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México, del 86 al 2026: 40 años del experimento político de FIFA

.
Rafael P. Palomo |
10 de junio, 2026

Cuando el balón ruede en el Estadio Azteca (Banorte) mañana, el Mundial no solo estará regresando a México. También estará regresando a uno de los escenarios donde se escribió una parte fundamental de la política moderna de la FIFA. México es, indudablemente, la sede de dos de los mundiales más icónicos de la historia; pero también es el emblema de un sistema que, hoy, es una de las instituciones que más sirven a la proyección de poder internacional.

La historia oficial suele recordar a México por los goles de Pelé en el 70, la “Mano de Dios” de Maradona, el gol del siglo o la final entre Argentina y Alemania Occidental en el 86. Pero detrás de esos recuerdos existe otra historia, menos conocida y mucho más influyente: la de cómo México se convirtió durante décadas en uno de los grandes centros de poder dentro de la FIFA de João Havelange y, posteriormente, de Sepp Blatter.

Por eso el Mundial de 2026 tiene una carga simbólica particular. La fiesta mundialista no solo marca el regreso de la Copa del Mundo a Norteamérica. También devuelve el torneo a la región donde se libraron algunas de las batallas políticas más importantes por el control de sus sedes.

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De vuelta a los 70

En octubre de 1964, México derrotó a Argentina en la votación de la FIFA para albergar el Mundial de 1970. La decisión convirtió al país en el primero fuera de Europa y Sudamérica en organizar una Copa del Mundo. Para el régimen del PRI, entonces en pleno auge del llamado “milagro mexicano”, la oportunidad era inmejorable. El Mundial y los Juegos Olímpicos de 1968 formarían parte de una misma narrativa para presentar a México como una potencia emergente, moderna y capaz de competir con las grandes naciones industrializadas.

Desde entonces, el fútbol ya no era solo fútbol. Era política exterior, legitimidad interna y construcción de imagen nacional. Además, México ofrecía algo que la FIFA comenzaba a valorar cada vez más: la televisión.

A raíz de México 70, nació el mundial como lo conocemos hoy y, sobre todo, el negocio del fútbol. Un negocio que, a día de hoy, sobrevive gracias a los derechos televisivos. Los grandes salarios de los futbolistas y los grandes presupuestos de los clubes se mantienen gracias a este modelo

La Copa de 1970 coincidió con la expansión de las transmisiones internacionales y con la llegada de la televisión a color. Antes de México, las transmisiones del mundial se transmitían por todo el mundo en diferido. Un avión llevaba a los distintos países las cintas de los partidos para poder ser transmitidas al día siguiente. Para aquellos que quisieran enterarse del resultado en directo, la única opción viable era la radio. El Mundial dejó de ser únicamente un torneo deportivo para convertirse en un producto global. Y pocos entendieron ese cambio tan rápido como Emilio Azcárraga Milmo, “El Tigre”, propietario de Televisa.

A raíz de México 70, nació el mundial como lo conocemos hoy y, sobre todo, el negocio del fútbol. Un negocio que, a día de hoy, sobrevive gracias a los derechos televisivos. Los grandes salarios de los futbolistas y los grandes presupuestos de los clubes se mantienen gracias a este modelo —a pesar de las revoluciones en el mundo futbolístico que han supuesto el Real Madrid de Florentino Pérez y el nacimiento de los “clubes Estado”. La fórmula es simple: un solo proveedor vende a todo el mundo los derechos de retransmisión del evento deportivo más sintonizado del planeta. 

Durante los años siguientes, la relación entre la dirigencia mexicana y la FIFA se profundizó. La figura clave fue Guillermo Cañedo, ejecutivo de Televisa y dirigente futbolístico mexicano, quien se convirtió en uno de los aliados más cercanos del brasileño João Havelange tras su llegada a la presidencia de la FIFA en 1974. Aquella alianza tendría consecuencias decisivas.

El “mejor mundial de la historia”

Originalmente, el Mundial de 1986 debía disputarse en Colombia. Sin embargo, la crisis económica latinoamericana de comienzos de los ochenta y los crecientes requisitos exigidos por la FIFA terminaron por hacer inviable el proyecto. También influyó la ampliación del torneo. Colombia, que había ganado la candidatura en 1974, tuvo que renunciar a ser la sede tras la decisión de FIFA de ampliar el torneo de 16 a 24 equipos. 

Colombia había aceptado organizar un Mundial más pequeño. Cuando FIFA amplió el formato, las exigencias de estadios, hoteles, transporte, telecomunicaciones y presupuesto se volvieron mucho más pesadas. En 1982, el presidente Belisario Betancur concluyó que el país no podía asumir ese costo bajo las condiciones exigidas, con una frase palmaria que quedó escrita en la historia: “Tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios”.

La decisión abrió una carrera inesperada. EE. UU. vio la oportunidad de llevar por primera vez el Mundial a su territorio. Canadá también mostró interés. Sobre el papel, la candidatura estadounidense era formidable. Contaba ya con estadios gigantescos, infraestructura moderna, capacidad hotelera y el respaldo de figuras de enorme peso político. Entre quienes participaron en los esfuerzos para impulsar la candidatura figuraban Henry Kissinger, Pelé y Franz Beckenbauer.

Al terminar el proceso, el propio Kissinger terminó afirmando que “la política del fútbol me hace añorar la política de Oriente Medio”.

Sin embargo, la batalla nunca se desarrolló en igualdad de condiciones. Para entonces, México ya tenía algo mucho más valioso que estadios: tenía influencia. Havelange mantenía una estrecha relación con Guillermo Cañedo y con los círculos de poder de Televisa. La preferencia por México existía prácticamente desde el momento en que Colombia abandonó la sede. Mientras la candidatura estadounidense intentaba convencer a los miembros del Comité Ejecutivo, México ya contaba con aliados dentro de la propia estructura de la FIFA. Al terminar el proceso, el propio Kissinger terminó afirmando que “la política del fútbol me hace añorar la política de Oriente Medio”.

En mayo de 1983, la organización anunció que México albergaría el Mundial de 1986. La decisión sigue siendo una de las más controvertidas de la historia moderna de la FIFA. Los defensores de la candidatura mexicana argumentaban que el país ya poseía la experiencia, los estadios y la capacidad organizativa necesarias para montar el torneo en tiempo récord. Sus críticos, por otra parte, sostenían que la influencia de Havelange, Cañedo y Televisa había sido determinante para cerrar el camino a EE. UU. y Canadá. Probablemente ambas cosas sean ciertas.

Lo cierto es que México terminó organizando un torneo extraordinario. Ni siquiera el devastador terremoto que golpeó Ciudad de México en septiembre de 1985 logró impedir su realización. Menos de un año después, el país recibía a millones de espectadores frente a los televisores y producía lo que muchos consideran el mejor Mundial de todos los tiempos.

Una historia inconclusa

La derrota de 1986 convenció a EE. UU. de que necesitaba una estrategia de largo plazo. Cinco años después, en 1988, la FIFA eligió al país como sede del Mundial de 1994. Aquella decisión respondió a una lógica distinta. Ya no se trataba de premiar relaciones personales dentro de la organización, sino que se trataba de conquistar el mercado más grande del planeta.

EE. UU. ofrecía estadios gigantescos, patrocinadores globales, audiencias televisivas masivas y la posibilidad de transformar el fútbol en un negocio mucho mayor. El Mundial de 1994 rompería récords de asistencia y serviría como plataforma para el nacimiento de la Major League Soccer. Fue, además, la Copa del Mundo con las entradas a los estadios más caras hasta ese momento —patrón que se repite ahora en 2026—.

La FIFA había cambiado y el modelo de negocio inaugurado en México 70 comenzaba a pesar más que las viejas alianzas. Tres décadas después, el Mundial regresa nuevamente a Norteamérica. Esta vez lo hace bajo una fórmula inédita: una candidatura conjunta entre Canadá, Estados Unidos y México que derrotó a Marruecos en la votación de 2018.

De vuelta al laboratorio, 40 años después

La sede de 2026 fue elegida el 13 de junio de 2018 durante el 68.º Congreso de FIFA en Moscú. La candidatura conjunta de EE. UU., México y Canadá derrotó a Marruecos por 134 votos contra 65, con un voto por “ninguna candidatura”.  Será el primer Mundial con 48 selecciones y el primero organizado por tres países. Con ello, México se convertirá en el primer país en organizar tres mundiales masculinos: 1970, 1986 y 2026.  

La adjudicación 2026 fue importante porque ocurrió después de los escándalos de corrupción de FIFA relacionados con las sedes anteriores —Sudáfrica y, sobre todo, Rusia y Qatar—. Por eso, FIFA intentó presentar un proceso más transparente: publicó bid books, reportes de evaluación, criterios técnicos y una votación abierta de las federaciones.

La evaluación de FIFA incluyó tres componentes: cumplimiento de requisitos, evaluación general de riesgos y evaluación técnica. La evaluación técnica ponderó criterios de infraestructura e ingresos, lo cual favorecía claramente a Norteamérica por sus estadios, aeropuertos, hoteles, mercado comercial y capacidad televisiva. La candidatura “United 2026” ofrecía tres cosas casi imposibles de igualar: infraestructura ya construida, mayor certeza comercial y una narrativa política conveniente.

Marruecos tenía una candidatura atractiva desde el punto de vista simbólico, pero requería mucha más construcción e inversión. Norteamérica ofrecía menos riesgo operativo y más ingresos potenciales.

A pesar de los más de ocho años de preparación, el México de Morena no se ha sabido preparar para tal magno evento, con el aeropuerto de CDMX cayéndose, las líneas del tren con los estadios fuera de funcionamiento y muchas localidades sede que no están listas para recibir al mundo como lo hicieron en el 70 y el 86.

Sin embargo, no todo es color de rosas. El Mundial 2026 se jugará del 11 de junio al 19 de julio y el partido inaugural será en el Estadio Azteca, mientras que la final será en el MetLife Stadium de Nueva York/Nueva Jersey. Así, se conecta el pasado del mundo del fútbol con el nuevo rumbo: el de un país con poca cultura futbolística que celebra su segunda ocasión como sede del evento.

Si bien, la FIFA de Gianni Infantino se presenta como una organización más transparente, más corporativa y más profesionalizada que la de Havelange o Blatter, el Mundial de 2026 vuelve exactamente a la región donde la organización aprendió algunas de sus lecciones más importantes sobre el poder, la televisión y el clientelismo dentro del mundo del fútbol: Vuelve al continente donde la Copa del Mundo se convirtió en un producto global.

Vuelve al continente donde los Estados descubrieron que el fútbol podía utilizarse como herramienta de prestigio internacional. Y vuelve, sobre todo, a México: un país que no solo organizó dos de los mundiales más memorables de la historia, sino que durante décadas ocupó un lugar privilegiado en los pasillos donde realmente se decidía el destino del fútbol mundial. 

Mañana iniciará una fiesta más y México volverá a ser el hito de un nuevo capítulo en los mundiales de fútbol: los mundiales de 48 selecciones y tres países sedes. A pesar de los más de ocho años de preparación, el México de Morena no se ha sabido preparar para tal magno evento, con el aeropuerto de CDMX cayéndose, las líneas del tren con los estadios fuera de funcionamiento y muchas localidades sede que no están listas para recibir al mundo como lo hicieron en el 70 y el 86. No obstante, el destino del mundial lo pondrán los goles y no la sede.

México, del 86 al 2026: 40 años del experimento político de FIFA

Rafael P. Palomo |
10 de junio, 2026
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Cuando el balón ruede en el Estadio Azteca (Banorte) mañana, el Mundial no solo estará regresando a México. También estará regresando a uno de los escenarios donde se escribió una parte fundamental de la política moderna de la FIFA. México es, indudablemente, la sede de dos de los mundiales más icónicos de la historia; pero también es el emblema de un sistema que, hoy, es una de las instituciones que más sirven a la proyección de poder internacional.

La historia oficial suele recordar a México por los goles de Pelé en el 70, la “Mano de Dios” de Maradona, el gol del siglo o la final entre Argentina y Alemania Occidental en el 86. Pero detrás de esos recuerdos existe otra historia, menos conocida y mucho más influyente: la de cómo México se convirtió durante décadas en uno de los grandes centros de poder dentro de la FIFA de João Havelange y, posteriormente, de Sepp Blatter.

Por eso el Mundial de 2026 tiene una carga simbólica particular. La fiesta mundialista no solo marca el regreso de la Copa del Mundo a Norteamérica. También devuelve el torneo a la región donde se libraron algunas de las batallas políticas más importantes por el control de sus sedes.

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De vuelta a los 70

En octubre de 1964, México derrotó a Argentina en la votación de la FIFA para albergar el Mundial de 1970. La decisión convirtió al país en el primero fuera de Europa y Sudamérica en organizar una Copa del Mundo. Para el régimen del PRI, entonces en pleno auge del llamado “milagro mexicano”, la oportunidad era inmejorable. El Mundial y los Juegos Olímpicos de 1968 formarían parte de una misma narrativa para presentar a México como una potencia emergente, moderna y capaz de competir con las grandes naciones industrializadas.

Desde entonces, el fútbol ya no era solo fútbol. Era política exterior, legitimidad interna y construcción de imagen nacional. Además, México ofrecía algo que la FIFA comenzaba a valorar cada vez más: la televisión.

A raíz de México 70, nació el mundial como lo conocemos hoy y, sobre todo, el negocio del fútbol. Un negocio que, a día de hoy, sobrevive gracias a los derechos televisivos. Los grandes salarios de los futbolistas y los grandes presupuestos de los clubes se mantienen gracias a este modelo

La Copa de 1970 coincidió con la expansión de las transmisiones internacionales y con la llegada de la televisión a color. Antes de México, las transmisiones del mundial se transmitían por todo el mundo en diferido. Un avión llevaba a los distintos países las cintas de los partidos para poder ser transmitidas al día siguiente. Para aquellos que quisieran enterarse del resultado en directo, la única opción viable era la radio. El Mundial dejó de ser únicamente un torneo deportivo para convertirse en un producto global. Y pocos entendieron ese cambio tan rápido como Emilio Azcárraga Milmo, “El Tigre”, propietario de Televisa.

A raíz de México 70, nació el mundial como lo conocemos hoy y, sobre todo, el negocio del fútbol. Un negocio que, a día de hoy, sobrevive gracias a los derechos televisivos. Los grandes salarios de los futbolistas y los grandes presupuestos de los clubes se mantienen gracias a este modelo —a pesar de las revoluciones en el mundo futbolístico que han supuesto el Real Madrid de Florentino Pérez y el nacimiento de los “clubes Estado”. La fórmula es simple: un solo proveedor vende a todo el mundo los derechos de retransmisión del evento deportivo más sintonizado del planeta. 

Durante los años siguientes, la relación entre la dirigencia mexicana y la FIFA se profundizó. La figura clave fue Guillermo Cañedo, ejecutivo de Televisa y dirigente futbolístico mexicano, quien se convirtió en uno de los aliados más cercanos del brasileño João Havelange tras su llegada a la presidencia de la FIFA en 1974. Aquella alianza tendría consecuencias decisivas.

El “mejor mundial de la historia”

Originalmente, el Mundial de 1986 debía disputarse en Colombia. Sin embargo, la crisis económica latinoamericana de comienzos de los ochenta y los crecientes requisitos exigidos por la FIFA terminaron por hacer inviable el proyecto. También influyó la ampliación del torneo. Colombia, que había ganado la candidatura en 1974, tuvo que renunciar a ser la sede tras la decisión de FIFA de ampliar el torneo de 16 a 24 equipos. 

Colombia había aceptado organizar un Mundial más pequeño. Cuando FIFA amplió el formato, las exigencias de estadios, hoteles, transporte, telecomunicaciones y presupuesto se volvieron mucho más pesadas. En 1982, el presidente Belisario Betancur concluyó que el país no podía asumir ese costo bajo las condiciones exigidas, con una frase palmaria que quedó escrita en la historia: “Tenemos muchas otras cosas que hacer y no hay tiempo para atender las extravagancias de la FIFA y sus socios”.

La decisión abrió una carrera inesperada. EE. UU. vio la oportunidad de llevar por primera vez el Mundial a su territorio. Canadá también mostró interés. Sobre el papel, la candidatura estadounidense era formidable. Contaba ya con estadios gigantescos, infraestructura moderna, capacidad hotelera y el respaldo de figuras de enorme peso político. Entre quienes participaron en los esfuerzos para impulsar la candidatura figuraban Henry Kissinger, Pelé y Franz Beckenbauer.

Al terminar el proceso, el propio Kissinger terminó afirmando que “la política del fútbol me hace añorar la política de Oriente Medio”.

Sin embargo, la batalla nunca se desarrolló en igualdad de condiciones. Para entonces, México ya tenía algo mucho más valioso que estadios: tenía influencia. Havelange mantenía una estrecha relación con Guillermo Cañedo y con los círculos de poder de Televisa. La preferencia por México existía prácticamente desde el momento en que Colombia abandonó la sede. Mientras la candidatura estadounidense intentaba convencer a los miembros del Comité Ejecutivo, México ya contaba con aliados dentro de la propia estructura de la FIFA. Al terminar el proceso, el propio Kissinger terminó afirmando que “la política del fútbol me hace añorar la política de Oriente Medio”.

En mayo de 1983, la organización anunció que México albergaría el Mundial de 1986. La decisión sigue siendo una de las más controvertidas de la historia moderna de la FIFA. Los defensores de la candidatura mexicana argumentaban que el país ya poseía la experiencia, los estadios y la capacidad organizativa necesarias para montar el torneo en tiempo récord. Sus críticos, por otra parte, sostenían que la influencia de Havelange, Cañedo y Televisa había sido determinante para cerrar el camino a EE. UU. y Canadá. Probablemente ambas cosas sean ciertas.

Lo cierto es que México terminó organizando un torneo extraordinario. Ni siquiera el devastador terremoto que golpeó Ciudad de México en septiembre de 1985 logró impedir su realización. Menos de un año después, el país recibía a millones de espectadores frente a los televisores y producía lo que muchos consideran el mejor Mundial de todos los tiempos.

Una historia inconclusa

La derrota de 1986 convenció a EE. UU. de que necesitaba una estrategia de largo plazo. Cinco años después, en 1988, la FIFA eligió al país como sede del Mundial de 1994. Aquella decisión respondió a una lógica distinta. Ya no se trataba de premiar relaciones personales dentro de la organización, sino que se trataba de conquistar el mercado más grande del planeta.

EE. UU. ofrecía estadios gigantescos, patrocinadores globales, audiencias televisivas masivas y la posibilidad de transformar el fútbol en un negocio mucho mayor. El Mundial de 1994 rompería récords de asistencia y serviría como plataforma para el nacimiento de la Major League Soccer. Fue, además, la Copa del Mundo con las entradas a los estadios más caras hasta ese momento —patrón que se repite ahora en 2026—.

La FIFA había cambiado y el modelo de negocio inaugurado en México 70 comenzaba a pesar más que las viejas alianzas. Tres décadas después, el Mundial regresa nuevamente a Norteamérica. Esta vez lo hace bajo una fórmula inédita: una candidatura conjunta entre Canadá, Estados Unidos y México que derrotó a Marruecos en la votación de 2018.

De vuelta al laboratorio, 40 años después

La sede de 2026 fue elegida el 13 de junio de 2018 durante el 68.º Congreso de FIFA en Moscú. La candidatura conjunta de EE. UU., México y Canadá derrotó a Marruecos por 134 votos contra 65, con un voto por “ninguna candidatura”.  Será el primer Mundial con 48 selecciones y el primero organizado por tres países. Con ello, México se convertirá en el primer país en organizar tres mundiales masculinos: 1970, 1986 y 2026.  

La adjudicación 2026 fue importante porque ocurrió después de los escándalos de corrupción de FIFA relacionados con las sedes anteriores —Sudáfrica y, sobre todo, Rusia y Qatar—. Por eso, FIFA intentó presentar un proceso más transparente: publicó bid books, reportes de evaluación, criterios técnicos y una votación abierta de las federaciones.

La evaluación de FIFA incluyó tres componentes: cumplimiento de requisitos, evaluación general de riesgos y evaluación técnica. La evaluación técnica ponderó criterios de infraestructura e ingresos, lo cual favorecía claramente a Norteamérica por sus estadios, aeropuertos, hoteles, mercado comercial y capacidad televisiva. La candidatura “United 2026” ofrecía tres cosas casi imposibles de igualar: infraestructura ya construida, mayor certeza comercial y una narrativa política conveniente.

Marruecos tenía una candidatura atractiva desde el punto de vista simbólico, pero requería mucha más construcción e inversión. Norteamérica ofrecía menos riesgo operativo y más ingresos potenciales.

A pesar de los más de ocho años de preparación, el México de Morena no se ha sabido preparar para tal magno evento, con el aeropuerto de CDMX cayéndose, las líneas del tren con los estadios fuera de funcionamiento y muchas localidades sede que no están listas para recibir al mundo como lo hicieron en el 70 y el 86.

Sin embargo, no todo es color de rosas. El Mundial 2026 se jugará del 11 de junio al 19 de julio y el partido inaugural será en el Estadio Azteca, mientras que la final será en el MetLife Stadium de Nueva York/Nueva Jersey. Así, se conecta el pasado del mundo del fútbol con el nuevo rumbo: el de un país con poca cultura futbolística que celebra su segunda ocasión como sede del evento.

Si bien, la FIFA de Gianni Infantino se presenta como una organización más transparente, más corporativa y más profesionalizada que la de Havelange o Blatter, el Mundial de 2026 vuelve exactamente a la región donde la organización aprendió algunas de sus lecciones más importantes sobre el poder, la televisión y el clientelismo dentro del mundo del fútbol: Vuelve al continente donde la Copa del Mundo se convirtió en un producto global.

Vuelve al continente donde los Estados descubrieron que el fútbol podía utilizarse como herramienta de prestigio internacional. Y vuelve, sobre todo, a México: un país que no solo organizó dos de los mundiales más memorables de la historia, sino que durante décadas ocupó un lugar privilegiado en los pasillos donde realmente se decidía el destino del fútbol mundial. 

Mañana iniciará una fiesta más y México volverá a ser el hito de un nuevo capítulo en los mundiales de fútbol: los mundiales de 48 selecciones y tres países sedes. A pesar de los más de ocho años de preparación, el México de Morena no se ha sabido preparar para tal magno evento, con el aeropuerto de CDMX cayéndose, las líneas del tren con los estadios fuera de funcionamiento y muchas localidades sede que no están listas para recibir al mundo como lo hicieron en el 70 y el 86. No obstante, el destino del mundial lo pondrán los goles y no la sede.

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