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Turquía, entre dos nostalgias

.
Marcos Jacobo Suárez Sipmann
31 de mayo, 2026

Turquía produce una extraña sensación de civilización inacabada. Como si el Imperio otomano hubiese cerrado oficialmente hace un siglo, pero todavía conversara consigo mismo en los cafés, en las mezquitas, en los ferris del Bósforo y hasta en los silencios sobre Europa. Pocos países viven tan obsesionados con el pasado y tan nerviosos por el futuro. Turquía resulta tan hipnótica porque aquí Oriente y Occidente no se encuentran; negocian. 

Ankara, lejos del mar 

Llegué a Ankara en marzo de 1997. Mustafá Kemal, Atatürk, padre de los turcos, trasladó la capital aquí por la misma razón por la que algunas familias esconden el dinero lejos de la puerta principal: Estambul era demasiado bella, demasiado expuesta y demasiado imperial para construir desde allí una república moderna. La nueva Turquía necesitaba una capital menos sentimental, más estratégica. Anatolia en lugar del Bósforo. Sobriedad administrativa frente al exhibicionismo otomano.  

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Ankara nació así: como una decisión defensiva. Y, sin embargo, terminé apreciándola mucho más de lo que esperaba. 

Turquía atravesaba una de esas crisis políticas que allí parecen formar parte del paisaje. Necmettin Erbakan encabezaba el primer gobierno islamista y los militares observaban cada gesto con la paciencia tensa de quienes aún se consideraban guardianes de la república. Turquía discutía constantemente sobre qué quería ser cuando creciera. 

.En el palacio de Topkapi en Estambul.

Entrevisté al gobernador del Banco Central, Gazi Erçel, en una Ankara donde la economía se discutía con la misma intensidad que la religión o el ejército. La sede del banco, lejos de cualquier exuberancia otomana, reflejaba la filosofía de la nueva república: tecnocracia, disciplina y la esperanza permanente de parecerse un poco más a Europa sin dejar de ser Turquía. 

Incluso en los detalles más pequeños aparecía esa personalidad. Descubrí, por ejemplo, que en Turquía casi nadie se llama Mohamed. El respeto al profeta lleva a preferir variantes como Mehmed o Mehmet.  

El islam turco posee códigos y tradiciones muy distintos del mundo árabe. Tendemos a simplificar demasiado todo lo musulmán bajo esa misma etiqueta, pero los turcos no son árabes. Su relación con el islam, con Europa y con el propio pasado imperial tiene una personalidad diferente. 
El mausoleo de Atatürk resumía perfectamente esa tensión. Más que un monumento, parecía una advertencia de piedra. Todo terminaba conduciendo allí: el nacionalismo, la laicidad, el ejército, la obsesión europea y el miedo turco a desintegrarse. A veces tenía la impresión de que el fundador de la república seguía gobernando el país desde aquella colina monumental mientras políticos, islamistas y generales negociaban alrededor de su fantasma. 

La otra colina de Ankara —la vieja ciudadela— resultaba bastante más humana. Allí descubrí algunos de los mejores restaurantes del país y también mi amor definitivo por la cocina turca. Occidente suele hablar de Turquía como si fuese únicamente un problema geopolítico con minaretes, cuando en realidad debería empezar hablando de su gastronomía. Recuerdo largas cenas de meze, cordero especiado, pan recién hecho y té negro servido con una elegancia casi diplomática. Los turcos discuten de política como mediterráneos, pero alimentan al visitante como si todavía administraran un imperio. 

El impresionante paisaje de Capadocia

Las entrevistas oficiales ayudaban a entender por qué el país vivía instalado en una tensión permanente. Un ministro nos desplegó un mapa del Egeo para explicarnos el conflicto con Grecia. Señalaba las islas cercanas a la costa turca con evidente incomodidad: demasiada proximidad para tanta desconfianza histórica. “Desde algunas casas puede incluso verse el interior de las nuestras”, vino a decirnos. Turquía parecía sentirse cercada incluso por el paisaje. 

Algo parecido descubrimos durante nuestra visita al GAP, el gigantesco proyecto hidráulico sobre el Tigris y el Éufrates. Allí ya no se hablaba solo de fronteras o identidades, sino de agua, que en Oriente Medio suele equivaler a poder. Los responsables turcos defendían aquellas presas como una cuestión de soberanía nacional; Siria e Irak las observaban con desconfianza como quien vigila discretamente el grifo que el vecino puede cerrar. 

Turquía parecía asumir su papel favorito: puente, frontera y problema. 

Ankara terminó revelándose como una capital mucho más turca que Estambul. Menos seductora, desde luego, pero también menos teatral. Una ciudad construida para gobernar un país obsesionado con sobrevivir entre continentes, nostalgias y amenazas. 

La Mezquita Azul en Estambul

Capadocia o la paciencia de la piedra 

Uno tarda varios minutos en aceptar que aquel paisaje existe. Las formas de roca parecen diseñadas por un escultor obsesionado con la fantasía, no por siglos de erosión volcánica y viento anatolio. Todo resulta ligeramente irreal: las chimeneas de piedra, los valles ondulados, las cuevas excavadas en la montaña y esa extraña sensación de encontrarse dentro de un decorado imposible. 

Impresiona no solo por la belleza del paisaje —que la tiene— sino porque allí la geología y la historia decidieron colaborar. Durante siglos, aquellas rocas blandas permitieron excavar iglesias, refugios, monasterios y ciudades enteras bajo tierra. Anatolia siempre fue territorio de invasiones, imperios y huidas, así que los habitantes de Capadocia terminaron desarrollando una idea muy razonable de la supervivencia: desaparecer. 

Pasamos allí un fin de semana largo, tres días suspendido en mitad de Anatolia Central, a unas pocas horas de autobús desde Ankara. El trayecto ya servía como introducción lenta al paisaje: kilómetros de estepa, pueblos dispersos y esa sensación tan turca de inmensidad silenciosa. Después aparecía Capadocia, como si alguien hubiese cambiado discretamente de planeta. 

Lo más perturbador eran las ciudades subterráneas. Desde fuera parecían una entrada más o menos inocente; dentro amenazaba la claustrofobia. Los guías advertían antes de bajar: quien tuviera problemas con los espacios cerrados quizá debía quedarse arriba. 

En el despacho ministerial ante el mapa de Turquía

Descendimos varios niveles bajo tierra entre túneles estrechos, habitaciones excavadas en roca y pasadizos donde apenas cabían dos personas. En algún momento dejé de pensar en arqueología y empecé a pensar simplemente en oxígeno. Alguien del grupo sufrió un fuerte ataque de ansiedad y tuvo que regresar acompañado. Aquello no parecía una visita turística, sino un ensayo colectivo sobre cómo reaccionaríamos si el mundo exterior desapareciera de repente. 

Y, sin embargo, había algo fascinante en todo aquello. Mientras Occidente construía castillos para exhibir poder, aquí se construían refugios para ocultarse del poder ajeno. Tal vez esa diferencia explique bastantes cosas sobre la historia de esta región. 

Por las noches, Capadocia recuperaba cierta calma. Té caliente, conversaciones lentas y ese silencio anatolio que parece contener siglos enteros de caravanas, conquistas y civilizaciones atravesando la misma meseta. Turquía tiene muchos lugares memorables. Pero pocos producen una sensación tan extraña como Capadocia: la impresión de que el tiempo, allí, decidió erosionarse con más lentitud que en el resto del mundo. 

Mi carnet de prensa turco

Estambul o la elegante costumbre de sentirse eterna 

Pocas ciudades viven tan instaladas en su propia leyenda. Roma presume de imperio, París de cultura y Londres de dinero; Estambul juega en otra categoría. Fue Bizancio, Constantinopla y capital otomana antes de que media Europa aprendiera siquiera a pavimentar correctamente sus calles. 
La primera impresión es física. Estambul se mueve. Ferris cruzando el Bósforo, vendedores gritando, mezquitas llamando a la oración, tráfico imposible, té circulando a todas horas y millones de personas avanzando dentro de una ciudad agotadora y fascinante. 

Los paseos por el Bósforo terminaron siendo mi forma favorita de entender la ciudad.  

Por unas liras un conocido nos llevaba a menudo a recorrer el Bósforo en una pequeña embarcación mientras señalaba palacios, fortalezas, barrios y mansiones suspendidas sobre el agua. Recuerdo un lujoso hotel, con embarcadero privado sobre el Bósforo. En Estambul incluso el lujo parece necesitar una salida inmediata hacia Asia. 

Durante aquellos días estuve leyendo La caída de Constantinopla, de Steven Runciman. Pocas lecturas podían acompañar mejor aquellas caminatas por Estambul.

Las siluetas de la Mezquita Azul y de Santa Sofía resultan difíciles de exagerar. Suele discutirse si Santa Sofía pertenece al cristianismo bizantino o al islam otomano. Estambul, pragmática, parece responder que pertenece sobre todo a la ciudad y a su capacidad para absorber civilizaciones ajenas.

El palacio de Topkapi añadía otra capa de poder y decadencia. Recorriendo patios, salones y terrazas sobre el Bósforo, entendías que el Imperio otomano no gobernó mediante ejércitos, sino también mediante ceremonial, paciencia y arquitectura. Los imperios europeos daban órdenes; los otomanos preferían impresionar lentamente.

Entrevista con el Presidente de GAP

En el Gran Bazar comprar cualquier recuerdo se convierte en un regateo de dos horas. Los comerciantes turcos poseen un talento casi artístico para detectar cuánto sabe un extranjero y cuánto está dispuesto a pagar por fingir que sabe más. Regatear allí termina convirtiéndose en una disciplina psicológica. 

Muy cerca, el Cuerno de Oro dividía la ciudad con esa elegancia geográfica que solo poseen algunas capitales históricas. Y más arriba, Taksim ofrecía la versión moderna y nerviosa de Turquía: hoteles, tráfico, cafés, discusiones políticas y esa sensación permanente de que el país entero estaba debatiéndose entre Europa, el islam político, el nacionalismo y la modernidad. 

En las librerías de Estambul convivían entonces el kemalismo clásico, la literatura otomana, los análisis sobre el islam político y autores turcos cada vez más leídos fuera del país. Ya circulaban nombres como Orhan Pamuk, todavía lejos del Nobel, junto a figuras imprescindibles como Yaşar Kemal o el poeta Nâzım Hikmet.

Y luego estaban los baños turcos. Visitamos uno de los hamames históricos más famosos, el Çemberlitaş Hamamı. Mármol, vapor, cúpulas y una belleza otomana diseñada para que incluso la higiene pareciera imperial.

Cuando comenzó el masaje me hicieron tumbar boca abajo sobre una plataforma de piedra caliente mientras un enorme turco empezó a caminar sobre mi espalda con la tranquilidad profesional de quien amasa pan desde hace años. El concepto otomano de relajación incluía experiencias cercanas a la ortopedia experimental. Salí del hammam agotado, ligeramente doblado y, al mismo tiempo, extrañamente satisfecho.

Escapamos unos días hacia las Islas Príncipe, en el mar de Mármara. Después del ruido y la intensidad de Estambul, aquellas islas parecían un acuerdo de paz temporal con la realidad. Calles tranquilas, casas antiguas y una lentitud casi sospechosa para los estándares turcos. 

El majestuoso Bósforo

El viejo puente sigue ahí 

Mirando hacia la inmensidad de Estambul entendí que Turquía no quiere elegir del todo entre Oriente y Occidente. Europa la mira con desconfianza; Asia nunca termina de reclamarla; y mientras tanto los turcos siguen construyendo su país sobre esa frontera entre mundos.

 Quizá por eso produce una melancolía tan particular. Tal vez esa sea la verdadera razón por la que Estambul permanece tanto tiempo en la memoria. Porque pocas ciudades consiguen que uno tenga la impresión simultánea de estar viendo el pasado, el presente y el futuro discutir en la misma mesa mientras alguien sirve otro té. 
 

Turquía, entre dos nostalgias

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Marcos Jacobo Suárez Sipmann
31 de mayo, 2026

Turquía produce una extraña sensación de civilización inacabada. Como si el Imperio otomano hubiese cerrado oficialmente hace un siglo, pero todavía conversara consigo mismo en los cafés, en las mezquitas, en los ferris del Bósforo y hasta en los silencios sobre Europa. Pocos países viven tan obsesionados con el pasado y tan nerviosos por el futuro. Turquía resulta tan hipnótica porque aquí Oriente y Occidente no se encuentran; negocian. 

Ankara, lejos del mar 

Llegué a Ankara en marzo de 1997. Mustafá Kemal, Atatürk, padre de los turcos, trasladó la capital aquí por la misma razón por la que algunas familias esconden el dinero lejos de la puerta principal: Estambul era demasiado bella, demasiado expuesta y demasiado imperial para construir desde allí una república moderna. La nueva Turquía necesitaba una capital menos sentimental, más estratégica. Anatolia en lugar del Bósforo. Sobriedad administrativa frente al exhibicionismo otomano.  

SUSCRÍBASE A NUESTRO NEWSLETTER

Ankara nació así: como una decisión defensiva. Y, sin embargo, terminé apreciándola mucho más de lo que esperaba. 

Turquía atravesaba una de esas crisis políticas que allí parecen formar parte del paisaje. Necmettin Erbakan encabezaba el primer gobierno islamista y los militares observaban cada gesto con la paciencia tensa de quienes aún se consideraban guardianes de la república. Turquía discutía constantemente sobre qué quería ser cuando creciera. 

.En el palacio de Topkapi en Estambul.

Entrevisté al gobernador del Banco Central, Gazi Erçel, en una Ankara donde la economía se discutía con la misma intensidad que la religión o el ejército. La sede del banco, lejos de cualquier exuberancia otomana, reflejaba la filosofía de la nueva república: tecnocracia, disciplina y la esperanza permanente de parecerse un poco más a Europa sin dejar de ser Turquía. 

Incluso en los detalles más pequeños aparecía esa personalidad. Descubrí, por ejemplo, que en Turquía casi nadie se llama Mohamed. El respeto al profeta lleva a preferir variantes como Mehmed o Mehmet.  

El islam turco posee códigos y tradiciones muy distintos del mundo árabe. Tendemos a simplificar demasiado todo lo musulmán bajo esa misma etiqueta, pero los turcos no son árabes. Su relación con el islam, con Europa y con el propio pasado imperial tiene una personalidad diferente. 
El mausoleo de Atatürk resumía perfectamente esa tensión. Más que un monumento, parecía una advertencia de piedra. Todo terminaba conduciendo allí: el nacionalismo, la laicidad, el ejército, la obsesión europea y el miedo turco a desintegrarse. A veces tenía la impresión de que el fundador de la república seguía gobernando el país desde aquella colina monumental mientras políticos, islamistas y generales negociaban alrededor de su fantasma. 

La otra colina de Ankara —la vieja ciudadela— resultaba bastante más humana. Allí descubrí algunos de los mejores restaurantes del país y también mi amor definitivo por la cocina turca. Occidente suele hablar de Turquía como si fuese únicamente un problema geopolítico con minaretes, cuando en realidad debería empezar hablando de su gastronomía. Recuerdo largas cenas de meze, cordero especiado, pan recién hecho y té negro servido con una elegancia casi diplomática. Los turcos discuten de política como mediterráneos, pero alimentan al visitante como si todavía administraran un imperio. 

El impresionante paisaje de Capadocia

Las entrevistas oficiales ayudaban a entender por qué el país vivía instalado en una tensión permanente. Un ministro nos desplegó un mapa del Egeo para explicarnos el conflicto con Grecia. Señalaba las islas cercanas a la costa turca con evidente incomodidad: demasiada proximidad para tanta desconfianza histórica. “Desde algunas casas puede incluso verse el interior de las nuestras”, vino a decirnos. Turquía parecía sentirse cercada incluso por el paisaje. 

Algo parecido descubrimos durante nuestra visita al GAP, el gigantesco proyecto hidráulico sobre el Tigris y el Éufrates. Allí ya no se hablaba solo de fronteras o identidades, sino de agua, que en Oriente Medio suele equivaler a poder. Los responsables turcos defendían aquellas presas como una cuestión de soberanía nacional; Siria e Irak las observaban con desconfianza como quien vigila discretamente el grifo que el vecino puede cerrar. 

Turquía parecía asumir su papel favorito: puente, frontera y problema. 

Ankara terminó revelándose como una capital mucho más turca que Estambul. Menos seductora, desde luego, pero también menos teatral. Una ciudad construida para gobernar un país obsesionado con sobrevivir entre continentes, nostalgias y amenazas. 

La Mezquita Azul en Estambul

Capadocia o la paciencia de la piedra 

Uno tarda varios minutos en aceptar que aquel paisaje existe. Las formas de roca parecen diseñadas por un escultor obsesionado con la fantasía, no por siglos de erosión volcánica y viento anatolio. Todo resulta ligeramente irreal: las chimeneas de piedra, los valles ondulados, las cuevas excavadas en la montaña y esa extraña sensación de encontrarse dentro de un decorado imposible. 

Impresiona no solo por la belleza del paisaje —que la tiene— sino porque allí la geología y la historia decidieron colaborar. Durante siglos, aquellas rocas blandas permitieron excavar iglesias, refugios, monasterios y ciudades enteras bajo tierra. Anatolia siempre fue territorio de invasiones, imperios y huidas, así que los habitantes de Capadocia terminaron desarrollando una idea muy razonable de la supervivencia: desaparecer. 

Pasamos allí un fin de semana largo, tres días suspendido en mitad de Anatolia Central, a unas pocas horas de autobús desde Ankara. El trayecto ya servía como introducción lenta al paisaje: kilómetros de estepa, pueblos dispersos y esa sensación tan turca de inmensidad silenciosa. Después aparecía Capadocia, como si alguien hubiese cambiado discretamente de planeta. 

Lo más perturbador eran las ciudades subterráneas. Desde fuera parecían una entrada más o menos inocente; dentro amenazaba la claustrofobia. Los guías advertían antes de bajar: quien tuviera problemas con los espacios cerrados quizá debía quedarse arriba. 

En el despacho ministerial ante el mapa de Turquía

Descendimos varios niveles bajo tierra entre túneles estrechos, habitaciones excavadas en roca y pasadizos donde apenas cabían dos personas. En algún momento dejé de pensar en arqueología y empecé a pensar simplemente en oxígeno. Alguien del grupo sufrió un fuerte ataque de ansiedad y tuvo que regresar acompañado. Aquello no parecía una visita turística, sino un ensayo colectivo sobre cómo reaccionaríamos si el mundo exterior desapareciera de repente. 

Y, sin embargo, había algo fascinante en todo aquello. Mientras Occidente construía castillos para exhibir poder, aquí se construían refugios para ocultarse del poder ajeno. Tal vez esa diferencia explique bastantes cosas sobre la historia de esta región. 

Por las noches, Capadocia recuperaba cierta calma. Té caliente, conversaciones lentas y ese silencio anatolio que parece contener siglos enteros de caravanas, conquistas y civilizaciones atravesando la misma meseta. Turquía tiene muchos lugares memorables. Pero pocos producen una sensación tan extraña como Capadocia: la impresión de que el tiempo, allí, decidió erosionarse con más lentitud que en el resto del mundo. 

Mi carnet de prensa turco

Estambul o la elegante costumbre de sentirse eterna 

Pocas ciudades viven tan instaladas en su propia leyenda. Roma presume de imperio, París de cultura y Londres de dinero; Estambul juega en otra categoría. Fue Bizancio, Constantinopla y capital otomana antes de que media Europa aprendiera siquiera a pavimentar correctamente sus calles. 
La primera impresión es física. Estambul se mueve. Ferris cruzando el Bósforo, vendedores gritando, mezquitas llamando a la oración, tráfico imposible, té circulando a todas horas y millones de personas avanzando dentro de una ciudad agotadora y fascinante. 

Los paseos por el Bósforo terminaron siendo mi forma favorita de entender la ciudad.  

Por unas liras un conocido nos llevaba a menudo a recorrer el Bósforo en una pequeña embarcación mientras señalaba palacios, fortalezas, barrios y mansiones suspendidas sobre el agua. Recuerdo un lujoso hotel, con embarcadero privado sobre el Bósforo. En Estambul incluso el lujo parece necesitar una salida inmediata hacia Asia. 

Durante aquellos días estuve leyendo La caída de Constantinopla, de Steven Runciman. Pocas lecturas podían acompañar mejor aquellas caminatas por Estambul.

Las siluetas de la Mezquita Azul y de Santa Sofía resultan difíciles de exagerar. Suele discutirse si Santa Sofía pertenece al cristianismo bizantino o al islam otomano. Estambul, pragmática, parece responder que pertenece sobre todo a la ciudad y a su capacidad para absorber civilizaciones ajenas.

El palacio de Topkapi añadía otra capa de poder y decadencia. Recorriendo patios, salones y terrazas sobre el Bósforo, entendías que el Imperio otomano no gobernó mediante ejércitos, sino también mediante ceremonial, paciencia y arquitectura. Los imperios europeos daban órdenes; los otomanos preferían impresionar lentamente.

Entrevista con el Presidente de GAP

En el Gran Bazar comprar cualquier recuerdo se convierte en un regateo de dos horas. Los comerciantes turcos poseen un talento casi artístico para detectar cuánto sabe un extranjero y cuánto está dispuesto a pagar por fingir que sabe más. Regatear allí termina convirtiéndose en una disciplina psicológica. 

Muy cerca, el Cuerno de Oro dividía la ciudad con esa elegancia geográfica que solo poseen algunas capitales históricas. Y más arriba, Taksim ofrecía la versión moderna y nerviosa de Turquía: hoteles, tráfico, cafés, discusiones políticas y esa sensación permanente de que el país entero estaba debatiéndose entre Europa, el islam político, el nacionalismo y la modernidad. 

En las librerías de Estambul convivían entonces el kemalismo clásico, la literatura otomana, los análisis sobre el islam político y autores turcos cada vez más leídos fuera del país. Ya circulaban nombres como Orhan Pamuk, todavía lejos del Nobel, junto a figuras imprescindibles como Yaşar Kemal o el poeta Nâzım Hikmet.

Y luego estaban los baños turcos. Visitamos uno de los hamames históricos más famosos, el Çemberlitaş Hamamı. Mármol, vapor, cúpulas y una belleza otomana diseñada para que incluso la higiene pareciera imperial.

Cuando comenzó el masaje me hicieron tumbar boca abajo sobre una plataforma de piedra caliente mientras un enorme turco empezó a caminar sobre mi espalda con la tranquilidad profesional de quien amasa pan desde hace años. El concepto otomano de relajación incluía experiencias cercanas a la ortopedia experimental. Salí del hammam agotado, ligeramente doblado y, al mismo tiempo, extrañamente satisfecho.

Escapamos unos días hacia las Islas Príncipe, en el mar de Mármara. Después del ruido y la intensidad de Estambul, aquellas islas parecían un acuerdo de paz temporal con la realidad. Calles tranquilas, casas antiguas y una lentitud casi sospechosa para los estándares turcos. 

El majestuoso Bósforo

El viejo puente sigue ahí 

Mirando hacia la inmensidad de Estambul entendí que Turquía no quiere elegir del todo entre Oriente y Occidente. Europa la mira con desconfianza; Asia nunca termina de reclamarla; y mientras tanto los turcos siguen construyendo su país sobre esa frontera entre mundos.

 Quizá por eso produce una melancolía tan particular. Tal vez esa sea la verdadera razón por la que Estambul permanece tanto tiempo en la memoria. Porque pocas ciudades consiguen que uno tenga la impresión simultánea de estar viendo el pasado, el presente y el futuro discutir en la misma mesa mientras alguien sirve otro té. 
 

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