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Las virtudes olvidadas

.
Alejandro Palmieri
22 de febrero, 2026

En un mundo donde la confianza en las instituciones se erosiona día a día, es imperativo reflexionar sobre las virtudes que deberían guiar a los ciudadanos, especialmente a aquellos en puestos de decisión y poder. Virtudes como la integridad, la moderación, el sacrificio personal y el compromiso con el bien común no son meros ideales abstractos; son el código de conducta que define a un líder digno. Sin embargo, a lo largo de la historia —contemporánea, sobre todo—, hemos presenciado un declive progresivo (progresista) de estos valores, reemplazados por el egoísmo, la conveniencia personal y la corrupción moral. Este deterioro ha llevado a las sociedades contemporáneas a un profundo desencanto con sus autoridades, percibiéndolas no como guardianes, sino como agentes de su propia ruina ética.

El declive histórico de las virtudes en el poder

Desde las antiguas repúblicas hasta las democracias modernas, las virtudes cívicas han sido el pilar de sociedades prósperas. En la Antigüedad, filósofos como Platón y Aristóteles enfatizaban la necesidad de que los gobernantes poseyeran arete —excelencia moral— para guiar al pueblo hacia la justicia. Sin embargo, con el paso de los siglos, diversos factores —particularmente el relativismo moral del siglo XX— han erosionado estos principios. El poder, que debería ser un instrumento de servicio, se ha convertido en un fin en sí mismo, fomentando un ciclo de ambición desmedida que culmina en escándalos y desconfianza pública. Hoy, en una era de redes sociales y transparencia forzada, esta ruina moral se expone con crudeza, alimentando un cinismo generalizado hacia las élites.

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Ejemplos históricos

Para ilustrar lo que hemos perdido, hay dos figuras emblemáticas que encarnaron la moderación y el desprendimiento en momentos cruciales.

Uno es Lucio Quincio Cincinato, patricio romano del siglo V a.C. Nombrado dictador en una crisis bélica, resolvió el conflicto en solo 16 días y, en lugar de perpetuarse en el poder —como muchos hubieran hecho—, regresó a su granja para continuar su vida sencilla. Este gesto de renuncia voluntaria al absolutismo temporal se convirtió en un símbolo de la República romana, recordándonos que el verdadero poder reside en la capacidad de soltarlo cuando ya no es necesario.

El otro, Godofredo de Buillon, noble de Baja Lorena en el siglo XI, abandonó su vida cómoda para liderar la Primera Cruzada en 1096, impulsado por un fervor religioso y un sentido de deber. Tras reconquistar Jerusalén en 1099, rechazó el título de rey, optando por el modesto de “Príncipe y Defensor del Santo Sepulcro”. Pronto, incluso este cargo lo dejó, demostrando una virtud rara: la renuncia al poder una vez cumplida la misión. Su acto de humildad no solo preservó su integridad, sino que inspiró a generaciones a ver el liderazgo como un sacrificio temporal por un ideal mayor.

Estos hombres no veían los valores como postulados teóricos, sino como un código de vida aplicable en todo momento, especialmente en los cruces decisivos donde se forja el destino de naciones.

El contraste con la decadencia contemporánea

En marcado contraste, figuras modernas ilustran cómo la conveniencia y depravación personal han suplantado estas virtudes. Andrés Mountbatten-Windsor fue llamado a representar a la Corona británica, una institución que históricamente demandaba ejemplaridad. Sin embargo, su vida estuvo marcada por un comportamiento deleznable, involucrado en escándalos de abuso y asociaciones nefastas que mancharon no solo su reputación, sino la de toda la monarquía. En lugar de sacrificio por el deber, priorizó placeres personales, contribuyendo al desencanto público con las autoridades. Este caso ejemplifica cómo, en la era actual, los líderes abandonan los valores por intereses egoístas, erosionando la fe en el sistema.

La vigencia de la discusión filosófica

Esta tensión entre virtud y decadencia remite a la antigua discusión entre Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau. Hobbes, en su Leviatán, veía al hombre como inherentemente egoísta, requiriendo un soberano absoluto para contener el caos. Rousseau, por el contrario, argumentaba en El Contrato Social que el ser humano es bueno por naturaleza, pero corrompido por la sociedad y sus desigualdades. Ambas posturas siguen vigentes: mientras Hobbes justifica estructuras de poder fuertes para frenar el declive moral, Rousseau insta a una regeneración ética desde la base. Sin embargo, en medio de este debate, urge que los “mejores hombres” —aquellos aún imbuidos de integridad— den un paso al frente. No con ambición, sino con hidalguía y responsabilidad.

Un llamado al sacrificio personal

El declive de los valores ha precipitado un desencanto profundo con las autoridades, pero no todo está perdido. El sacrificio personal en pos de un ideal debe volver a impregnar el espíritu humano. Como Cincinato y Godofredo mostraron para la eternidad, el verdadero liderazgo surge de la moderación y el desprendimiento. Es hora de que los virtuosos asuman el timón, restaurando la fe en un futuro donde el poder sirva al bien común, no al capricho individual. Solo así se superará la ruina moral que nos aqueja.

Noblesse oblige.

Las virtudes olvidadas

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Alejandro Palmieri
22 de febrero, 2026

En un mundo donde la confianza en las instituciones se erosiona día a día, es imperativo reflexionar sobre las virtudes que deberían guiar a los ciudadanos, especialmente a aquellos en puestos de decisión y poder. Virtudes como la integridad, la moderación, el sacrificio personal y el compromiso con el bien común no son meros ideales abstractos; son el código de conducta que define a un líder digno. Sin embargo, a lo largo de la historia —contemporánea, sobre todo—, hemos presenciado un declive progresivo (progresista) de estos valores, reemplazados por el egoísmo, la conveniencia personal y la corrupción moral. Este deterioro ha llevado a las sociedades contemporáneas a un profundo desencanto con sus autoridades, percibiéndolas no como guardianes, sino como agentes de su propia ruina ética.

El declive histórico de las virtudes en el poder

Desde las antiguas repúblicas hasta las democracias modernas, las virtudes cívicas han sido el pilar de sociedades prósperas. En la Antigüedad, filósofos como Platón y Aristóteles enfatizaban la necesidad de que los gobernantes poseyeran arete —excelencia moral— para guiar al pueblo hacia la justicia. Sin embargo, con el paso de los siglos, diversos factores —particularmente el relativismo moral del siglo XX— han erosionado estos principios. El poder, que debería ser un instrumento de servicio, se ha convertido en un fin en sí mismo, fomentando un ciclo de ambición desmedida que culmina en escándalos y desconfianza pública. Hoy, en una era de redes sociales y transparencia forzada, esta ruina moral se expone con crudeza, alimentando un cinismo generalizado hacia las élites.

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Ejemplos históricos

Para ilustrar lo que hemos perdido, hay dos figuras emblemáticas que encarnaron la moderación y el desprendimiento en momentos cruciales.

Uno es Lucio Quincio Cincinato, patricio romano del siglo V a.C. Nombrado dictador en una crisis bélica, resolvió el conflicto en solo 16 días y, en lugar de perpetuarse en el poder —como muchos hubieran hecho—, regresó a su granja para continuar su vida sencilla. Este gesto de renuncia voluntaria al absolutismo temporal se convirtió en un símbolo de la República romana, recordándonos que el verdadero poder reside en la capacidad de soltarlo cuando ya no es necesario.

El otro, Godofredo de Buillon, noble de Baja Lorena en el siglo XI, abandonó su vida cómoda para liderar la Primera Cruzada en 1096, impulsado por un fervor religioso y un sentido de deber. Tras reconquistar Jerusalén en 1099, rechazó el título de rey, optando por el modesto de “Príncipe y Defensor del Santo Sepulcro”. Pronto, incluso este cargo lo dejó, demostrando una virtud rara: la renuncia al poder una vez cumplida la misión. Su acto de humildad no solo preservó su integridad, sino que inspiró a generaciones a ver el liderazgo como un sacrificio temporal por un ideal mayor.

Estos hombres no veían los valores como postulados teóricos, sino como un código de vida aplicable en todo momento, especialmente en los cruces decisivos donde se forja el destino de naciones.

El contraste con la decadencia contemporánea

En marcado contraste, figuras modernas ilustran cómo la conveniencia y depravación personal han suplantado estas virtudes. Andrés Mountbatten-Windsor fue llamado a representar a la Corona británica, una institución que históricamente demandaba ejemplaridad. Sin embargo, su vida estuvo marcada por un comportamiento deleznable, involucrado en escándalos de abuso y asociaciones nefastas que mancharon no solo su reputación, sino la de toda la monarquía. En lugar de sacrificio por el deber, priorizó placeres personales, contribuyendo al desencanto público con las autoridades. Este caso ejemplifica cómo, en la era actual, los líderes abandonan los valores por intereses egoístas, erosionando la fe en el sistema.

La vigencia de la discusión filosófica

Esta tensión entre virtud y decadencia remite a la antigua discusión entre Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau. Hobbes, en su Leviatán, veía al hombre como inherentemente egoísta, requiriendo un soberano absoluto para contener el caos. Rousseau, por el contrario, argumentaba en El Contrato Social que el ser humano es bueno por naturaleza, pero corrompido por la sociedad y sus desigualdades. Ambas posturas siguen vigentes: mientras Hobbes justifica estructuras de poder fuertes para frenar el declive moral, Rousseau insta a una regeneración ética desde la base. Sin embargo, en medio de este debate, urge que los “mejores hombres” —aquellos aún imbuidos de integridad— den un paso al frente. No con ambición, sino con hidalguía y responsabilidad.

Un llamado al sacrificio personal

El declive de los valores ha precipitado un desencanto profundo con las autoridades, pero no todo está perdido. El sacrificio personal en pos de un ideal debe volver a impregnar el espíritu humano. Como Cincinato y Godofredo mostraron para la eternidad, el verdadero liderazgo surge de la moderación y el desprendimiento. Es hora de que los virtuosos asuman el timón, restaurando la fe en un futuro donde el poder sirva al bien común, no al capricho individual. Solo así se superará la ruina moral que nos aqueja.

Noblesse oblige.

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