Llegué a Manila en 1996 con la ingenua tranquilidad de quien cree saber cuánto tiempo va a quedarse. Casi medio año de proyecto con mi compañera Isabel. Eso decía el plan. En Filipinas, ese archipiélago de 7000 islas dispersas en el Pacífico, calor tropical y nombres españoles.
Manila te recibe de una manera particular. Desconcierta, desarma y finalmente obliga a aceptar que ningún plan resiste demasiado tiempo en esa ciudad. Para mí, aquellos seis meses previstos terminaron reducidos a menos de la mitad por razones que aparecerán inevitablemente al final de esta historia.
Empezó siendo un destino profesional. Con el tiempo, acabaría convirtiéndose en una colección de pequeñas islas de memoria.
Un hotel de cinco estrellas y una ciudad de contrastes
La primera semana en el Shangri-La Manila fue lujosa. Uno de esos hoteles diseñados para que el visitante olvide momentáneamente en qué país se encuentra. Mármol brillante, aire acondicionado impecable, camareros que anticipan cada movimiento y ese silencio elegante que solo existe en los hoteles muy caros.
Desde las ventanas se veía una ciudad inmensa que empezaba a revelarse como una de las grandes megalópolis de Asia. A mediados de los noventa, el área metropolitana ya superaba los diez millones de habitantes. Hoy son muchos más. La ciudad crece con una velocidad tropical, mezclando barrios coloniales, autopistas elevadas, rascacielos nuevos y barrios improvisados donde la vida parece organizada con materiales de chapa y plástico.
Una semana después nos trasladamos al The Heritage, más cercano a las zonas donde se concentraba buena parte de mi trabajo. El cambio tuvo también algo de metáfora: del lujo silencioso a un contacto más directo con la ciudad real.
Porque Manila es, sobre todo, una urbe de contrastes extremos. En pocas calles se pasa de centros comerciales gigantescos a barrios donde la pobreza forma parte del paisaje cotidiano. Rascacielos de cristal conviven con viviendas improvisadas junto a ríos oscuros o autopistas saturadas. Desigualdad visible, incómoda y persistente. Pero también forma parte de una sorprendente vitalidad urbana: funciona con una energía caótica que termina imponiendo su propio orden.
El tráfico como sistema filosófico
En Manila aprendí pronto que las entrevistas oficiales empiezan mucho antes de llegar al despacho. Comienzan en el carro. O, más exactamente, en el tráfico.
Cada avenida de la capital filipina es una negociación permanente entre taxis, motocicletas, autobuses y los célebres jeepneys. Estos últimos fueron, en otra vida, jeeps del ejército estadounidense que alguien tuvo la feliz idea de transformar en transporte público.
Decorados con colores imposibles, cromados brillantes y frases religiosas, los jeepneys son a partes iguales autobús, reliquia militar y carnaval rodante. Algunos parecen pequeños santuarios móviles. Otros, directamente, una obra de arte improvisada.
El resultado es un caos que, misteriosamente, funciona. No se muestra la prisa en sentido occidental. Nadie parece desesperarse demasiado.
Aquellos trayectos interminables entre ministerios me enseñaron algo sobre esta ciudad: no se deja entender en línea recta. Hay que recorrerla despacio, casi con resignación. Solo entonces empieza a revelar sus capas.
Diplomacia tropical y nombres inesperados
Una de las primeras entrevistas fue con el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Domingo Siazon Jr., diplomático elegante que hablaba del equilibrio asiático con la serenidad de quien lleva años observando cómo cambia el mundo desde embajadas y despachos oficiales.
Mientras lo escuchaba explicar la posición estratégica de Filipinas en el Pacífico pensaba en una de las paradojas más curiosas del país: casi nadie habla español, pero el país está lleno de Garcías, Reyes, Santos, Villanuevas o del Rosarios. Los apellidos sobreviven, aunque la lengua haya desaparecido.
Otra entrevista memorable fue con el economista Cielito F. Habito, responsable de la planificación económica del gobierno de Fidel V. Ramos. Confieso que cuando entré en su despacho esperaba encontrarme con una mujer. El nombre —Cielito— me había llevado a esa conclusión. Pero resultó ser un economista formado en Harvard que hablaba del crecimiento como quien cree que el progreso depende más de la paciencia que de los discursos.
Aquella pequeña confusión revelaba algo curioso de Filipinas: allí sobreviven nombres que en España han desaparecido hace mucho tiempo. Pánfilo, por ejemplo, es un nombre perfectamente normal. En España suena a personaje de novela picaresca; en Manila puede ser el director de una empresa.
El inevitable chiste sobre Marcos
Mi nombre, por cierto, provocaba siempre alguna conversación.
Cuando me presentaba, inevitablemente alguien mencionaba al antiguo dictador filipino Ferdinand Marcos. La coincidencia era demasiado evidente.
Así que terminé adoptando una respuesta humorística que siempre funcionaba.
—Y eso no es todo —añadía—. Además, mi hermano se llama Fernando.
Risas inmediatas. El humor diplomático tiene esa virtud: funciona mejor cuando es breve y ligeramente absurdo.
Un palacio, un presidente y un helicóptero
Al presidente Fidel V. Ramos no llegué a entrevistarlo formalmente; sin embargo, tuvimos ocasión de visitarlo en Malacañang, residencia oficial del jefe del Estado filipino.
El palacio mezcla solemnidad colonial con política contemporánea: grandes salones, retratos oficiales, alfombras solemnes y aire acondicionado luchando heroicamente contra la humedad tropical.
Ramos tenía el porte disciplinado de los militares que han aprendido a sonreír ante las cámaras. En una de aquellas jornadas incluso acompañamos a la comitiva presidencial en uno de sus desplazamientos. Nos colocaron junto a periodistas locales en el último helicóptero rumbo a Clark Air Base, antigua base militar estadounidense situada al norte de la isla de Luzón.
Primero sobrevolamos la parte devastada por la erupción del volcán Pinatubo en 1991. Seguimos a escasa altura sobre la selva, con la puerta abierta y el viento entrando con violencia cinematográfica. Tuve la sensación de estar dentro de una de aquellas películas sobre la guerra de Vietnam vistas en el cine.
Abajo aparecía una alfombra infinita de verde húmedo. Árboles, ríos y claros que surgían entre la vegetación. Desde el aire, el país revelaba su geografía esencial: islas verdes dispersas en un océano demasiado grande.
Intramuros y la historia desplazada
Asimismo, un día paseamos por Intramuros, la ciudad amurallada que fue durante siglos el corazón de la Manila española.
Hoy queda poco de la ciudad original. Tifones y la II Guerra Mundial destruyeron gran parte. Lo que sobrevive basta para imaginar lo que fue: calles empedradas, patios coloniales e iglesias reconstruidas como la Catedral de Manila.
Pasear por Intramuros produce una sensación curiosa. Nombres, arquitectura y ciertas costumbres resultan familiares para un español, pero todo aparece ligeramente desplazado, como si la historia hubiese viajado miles de kilómetros para instalarse aquí bajo el sol del trópico.
Allí descubrí una fascinante curiosidad lingüística: el tagalo, lengua base del filipino moderno, comparte con el español una rareza. La letra ñ. Ese pequeño signo ondulado sobrevivió siglos después como una huella discreta del pasado compartido.
Y fue también en Intramuros donde Isabel y yo tuvimos uno de esos momentos que resumen la extraña mezcla cultural del país. De repente vimos una funeraria con un nombre involuntariamente cómico: Puto Descanso.
En tagalo la palabra puto significa simplemente un dulce de arroz muy popular. Así que el cartel probablemente pretendía transmitir algo tan respetable como “dulce descanso”. No supimos nunca si se trataba de un negocio real o de una atracción turística con cierto sentido del humor. En cualquier caso, tenía su gracia.
Una ciudad llamada Quezon
También visitamos Quezon City, considerada durante décadas la capital administrativa.
Si Intramuros representa el pasado colonial, Quezon City simboliza la Filipinas contemporánea: avenidas amplias, universidades, edificios gubernamentales y centros comerciales que reflejan la expansión urbana de la metrópoli.
Pero la sensación dura poco. Manila y sus ciudades vecinas forman, en realidad, una sola ciudad gigantesca con límites administrativos apenas simbólicos. Un territorio urbano continuo donde millones de personas viven, trabajan, comercian y se desplazan cada día con una mezcla de paciencia y energía que resulta difícil de imaginar desde Europa.
Un respiro en Batangas
Entre reuniones y entrevistas hubo tiempo para respirar fuera de la capital. Un fin de semana viajamos hacia Batangas, donde unos amigos nos prometieron algo que en Manila parecía casi un lujo: silencio y mar.
Batangas es otro mundo. El tráfico desaparece, el horizonte se abre y el mar vuelve a ocupar el lugar que siempre tuvo en la historia de Filipinas. Pasamos el fin de semana bañándonos, conversando y disfrutando de una tranquilidad casi irreal después del ruido constante de la capital.
En un país formado por miles de islas, el mar nunca está demasiado lejos.
Rizal: el escritor que fundó un país
Otro día viajé hacia Calamba para visitar la casa natal del héroe nacional, José Rizal.
Rizal no fue un revolucionario. Médico, escritor, viajero y reformista, escribió dos novelas decisivas: Noli Me Tangere y El Filibusterismo. En ellas denunció con precisión literaria las injusticias del sistema colonial.
Los españoles lo fusilaron en Manila en 1896. La noche antes de su ejecución compuso un poema en español: Mi último adiós. Leer ese documento allí me dejó una honda huella.
Su muerte terminó encendiendo el nacionalismo filipino.
En Calamba se conserva su casa natal, hoy convertida en el Rizal Shrine. La vivienda recrea la vida de la burguesía ilustrada filipina del siglo XIX.
Recorrer aquellas habitaciones produce una sensación extraña. Uno imagina a Rizal estudiando medicina en Europa, escribiendo novelas en español y discutiendo ideas liberales en cafés madrileños.
Algunos escritores publican libros. Otros, sin proponérselo del todo, terminan fundando países.
Un archipiélago de recuerdos
Entre entrevistas oficiales, excursiones históricas, atascos interminables y fines de semana frente al mar, Manila fue revelándose como algo más que un destino profesional.
Una ciudad hecha de capas históricas: españolas, americanas, asiáticas.
Jeepneys decorados como altares rodantes.
Apellidos españoles pronunciados con acento filipino.
La ñ sobreviviendo discretamente en una lengua asiática.
Un presidente que te invita a subir a un helicóptero.
Un héroe nacional que escribió novelas en español y murió fusilado por un imperio a punto de desaparecer.
Manila, un archipiélago de historias.
Tuve que regresar antes de lo previsto. Mi padre no pudo derrotar el cáncer y aquel viaje terminó de manera abrupta y triste. Su ausencia, una pérdida inmensa en mi vida.
Pero los lugares, como las personas, no desaparecen cuando uno se marcha. Se convierten en memoria.
Y las reminiscencias —como los archipiélagos— siempre dejan abiertas muchas islas por descubrir. También la posibilidad, algún día, de regresar.
Llegué a Manila en 1996 con la ingenua tranquilidad de quien cree saber cuánto tiempo va a quedarse. Casi medio año de proyecto con mi compañera Isabel. Eso decía el plan. En Filipinas, ese archipiélago de 7000 islas dispersas en el Pacífico, calor tropical y nombres españoles.
Manila te recibe de una manera particular. Desconcierta, desarma y finalmente obliga a aceptar que ningún plan resiste demasiado tiempo en esa ciudad. Para mí, aquellos seis meses previstos terminaron reducidos a menos de la mitad por razones que aparecerán inevitablemente al final de esta historia.
Empezó siendo un destino profesional. Con el tiempo, acabaría convirtiéndose en una colección de pequeñas islas de memoria.
Un hotel de cinco estrellas y una ciudad de contrastes
La primera semana en el Shangri-La Manila fue lujosa. Uno de esos hoteles diseñados para que el visitante olvide momentáneamente en qué país se encuentra. Mármol brillante, aire acondicionado impecable, camareros que anticipan cada movimiento y ese silencio elegante que solo existe en los hoteles muy caros.
Desde las ventanas se veía una ciudad inmensa que empezaba a revelarse como una de las grandes megalópolis de Asia. A mediados de los noventa, el área metropolitana ya superaba los diez millones de habitantes. Hoy son muchos más. La ciudad crece con una velocidad tropical, mezclando barrios coloniales, autopistas elevadas, rascacielos nuevos y barrios improvisados donde la vida parece organizada con materiales de chapa y plástico.
Una semana después nos trasladamos al The Heritage, más cercano a las zonas donde se concentraba buena parte de mi trabajo. El cambio tuvo también algo de metáfora: del lujo silencioso a un contacto más directo con la ciudad real.
Porque Manila es, sobre todo, una urbe de contrastes extremos. En pocas calles se pasa de centros comerciales gigantescos a barrios donde la pobreza forma parte del paisaje cotidiano. Rascacielos de cristal conviven con viviendas improvisadas junto a ríos oscuros o autopistas saturadas. Desigualdad visible, incómoda y persistente. Pero también forma parte de una sorprendente vitalidad urbana: funciona con una energía caótica que termina imponiendo su propio orden.
El tráfico como sistema filosófico
En Manila aprendí pronto que las entrevistas oficiales empiezan mucho antes de llegar al despacho. Comienzan en el carro. O, más exactamente, en el tráfico.
Cada avenida de la capital filipina es una negociación permanente entre taxis, motocicletas, autobuses y los célebres jeepneys. Estos últimos fueron, en otra vida, jeeps del ejército estadounidense que alguien tuvo la feliz idea de transformar en transporte público.
Decorados con colores imposibles, cromados brillantes y frases religiosas, los jeepneys son a partes iguales autobús, reliquia militar y carnaval rodante. Algunos parecen pequeños santuarios móviles. Otros, directamente, una obra de arte improvisada.
El resultado es un caos que, misteriosamente, funciona. No se muestra la prisa en sentido occidental. Nadie parece desesperarse demasiado.
Aquellos trayectos interminables entre ministerios me enseñaron algo sobre esta ciudad: no se deja entender en línea recta. Hay que recorrerla despacio, casi con resignación. Solo entonces empieza a revelar sus capas.
Diplomacia tropical y nombres inesperados
Una de las primeras entrevistas fue con el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Domingo Siazon Jr., diplomático elegante que hablaba del equilibrio asiático con la serenidad de quien lleva años observando cómo cambia el mundo desde embajadas y despachos oficiales.
Mientras lo escuchaba explicar la posición estratégica de Filipinas en el Pacífico pensaba en una de las paradojas más curiosas del país: casi nadie habla español, pero el país está lleno de Garcías, Reyes, Santos, Villanuevas o del Rosarios. Los apellidos sobreviven, aunque la lengua haya desaparecido.
Otra entrevista memorable fue con el economista Cielito F. Habito, responsable de la planificación económica del gobierno de Fidel V. Ramos. Confieso que cuando entré en su despacho esperaba encontrarme con una mujer. El nombre —Cielito— me había llevado a esa conclusión. Pero resultó ser un economista formado en Harvard que hablaba del crecimiento como quien cree que el progreso depende más de la paciencia que de los discursos.
Aquella pequeña confusión revelaba algo curioso de Filipinas: allí sobreviven nombres que en España han desaparecido hace mucho tiempo. Pánfilo, por ejemplo, es un nombre perfectamente normal. En España suena a personaje de novela picaresca; en Manila puede ser el director de una empresa.
El inevitable chiste sobre Marcos
Mi nombre, por cierto, provocaba siempre alguna conversación.
Cuando me presentaba, inevitablemente alguien mencionaba al antiguo dictador filipino Ferdinand Marcos. La coincidencia era demasiado evidente.
Así que terminé adoptando una respuesta humorística que siempre funcionaba.
—Y eso no es todo —añadía—. Además, mi hermano se llama Fernando.
Risas inmediatas. El humor diplomático tiene esa virtud: funciona mejor cuando es breve y ligeramente absurdo.
Un palacio, un presidente y un helicóptero
Al presidente Fidel V. Ramos no llegué a entrevistarlo formalmente; sin embargo, tuvimos ocasión de visitarlo en Malacañang, residencia oficial del jefe del Estado filipino.
El palacio mezcla solemnidad colonial con política contemporánea: grandes salones, retratos oficiales, alfombras solemnes y aire acondicionado luchando heroicamente contra la humedad tropical.
Ramos tenía el porte disciplinado de los militares que han aprendido a sonreír ante las cámaras. En una de aquellas jornadas incluso acompañamos a la comitiva presidencial en uno de sus desplazamientos. Nos colocaron junto a periodistas locales en el último helicóptero rumbo a Clark Air Base, antigua base militar estadounidense situada al norte de la isla de Luzón.
Primero sobrevolamos la parte devastada por la erupción del volcán Pinatubo en 1991. Seguimos a escasa altura sobre la selva, con la puerta abierta y el viento entrando con violencia cinematográfica. Tuve la sensación de estar dentro de una de aquellas películas sobre la guerra de Vietnam vistas en el cine.
Abajo aparecía una alfombra infinita de verde húmedo. Árboles, ríos y claros que surgían entre la vegetación. Desde el aire, el país revelaba su geografía esencial: islas verdes dispersas en un océano demasiado grande.
Intramuros y la historia desplazada
Asimismo, un día paseamos por Intramuros, la ciudad amurallada que fue durante siglos el corazón de la Manila española.
Hoy queda poco de la ciudad original. Tifones y la II Guerra Mundial destruyeron gran parte. Lo que sobrevive basta para imaginar lo que fue: calles empedradas, patios coloniales e iglesias reconstruidas como la Catedral de Manila.
Pasear por Intramuros produce una sensación curiosa. Nombres, arquitectura y ciertas costumbres resultan familiares para un español, pero todo aparece ligeramente desplazado, como si la historia hubiese viajado miles de kilómetros para instalarse aquí bajo el sol del trópico.
Allí descubrí una fascinante curiosidad lingüística: el tagalo, lengua base del filipino moderno, comparte con el español una rareza. La letra ñ. Ese pequeño signo ondulado sobrevivió siglos después como una huella discreta del pasado compartido.
Y fue también en Intramuros donde Isabel y yo tuvimos uno de esos momentos que resumen la extraña mezcla cultural del país. De repente vimos una funeraria con un nombre involuntariamente cómico: Puto Descanso.
En tagalo la palabra puto significa simplemente un dulce de arroz muy popular. Así que el cartel probablemente pretendía transmitir algo tan respetable como “dulce descanso”. No supimos nunca si se trataba de un negocio real o de una atracción turística con cierto sentido del humor. En cualquier caso, tenía su gracia.
Una ciudad llamada Quezon
También visitamos Quezon City, considerada durante décadas la capital administrativa.
Si Intramuros representa el pasado colonial, Quezon City simboliza la Filipinas contemporánea: avenidas amplias, universidades, edificios gubernamentales y centros comerciales que reflejan la expansión urbana de la metrópoli.
Pero la sensación dura poco. Manila y sus ciudades vecinas forman, en realidad, una sola ciudad gigantesca con límites administrativos apenas simbólicos. Un territorio urbano continuo donde millones de personas viven, trabajan, comercian y se desplazan cada día con una mezcla de paciencia y energía que resulta difícil de imaginar desde Europa.
Un respiro en Batangas
Entre reuniones y entrevistas hubo tiempo para respirar fuera de la capital. Un fin de semana viajamos hacia Batangas, donde unos amigos nos prometieron algo que en Manila parecía casi un lujo: silencio y mar.
Batangas es otro mundo. El tráfico desaparece, el horizonte se abre y el mar vuelve a ocupar el lugar que siempre tuvo en la historia de Filipinas. Pasamos el fin de semana bañándonos, conversando y disfrutando de una tranquilidad casi irreal después del ruido constante de la capital.
En un país formado por miles de islas, el mar nunca está demasiado lejos.
Rizal: el escritor que fundó un país
Otro día viajé hacia Calamba para visitar la casa natal del héroe nacional, José Rizal.
Rizal no fue un revolucionario. Médico, escritor, viajero y reformista, escribió dos novelas decisivas: Noli Me Tangere y El Filibusterismo. En ellas denunció con precisión literaria las injusticias del sistema colonial.
Los españoles lo fusilaron en Manila en 1896. La noche antes de su ejecución compuso un poema en español: Mi último adiós. Leer ese documento allí me dejó una honda huella.
Su muerte terminó encendiendo el nacionalismo filipino.
En Calamba se conserva su casa natal, hoy convertida en el Rizal Shrine. La vivienda recrea la vida de la burguesía ilustrada filipina del siglo XIX.
Recorrer aquellas habitaciones produce una sensación extraña. Uno imagina a Rizal estudiando medicina en Europa, escribiendo novelas en español y discutiendo ideas liberales en cafés madrileños.
Algunos escritores publican libros. Otros, sin proponérselo del todo, terminan fundando países.
Un archipiélago de recuerdos
Entre entrevistas oficiales, excursiones históricas, atascos interminables y fines de semana frente al mar, Manila fue revelándose como algo más que un destino profesional.
Una ciudad hecha de capas históricas: españolas, americanas, asiáticas.
Jeepneys decorados como altares rodantes.
Apellidos españoles pronunciados con acento filipino.
La ñ sobreviviendo discretamente en una lengua asiática.
Un presidente que te invita a subir a un helicóptero.
Un héroe nacional que escribió novelas en español y murió fusilado por un imperio a punto de desaparecer.
Manila, un archipiélago de historias.
Tuve que regresar antes de lo previsto. Mi padre no pudo derrotar el cáncer y aquel viaje terminó de manera abrupta y triste. Su ausencia, una pérdida inmensa en mi vida.
Pero los lugares, como las personas, no desaparecen cuando uno se marcha. Se convierten en memoria.
Y las reminiscencias —como los archipiélagos— siempre dejan abiertas muchas islas por descubrir. También la posibilidad, algún día, de regresar.
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