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Por qué la verdad importa

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Gonzalo Chamorro |
27 de mayo, 2026

El filósofo británico Bernard Williams dijo que “En la medida en que perdemos el sentido del valor de la verdad, seguramente perderemos algo y puede que lo perdamos todo.”[1]  Y creo que no le faltaba razón. A lo largo de la historia, la idea de verdad ha sido uno de los pilares sobre los que se ha construido la civilización: ha orientado la filosofía, inspirado la ciencia, dado forma a las instituciones y permitido la convivencia entre las personas. Pero, más allá de su dimensión intelectual o política, la verdad también ocupa un lugar esencial en la vida humana, pues de ella depende nuestra comprensión de quiénes somos, de lo que creemos y del sentido que atribuimos a nuestras acciones. Cuando la verdad se relativiza o se desprecia, no solo se debilita el conocimiento, sino también la confianza, la responsabilidad y la posibilidad misma de una sociedad libre.

En la Antigüedad Clásica, por ejemplo, la verdad ocupó un lugar central en la reflexión filosófica. Para Platón, la verdad no consistía únicamente en poseer un conocimiento correcto, sino que constituía la condición indispensable para vivir de manera justa y ordenada. El error y la ignorancia, por el contrario, desfiguran el alma humana y terminan por corromper también la vida de la ciudad, pues una sociedad apartada de la verdad difícilmente puede alcanzar la justicia.[2]

Aristóteles, por su parte, ofreció una definición más vinculada a la relación entre pensamiento y realidad. Según él, la verdad consiste en “decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es”.[3] En otras palabras, la verdad se produce cuando el juicio, el pensamiento o el lenguaje corresponden efectivamente con la realidad de las cosas. Así, mientras Platón subrayó la dimensión ética y política de la verdad, Aristóteles enfatizó su dimensión lógica y real.

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En la Edad Media, época en la que la teología impregnó profundamente el pensamiento filosófico, Agustín de Hipona concibió la verdad como una realidad interior y trascendente. Para él, la verdad no reside primordialmente en las cosas externas, sino en lo más íntimo del ser humano, donde el alma puede elevarse hacia Dios, Verdad suprema e inmutable. De ahí su célebre afirmación: “No salgas fuera de ti; entra en ti mismo, porque en el hombre interior habita la verdad”.[4] Así, la verdad se convierte en una luz que ilumina la inteligencia humana y orienta al hombre hacia el bien y hacia Dios.

Para Tomás de Aquino, la verdad consistía en la adecuación entre el entendimiento y la realidad (adaequatio intellectus et rei). Algo es verdadero cuando el intelecto conoce las cosas tal como son. Sin embargo, Tomás también sostiene que toda verdad creada participa de la verdad divina, porque Dios es la fuente y fundamento último de toda verdad.[5]

No menos importante fue el desarrollo del concepto de verdad durante la Edad Moderna, período en el que la filosofía desplazó progresivamente su atención hacia el problema del conocimiento y de la certeza. En esta etapa, la pregunta fundamental ya no fue únicamente qué es la verdad, sino también cómo puede el ser humano alcanzarla con seguridad.

René Descartes inauguró esta nueva orientación filosófica al sostener que la verdad es aquello que se presenta al entendimiento de manera clara y distinta. Para él, la certeza absoluta constituye el criterio fundamental de verdad, y solo puede alcanzarse mediante el ejercicio riguroso de la razón y la aplicación de la duda metódica,[6] que consiste en someter a examen todas las creencias hasta encontrar una base indudable para el conocimiento.

Por su parte, John Locke defendió una postura empirista, según la cual la verdad surge de la correspondencia entre las ideas y la realidad conocida por medio de la experiencia. El entendimiento humano no posee ideas innatas; todo conocimiento proviene de la percepción sensible y de la reflexión sobre aquello que experimentamos.[7]  Así, la experiencia se convierte en el fundamento principal de la verdad.

David Hume adoptó una posición más escéptica. Según él, la verdad no puede apoyarse en certezas absolutas, sino únicamente en hábitos mentales formados a partir de la repetición de ciertas prácticas. Hume distinguió entre las relaciones de ideas, propias de las matemáticas y la lógica, y las cuestiones de hecho,[8] que dependen de la experiencia y nunca ofrecen una certeza total sobre la realidad.

Immanuel Kant intentó superar tanto el racionalismo como el empirismo. Sostuvo que la verdad depende de la conformidad del conocimiento con las estructuras universales del entendimiento humano. El sujeto no conoce las cosas en sí mismas, sino únicamente los fenómenos tal como aparecen organizados por las categorías de la razón y las formas de la sensibilidad.[9] De este modo, el conocimiento humano es posible gracias a la interacción entre la práctica y las estructuras racionales del sujeto.

Finalmente, Friedrich Nietzsche transformó radicalmente la manera de concebir la verdad. Criticó la idea de una verdad objetiva, universal e inmutable, y afirmó que las verdades son construcciones humanas elaboradas históricamente para hacer posible la vida y la convivencia social. Según Nietzsche, las verdades no son más que metáforas o interpretaciones que, con el paso del tiempo, olvidamos que son tales y terminamos aceptando como absolutas. [10]

En la Edad Contemporánea, el concepto de verdad adquirió una gran diversidad de interpretaciones. La filosofía dejó de comprender la verdad únicamente como la correspondencia entre el pensamiento y la realidad, y comenzó a estudiarla desde perspectivas existenciales, lingüísticas, sociales y culturales. La pregunta ya no fue solamente qué es verdadero, sino también cómo se construye la verdad y qué papel desempeña en la vida societaria.

Martin Heidegger, por ejemplo, recuperó el sentido griego de la verdad como aletheia, término que significa desocultamiento o hacer evidente algo. Para él, la verdad no consiste simplemente en que una afirmación coincida con la realidad, sino en el proceso mediante el cual las cosas se manifiestan y se hacen presentes ante el ser humano.[11]

Por su parte, Ludwig Wittgenstein, en su segunda etapa filosófica, sostuvo que la verdad depende del uso del lenguaje dentro de determinados juegos de lenguaje. El significado de las palabras y la verdad de las afirmaciones nacen de las prácticas concretas de la vida cotidiana y de la forma en que las personas utilizan el lenguaje en distintos contextos.[12]

Edmund Husserl relacionó la verdad con la experiencia directa de la conciencia. Según su fenomenología, la verdad aparece cuando la mente logra captar de manera intuitiva la esencia de las cosas, dejando de lado prejuicios, interpretaciones previas y supuestos externos.[13] Michel Foucault, en cambio, analizó la relación entre verdad y poder. Sostuvo que cada sociedad crea regímenes de verdad, es decir, sistemas de pensamiento e instituciones que determinan qué discursos son aceptados como verdaderos y cuáles no. Así, la verdad no puede separarse completamente de las relaciones de poder presentes en la sociedad.[14]

Jürgen Habermas defendió una concepción comunicativa de la verdad. Para él, una afirmación puede considerarse verdadera cuando puede justificarse racionalmente mediante el diálogo libre y el consenso entre los participantes. La verdad, por tanto, se vincula con la comunicación y el entendimiento racional entre las personas. [15]

Finalmente, Jean-François Lyotard, representante del pensamiento posmoderno, cuestionó los grandes sistemas filosóficos que pretendían explicar la realidad de manera absoluta y universal. Según él, en el mundo contemporáneo la verdad ya no aparece como única y universal, sino fragmentada en variadas perspectivas, alocuciones e interpretaciones.[16]

A la luz de este recorrido histórico, resulta evidente que la verdad importa porque constituye uno de los fundamentos esenciales de la vida humana y de la convivencia social. Aunque cada época y cada filósofo la hayan entendido de manera distinta —como correspondencia con la realidad, iluminación interior, certeza racional, experiencia, consenso o incluso construcción histórica—, todos coinciden en reconocer que la relación del ser humano con la verdad determina la forma en que comprende el mundo y se comprende a sí mismo. La verdad no es únicamente un problema abstracto de la filosofía; es una necesidad práctica que orienta nuestras decisiones, nuestras instituciones y nuestras relaciones con los demás.

La búsqueda de la verdad también es inseparable de la libertad. Una sociedad incapaz de distinguir entre lo verdadero y lo falso se vuelve vulnerable a la manipulación, al fanatismo y al abuso del poder. Cuando la verdad pierde valor, el diálogo racional se debilita y la confianza entre las personas comienza a desaparecer. Sin un compromiso mínimo con la verdad, la justicia se vuelve arbitraria, la política se transforma en propaganda y el conocimiento deja de ser un camino hacia la comprensión para convertirse únicamente en instrumento de interés o conveniencia.

Sin embargo, la historia de la filosofía también muestra que la verdad nunca ha sido una realidad simple ni completamente acabada. Desde Platón hasta Lyotard, los pensadores han discutido sus límites, sus fundamentos y sus posibilidades. Precisamente por ello, la verdad sigue siendo una tarea permanente: una búsqueda crítica, humilde y racional que exige apertura al diálogo, disposición para corregir errores y voluntad de confrontar la realidad incluso cuando resulta incómoda. La importancia de la verdad no radica únicamente en poseerla plenamente, sino en reconocer que sin ella la vida humana pierde orientación y la sociedad corre el riesgo de fragmentarse en opiniones incapaces de encontrarse entre sí.

Por eso Bernard Williams tenía razón al advertir que, al perder el sentido del valor de la verdad, “puede que lo perdamos todo”. Allí donde la verdad es despreciada, también se debilitan la confianza, la responsabilidad, la justicia y la libertad. Defender la verdad no significa afirmar una certeza absoluta sobre todas las cosas, sino reconocer que la honestidad intelectual y la búsqueda sincera de lo verdadero siguen siendo condiciones indispensables para el ser humano y para la posibilidad misma de una vida en común.

 

[1] Bernard Williams, Truth and Truthfulness: An Essay in Genealogy (Princeton: Princeton University Press, 2002), 11.

[2] Platón, República, trad. Conrado Eggers Lan (Madrid: Gredos, 1988), 514a–517a.

[3] Aristóteles, Metafísica, trad. W. D. Ross (Oxford: Clarendon Press, 1924), IV, 1011b25.

[4] Agustín de Hipona, La verdadera religión, en Obras de San Agustín (Madrid: BAC, 1948), 39.72, p. 173.

[5] Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 16, a. 1 (Madrid: BAC, 1957), 232.

[6] René Descartes, Meditaciones metafísicas, trad. Vidal Peña (Madrid: Alfaguara, 1977), 35.

[7] John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano (México: Fondo de Cultura Económica, 1956), 521.

[8] David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano (Madrid: Alianza Editorial, 1984), 47.

[9] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, trad. Pedro Ribas (Madrid: Alfaguara, 2002), 82.

[10] Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (Madrid: Tecnos, 1990), 25.

[11] Martin Heidegger, Ser y tiempo, trad. Jorge Eduardo Rivera (Madrid: Trotta, 2003), 219.

[12] Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, trad. Alfonso García Suárez y Ulises Moulines (Barcelona: Crítica, 1988), 43.

[13] Edmund Husserl, Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica (México: Fondo de Cultura Económica, 1949), 58.

[14] Michel Foucault, Microfísica del poder (Madrid: La Piqueta, 1979), 187.

[15]Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, vol. 1 (Madrid: Taurus, 1987), 42.

[16] Jean-François Lyotard, La condición posmoderna (Madrid: Cátedra, 1987), 10.

Por qué la verdad importa

Gonzalo Chamorro |
27 de mayo, 2026
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El filósofo británico Bernard Williams dijo que “En la medida en que perdemos el sentido del valor de la verdad, seguramente perderemos algo y puede que lo perdamos todo.”[1]  Y creo que no le faltaba razón. A lo largo de la historia, la idea de verdad ha sido uno de los pilares sobre los que se ha construido la civilización: ha orientado la filosofía, inspirado la ciencia, dado forma a las instituciones y permitido la convivencia entre las personas. Pero, más allá de su dimensión intelectual o política, la verdad también ocupa un lugar esencial en la vida humana, pues de ella depende nuestra comprensión de quiénes somos, de lo que creemos y del sentido que atribuimos a nuestras acciones. Cuando la verdad se relativiza o se desprecia, no solo se debilita el conocimiento, sino también la confianza, la responsabilidad y la posibilidad misma de una sociedad libre.

En la Antigüedad Clásica, por ejemplo, la verdad ocupó un lugar central en la reflexión filosófica. Para Platón, la verdad no consistía únicamente en poseer un conocimiento correcto, sino que constituía la condición indispensable para vivir de manera justa y ordenada. El error y la ignorancia, por el contrario, desfiguran el alma humana y terminan por corromper también la vida de la ciudad, pues una sociedad apartada de la verdad difícilmente puede alcanzar la justicia.[2]

Aristóteles, por su parte, ofreció una definición más vinculada a la relación entre pensamiento y realidad. Según él, la verdad consiste en “decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es”.[3] En otras palabras, la verdad se produce cuando el juicio, el pensamiento o el lenguaje corresponden efectivamente con la realidad de las cosas. Así, mientras Platón subrayó la dimensión ética y política de la verdad, Aristóteles enfatizó su dimensión lógica y real.

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En la Edad Media, época en la que la teología impregnó profundamente el pensamiento filosófico, Agustín de Hipona concibió la verdad como una realidad interior y trascendente. Para él, la verdad no reside primordialmente en las cosas externas, sino en lo más íntimo del ser humano, donde el alma puede elevarse hacia Dios, Verdad suprema e inmutable. De ahí su célebre afirmación: “No salgas fuera de ti; entra en ti mismo, porque en el hombre interior habita la verdad”.[4] Así, la verdad se convierte en una luz que ilumina la inteligencia humana y orienta al hombre hacia el bien y hacia Dios.

Para Tomás de Aquino, la verdad consistía en la adecuación entre el entendimiento y la realidad (adaequatio intellectus et rei). Algo es verdadero cuando el intelecto conoce las cosas tal como son. Sin embargo, Tomás también sostiene que toda verdad creada participa de la verdad divina, porque Dios es la fuente y fundamento último de toda verdad.[5]

No menos importante fue el desarrollo del concepto de verdad durante la Edad Moderna, período en el que la filosofía desplazó progresivamente su atención hacia el problema del conocimiento y de la certeza. En esta etapa, la pregunta fundamental ya no fue únicamente qué es la verdad, sino también cómo puede el ser humano alcanzarla con seguridad.

René Descartes inauguró esta nueva orientación filosófica al sostener que la verdad es aquello que se presenta al entendimiento de manera clara y distinta. Para él, la certeza absoluta constituye el criterio fundamental de verdad, y solo puede alcanzarse mediante el ejercicio riguroso de la razón y la aplicación de la duda metódica,[6] que consiste en someter a examen todas las creencias hasta encontrar una base indudable para el conocimiento.

Por su parte, John Locke defendió una postura empirista, según la cual la verdad surge de la correspondencia entre las ideas y la realidad conocida por medio de la experiencia. El entendimiento humano no posee ideas innatas; todo conocimiento proviene de la percepción sensible y de la reflexión sobre aquello que experimentamos.[7]  Así, la experiencia se convierte en el fundamento principal de la verdad.

David Hume adoptó una posición más escéptica. Según él, la verdad no puede apoyarse en certezas absolutas, sino únicamente en hábitos mentales formados a partir de la repetición de ciertas prácticas. Hume distinguió entre las relaciones de ideas, propias de las matemáticas y la lógica, y las cuestiones de hecho,[8] que dependen de la experiencia y nunca ofrecen una certeza total sobre la realidad.

Immanuel Kant intentó superar tanto el racionalismo como el empirismo. Sostuvo que la verdad depende de la conformidad del conocimiento con las estructuras universales del entendimiento humano. El sujeto no conoce las cosas en sí mismas, sino únicamente los fenómenos tal como aparecen organizados por las categorías de la razón y las formas de la sensibilidad.[9] De este modo, el conocimiento humano es posible gracias a la interacción entre la práctica y las estructuras racionales del sujeto.

Finalmente, Friedrich Nietzsche transformó radicalmente la manera de concebir la verdad. Criticó la idea de una verdad objetiva, universal e inmutable, y afirmó que las verdades son construcciones humanas elaboradas históricamente para hacer posible la vida y la convivencia social. Según Nietzsche, las verdades no son más que metáforas o interpretaciones que, con el paso del tiempo, olvidamos que son tales y terminamos aceptando como absolutas. [10]

En la Edad Contemporánea, el concepto de verdad adquirió una gran diversidad de interpretaciones. La filosofía dejó de comprender la verdad únicamente como la correspondencia entre el pensamiento y la realidad, y comenzó a estudiarla desde perspectivas existenciales, lingüísticas, sociales y culturales. La pregunta ya no fue solamente qué es verdadero, sino también cómo se construye la verdad y qué papel desempeña en la vida societaria.

Martin Heidegger, por ejemplo, recuperó el sentido griego de la verdad como aletheia, término que significa desocultamiento o hacer evidente algo. Para él, la verdad no consiste simplemente en que una afirmación coincida con la realidad, sino en el proceso mediante el cual las cosas se manifiestan y se hacen presentes ante el ser humano.[11]

Por su parte, Ludwig Wittgenstein, en su segunda etapa filosófica, sostuvo que la verdad depende del uso del lenguaje dentro de determinados juegos de lenguaje. El significado de las palabras y la verdad de las afirmaciones nacen de las prácticas concretas de la vida cotidiana y de la forma en que las personas utilizan el lenguaje en distintos contextos.[12]

Edmund Husserl relacionó la verdad con la experiencia directa de la conciencia. Según su fenomenología, la verdad aparece cuando la mente logra captar de manera intuitiva la esencia de las cosas, dejando de lado prejuicios, interpretaciones previas y supuestos externos.[13] Michel Foucault, en cambio, analizó la relación entre verdad y poder. Sostuvo que cada sociedad crea regímenes de verdad, es decir, sistemas de pensamiento e instituciones que determinan qué discursos son aceptados como verdaderos y cuáles no. Así, la verdad no puede separarse completamente de las relaciones de poder presentes en la sociedad.[14]

Jürgen Habermas defendió una concepción comunicativa de la verdad. Para él, una afirmación puede considerarse verdadera cuando puede justificarse racionalmente mediante el diálogo libre y el consenso entre los participantes. La verdad, por tanto, se vincula con la comunicación y el entendimiento racional entre las personas. [15]

Finalmente, Jean-François Lyotard, representante del pensamiento posmoderno, cuestionó los grandes sistemas filosóficos que pretendían explicar la realidad de manera absoluta y universal. Según él, en el mundo contemporáneo la verdad ya no aparece como única y universal, sino fragmentada en variadas perspectivas, alocuciones e interpretaciones.[16]

A la luz de este recorrido histórico, resulta evidente que la verdad importa porque constituye uno de los fundamentos esenciales de la vida humana y de la convivencia social. Aunque cada época y cada filósofo la hayan entendido de manera distinta —como correspondencia con la realidad, iluminación interior, certeza racional, experiencia, consenso o incluso construcción histórica—, todos coinciden en reconocer que la relación del ser humano con la verdad determina la forma en que comprende el mundo y se comprende a sí mismo. La verdad no es únicamente un problema abstracto de la filosofía; es una necesidad práctica que orienta nuestras decisiones, nuestras instituciones y nuestras relaciones con los demás.

La búsqueda de la verdad también es inseparable de la libertad. Una sociedad incapaz de distinguir entre lo verdadero y lo falso se vuelve vulnerable a la manipulación, al fanatismo y al abuso del poder. Cuando la verdad pierde valor, el diálogo racional se debilita y la confianza entre las personas comienza a desaparecer. Sin un compromiso mínimo con la verdad, la justicia se vuelve arbitraria, la política se transforma en propaganda y el conocimiento deja de ser un camino hacia la comprensión para convertirse únicamente en instrumento de interés o conveniencia.

Sin embargo, la historia de la filosofía también muestra que la verdad nunca ha sido una realidad simple ni completamente acabada. Desde Platón hasta Lyotard, los pensadores han discutido sus límites, sus fundamentos y sus posibilidades. Precisamente por ello, la verdad sigue siendo una tarea permanente: una búsqueda crítica, humilde y racional que exige apertura al diálogo, disposición para corregir errores y voluntad de confrontar la realidad incluso cuando resulta incómoda. La importancia de la verdad no radica únicamente en poseerla plenamente, sino en reconocer que sin ella la vida humana pierde orientación y la sociedad corre el riesgo de fragmentarse en opiniones incapaces de encontrarse entre sí.

Por eso Bernard Williams tenía razón al advertir que, al perder el sentido del valor de la verdad, “puede que lo perdamos todo”. Allí donde la verdad es despreciada, también se debilitan la confianza, la responsabilidad, la justicia y la libertad. Defender la verdad no significa afirmar una certeza absoluta sobre todas las cosas, sino reconocer que la honestidad intelectual y la búsqueda sincera de lo verdadero siguen siendo condiciones indispensables para el ser humano y para la posibilidad misma de una vida en común.

 

[1] Bernard Williams, Truth and Truthfulness: An Essay in Genealogy (Princeton: Princeton University Press, 2002), 11.

[2] Platón, República, trad. Conrado Eggers Lan (Madrid: Gredos, 1988), 514a–517a.

[3] Aristóteles, Metafísica, trad. W. D. Ross (Oxford: Clarendon Press, 1924), IV, 1011b25.

[4] Agustín de Hipona, La verdadera religión, en Obras de San Agustín (Madrid: BAC, 1948), 39.72, p. 173.

[5] Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, q. 16, a. 1 (Madrid: BAC, 1957), 232.

[6] René Descartes, Meditaciones metafísicas, trad. Vidal Peña (Madrid: Alfaguara, 1977), 35.

[7] John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano (México: Fondo de Cultura Económica, 1956), 521.

[8] David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano (Madrid: Alianza Editorial, 1984), 47.

[9] Immanuel Kant, Crítica de la razón pura, trad. Pedro Ribas (Madrid: Alfaguara, 2002), 82.

[10] Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral (Madrid: Tecnos, 1990), 25.

[11] Martin Heidegger, Ser y tiempo, trad. Jorge Eduardo Rivera (Madrid: Trotta, 2003), 219.

[12] Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, trad. Alfonso García Suárez y Ulises Moulines (Barcelona: Crítica, 1988), 43.

[13] Edmund Husserl, Ideas relativas a una fenomenología pura y una filosofía fenomenológica (México: Fondo de Cultura Económica, 1949), 58.

[14] Michel Foucault, Microfísica del poder (Madrid: La Piqueta, 1979), 187.

[15]Jürgen Habermas, Teoría de la acción comunicativa, vol. 1 (Madrid: Taurus, 1987), 42.

[16] Jean-François Lyotard, La condición posmoderna (Madrid: Cátedra, 1987), 10.

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