A comienzos de los noventa, el vino de Ribera del Duero todavía no había aprendido a posar para las fotografías. No existían peregrinaciones de enoturismo, ni arquitectos estrella diseñando bodegas futuristas, ni sumilleres espléndidos. Había barro, humo, inviernos castellanos y personas capaces de discutir durante horas sobre una viña y sobre el mejor cordero lechal de la comarca. En 1993 llegué allí como director de promoción del Consejo Regulador. Mi juvenil entusiasmo excedía en mucho a mi experiencia. Sí compartí la intuición de que detrás de aquellas barricas había una gran historia del vino español.
Donde el vino todavía no era espectáculo
Aquella denominación aún no era una marca global ni un fetiche gastronómico. Ribera era un territorio seco, orgulloso y algo hosco donde el prestigio no dependía del precio de una botella sino de la conversación que era capaz de sostener alrededor de una mesa.
Los bodegueros no parecían empresarios modernos. Semejaban personajes de Miguel Delibes, el gran escritor castellano, atrapados accidentalmente en una reunión de marketing. Desconfiaban de las campañas de promoción y de los periodistas. Pero conocían sus viñedos. Allí el vino era una forma de carácter.
Y en medio de todos sobresalía una figura imposible de ignorar: Alejandro Fernández.
Alejandro tenía algo hoy escaso: carisma sin necesidad de departamento de comunicación. Hablaba con esa mezcla castellana de convicción y fatalismo que parece decir: “esto es así porque sí”. Había levantado Pesquera casi a contracorriente y defendía sus vinos como quien defiende una pequeña patria.
Podía ser brillante, encantador o demoledor en la misma conversación. Creyó en Ribera del Duero antes que el resto del mundo.
Mi recuerdo más valioso: los paseos con él entre sus viñedos en los que me hablaba de su pasión por el vino. Clases magistrales sin solemnidad y uno de esos privilegios que solo reconoces plenamente con el paso de los años.
Después conocí expertos capaces de convertir cualquier botella mediocre en una “experiencia sensorial”. Alejandro no necesitaba nada de eso. Él era la experiencia.
Alejandro, Carmelo y los hombres que entendían la tierra
Antes incluso de conocerle o de hacerme amigo de Carmelo Rodero, ya existía un nombre que en Ribera se pronunciaba con reverencia: Vega Sicilia.
En aquella España todavía poco sofisticada gastronómicamente, representaba la aristocracia líquida. Muchos hablaban de ella sin haberla probado jamás, como quien presume de amistad con un marqués. Pero detrás del mito descubrías algo más serio: paciencia, silencio, obsesión por el detalle y una elegante indiferencia hacia las modas.
Vega Sicilia nos enseñó que el lujo genuino no necesita levantar la voz. Alejandro Fernández entendió muy pronto que tampoco necesitaba pedir permiso.
Muy distinta era la energía de Hacienda Monasterio y otras bodegas. Símbolos de un vino español que miraba el mundo sin complejos.
Despuntaban proyectos como Pago de Carraovejas con una mirada más técnica y contemporánea. Ribera empezaba a comprender que tradición y modernidad podían sentarse en la misma mesa sin lanzarse las copas a la cabeza.
Y luego estaba Carmelo Rodero, con quien terminé forjando una amistad sincera. Carmelo poseía esa autenticidad que no se logra en un máster de comunicación. Durante años vendió sus uvas a Vega Sicilia hasta que comprendió algo elemental: si aquellos racimos servían para elaborar algunos de los mejores vinos de España, quizá había llegado el momento de ponerles su apellido.
Ese salto resumía perfectamente lo que estaba ocurriendo en Ribera: una generación entera empezaba a entender el verdadero valor de lo que tenía entre manos. Algo parecido ocurría con familias como los Pérez Pascuas de Viña Pedrosa. Allí el vino seguía teniendo una relación directa con la tierra y cierta idea castellana de la dignidad: hablar poco, trabajar mucho y dejar que la botella hiciera el resto.
Ferias, periodistas y colesterol
Hoy el enoturismo mueve multitudes armadas con celulares, reservas online y opiniones inmediatas. Entonces no existía nada de eso. Cuando organizaba visitas de periodistas tenía que alojarlos en Burgos o Valladolid porque Ribera todavía no había descubierto que el vino también podía vender camas. El vino atraía viajeros culturales, no influencers.
Y quizá era mejor así.
Los periodistas llegaban buscando vino y terminaban descubriendo un paisaje humano: Roa, Peñafiel, carreteras interminables, bodegas medio escondidas y mesas donde aparecían queso curado, sopa de ajo y cordero lechal como si Castilla entera hubiese decidido concentrarse en un menú.
Recuerdo quince días en la feria del vino y queso de Zamora. Maravillosos para el espíritu, aunque bastante menos recomendables para mi colesterol. Allí comprendí que España puede discutir ferozmente sobre política, fútbol o literatura, pero termina reconciliándose alrededor de una tabla de queso y una botella abierta.
Organizamos catas conjuntas con la denominación de origen Jamón de Guijuelo. Diplomacia gastronómica: Ribera aportaba el vino, Guijuelo el jamón y entre ambos conseguíamos que hasta los asistentes más escépticos abrazaran la idea de la felicidad.
Viajé a ferias en Londres, Bruselas, Múnich, Burdeos, Madrid o Barcelona intentando explicar Ribera del Duero a importadores, periodistas y distribuidores.
Surgía cierta fascinación latinoamericana por aquellos vinos castellanos poco domesticados. Mexicanos, argentinos, chilenos o colombianos encontraban en Ribera una especie de viejo mundo sin maquillaje.
Y aprendí algo más: mucha gente utiliza el vino para ocultar su ignorancia. Analfabetos del paladar describiendo aromas imposibles con gestos grandilocuentes y una gravedad ridícula. La realidad es más sencilla: el mejor vino suele ser, simplemente, el que le gusta a uno. Todo lo demás es literatura. En contadas ocasiones, buena. Por lo general, no.
Castilla en una copa
Luego estaba Castilla.
Ese paisaje duro y horizontal donde las viñas en invierno parecían resistir por puro orgullo. Siempre pensé que la personalidad de Ribera provenía menos de la técnica que del clima y del carácter castellano. Sus vinos tenían algo severo, sobrio y elegante al mismo tiempo. Como educados para no presumir demasiado.
Con los años llegaron las puntuaciones, los arquitectos estrella, los inversores y cierta sofisticación inevitable. Algunas cosas mejoraron. Otras se volvieron más previsibles. El vino, como casi todo, terminó entrando en la era del espectáculo.
Pero cuando pienso en aquella época sigo recordando otra Ribera: menos perfecta, más humana. Una Ribera donde los bodegueros discutían ferozmente y después brindaban juntos. Donde todavía se confundían intuición y estrategia. Donde el prestigio dependía menos de algoritmos y más de la retentiva del paladar.
Aprendí que el vino nunca habla solo de vino. Habla de ambición, territorio, vanidad, identidad y tiempo.
Cuando hoy descorcho una botella de Ribera del Duero no pruebo únicamente fruta madura, madera noble o taninos elegantes. Escucho voces. Veo humo, carreteras castellanas y sobremesas interminables. Y en algún rincón de la memoria regresan Alejandro Fernández, Carmelo Rodero y aquella generación que todavía hablaba del vino como si hablara de sí misma.
Quizá por eso sigo creyendo que las mejores botellas no son necesariamente las más caras ni las más premiadas. Son las que contienen una época. Y pocas épocas fueron tan auténticas —imperfectas y vivas— como aquella Ribera del Duero que todavía ignoraba que estaba a punto de convertirse en leyenda.
Ribera del Duero, el sabor de Castilla
A comienzos de los noventa, el vino de Ribera del Duero todavía no había aprendido a posar para las fotografías. No existían peregrinaciones de enoturismo, ni arquitectos estrella diseñando bodegas futuristas, ni sumilleres espléndidos. Había barro, humo, inviernos castellanos y personas capaces de discutir durante horas sobre una viña y sobre el mejor cordero lechal de la comarca. En 1993 llegué allí como director de promoción del Consejo Regulador. Mi juvenil entusiasmo excedía en mucho a mi experiencia. Sí compartí la intuición de que detrás de aquellas barricas había una gran historia del vino español.
Donde el vino todavía no era espectáculo
Aquella denominación aún no era una marca global ni un fetiche gastronómico. Ribera era un territorio seco, orgulloso y algo hosco donde el prestigio no dependía del precio de una botella sino de la conversación que era capaz de sostener alrededor de una mesa.
Los bodegueros no parecían empresarios modernos. Semejaban personajes de Miguel Delibes, el gran escritor castellano, atrapados accidentalmente en una reunión de marketing. Desconfiaban de las campañas de promoción y de los periodistas. Pero conocían sus viñedos. Allí el vino era una forma de carácter.
Y en medio de todos sobresalía una figura imposible de ignorar: Alejandro Fernández.
Alejandro tenía algo hoy escaso: carisma sin necesidad de departamento de comunicación. Hablaba con esa mezcla castellana de convicción y fatalismo que parece decir: “esto es así porque sí”. Había levantado Pesquera casi a contracorriente y defendía sus vinos como quien defiende una pequeña patria.
Podía ser brillante, encantador o demoledor en la misma conversación. Creyó en Ribera del Duero antes que el resto del mundo.
Mi recuerdo más valioso: los paseos con él entre sus viñedos en los que me hablaba de su pasión por el vino. Clases magistrales sin solemnidad y uno de esos privilegios que solo reconoces plenamente con el paso de los años.
Después conocí expertos capaces de convertir cualquier botella mediocre en una “experiencia sensorial”. Alejandro no necesitaba nada de eso. Él era la experiencia.
Alejandro, Carmelo y los hombres que entendían la tierra
Antes incluso de conocerle o de hacerme amigo de Carmelo Rodero, ya existía un nombre que en Ribera se pronunciaba con reverencia: Vega Sicilia.
En aquella España todavía poco sofisticada gastronómicamente, representaba la aristocracia líquida. Muchos hablaban de ella sin haberla probado jamás, como quien presume de amistad con un marqués. Pero detrás del mito descubrías algo más serio: paciencia, silencio, obsesión por el detalle y una elegante indiferencia hacia las modas.
Vega Sicilia nos enseñó que el lujo genuino no necesita levantar la voz. Alejandro Fernández entendió muy pronto que tampoco necesitaba pedir permiso.
Muy distinta era la energía de Hacienda Monasterio y otras bodegas. Símbolos de un vino español que miraba el mundo sin complejos.
Despuntaban proyectos como Pago de Carraovejas con una mirada más técnica y contemporánea. Ribera empezaba a comprender que tradición y modernidad podían sentarse en la misma mesa sin lanzarse las copas a la cabeza.
Y luego estaba Carmelo Rodero, con quien terminé forjando una amistad sincera. Carmelo poseía esa autenticidad que no se logra en un máster de comunicación. Durante años vendió sus uvas a Vega Sicilia hasta que comprendió algo elemental: si aquellos racimos servían para elaborar algunos de los mejores vinos de España, quizá había llegado el momento de ponerles su apellido.
Ese salto resumía perfectamente lo que estaba ocurriendo en Ribera: una generación entera empezaba a entender el verdadero valor de lo que tenía entre manos. Algo parecido ocurría con familias como los Pérez Pascuas de Viña Pedrosa. Allí el vino seguía teniendo una relación directa con la tierra y cierta idea castellana de la dignidad: hablar poco, trabajar mucho y dejar que la botella hiciera el resto.
Ferias, periodistas y colesterol
Hoy el enoturismo mueve multitudes armadas con celulares, reservas online y opiniones inmediatas. Entonces no existía nada de eso. Cuando organizaba visitas de periodistas tenía que alojarlos en Burgos o Valladolid porque Ribera todavía no había descubierto que el vino también podía vender camas. El vino atraía viajeros culturales, no influencers.
Y quizá era mejor así.
Los periodistas llegaban buscando vino y terminaban descubriendo un paisaje humano: Roa, Peñafiel, carreteras interminables, bodegas medio escondidas y mesas donde aparecían queso curado, sopa de ajo y cordero lechal como si Castilla entera hubiese decidido concentrarse en un menú.
Recuerdo quince días en la feria del vino y queso de Zamora. Maravillosos para el espíritu, aunque bastante menos recomendables para mi colesterol. Allí comprendí que España puede discutir ferozmente sobre política, fútbol o literatura, pero termina reconciliándose alrededor de una tabla de queso y una botella abierta.
Organizamos catas conjuntas con la denominación de origen Jamón de Guijuelo. Diplomacia gastronómica: Ribera aportaba el vino, Guijuelo el jamón y entre ambos conseguíamos que hasta los asistentes más escépticos abrazaran la idea de la felicidad.
Viajé a ferias en Londres, Bruselas, Múnich, Burdeos, Madrid o Barcelona intentando explicar Ribera del Duero a importadores, periodistas y distribuidores.
Surgía cierta fascinación latinoamericana por aquellos vinos castellanos poco domesticados. Mexicanos, argentinos, chilenos o colombianos encontraban en Ribera una especie de viejo mundo sin maquillaje.
Y aprendí algo más: mucha gente utiliza el vino para ocultar su ignorancia. Analfabetos del paladar describiendo aromas imposibles con gestos grandilocuentes y una gravedad ridícula. La realidad es más sencilla: el mejor vino suele ser, simplemente, el que le gusta a uno. Todo lo demás es literatura. En contadas ocasiones, buena. Por lo general, no.
Castilla en una copa
Luego estaba Castilla.
Ese paisaje duro y horizontal donde las viñas en invierno parecían resistir por puro orgullo. Siempre pensé que la personalidad de Ribera provenía menos de la técnica que del clima y del carácter castellano. Sus vinos tenían algo severo, sobrio y elegante al mismo tiempo. Como educados para no presumir demasiado.
Con los años llegaron las puntuaciones, los arquitectos estrella, los inversores y cierta sofisticación inevitable. Algunas cosas mejoraron. Otras se volvieron más previsibles. El vino, como casi todo, terminó entrando en la era del espectáculo.
Pero cuando pienso en aquella época sigo recordando otra Ribera: menos perfecta, más humana. Una Ribera donde los bodegueros discutían ferozmente y después brindaban juntos. Donde todavía se confundían intuición y estrategia. Donde el prestigio dependía menos de algoritmos y más de la retentiva del paladar.
Aprendí que el vino nunca habla solo de vino. Habla de ambición, territorio, vanidad, identidad y tiempo.
Cuando hoy descorcho una botella de Ribera del Duero no pruebo únicamente fruta madura, madera noble o taninos elegantes. Escucho voces. Veo humo, carreteras castellanas y sobremesas interminables. Y en algún rincón de la memoria regresan Alejandro Fernández, Carmelo Rodero y aquella generación que todavía hablaba del vino como si hablara de sí misma.
Quizá por eso sigo creyendo que las mejores botellas no son necesariamente las más caras ni las más premiadas. Son las que contienen una época. Y pocas épocas fueron tan auténticas —imperfectas y vivas— como aquella Ribera del Duero que todavía ignoraba que estaba a punto de convertirse en leyenda.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: