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Ni caudillo ni partido: República.

.
Dr. Ramiro Bolaños |
04 de mayo, 2026

Alisa Zinóvievna Rosenbaum tenía doce años cuando la revolución bolchevique llegó a Petrogrado. Vio cómo el Estado confiscaba su casa de habitación y el negocio de su padre, un farmacéutico que había construido su vida con trabajo propio. No hubo indemnización, no hubo proceso, no hubo apelación posible. La Constitución soviética de 1918 lo había dejado escrito con precisión quirúrgica en su artículo tercero: "queda anulada la propiedad individual sobre la tierra; y todas las propiedades rústicas son declaradas del dominio público." Y su artículo setenta y nueve autorizaba al Estado a satisfacer sus necesidades "sin detenerse ante la violación de los derechos de propiedad privada." Años después, ya en Estados Unidos y convertida en Ayn Rand, novelista y filósofa, describiría al marxismo como el sistema de quien quiso sacrificar "a los capacitados, a los inteligentes, a los exitosos" en nombre de una utopía que nunca cuajó. Lo que le ocurrió a su familia no fue un accidente de la revolución ni un exceso de sus ejecutores. Estaba escrito desde el principio, en el artículo tercero, firmado y publicado.

Hay una pregunta que me carcome el alma: ¿cómo es posible? Después de cien años de evidencia acumulada, después de los gulags de Stalin, del Holodomor ucraniano, del Khmer Rouge en Camboya, de Cuba, de Venezuela, de Corea del Norte, después de la caída del Muro de Berlín en 1990 que pareció zanjar definitivamente el debate, ¿cómo es que el comunismo vuelve a ponerse de moda? No como nostalgia melancólica sino como propuesta seria, académica, política. El filósofo polaco Leszek Kołakowski lo advirtió antes de morir, en 2005: "Puede ser que vuelva a la vida." Tenía razón. Y aquí estoy, escribiendo esta columna, porque creo que la indignación también puede ser un argumento.

Soy anticomunista porque he leído los documentos. La Constitución soviética de 1918 no deja lugar a interpretaciones románticas. Su artículo noveno establece como objetivo constitucional explícito "el establecimiento de la dictadura del proletariado." Lenin fue igualmente preciso en El Estado y la Revolución (1917): el objetivo es sustituir una "fuerza especial de represión" —la de la burguesía sobre el proletariado— por otra fuerza especial de represión en sentido contrario. Lo llamó dictadura. No gobierno del pueblo, no soberanía popular, no democracia obrera. Dictadura. Karl Marx lo había anticipado en el Manifiesto Comunista (1848) con una claridad que sus admiradores modernos prefieren ignorar: "los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: la abolición de la propiedad privada." Y el Che Guevara, ídolo de camisetas y afiches universitarios, completó el cuadro en su Mensaje a la Tricontinental de 1967: "El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar." Esto no es una caricatura del comunismo. Es el comunismo describiendo su propio método, con sus propias palabras.

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Karl Popper demostró que el marxismo no es ciencia sino fe: sus predicciones nunca pueden ser falsadas porque siempre se reinterpretan para sobrevivir a la evidencia. Bertrand Russell, que se consideraba socialista y pacifista, fue más directo aún: "Siempre he estado en desacuerdo con Marx... Lo que me parece particularmente desastroso es su abandono de la democracia." Y Aristóteles, veinte siglos antes que Marx, había advertido algo que el materialismo dialéctico nunca pudo refutar: "Lo que es común al mayor número tiene el menor cuidado. Cada uno piensa principalmente en su propio interés, y apenas en el interés común." La propiedad común no produce igualdad. Produce abandono.

Pero hoy el comunismo no llega con uniformes militares ni manifiestos incendiarios. Llega con el lenguaje de la justicia social, del progresismo, de los derechos. En España, el partido de izquierda progresista Más Madrid declaró recientemente en la Asamblea regional que "nadie debería tener derecho a tener 10 viviendas, ni 10 ni 3: A quien tenga 10 propiedades hay que freírlos a impuestos y expropiárselas." Nótese la palabra: derecho. No hablan de política fiscal ni de regulación del mercado. Hablan de lo que usted merece tener, es decir, de lo que el Estado puede quitarle. Es el artículo tercero de la Constitución soviética de 1918 en el lenguaje del siglo XXI.

En Estados Unidos, el fenómeno tiene nombre, apellido y genealogía. Mahmood Mamdani, académico ugandés-estadounidense de la Universidad de Columbia, ha pasado décadas construyendo la arquitectura intelectual de un marxismo poscolonial que describe al Estado-nación liberal como la raíz de toda violencia estructural. Su influencia sobre una generación universitaria es enorme. Su hijo, Zohran Mamdani, ha convertido esas ideas en plataforma política: alcalde de Nueva York, socialista abierto, propone control de rentas, expansión masiva del Estado y un programa que suena a justicia pero huele a concentración. El comunismo académico del padre engendra al comunismo político del hijo. No surge de la nada. Tiene raíces, tiene cátedra, tiene votos.

En Colombia, Gustavo Petro habla de "capitalismo democrático" mientras debilita sistemáticamente las instituciones que deberían contenerlo. En México, el partido Morena ha construido pacientemente, con programas clientelares sin transparencia y con dádivas que compran voluntades, una arquitectura de poder que recuerda inquietantemente a los setenta años del PRI: un partido que no gobierna para el pueblo, sino que compra al pueblo para gobernar indefinidamente, debilitando en el camino las instituciones autónomas —el INE, la Suprema Corte— que deberían servir de contrapeso. El patrón es siempre el mismo: alguien que sabe, alguien que decide, alguien que concentra, alguien que se autoreparte.

Para entender por qué esto termina siempre en tiranía, hay que regresar a Polibio y a Cicerón, quienes antes del año cero ya habían diagnosticado el problema con una precisión que dos mil años de historia no han podido desmentir. Todo sistema de gobierno tiene una forma virtuosa y un defecto que la corrompe. La monarquía, el gobierno de uno solo, degenera en tiranía cuando pierde su freno. La aristocracia, el gobierno de los mejores, degenera en oligarquía cuando los mejores se convierten en los más ricos que gobiernan para sí mismos. Y la democracia, el gobierno del pueblo, degenera en anarquía cuando las pasiones colectivas disuelven el orden y la ley. El remedio que propusieron fue la constitución mixta de la República: un sistema donde el poder del gobernante, el poder de la élite y el poder del pueblo se equilibren y se limiten mutuamente. No por ingenuidad filosófica, sino porque la experiencia de Roma les había enseñado que ningún poder sin contrapeso resiste la tentación de abusar. La Inglaterra que precedió a la democracia moderna lo encarnó con su monarquía parlamentaria: un rey, una Cámara de los Comunes y una Cámara de los Lores. Tres fuerzas distintas obligadas a negociar. Era un sistema donde nadie lo podía todo.

El comunismo destruye ese equilibrio desde su raíz. Al eliminar la propiedad privada, elimina la base económica sobre la que puede sostenerse una élite independiente del Estado. Al concentrar todo el poder en el partido, elimina la representación genuina del pueblo. Y al suprimir los contrapesos institucionales, deja al gobernante sin freno. El resultado lo predijo Polibio hace dos mil años: cuando el pueblo queda solo, sin defensa, sin propiedad, sin instituciones que lo protejan de sí mismo y de sus gobernantes, su defecto natural —la anarquía— lo empuja a entregarle todo el poder a un hombre fuerte que promete orden y justicia. Así nacen Chávez, Maduro, Ortega, Castro. Y en su versión moderna, tecnológica y con aprobación popular, Bukele. No son anomalías del sistema. Son su destino lógico cuando los contrapesos desaparecen.

El desencanto democrático que hoy alimenta el regreso del comunismo nace precisamente de esto: de democracias que preguntan quién gobierna, pero no cómo se ejerce el poder, de elecciones que legitiman el origen del gobernante, pero no limitan su acción, de instituciones que existen en el papel, pero han sido vaciadas de autoridad real. Cicerón lo dijo con una precisión que no ha envejecido: "Somos esclavos de las leyes para poder ser libres." La libertad no viene de un líder que nos libera. Viene de instituciones que nos protegen de los líderes. Y la República, en su sentido más profundo, no es solo un sistema para elegir gobernantes. Es un sistema para construir la verdad entre todos, porque parte de la premisa más honesta y difícil: que nadie sabe suficiente para planificar el futuro de millones de personas, que el conocimiento está disperso en millones de decisiones individuales, y que la única forma de aprovecharlo es garantizar la libertad de cada uno para tomarlo. Un líder mediocre en un sistema con buenos contrapesos hace poco daño. Un líder brillante sin contrapesos es una catástrofe. La historia del comunismo no lo desmiente. Lo confirma sin excepción.

Por eso soy anticomunista. No por nostalgia de ningún orden antiguo ni por defensa de privilegio alguno. Sino porque he leído a Marx, a Lenin y al Che. Porque he leído la Constitución soviética de 1918. Porque he leído a Polibio y a Cicerón. Y porque creo que la verdad no la tiene nadie: se construye entre todos, en libertad, con propiedad, con ley y con los contrapesos que impidan que alguien se la apropie.

Ni caudillo ni partido. República.

Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción Factoría Libertatis

 

Referencias

Fuentes primarias históricas

Constitución de la República Socialista Federativa de los Consejos de Rusia (1918). Adoptada en sesión del V Congreso de los Consejos de Rusia, 10 de julio de 1918. Artículos 3a, 9 y 79. Publicada en Izviestia del Comité Central Ejecutivo de Rusia, núm. 151, 19 de julio de 1918. Edición en español reproducida en Quintiliano Saldaña (ed.), apéndice, págs. 96-116.

Lenin, Vladimir Ilich. El Estado y la Revolución (1917). Capítulo I: "La sociedad de clases y el Estado." Pág. 40: sobre la "fuerza especial de represión" y la dictadura del proletariado.

Marx, Karl y Engels, Friedrich. Manifiesto Comunista (1848). Sección II: "Proletarios y comunistas." Cita: "los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: la abolición de la propiedad privada." Edición de referencia: Marx, Karl. Manifiesto Comunista. El aleph, 2000.

Guevara, Ernesto "Che." Mensaje a la Tricontinental (1967). Publicado originalmente en la revista Tricontinental, La Habana, 1967. Cita sobre el odio como factor de lucha.

Fuentes filosóficas y científicas

Aristóteles. Política, Libro II, Capítulo 3, 1261b (c. 350 a.C.). Sobre el descuido de lo común.

Cicerón, Marco Tulio. Pro Cluentio (c. 66 a.C.). Cita: "Somos esclavos de las leyes para poder ser libres."

Kołakowski, Leszek. My Correct Views on Everything. St. Augustine's Press, 2005, pág. vii. Advertencia sobre el posible retorno del comunismo.

Polibio. Historias, Libro VI (c. 150 a.C.). Teoría de la anacyclosis: ciclo de degeneración de las formas de gobierno y defensa de la constitución mixta.

Popper, Karl. Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge. 2002, pág. 49. Sobre la irrefutabilidad del marxismo.

Rand, Ayn. For the New Intellectual. New York: Signet - Penguin Books, 1961. Sobre Marx como "impráctico idealista" y el sacrificio de los capacitados.

Russell, Bertrand. Why I am Not a Communist (1956), pág. 211. Sobre el abandono de la democracia por parte del marxismo.

Fuentes contemporáneas

García, Mónica y Manuela Bergerot (Más Madrid). Declaración en debate sobre el derecho a la vivienda, Asamblea de Madrid, 23 de abril de 2026. Cita: "Nadie debería tener 10 casas, ni 10 ni tres. No existe el derecho a tener 10 casas. Existe el derecho a tener una, no 10. Y a quien las tenga hay que freírlo a impuestos y expropiárselas" Fuente: El Mundo, 2026. https://www.elmundo.es/madrid/2026/04/23/69e9dafae9cf4a1f548b4590.html [Consultado el 24 de abril de 2026]

Mamdani, Mahmood. Neither Settler nor Native: The Making and Unmaking of Permanent Minorities. Harvard University Press, 2020. Referencia sobre el Estado-nación liberal como raíz de la violencia estructural.

Mamdani, Zohran. Candidatura a la alcaldía de Nueva York, 2025. Plataforma socialista: control de rentas, expansión del Estado y universalización de servicios públicos.

Petro, Gustavo. Entrevista en El País, 9 de septiembre de 2021. Cita sobre "capitalismo democrático" como envoltura retórica de agendas de concentración estatal.

Fuente biográfica

Datos biográficos de Ayn Rand (Alisa Zinóvievna Rosenbaum, 1905-1982): nacida en San Petersburgo (Petrogrado), estudió Historia y Pedagogía Social en la Universidad Estatal de Petrogrado. Emigró a Estados Unidos en 1926. Referencia en: Bolaños, Ramiro. "Desde la deriva racionalista de Hegel hasta la incongruencia en la vida de Marx." Ensayo, 12 de septiembre de 2021, pág. 15.

 

Ni caudillo ni partido: República.

Dr. Ramiro Bolaños |
04 de mayo, 2026
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Alisa Zinóvievna Rosenbaum tenía doce años cuando la revolución bolchevique llegó a Petrogrado. Vio cómo el Estado confiscaba su casa de habitación y el negocio de su padre, un farmacéutico que había construido su vida con trabajo propio. No hubo indemnización, no hubo proceso, no hubo apelación posible. La Constitución soviética de 1918 lo había dejado escrito con precisión quirúrgica en su artículo tercero: "queda anulada la propiedad individual sobre la tierra; y todas las propiedades rústicas son declaradas del dominio público." Y su artículo setenta y nueve autorizaba al Estado a satisfacer sus necesidades "sin detenerse ante la violación de los derechos de propiedad privada." Años después, ya en Estados Unidos y convertida en Ayn Rand, novelista y filósofa, describiría al marxismo como el sistema de quien quiso sacrificar "a los capacitados, a los inteligentes, a los exitosos" en nombre de una utopía que nunca cuajó. Lo que le ocurrió a su familia no fue un accidente de la revolución ni un exceso de sus ejecutores. Estaba escrito desde el principio, en el artículo tercero, firmado y publicado.

Hay una pregunta que me carcome el alma: ¿cómo es posible? Después de cien años de evidencia acumulada, después de los gulags de Stalin, del Holodomor ucraniano, del Khmer Rouge en Camboya, de Cuba, de Venezuela, de Corea del Norte, después de la caída del Muro de Berlín en 1990 que pareció zanjar definitivamente el debate, ¿cómo es que el comunismo vuelve a ponerse de moda? No como nostalgia melancólica sino como propuesta seria, académica, política. El filósofo polaco Leszek Kołakowski lo advirtió antes de morir, en 2005: "Puede ser que vuelva a la vida." Tenía razón. Y aquí estoy, escribiendo esta columna, porque creo que la indignación también puede ser un argumento.

Soy anticomunista porque he leído los documentos. La Constitución soviética de 1918 no deja lugar a interpretaciones románticas. Su artículo noveno establece como objetivo constitucional explícito "el establecimiento de la dictadura del proletariado." Lenin fue igualmente preciso en El Estado y la Revolución (1917): el objetivo es sustituir una "fuerza especial de represión" —la de la burguesía sobre el proletariado— por otra fuerza especial de represión en sentido contrario. Lo llamó dictadura. No gobierno del pueblo, no soberanía popular, no democracia obrera. Dictadura. Karl Marx lo había anticipado en el Manifiesto Comunista (1848) con una claridad que sus admiradores modernos prefieren ignorar: "los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: la abolición de la propiedad privada." Y el Che Guevara, ídolo de camisetas y afiches universitarios, completó el cuadro en su Mensaje a la Tricontinental de 1967: "El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar." Esto no es una caricatura del comunismo. Es el comunismo describiendo su propio método, con sus propias palabras.

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Karl Popper demostró que el marxismo no es ciencia sino fe: sus predicciones nunca pueden ser falsadas porque siempre se reinterpretan para sobrevivir a la evidencia. Bertrand Russell, que se consideraba socialista y pacifista, fue más directo aún: "Siempre he estado en desacuerdo con Marx... Lo que me parece particularmente desastroso es su abandono de la democracia." Y Aristóteles, veinte siglos antes que Marx, había advertido algo que el materialismo dialéctico nunca pudo refutar: "Lo que es común al mayor número tiene el menor cuidado. Cada uno piensa principalmente en su propio interés, y apenas en el interés común." La propiedad común no produce igualdad. Produce abandono.

Pero hoy el comunismo no llega con uniformes militares ni manifiestos incendiarios. Llega con el lenguaje de la justicia social, del progresismo, de los derechos. En España, el partido de izquierda progresista Más Madrid declaró recientemente en la Asamblea regional que "nadie debería tener derecho a tener 10 viviendas, ni 10 ni 3: A quien tenga 10 propiedades hay que freírlos a impuestos y expropiárselas." Nótese la palabra: derecho. No hablan de política fiscal ni de regulación del mercado. Hablan de lo que usted merece tener, es decir, de lo que el Estado puede quitarle. Es el artículo tercero de la Constitución soviética de 1918 en el lenguaje del siglo XXI.

En Estados Unidos, el fenómeno tiene nombre, apellido y genealogía. Mahmood Mamdani, académico ugandés-estadounidense de la Universidad de Columbia, ha pasado décadas construyendo la arquitectura intelectual de un marxismo poscolonial que describe al Estado-nación liberal como la raíz de toda violencia estructural. Su influencia sobre una generación universitaria es enorme. Su hijo, Zohran Mamdani, ha convertido esas ideas en plataforma política: alcalde de Nueva York, socialista abierto, propone control de rentas, expansión masiva del Estado y un programa que suena a justicia pero huele a concentración. El comunismo académico del padre engendra al comunismo político del hijo. No surge de la nada. Tiene raíces, tiene cátedra, tiene votos.

En Colombia, Gustavo Petro habla de "capitalismo democrático" mientras debilita sistemáticamente las instituciones que deberían contenerlo. En México, el partido Morena ha construido pacientemente, con programas clientelares sin transparencia y con dádivas que compran voluntades, una arquitectura de poder que recuerda inquietantemente a los setenta años del PRI: un partido que no gobierna para el pueblo, sino que compra al pueblo para gobernar indefinidamente, debilitando en el camino las instituciones autónomas —el INE, la Suprema Corte— que deberían servir de contrapeso. El patrón es siempre el mismo: alguien que sabe, alguien que decide, alguien que concentra, alguien que se autoreparte.

Para entender por qué esto termina siempre en tiranía, hay que regresar a Polibio y a Cicerón, quienes antes del año cero ya habían diagnosticado el problema con una precisión que dos mil años de historia no han podido desmentir. Todo sistema de gobierno tiene una forma virtuosa y un defecto que la corrompe. La monarquía, el gobierno de uno solo, degenera en tiranía cuando pierde su freno. La aristocracia, el gobierno de los mejores, degenera en oligarquía cuando los mejores se convierten en los más ricos que gobiernan para sí mismos. Y la democracia, el gobierno del pueblo, degenera en anarquía cuando las pasiones colectivas disuelven el orden y la ley. El remedio que propusieron fue la constitución mixta de la República: un sistema donde el poder del gobernante, el poder de la élite y el poder del pueblo se equilibren y se limiten mutuamente. No por ingenuidad filosófica, sino porque la experiencia de Roma les había enseñado que ningún poder sin contrapeso resiste la tentación de abusar. La Inglaterra que precedió a la democracia moderna lo encarnó con su monarquía parlamentaria: un rey, una Cámara de los Comunes y una Cámara de los Lores. Tres fuerzas distintas obligadas a negociar. Era un sistema donde nadie lo podía todo.

El comunismo destruye ese equilibrio desde su raíz. Al eliminar la propiedad privada, elimina la base económica sobre la que puede sostenerse una élite independiente del Estado. Al concentrar todo el poder en el partido, elimina la representación genuina del pueblo. Y al suprimir los contrapesos institucionales, deja al gobernante sin freno. El resultado lo predijo Polibio hace dos mil años: cuando el pueblo queda solo, sin defensa, sin propiedad, sin instituciones que lo protejan de sí mismo y de sus gobernantes, su defecto natural —la anarquía— lo empuja a entregarle todo el poder a un hombre fuerte que promete orden y justicia. Así nacen Chávez, Maduro, Ortega, Castro. Y en su versión moderna, tecnológica y con aprobación popular, Bukele. No son anomalías del sistema. Son su destino lógico cuando los contrapesos desaparecen.

El desencanto democrático que hoy alimenta el regreso del comunismo nace precisamente de esto: de democracias que preguntan quién gobierna, pero no cómo se ejerce el poder, de elecciones que legitiman el origen del gobernante, pero no limitan su acción, de instituciones que existen en el papel, pero han sido vaciadas de autoridad real. Cicerón lo dijo con una precisión que no ha envejecido: "Somos esclavos de las leyes para poder ser libres." La libertad no viene de un líder que nos libera. Viene de instituciones que nos protegen de los líderes. Y la República, en su sentido más profundo, no es solo un sistema para elegir gobernantes. Es un sistema para construir la verdad entre todos, porque parte de la premisa más honesta y difícil: que nadie sabe suficiente para planificar el futuro de millones de personas, que el conocimiento está disperso en millones de decisiones individuales, y que la única forma de aprovecharlo es garantizar la libertad de cada uno para tomarlo. Un líder mediocre en un sistema con buenos contrapesos hace poco daño. Un líder brillante sin contrapesos es una catástrofe. La historia del comunismo no lo desmiente. Lo confirma sin excepción.

Por eso soy anticomunista. No por nostalgia de ningún orden antiguo ni por defensa de privilegio alguno. Sino porque he leído a Marx, a Lenin y al Che. Porque he leído la Constitución soviética de 1918. Porque he leído a Polibio y a Cicerón. Y porque creo que la verdad no la tiene nadie: se construye entre todos, en libertad, con propiedad, con ley y con los contrapesos que impidan que alguien se la apropie.

Ni caudillo ni partido. República.

Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción Factoría Libertatis

 

Referencias

Fuentes primarias históricas

Constitución de la República Socialista Federativa de los Consejos de Rusia (1918). Adoptada en sesión del V Congreso de los Consejos de Rusia, 10 de julio de 1918. Artículos 3a, 9 y 79. Publicada en Izviestia del Comité Central Ejecutivo de Rusia, núm. 151, 19 de julio de 1918. Edición en español reproducida en Quintiliano Saldaña (ed.), apéndice, págs. 96-116.

Lenin, Vladimir Ilich. El Estado y la Revolución (1917). Capítulo I: "La sociedad de clases y el Estado." Pág. 40: sobre la "fuerza especial de represión" y la dictadura del proletariado.

Marx, Karl y Engels, Friedrich. Manifiesto Comunista (1848). Sección II: "Proletarios y comunistas." Cita: "los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: la abolición de la propiedad privada." Edición de referencia: Marx, Karl. Manifiesto Comunista. El aleph, 2000.

Guevara, Ernesto "Che." Mensaje a la Tricontinental (1967). Publicado originalmente en la revista Tricontinental, La Habana, 1967. Cita sobre el odio como factor de lucha.

Fuentes filosóficas y científicas

Aristóteles. Política, Libro II, Capítulo 3, 1261b (c. 350 a.C.). Sobre el descuido de lo común.

Cicerón, Marco Tulio. Pro Cluentio (c. 66 a.C.). Cita: "Somos esclavos de las leyes para poder ser libres."

Kołakowski, Leszek. My Correct Views on Everything. St. Augustine's Press, 2005, pág. vii. Advertencia sobre el posible retorno del comunismo.

Polibio. Historias, Libro VI (c. 150 a.C.). Teoría de la anacyclosis: ciclo de degeneración de las formas de gobierno y defensa de la constitución mixta.

Popper, Karl. Conjectures and Refutations: The Growth of Scientific Knowledge. 2002, pág. 49. Sobre la irrefutabilidad del marxismo.

Rand, Ayn. For the New Intellectual. New York: Signet - Penguin Books, 1961. Sobre Marx como "impráctico idealista" y el sacrificio de los capacitados.

Russell, Bertrand. Why I am Not a Communist (1956), pág. 211. Sobre el abandono de la democracia por parte del marxismo.

Fuentes contemporáneas

García, Mónica y Manuela Bergerot (Más Madrid). Declaración en debate sobre el derecho a la vivienda, Asamblea de Madrid, 23 de abril de 2026. Cita: "Nadie debería tener 10 casas, ni 10 ni tres. No existe el derecho a tener 10 casas. Existe el derecho a tener una, no 10. Y a quien las tenga hay que freírlo a impuestos y expropiárselas" Fuente: El Mundo, 2026. https://www.elmundo.es/madrid/2026/04/23/69e9dafae9cf4a1f548b4590.html [Consultado el 24 de abril de 2026]

Mamdani, Mahmood. Neither Settler nor Native: The Making and Unmaking of Permanent Minorities. Harvard University Press, 2020. Referencia sobre el Estado-nación liberal como raíz de la violencia estructural.

Mamdani, Zohran. Candidatura a la alcaldía de Nueva York, 2025. Plataforma socialista: control de rentas, expansión del Estado y universalización de servicios públicos.

Petro, Gustavo. Entrevista en El País, 9 de septiembre de 2021. Cita sobre "capitalismo democrático" como envoltura retórica de agendas de concentración estatal.

Fuente biográfica

Datos biográficos de Ayn Rand (Alisa Zinóvievna Rosenbaum, 1905-1982): nacida en San Petersburgo (Petrogrado), estudió Historia y Pedagogía Social en la Universidad Estatal de Petrogrado. Emigró a Estados Unidos en 1926. Referencia en: Bolaños, Ramiro. "Desde la deriva racionalista de Hegel hasta la incongruencia en la vida de Marx." Ensayo, 12 de septiembre de 2021, pág. 15.

 

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