de colaboración. Los bancos tienen arquitecturas tan robustas para soportar cualquier modelo de negocio que no pueden moverse a la velocidad de una fintech. Y la fintech tiene un equipo muy dinámico para desarrollar tecnología, pero son equipos tan reducidos que no logran escalar como un banco. Por eso hablamos de integración: construir flujos de colaboración entre entidades financieras y startups.

El ecosistema combina muchos actores. En biología existe cuando conviven plantas, animales y un entorno; así debe funcionar la innovación. Todo eso empezó con la convicción de reducir el efectivo y promover la inclusión y la formalización, sobre todo en los comercios pequeños, que son la base económica del país.

Pero llegó una nueva generación de fintech: los neobancos. Son 100 % digitales que operan a través de una aplicación y retan el modelo bancario tradicional. Con ellos ya no se habla de colaboración, sino de competencia. Uno ve, por ejemplo, a Nequi compitiendo con los jugadores tradicionales. Es la misma historia de Revolut, que ya abrió en México, Colombia, Brasil, Argentina y Perú, o de Nubank, que también tiene presencia regional.

¿Volvimos al antagonismo de los primeros años o es una conversación distinta?

—Hay rivalidad, porque al final buscan los mismos clientes, pero todavía no llegamos al nivel de competencia plena que quisiéramos. El tamaño de la cartera de los neobancos frente a la de los tradicionales es muy pequeño: menos del 1 %. Siguen siendo un jugador minoritario, aunque van por el otro 99 %. En Colombia ya está pasando: Nu es el quinto emisor más grande en depósitos del país y le gana a bancos con más de 50 años. Esa dinámica de competencia ya está en marcha.

Tras fundar el gremio y una fintech que no prosperó, ¿qué aprendió de esos tropiezos?

—Si me preguntas qué me ha funcionado en todo este camino, lo primero es la confianza. El sistema financiero se construye sobre la confianza y las relaciones. Quien quiere mantenerse en esta industria tiene que demostrarla, porque la confianza se destruye muy fácil y ganarla es muy difícil. Eso aplica para los negocios y para la vida en general. Nosotros construimos un negocio grande porque generamos confianza con nuestro trabajo.

¿Y cómo lo hacemos? Siendo muy generosos con el conocimiento y activando nuestro capital relacional, siempre presentes en las conversaciones de innovación más importantes. Esta industria avanza a una velocidad tremenda, así que tratamos de liderarlas y marcar lo que pasa en el mercado y lo que viene: pagos inmediatos, open finance, neobancos. Conectar es mi "superpoder". Eso me ha mantenido y me ha permitido ayudar a otros.

Foto: María José Aresti / República

Si tuviera que invertir su propio dinero en una fintech latinoamericana, ¿por cuál apostaría?

—Hoy, por estadísticas, donde la gente está poniendo más plata en fintech en América Latina es en neobancos, en paytech —todo lo que son pagos digitales— y en gestión de finanzas empresariales, es decir, herramientas para que las pymes y los comercios manejen mejor sus negocios. Son los tres frentes con mayor volumen de transacciones, porque ahí hay muchas oportunidades, negocios que crecen y un tamaño de mercado enorme. Pero hay segmentos que reciben menos inversión y donde veo una oportunidad tremenda.

El primero es todo lo relacionado con open finance, plataformas que permiten la liberación de los datos. En América Latina los datos todavía no circulan: están restringidos, no son interoperables y son pocos los jugadores que han construido esa capa de interoperabilidad. Invertir en empresas que hagan eso es apostarle al futuro.

El segundo es el insurtech: tenemos una cultura de protección muy baja y la penetración de seguros voluntarios es mínima, aunque son indispensables en todos los ciclos de la vida, cuando uno envejece, compra un carro o una casa.

El tercero es un modelo al que me gustaría invertirle bastante, pero que todavía no despega en la región: el crowdfunding. Es un esquema de formalización empresarial tremendo. Está en ese valle de la muerte donde no llegan los bancos, ni los fondos, ni el gobierno, y en otras regiones ayuda muchísimo a que las empresas crezcan. Esos tres negocios me parecen bellísimos: hay oportunidades enormes y necesitamos más flujo de proyectos, más inversión y más empresas ahí. Hay que apoyarlas más.

Brasil, México y Colombia lideran la región. ¿Qué hace distinto a Colombia?

—Hay cinco variables. La primera es la regulación: tuvimos gobiernos proactivos en políticas públicas favorables a la innovación financiera, y eso fue un detonante. La segunda es la infraestructura: en los últimos años se estandarizó la forma en que viajan el dinero y la información, y conectarse a los bancos es más fácil. En otros mercados eso todavía no pasa; en Guatemala, por ejemplo, los bancos deben pedirle permiso al regulador para subirse a la nube, algo que en Colombia no es necesario.

La tercera es el talento: Colombia es un semillero de desarrolladores a nivel global, y eso profesionaliza muchísimo el sector. La cuarta es la demanda, por el factor macroeconómico del país. Somos 50M de colombianos y 40M de adultos, y de esos 40M de adultos, solo el 30 % tiene un crédito en el sistema financiero formal. Es un dato terrible, pero muestra la oportunidad que existe.

La quinta es la inversión: la disponibilidad de fondos de capital de riesgo y de deuda para financiar el crecimiento de la industria puso a Colombia en el mapa global. Los inversionistas están muy activos y han hecho apuestas importantes en fintech como Bold, Simetrik y Addi, que cuentan con inversionistas de Silicon Valley y con los principales fondos del sector.

En Guatemala se ve la regulación como una restricción. ¿Qué hizo distinto Colombia?

—En los países líderes, la regulación se volvió agnóstica a la tecnología. Ya no le importa qué tecnología usen los bancos, las fintech o un nuevo jugador: blockchain, cripto, IA o computación cuántica, que es lo que viene fuerte. Lo que le importa es que seas eficiente en la gestión de riesgos, que protejas a los consumidores, que cuides el dinero del público y que mantengas la estabilidad del sistema financiero. Si cumples eso, el regulador te deja desarrollar el negocio y el modelo innovador.

Hay reguladores muy restrictivos, cerrados y conservadores, pero esa no es la historia de Colombia. ¿De qué país vengo? Cuando hablan de Colombia, además de Shakira, la asocian con Pablo Escobar. Venimos de uno de los sistemas financieros más estrictos y concentrados del mundo, por una historia ligada al narcotráfico y a la financiación del terrorismo, mucho peor que la de Guatemala. Y aun así hoy tenemos un sistema financiero innovador, gracias a la regulación. Se puede. Es un tema de mentalidad y cultura.

¿Qué cambió para las empresas en Colombia cuando los pagos se volvieron instantáneos e interoperables?

—Cambió mucho. Colombia hoy tiene Bre-B, nuestro sistema de pagos inmediatos e interoperables, el equivalente al Pix brasileño. Da a las personas y a los comercios la posibilidad de pagar y de recibir pagos sin importar la entidad a la que pertenezcan ni la red por la que viaje el pago, a cualquier hora y hacia cualquier entidad. Eso es una novedad, porque históricamente los pagos no eran en línea, tenían costo y no eran interoperables: solo se podía transferir entre un banco y otro de la misma red.

Eso cambió siguiendo un poco lo que pasó en Brasil. Lo que se busca, al final, es instantaneidad, interoperabilidad y mayor aceptación de pagos electrónicos en el comercio. Lo lanzamos en octubre y ya tiene una curva de adopción más fuerte que la del propio Brasil. Va a ayudar a que los comercios tengan menos incentivos para usar el efectivo, y al reducir el efectivo se promueve mayor formalización y legalidad. Como economía, eso nos conviene.

¿Cuál es el error más caro de un banco al acercarse a una fintech?

—El error más común es que algunos bancos se acercan a una fintech creyendo que está a su mismo nivel y que es ella la que debe adaptarse a ellos. Las fintech van a otras velocidades y tienen equipos muy dinámicos. Por eso hay que saber acercarse: entender su naturaleza y sus realidades, ver en qué etapa están y qué tipo de riesgos implican. Tratarlas como a un par tradicional, sin reconocer esas diferencias, es lo que termina costando.

Foto: María José Aresti / República

Si una fintech le quita clientes, ¿qué debe preguntarse antes de competir, aliarse o comprarla?

—Hay cuatro caminos posibles: aliarse con la fintech; buscar un modelo de renta y comprarle los servicios; adquirirla; o crear tu propia fintech para competir con ella. Todas son estrategias de innovación abierta, porque existen dos tipos de innovación: la abierta, que consiste en mirar el ecosistema, integrarse, identificar oportunidades y crear más vías de crecimiento; y la cerrada, donde uno cree que puede solo y no necesita a nadie.

Todas son válidas y legítimas, y cuál tomar depende de muchos criterios. El que tiene el problema de verdad grande es el que no está haciendo ninguna, porque se queda sin estrategia proactiva y queda condenado a desaparecer del mercado. Cualquiera sirve; lo que no sirve es quedarse quieto.

De todas las piezas del ecosistema fintech, ¿cuál es la más débil?

—Nos falta mucho la academia. Si uno cree que los bancos son lentos, las universidades y todo el sector académico lo son todavía más. Los programas que diseñan hoy los sacan en cinco años, cuando ya están obsoletos. Y esta es una industria que cambia todos los días, así que el sector académico no avanza a la velocidad que se necesita. Para hacer investigación y desarrollo, y para superar las brechas de talento, el rol de la academia es fundamental.

¿Cuándo dejó Colombia de ser una promesa fintech para volverse un referente regional?

—En fintech llevamos hablando unos cinco o 10 años. Para mí el detonante, y sin ánimo de presumir, fue cuando nació Colombia Fintech, porque ahí el gremio se organizó, la industria definió una agenda de trabajo y empezó todo el proceso de coordinación público-privada. Ahí este sector se volvió una industria legítima, reconocida por el mercado y por el gobierno. Colombia Fintech se fundó hace casi 10 años, en 2017.

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