Cada vez que hablo con alguien sobre las elecciones generales, digo que el candidato que se comprometa a resolver el problema del tráfico ganaría. Estoy seguro. Y vamos tarde, Manuel Colom lo advirtió hace 50 años y nos dio igual. Fíjense, hablar del tráfico en Guatemala (o tránsito, mejor dicho) significa hablar de todos los temas que interesan a la ciudadanía media en tiempos de elecciones: desarrollo, violencia, economía, corrupción y salud. Inmovilidad es subdesarrollo, tiempo perdido en las colas es pérdida para el bolsillo, desorden vial es violencia y furia en las carreteras, desatención a la infraestructura es corrupción, colapso es anarquía (con especial mención para motoristas y camioneteros) y vivir la mitad del día en el carro es un ataque flagrante a la salud mental.
En general, esta emergencia vial significa desperdicio de energía vital, ingobernabilidad y parálisis social; pero también se traduce en incumplimiento, porque ya no abarcamos todo lo que prometemos. Ya no se puede. Como daño colateral, nos hemos convertido en una sociedad de incumplidos y mentiroso: mentimos en el trabajo, mentimos en la casa, mentimos en la vida.
Es decir, en el asunto del colapso y la inmovilidad vial se concentran varias emergencias, que no solo están juntas, sino que están revueltas y se agravan entre sí. La pérdida diaria de tiempo para producir y estar con la familia desemboca en estrés y peleas tontas y peligrosas entre personas que habitualmente son muy razonables. La realización ciudadana de la indiferencia de las autoridades que nos cobran impuestos, pero no solucionan nada, resulta en ese horrible síndrome de “¿y qué otra?” que hace que los pilotos y conductores inventen sus propias reglas a costa de los derechos ajenos y la viabilidad social. Solo falta observar el universo paralelo de los motoristas, con su lógica particular y sus deseos de muerte, o el comportamiento de las mafias de los camioneteros, para quienes pelear el pasaje es mucho más importante que terminar la semana sin matar a unas cuantas personas.
Y para la mayoría no es lógico pasar un promedio de 100 horas al mes en el tráfico, perder una media de Q.1,500.00 per cápita en productividad, lidiar con un aumento anual del 9% de parque vehicular (¡16% si hablamos de motos!) mientras la infraestructura nueva no supera el 1% y la vieja se deteriora sin atención, a la vez que no aparecen políticas públicas para mitigar la emergencia generalizada. No es normal, sobre todo cuando el presupuesto del ministerio encargado de las calles y la movilidad vehicular es de 10 mil millones de quetzales al año, entre lo que se asigna y lo que “agarran” de otros lados. Y sobre todo cuando se invierte tiempo y dinero para crea una agencia autónoma especial (Dirección de Proyectos Viales Prioritarios – DIPP) solo para proceder a sabotearla antes de comenzar a trabajar por berrinches ideológicos y pugnas en torno a quién le toca quedarse con los vueltos.
¿Habrá otra emergencia nacional más importante? No lo creo. Y para abordarla se requiere claridad, pero sobre todo decisión.
El abandono del problema y de los guatemaltecos que lo sufren es un crimen grave y un fracaso político absoluto. A contrario sensu, atenderlo es abordar muchos problemas de un solo. Resolver el problema del tránsito -y la modernización general de los puertos y la infraestructura- representaría un avance exponencial en el país comparable al desarrollo del Japón de la posguerra con su milagro económico, del Singapur de Lee Kuan Yew, del Chile de los Chicago Boys o, más afínmente, de la modernización vial de Colombia en el Siglo XX. Los guatemaltecos trabajadores tendrían finalmente el país que merecen, con libertad para gobernar sus propias vidas.
¡De ese problema resuelto desembocaría una modernización integral!
En fin, resulta importante rescatar que, ante la ausencia y la negligencia del Estado, se han tenido que activar organizaciones y empresas privadas, invirtiendo sus propios recursos, para adelantar la conversación. La semana antepasada República organizó un evento bajo el eslogan de “infraestructura y movilidad vial, de la planeación a la ejecución” que reunió a alcaldes, ministros, diputados, empresarios y expertos técnicos nacionales y extranjeros para promover las acciones que el país demanda. Se desarrollaron paneles sobre la saturación de la red y sobre los costos de la inacción, promoviendo la aceleración del ritmo de trabajo con rutas inequívocas. Se espera que los frutos de este congreso se empiecen a manifestar de maneras tangibles y fehacientes, ya. La disposición de los actores privados sobra y hay confianza que la función pública atenderá el llamado, si no en este tramo final de gobierno de Bernardo Arévalo (no hay razones para creerlo), durante el próximo.
De momento, las pérdidas de vivir así siguen siendo mayores que las ganancias de vivir así. De momento, los gobernantes guatemaltecos ganan los mejores salarios de la región y las clases medias subsidian su inacción con sangre, sudor y lágrimas, en la misma medida que pierden poder adquisitivo semana a semana. De momento, los diputados cobran por pelearse en el hemiciclo y hacer tiktoks, a la vez que el Ministerio de Comunicaciones se gasta su presupuesto masivo en funcionarios y asesores, sin inversión real.
Mientras tanto usted y yo envejecemos a un ritmo acelerado, nos volvemos incumplidos, extrañamos a nuestros hijos -a quienes apenas vemos- y trabajando el doble para ganar la mitad.
Pero se ha demostrado en otros países que este tipo de problemas se pueden resolver con voluntad e imaginación. Es cierto, ser guatemalteco es un accidente, pues no elegimos nacer acá, pero representa una grandísima oportunidad de encontrar soluciones creativas a problemas colectivos.
Yo decido verlo así.
Elegir bien a los gobernantes y trabajar con responsabilidad por el futuro de nuestras familias es una ecuación infalible, pero debe ser hoy, no mañana. No hay mañana, el país está estancado y la línea de no retorno está frente a nosotros, demasiado cerca de casa.
La obra más costosa no es la que se construye con gran inversión, sino la que se posterga.
Cada vez que hablo con alguien sobre las elecciones generales, digo que el candidato que se comprometa a resolver el problema del tráfico ganaría. Estoy seguro. Y vamos tarde, Manuel Colom lo advirtió hace 50 años y nos dio igual. Fíjense, hablar del tráfico en Guatemala (o tránsito, mejor dicho) significa hablar de todos los temas que interesan a la ciudadanía media en tiempos de elecciones: desarrollo, violencia, economía, corrupción y salud. Inmovilidad es subdesarrollo, tiempo perdido en las colas es pérdida para el bolsillo, desorden vial es violencia y furia en las carreteras, desatención a la infraestructura es corrupción, colapso es anarquía (con especial mención para motoristas y camioneteros) y vivir la mitad del día en el carro es un ataque flagrante a la salud mental.
En general, esta emergencia vial significa desperdicio de energía vital, ingobernabilidad y parálisis social; pero también se traduce en incumplimiento, porque ya no abarcamos todo lo que prometemos. Ya no se puede. Como daño colateral, nos hemos convertido en una sociedad de incumplidos y mentiroso: mentimos en el trabajo, mentimos en la casa, mentimos en la vida.
Es decir, en el asunto del colapso y la inmovilidad vial se concentran varias emergencias, que no solo están juntas, sino que están revueltas y se agravan entre sí. La pérdida diaria de tiempo para producir y estar con la familia desemboca en estrés y peleas tontas y peligrosas entre personas que habitualmente son muy razonables. La realización ciudadana de la indiferencia de las autoridades que nos cobran impuestos, pero no solucionan nada, resulta en ese horrible síndrome de “¿y qué otra?” que hace que los pilotos y conductores inventen sus propias reglas a costa de los derechos ajenos y la viabilidad social. Solo falta observar el universo paralelo de los motoristas, con su lógica particular y sus deseos de muerte, o el comportamiento de las mafias de los camioneteros, para quienes pelear el pasaje es mucho más importante que terminar la semana sin matar a unas cuantas personas.
Y para la mayoría no es lógico pasar un promedio de 100 horas al mes en el tráfico, perder una media de Q.1,500.00 per cápita en productividad, lidiar con un aumento anual del 9% de parque vehicular (¡16% si hablamos de motos!) mientras la infraestructura nueva no supera el 1% y la vieja se deteriora sin atención, a la vez que no aparecen políticas públicas para mitigar la emergencia generalizada. No es normal, sobre todo cuando el presupuesto del ministerio encargado de las calles y la movilidad vehicular es de 10 mil millones de quetzales al año, entre lo que se asigna y lo que “agarran” de otros lados. Y sobre todo cuando se invierte tiempo y dinero para crea una agencia autónoma especial (Dirección de Proyectos Viales Prioritarios – DIPP) solo para proceder a sabotearla antes de comenzar a trabajar por berrinches ideológicos y pugnas en torno a quién le toca quedarse con los vueltos.
¿Habrá otra emergencia nacional más importante? No lo creo. Y para abordarla se requiere claridad, pero sobre todo decisión.
El abandono del problema y de los guatemaltecos que lo sufren es un crimen grave y un fracaso político absoluto. A contrario sensu, atenderlo es abordar muchos problemas de un solo. Resolver el problema del tránsito -y la modernización general de los puertos y la infraestructura- representaría un avance exponencial en el país comparable al desarrollo del Japón de la posguerra con su milagro económico, del Singapur de Lee Kuan Yew, del Chile de los Chicago Boys o, más afínmente, de la modernización vial de Colombia en el Siglo XX. Los guatemaltecos trabajadores tendrían finalmente el país que merecen, con libertad para gobernar sus propias vidas.
¡De ese problema resuelto desembocaría una modernización integral!
En fin, resulta importante rescatar que, ante la ausencia y la negligencia del Estado, se han tenido que activar organizaciones y empresas privadas, invirtiendo sus propios recursos, para adelantar la conversación. La semana antepasada República organizó un evento bajo el eslogan de “infraestructura y movilidad vial, de la planeación a la ejecución” que reunió a alcaldes, ministros, diputados, empresarios y expertos técnicos nacionales y extranjeros para promover las acciones que el país demanda. Se desarrollaron paneles sobre la saturación de la red y sobre los costos de la inacción, promoviendo la aceleración del ritmo de trabajo con rutas inequívocas. Se espera que los frutos de este congreso se empiecen a manifestar de maneras tangibles y fehacientes, ya. La disposición de los actores privados sobra y hay confianza que la función pública atenderá el llamado, si no en este tramo final de gobierno de Bernardo Arévalo (no hay razones para creerlo), durante el próximo.
De momento, las pérdidas de vivir así siguen siendo mayores que las ganancias de vivir así. De momento, los gobernantes guatemaltecos ganan los mejores salarios de la región y las clases medias subsidian su inacción con sangre, sudor y lágrimas, en la misma medida que pierden poder adquisitivo semana a semana. De momento, los diputados cobran por pelearse en el hemiciclo y hacer tiktoks, a la vez que el Ministerio de Comunicaciones se gasta su presupuesto masivo en funcionarios y asesores, sin inversión real.
Mientras tanto usted y yo envejecemos a un ritmo acelerado, nos volvemos incumplidos, extrañamos a nuestros hijos -a quienes apenas vemos- y trabajando el doble para ganar la mitad.
Pero se ha demostrado en otros países que este tipo de problemas se pueden resolver con voluntad e imaginación. Es cierto, ser guatemalteco es un accidente, pues no elegimos nacer acá, pero representa una grandísima oportunidad de encontrar soluciones creativas a problemas colectivos.
Yo decido verlo así.
Elegir bien a los gobernantes y trabajar con responsabilidad por el futuro de nuestras familias es una ecuación infalible, pero debe ser hoy, no mañana. No hay mañana, el país está estancado y la línea de no retorno está frente a nosotros, demasiado cerca de casa.
La obra más costosa no es la que se construye con gran inversión, sino la que se posterga.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: