Una de las entrevistas más interesantes que recuerdo es la que hice a Manfred Rommel. No era un político espectacular ni especialmente carismático. Y, sin embargo, pocas conversaciones me han dejado una impresión tan duradera. Había en él una mezcla muy alemana de sobriedad, humor seco y memoria histórica bien digerida. Al despedirme tuve la sensación de haber hablado con alguien que había vivido —y entendido— buena parte del siglo XX.
La herencia del mariscal
Su apellido imponía respeto. Su padre fue Erwin Rommel, el legendario mariscal del Afrika Korps, conocido como el “Zorro del Desierto”. Incluso sus adversarios británicos reconocían su caballerosidad en combate: evitaba ataques innecesarios contra tropas aisladas y trataba a los prisioneros con una corrección poco frecuente en la brutal contienda mundial.
En octubre de 1944, tras caer bajo sospecha de participar en la conspiración contra Adolf Hitler, recibió una visita inequívoca del régimen: suicidio con cianuro o consejo de guerra. Eligió lo primero para proteger a su familia. Abrazó a su único hijo, quien tenía quince años entonces: “en un cuarto de hora estaré muerto”. Manfred Rommel me lo relató con serenidad, casi con pudor. Aquella escena se convirtió en la brújula moral de su vida.
Estimaba que uno de los grandes errores del presente consiste en creer que las generaciones pasadas sabían todo lo que hoy nos parece evidente. Al hijo le habría gustado preguntarle muchas cosas a su padre sobre la tragedia alemana. Pero la historia —me dijo con una triste sonrisa— rara vez concede segundas oportunidades.
Stuttgart como escuela política
Décadas después, aquel adolescente marcado por la guerra se convirtió en alcalde de Stuttgart. Y no durante un mandato testimonial, sino durante 22 años, entre 1974 y 1996.
Rommel representaba una tradición política discreta: la del alcalde que gobierna ciudades reales, con problemas tangibles. Él lo resumía con una frase sencilla: la política local es el laboratorio de la democracia. Entendía algo que a menudo olvidamos: la libertad no se defiende solo en los grandes discursos nacionales, sino en la vida cotidiana de las ciudades.
No llegó como favorito. El candidato conservador de la CDU parecía poco más que un experimento. Ganó. Y volvió a triunfar varias veces más, hasta convertirse en el alcalde municipal más conocido de Alemania.
Su mandato estuvo marcado por decisiones incómodas. En 1977, durante el llamado “otoño alemán”, el terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo sacudía la República Federal con secuestros, asesinatos y atentados.
Cuando varios líderes de la organización murieron en la prisión de alta seguridad de Stammheim, surgió una discusión feroz: ¿debían ser enterrados en Stuttgart?
La mayoría de la opinión pública exigía que no.
Rommel dispuso lo contrario.
Autorizó el entierro tras escuchar a las familias y explicó su determinación con una frase que entonces provocó indignación y admiración a partes iguales:
—Con la muerte se acaban los odios.
Comprendió algo esencial: una democracia se mide también por la dignidad con la que trata a sus enemigos.
El valor de la independencia.
Siempre supo combinar firmeza y humanidad. Cuando los extremismos lograron representación municipal, señaló sin rodeos las causas sociales del descontento, en particular, la crisis de vivienda. No buscó culpables fáciles. Intentó hallar soluciones.
La reunificación alemana le pilló, como a casi todos, por sorpresa. Una generación entera quedó descolocada. Rommel lo expresaba sin rodeos: fue una ocasión histórica irrepetible, mas tuvo un precio social enorme.
Su honestidad le granjeó respeto incluso entre adversarios políticos. El canciller Helmut Schmidt llegó a insinuar públicamente que Rommel podría ser un buen candidato a canciller. Este agradeció el gesto, pero nunca mostró demasiado interés por Berlín. Stuttgart era su escala natural. Allí prefería practicar una labor menos teatral y bastante más eficiente.
Además, cultivaba una ironía poco frecuente en la política actual. Cuando escuchaba a dirigentes afirmar que “el partido debe hablar con una sola voz”, solía responder con calma:
—Normalmente quieren decir la suya.
Aquella independencia de criterio le permitió construir consensos amplios sin la rígida disciplina partidista que a menudo asfixia la vida pública.
Los hijos de antiguos enemigos .
Su visión política, no obstante, iba mucho más allá de su patria chica.
Rommel creyó con convicción en los hermanamientos entre ciudades europeas nacidos tras la II GM. Stuttgart estableció vínculos con lugares tan distintos como Estrasburgo, Lodz, Samara, Cardiff o Mumbai. Una diplomacia silenciosa, aunque sorprendentemente eficaz.
Entre sus amistades más emblemáticas, la del alcalde de Jerusalén Teddy Kollek, quien le concedió la Medalla de los Amigos de Jerusalén. Rommel entendía la relación entre Alemania e Israel con lucidez: las generaciones de posguerra no necesitaban ser perdonadas, sostenía, pero el pasado imponía una responsabilidad permanente.
Hubo, asimismo, momentos cargados de un simbolismo casi novelesco. Me habló del campo de batalla de El Alamein en Egipto, donde su padre había sido derrotado por el mariscal británico Bernard Montgomery.
En el salón de su casa me enseñó una fotografía que conservaba con evidente cariño: él estrechando la mano de David Montgomery, hijo del comandante británico, frente a la estatua de Winston Churchill en Londres.
Los hijos de dos rivales de guerra convertidos en interlocutores de paz.
Su relato me impresionó tanto que años después visité El Alamein. Recorrer aquellos cementerios en el desierto —con el Mediterráneo al fondo y el silencio pesado de la historia— ayuda a entender mejor el tipo de reconciliación que Rommel defendía: la de la memoria compartida.
Cultivó una relación cordial con EE. UU. Durante años organizó en Stuttgart encuentros llamados Meet the Mayor, en los que miles de soldados norteamericanos destinados en Alemania podían conversar con él sobre historia, política o simplemente sobre la ciudad donde vivían.
Un alcalde hablando con soldados extranjeros sobre democracia. Una escena sencilla que, en realidad, contenía toda una pedagogía política.
Memoria, moderación, reconciliación.
Cuando lo entrevisté, Manfred Rommel ya estaba retirado. Afrontaba la enfermedad de Parkinson con la misma serenidad con la que había gestionado tantas crisis públicas.
Siempre recordaré aquella conversación con respeto y gratitud: el raro privilegio de escuchar a un protagonista lúcido y profundamente humilde de la historia.
Falleció en 2013.
Su legado no se cuantifica en grandes discursos ni en reformas espectaculares. Se mide en algo más difícil de calcular: la capacidad de recordar que la política —incluso en su escala más modesta— puede servir para reconciliar.
En la historia europea, como demuestra su propia biografía, esa sigue siendo una de las tareas más difíciles y necesarias. Y una permanente lección de futuro para que el mundo pueda vivir en democracia y libertad.
Rommel después de Rommel
Una de las entrevistas más interesantes que recuerdo es la que hice a Manfred Rommel. No era un político espectacular ni especialmente carismático. Y, sin embargo, pocas conversaciones me han dejado una impresión tan duradera. Había en él una mezcla muy alemana de sobriedad, humor seco y memoria histórica bien digerida. Al despedirme tuve la sensación de haber hablado con alguien que había vivido —y entendido— buena parte del siglo XX.
La herencia del mariscal
Su apellido imponía respeto. Su padre fue Erwin Rommel, el legendario mariscal del Afrika Korps, conocido como el “Zorro del Desierto”. Incluso sus adversarios británicos reconocían su caballerosidad en combate: evitaba ataques innecesarios contra tropas aisladas y trataba a los prisioneros con una corrección poco frecuente en la brutal contienda mundial.
En octubre de 1944, tras caer bajo sospecha de participar en la conspiración contra Adolf Hitler, recibió una visita inequívoca del régimen: suicidio con cianuro o consejo de guerra. Eligió lo primero para proteger a su familia. Abrazó a su único hijo, quien tenía quince años entonces: “en un cuarto de hora estaré muerto”. Manfred Rommel me lo relató con serenidad, casi con pudor. Aquella escena se convirtió en la brújula moral de su vida.
Estimaba que uno de los grandes errores del presente consiste en creer que las generaciones pasadas sabían todo lo que hoy nos parece evidente. Al hijo le habría gustado preguntarle muchas cosas a su padre sobre la tragedia alemana. Pero la historia —me dijo con una triste sonrisa— rara vez concede segundas oportunidades.
Stuttgart como escuela política
Décadas después, aquel adolescente marcado por la guerra se convirtió en alcalde de Stuttgart. Y no durante un mandato testimonial, sino durante 22 años, entre 1974 y 1996.
Rommel representaba una tradición política discreta: la del alcalde que gobierna ciudades reales, con problemas tangibles. Él lo resumía con una frase sencilla: la política local es el laboratorio de la democracia. Entendía algo que a menudo olvidamos: la libertad no se defiende solo en los grandes discursos nacionales, sino en la vida cotidiana de las ciudades.
No llegó como favorito. El candidato conservador de la CDU parecía poco más que un experimento. Ganó. Y volvió a triunfar varias veces más, hasta convertirse en el alcalde municipal más conocido de Alemania.
Su mandato estuvo marcado por decisiones incómodas. En 1977, durante el llamado “otoño alemán”, el terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo sacudía la República Federal con secuestros, asesinatos y atentados.
Cuando varios líderes de la organización murieron en la prisión de alta seguridad de Stammheim, surgió una discusión feroz: ¿debían ser enterrados en Stuttgart?
La mayoría de la opinión pública exigía que no.
Rommel dispuso lo contrario.
Autorizó el entierro tras escuchar a las familias y explicó su determinación con una frase que entonces provocó indignación y admiración a partes iguales:
—Con la muerte se acaban los odios.
Comprendió algo esencial: una democracia se mide también por la dignidad con la que trata a sus enemigos.
El valor de la independencia.
Siempre supo combinar firmeza y humanidad. Cuando los extremismos lograron representación municipal, señaló sin rodeos las causas sociales del descontento, en particular, la crisis de vivienda. No buscó culpables fáciles. Intentó hallar soluciones.
La reunificación alemana le pilló, como a casi todos, por sorpresa. Una generación entera quedó descolocada. Rommel lo expresaba sin rodeos: fue una ocasión histórica irrepetible, mas tuvo un precio social enorme.
Su honestidad le granjeó respeto incluso entre adversarios políticos. El canciller Helmut Schmidt llegó a insinuar públicamente que Rommel podría ser un buen candidato a canciller. Este agradeció el gesto, pero nunca mostró demasiado interés por Berlín. Stuttgart era su escala natural. Allí prefería practicar una labor menos teatral y bastante más eficiente.
Además, cultivaba una ironía poco frecuente en la política actual. Cuando escuchaba a dirigentes afirmar que “el partido debe hablar con una sola voz”, solía responder con calma:
—Normalmente quieren decir la suya.
Aquella independencia de criterio le permitió construir consensos amplios sin la rígida disciplina partidista que a menudo asfixia la vida pública.
Los hijos de antiguos enemigos .
Su visión política, no obstante, iba mucho más allá de su patria chica.
Rommel creyó con convicción en los hermanamientos entre ciudades europeas nacidos tras la II GM. Stuttgart estableció vínculos con lugares tan distintos como Estrasburgo, Lodz, Samara, Cardiff o Mumbai. Una diplomacia silenciosa, aunque sorprendentemente eficaz.
Entre sus amistades más emblemáticas, la del alcalde de Jerusalén Teddy Kollek, quien le concedió la Medalla de los Amigos de Jerusalén. Rommel entendía la relación entre Alemania e Israel con lucidez: las generaciones de posguerra no necesitaban ser perdonadas, sostenía, pero el pasado imponía una responsabilidad permanente.
Hubo, asimismo, momentos cargados de un simbolismo casi novelesco. Me habló del campo de batalla de El Alamein en Egipto, donde su padre había sido derrotado por el mariscal británico Bernard Montgomery.
En el salón de su casa me enseñó una fotografía que conservaba con evidente cariño: él estrechando la mano de David Montgomery, hijo del comandante británico, frente a la estatua de Winston Churchill en Londres.
Los hijos de dos rivales de guerra convertidos en interlocutores de paz.
Su relato me impresionó tanto que años después visité El Alamein. Recorrer aquellos cementerios en el desierto —con el Mediterráneo al fondo y el silencio pesado de la historia— ayuda a entender mejor el tipo de reconciliación que Rommel defendía: la de la memoria compartida.
Cultivó una relación cordial con EE. UU. Durante años organizó en Stuttgart encuentros llamados Meet the Mayor, en los que miles de soldados norteamericanos destinados en Alemania podían conversar con él sobre historia, política o simplemente sobre la ciudad donde vivían.
Un alcalde hablando con soldados extranjeros sobre democracia. Una escena sencilla que, en realidad, contenía toda una pedagogía política.
Memoria, moderación, reconciliación.
Cuando lo entrevisté, Manfred Rommel ya estaba retirado. Afrontaba la enfermedad de Parkinson con la misma serenidad con la que había gestionado tantas crisis públicas.
Siempre recordaré aquella conversación con respeto y gratitud: el raro privilegio de escuchar a un protagonista lúcido y profundamente humilde de la historia.
Falleció en 2013.
Su legado no se cuantifica en grandes discursos ni en reformas espectaculares. Se mide en algo más difícil de calcular: la capacidad de recordar que la política —incluso en su escala más modesta— puede servir para reconciliar.
En la historia europea, como demuestra su propia biografía, esa sigue siendo una de las tareas más difíciles y necesarias. Y una permanente lección de futuro para que el mundo pueda vivir en democracia y libertad.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: