El 6 de enero de 1991, Jorge Serrano Elías ganó las elecciones después de haber quedado en la primera vuelta en segundo lugar. El contexto político de ese entonces no era muy distinto al de hoy. Todos estaban hartos de “los mismos” y, precisamente, esa fue la campaña de Serrano Elías, con la cancioncita de “los mismos no”, al ritmo de la canción de María Cristina. Lo que olvidó el otrora presidente es que él representaba el antivoto, y que había heredado los votos de Ríos Montt, a quien la CC no dejó participar como candidato en las elecciones. En la segunda vuelta ganó porque todos se volcaron contra Carpio Nicolle, quien siempre quedó en segundo lugar y nunca logró ser presidente.
Jorge Serrano Elías pasó a la historia como el “aprendiz de dictador”. El martes 25 de mayo de 1993 se publicó en el Diario Oficial el Decreto Gubernativo número 1-93, mediante el cual disolvía el Congreso, la Corte Suprema de Justicia, la Corte de Constitucionalidad y suspendía 59 artículos de la Constitución. En ese momento, Serrano Elías estaba enemistado con todo el mundo. Nunca entendió que llegó no por ser la mejor opción, sino porque los electores del momento percibían a los otros candidatos como peores que él. No contaba con el apoyo de los líderes de los partidos opositores ni de la prensa para llevar a cabo su “golpe de Estado”, tal como lo cuenta en su libro La guayaba tiene dueño; menos aún con el apoyo del Ejército. Aun así, creyó que era el “elegido de Dios” para refundar el Estado.
Serrano Elías salió de forma ignominiosa del gobierno, fue obligado a renunciar, según él, para luego exiliarse en Panamá. Hoy aparece en redes sociales diciendo que él tenía razón, victimizándose de todo lo que pasó. Pero creo que no se ha dado cuenta de que Guatemala ya no es el país que dejó hace 33 años. La nave del olvido se lo está llevando más pronto que tarde, si no es que ya se lo llevó; aunque de nuevo, todavía no lo sabe.
No es la primera vez que un presidente llega sin apoyo del congreso y sin equipo de trabajo. Por eso, Bernardo Arévalo me recuerda mucho a Serrano. Llegó al poder sin control del Congreso, con su propio partido dividido, sin apoyo del sector privado ni equipo de trabajo. Su forma de hablar es autoritaria y muchas veces sus declaraciones lo dejan mal parado porque denotan un gran desconocimiento de la ley, de sus funciones y limitaciones como presidente, sin dejar a un lado sus desafortunadas declaraciones, como cuando en un discurso dijo, “lo digo con total cerveza”.
Ha cambiado ministros como jugadores en un partido de futbol. Nombró a un dentista como ministro de Comunicaciones, que declaró que arreglar una carretera era igual que arreglar una muela, y una reparación que pudo haberse hecho en una semana tardó meses, ocasionando pérdidas millonarias para el país.
Al presidente Arévalo, no se le ve enfocado en resolver los problemas de fondo. Entró con su discurso de luchar contra la corrupción, pero su mayor logro es la ejecución
presupuestaria más baja de la historia, con el Presupuesto General de la Nación más alto que ha tenido este país. Se enfrascó en una guerra mediática para obtener el control de las cortes y la destitución de Consuelo Porras, algo que pudo haber logrado en silencio y con una buena estrategia.
A Arévalo le queda año y medio de gobierno. Lo mejor que podría hacer es alejarse de los medios de comunicación por un tiempo y ponerse a trabajar. Gastarse el dinero en sueldos sin hacer obra también es corrupción. Le vendría bien verse en el espejo de Serrano, su discurso de la lucha contra la corrupción ya no es suficiente; el país demanda resultados. Y, si no, la patria y la historia lo condenarán.
¡Lo digo con total cerveza!
El 6 de enero de 1991, Jorge Serrano Elías ganó las elecciones después de haber quedado en la primera vuelta en segundo lugar. El contexto político de ese entonces no era muy distinto al de hoy. Todos estaban hartos de “los mismos” y, precisamente, esa fue la campaña de Serrano Elías, con la cancioncita de “los mismos no”, al ritmo de la canción de María Cristina. Lo que olvidó el otrora presidente es que él representaba el antivoto, y que había heredado los votos de Ríos Montt, a quien la CC no dejó participar como candidato en las elecciones. En la segunda vuelta ganó porque todos se volcaron contra Carpio Nicolle, quien siempre quedó en segundo lugar y nunca logró ser presidente.
Jorge Serrano Elías pasó a la historia como el “aprendiz de dictador”. El martes 25 de mayo de 1993 se publicó en el Diario Oficial el Decreto Gubernativo número 1-93, mediante el cual disolvía el Congreso, la Corte Suprema de Justicia, la Corte de Constitucionalidad y suspendía 59 artículos de la Constitución. En ese momento, Serrano Elías estaba enemistado con todo el mundo. Nunca entendió que llegó no por ser la mejor opción, sino porque los electores del momento percibían a los otros candidatos como peores que él. No contaba con el apoyo de los líderes de los partidos opositores ni de la prensa para llevar a cabo su “golpe de Estado”, tal como lo cuenta en su libro La guayaba tiene dueño; menos aún con el apoyo del Ejército. Aun así, creyó que era el “elegido de Dios” para refundar el Estado.
Serrano Elías salió de forma ignominiosa del gobierno, fue obligado a renunciar, según él, para luego exiliarse en Panamá. Hoy aparece en redes sociales diciendo que él tenía razón, victimizándose de todo lo que pasó. Pero creo que no se ha dado cuenta de que Guatemala ya no es el país que dejó hace 33 años. La nave del olvido se lo está llevando más pronto que tarde, si no es que ya se lo llevó; aunque de nuevo, todavía no lo sabe.
No es la primera vez que un presidente llega sin apoyo del congreso y sin equipo de trabajo. Por eso, Bernardo Arévalo me recuerda mucho a Serrano. Llegó al poder sin control del Congreso, con su propio partido dividido, sin apoyo del sector privado ni equipo de trabajo. Su forma de hablar es autoritaria y muchas veces sus declaraciones lo dejan mal parado porque denotan un gran desconocimiento de la ley, de sus funciones y limitaciones como presidente, sin dejar a un lado sus desafortunadas declaraciones, como cuando en un discurso dijo, “lo digo con total cerveza”.
Ha cambiado ministros como jugadores en un partido de futbol. Nombró a un dentista como ministro de Comunicaciones, que declaró que arreglar una carretera era igual que arreglar una muela, y una reparación que pudo haberse hecho en una semana tardó meses, ocasionando pérdidas millonarias para el país.
Al presidente Arévalo, no se le ve enfocado en resolver los problemas de fondo. Entró con su discurso de luchar contra la corrupción, pero su mayor logro es la ejecución
presupuestaria más baja de la historia, con el Presupuesto General de la Nación más alto que ha tenido este país. Se enfrascó en una guerra mediática para obtener el control de las cortes y la destitución de Consuelo Porras, algo que pudo haber logrado en silencio y con una buena estrategia.
A Arévalo le queda año y medio de gobierno. Lo mejor que podría hacer es alejarse de los medios de comunicación por un tiempo y ponerse a trabajar. Gastarse el dinero en sueldos sin hacer obra también es corrupción. Le vendría bien verse en el espejo de Serrano, su discurso de la lucha contra la corrupción ya no es suficiente; el país demanda resultados. Y, si no, la patria y la historia lo condenarán.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: