La denominada “sociedad terapéutica” —o “cultura terapéutica”— designa una mutación profunda en la forma en que las sociedades contemporáneas interpretan el sufrimiento humano. En el contexto de la era transposmoderna, el malestar deja de ser comprendido como una dimensión constitutiva de la existencia para ser progresivamente traducido al léxico clínico, codificado en términos de disfunción y sometido a la lógica del diagnóstico y la intervención. Lo que en otro tiempo pertenecía al ámbito de la experiencia compartida —la tristeza, la incertidumbre, el fracaso— es hoy reconfigurado como anomalía susceptible de tratamiento.
Este desplazamiento no es meramente semántico, sino ontológico. Las emociones pierden su carácter transitorio y narrativo para convertirse en signos patológicos; la biografía cede ante la sintomatología. En este proceso, la figura del ciudadano —históricamente concebido como sujeto moral y responsable— es gradualmente sustituida por la del paciente, un individuo cuya legitimidad se funda en su vulnerabilidad. Como advirtió Christopher Lasch, “la cultura contemporánea tiende a erosionar las estructuras del carácter en favor de una personalidad dependiente, orientada hacia la validación externa y la asistencia constante.”[1]
La elevación del bienestar emocional a imperativo social constituye uno de los rasgos centrales de este paradigma. No se trata ya de un ideal entre otros, sino de una norma tácita que reorganiza la vida colectiva. Eva Illouz ha señalado cómo el discurso terapéutico ha colonizado la esfera íntima, reconfigurando el amor, el trabajo y la identidad bajo categorías psicológicas.[2] En este sentido, la interioridad misma deviene objeto de gestión, optimización y vigilancia.
Por otra parte, el filósofo Byung-Chul Han ha descrito el tránsito de una sociedad de la negatividad —estructurada en torno a la prohibición— hacia una sociedad del rendimiento, donde la coerción adopta la forma de autoexigencia. En La expulsión de lo distinto, sostiene que la patología dominante ya no es la represión, sino la depresión: una violencia que no procede del otro, sino que emerge del interior del sujeto, quien se explota a sí mismo en la búsqueda incesante de autorrealización.[3]
Lejos de resolver el problema del sufrimiento, este paradigma produce una forma más difusa y persistente de vacío existencial. La disolución de marcos morales tradicionales no ha sido compensada por nuevos sistemas de sentido, sino por una “autoridad terapéutica” que privilegia la comodidad emocional sobre la responsabilidad, el deber o la trascendencia. En ausencia de horizontes normativos robustos, el individuo queda suspendido en una lógica de autorreferencialidad emocional que difícilmente puede otorgar significado duradero.
Así, el sujeto contemporáneo ya no se percibe como agente autónomo capaz de asumir riesgos y responsabilidades, sino como entidad frágil, permanentemente expuesta y necesitada de protección. Esta autopercepción no solo redefine la experiencia individual, sino que legitima formas renovadas de paternalismo institucional, en las que el Estado y otras estructuras de poder amplían su injerencia en nombre de un supuesto bienestar.
Paradójicamente, la aspiración a erradicar el sufrimiento genera nuevas formas de inquietud. La constante vigilancia emocional, la búsqueda de equilibrio psíquico y la evitación del dolor producen una subjetividad ansiosa, incapaz de reconciliarse con la dimensión trágica de la existencia. La “cultura terapéutica”, al centrarse en la mitigación del malestar, no logra sustituir las antiguas fuentes de sentido, dejando tras de sí un vacío que se experimenta como fatiga, desorientación y futilidad.
La sociedad contemporánea no colapsa; persiste. Pero lo hace en un estado de agotamiento psíquico generalizado, sostenido —y a la vez anestesiado— por las tecnologías digitales y la infoesfera. Estas funcionan como dispositivos de regulación afectiva que amortiguan el malestar sin resolverlo, perpetuando así una forma de estancamiento cultural en la que la hiperconectividad convive con una profunda desconexión existencial.
No resulta un dato menor que, ya en la década de 1930, Aldous Huxley hubiese esbozado —con una lucidez que hoy roza lo profético— los contornos de nuestra sensibilidad contemporánea en su célebre novela distópica “Un mundo feliz”.[4] En esa sátira de inquietante serenidad, Huxley no solo anticipó el advenimiento de tecnologías reproductivas destinadas a reorganizar la vida humana desde su origen, sino también la instauración de mecanismos sutiles de condicionamiento social orientados a la supresión del conflicto interior. Lo que allí se perfila no es una sociedad libre de sufrimiento, sino una en la que este es cuidadosamente gestionado, amortiguado y finalmente disuelto en una atmósfera de confort inducido: la antesala de lo que hoy podríamos denominar una sociedad paliativa. Han expresa que:
El dolor está mal visto. Incluso los sentimientos intensos son reprimidos. Todos los deseos y todas las necesidades deben ser satisfechos de inmediato. La gente está obnubilada por la diversión, el consumo y el placer. La obligación de ser feliz domina la vida. El Estado distribuye una droga llamada «soma» para aumentar la sensación de felicidad de la población. En Un mundo feliz, hay un «cine de sensaciones» en lugar de la telescreen. Como experiencia de todo el cuerpo, a la que contribuye un «órgano de perfumes», aturde a la gente y, junto con la droga, se utiliza como medio de dominación.[5]
Para el sociólogo Philip Rieff, profesor de la Universidad de Pensilvania, el epicentro de lo que denominó la “sociedad terapéutica” emergió en los Estados Unidos y en la Europa occidental. A partir de su teoría de la cultura, anclada en la sublimación del deseo sexual —en diálogo con el pensamiento freudiano y con autores como Carl G. Jung, D. H. Lawrence y Wilhelm Reich—, Rieff traza una genealogía del ser humano en sociedad a través de tres grandes estadios históricos.
En los dos primeros, la vida individual y colectiva se orientaba hacia lo trascendente, hacia aquello que excede el orden material y otorga sentido desde lo sagrado o lo mítico. [6] En cambio, en el tercer estadio, la identidad ya no se sustenta en esas instancias superiores ni en la moral tradicional: el individuo se ve compelido a justificarse a sí mismo, a erigirse como su propia medida. Es en este tercer orden donde emerge la figura contemporánea del “hombre psicológico”, inevitablemente ligado —y, en cierto modo, subordinado— a la lógica de una cultura terapéutica. Carl Trueman citando la obra de Rieff dice:
En las culturas del hombre psicológico, el único criterio moral que se puede aplicar al comportamiento es si conduce a la sensación de bienestar en los individuos afectados. La ética, por lo tanto, se convierte en una función del sentimiento. …Esta cultura inmanente están preocupadas por la autoactualización y la realización del individuo porque no hay un propósito mayor que pueda justificarse en ningún sentido autoritario en última instancia.[7]
Para terminar, acaso convenga preguntarse si una cultura volcada hacia lo terapéutico no termina por estrechar el horizonte de la experiencia humana. ¿Qué sucede cuando todo malestar es interpretado como algo que debe ser eliminado? ¿No se pierde, en ese impulso, la posibilidad de encontrar sentido en el sufrimiento o de asumirlo como parte inevitable de la vida?
También se impone interrogar sus efectos sobre la vida en común. Si el individuo se erige como su propia medida, ¿qué espacio queda para las normas compartidas, el deber o la fidelidad a los otros? ¿No podría esta lógica incubar nuevas formas de fragilidad, de repliegue, de incapacidad para habitar la frustración sin quebrarse?
Y, en última instancia, surge una inquietud más amplia sobre los límites de lo terapéutico. ¿Hasta qué punto se está medicalizando la vida cotidiana y convirtiendo lo ordinario en patológico? Y en este proceso, ¿no corremos el riesgo de convertir la existencia misma en un campo de intervención, debilitando con ello la autonomía y la capacidad de sostener, por cuenta propia, el peso —inevitable— de vivir?
[1] Christopher Lasch, La cultura del narcisismo (México: Fondo de Cultura Económica, 1999), 78.
[2] Eva Illouz, La salvación del alma moderna: Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Buenos Aires: Katz Editores, 2010), 23.
[3] Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto (Barcelona: Herder, 2022), 9.
[4] Aldous Huxley, Un mundo feliz (Barcelona: Plaza & Janés, 2003).
[5] Byung-Chul Han, Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia (Madrid: Taurus, 2023). 31.
[6] Philip Rieff, Sacred Order / Social Order: My Life Among the Deathworks: Illustrations of the Aesthetics of Authority (Charlottesville: University of Virginia Press, 2008) 1:12.
[7] Carl Trueman, El origen y el triunfo del ego moderno (Nashville: B&H, 2022), 89.
La denominada “sociedad terapéutica” —o “cultura terapéutica”— designa una mutación profunda en la forma en que las sociedades contemporáneas interpretan el sufrimiento humano. En el contexto de la era transposmoderna, el malestar deja de ser comprendido como una dimensión constitutiva de la existencia para ser progresivamente traducido al léxico clínico, codificado en términos de disfunción y sometido a la lógica del diagnóstico y la intervención. Lo que en otro tiempo pertenecía al ámbito de la experiencia compartida —la tristeza, la incertidumbre, el fracaso— es hoy reconfigurado como anomalía susceptible de tratamiento.
Este desplazamiento no es meramente semántico, sino ontológico. Las emociones pierden su carácter transitorio y narrativo para convertirse en signos patológicos; la biografía cede ante la sintomatología. En este proceso, la figura del ciudadano —históricamente concebido como sujeto moral y responsable— es gradualmente sustituida por la del paciente, un individuo cuya legitimidad se funda en su vulnerabilidad. Como advirtió Christopher Lasch, “la cultura contemporánea tiende a erosionar las estructuras del carácter en favor de una personalidad dependiente, orientada hacia la validación externa y la asistencia constante.”[1]
La elevación del bienestar emocional a imperativo social constituye uno de los rasgos centrales de este paradigma. No se trata ya de un ideal entre otros, sino de una norma tácita que reorganiza la vida colectiva. Eva Illouz ha señalado cómo el discurso terapéutico ha colonizado la esfera íntima, reconfigurando el amor, el trabajo y la identidad bajo categorías psicológicas.[2] En este sentido, la interioridad misma deviene objeto de gestión, optimización y vigilancia.
Por otra parte, el filósofo Byung-Chul Han ha descrito el tránsito de una sociedad de la negatividad —estructurada en torno a la prohibición— hacia una sociedad del rendimiento, donde la coerción adopta la forma de autoexigencia. En La expulsión de lo distinto, sostiene que la patología dominante ya no es la represión, sino la depresión: una violencia que no procede del otro, sino que emerge del interior del sujeto, quien se explota a sí mismo en la búsqueda incesante de autorrealización.[3]
Lejos de resolver el problema del sufrimiento, este paradigma produce una forma más difusa y persistente de vacío existencial. La disolución de marcos morales tradicionales no ha sido compensada por nuevos sistemas de sentido, sino por una “autoridad terapéutica” que privilegia la comodidad emocional sobre la responsabilidad, el deber o la trascendencia. En ausencia de horizontes normativos robustos, el individuo queda suspendido en una lógica de autorreferencialidad emocional que difícilmente puede otorgar significado duradero.
Así, el sujeto contemporáneo ya no se percibe como agente autónomo capaz de asumir riesgos y responsabilidades, sino como entidad frágil, permanentemente expuesta y necesitada de protección. Esta autopercepción no solo redefine la experiencia individual, sino que legitima formas renovadas de paternalismo institucional, en las que el Estado y otras estructuras de poder amplían su injerencia en nombre de un supuesto bienestar.
Paradójicamente, la aspiración a erradicar el sufrimiento genera nuevas formas de inquietud. La constante vigilancia emocional, la búsqueda de equilibrio psíquico y la evitación del dolor producen una subjetividad ansiosa, incapaz de reconciliarse con la dimensión trágica de la existencia. La “cultura terapéutica”, al centrarse en la mitigación del malestar, no logra sustituir las antiguas fuentes de sentido, dejando tras de sí un vacío que se experimenta como fatiga, desorientación y futilidad.
La sociedad contemporánea no colapsa; persiste. Pero lo hace en un estado de agotamiento psíquico generalizado, sostenido —y a la vez anestesiado— por las tecnologías digitales y la infoesfera. Estas funcionan como dispositivos de regulación afectiva que amortiguan el malestar sin resolverlo, perpetuando así una forma de estancamiento cultural en la que la hiperconectividad convive con una profunda desconexión existencial.
No resulta un dato menor que, ya en la década de 1930, Aldous Huxley hubiese esbozado —con una lucidez que hoy roza lo profético— los contornos de nuestra sensibilidad contemporánea en su célebre novela distópica “Un mundo feliz”.[4] En esa sátira de inquietante serenidad, Huxley no solo anticipó el advenimiento de tecnologías reproductivas destinadas a reorganizar la vida humana desde su origen, sino también la instauración de mecanismos sutiles de condicionamiento social orientados a la supresión del conflicto interior. Lo que allí se perfila no es una sociedad libre de sufrimiento, sino una en la que este es cuidadosamente gestionado, amortiguado y finalmente disuelto en una atmósfera de confort inducido: la antesala de lo que hoy podríamos denominar una sociedad paliativa. Han expresa que:
El dolor está mal visto. Incluso los sentimientos intensos son reprimidos. Todos los deseos y todas las necesidades deben ser satisfechos de inmediato. La gente está obnubilada por la diversión, el consumo y el placer. La obligación de ser feliz domina la vida. El Estado distribuye una droga llamada «soma» para aumentar la sensación de felicidad de la población. En Un mundo feliz, hay un «cine de sensaciones» en lugar de la telescreen. Como experiencia de todo el cuerpo, a la que contribuye un «órgano de perfumes», aturde a la gente y, junto con la droga, se utiliza como medio de dominación.[5]
Para el sociólogo Philip Rieff, profesor de la Universidad de Pensilvania, el epicentro de lo que denominó la “sociedad terapéutica” emergió en los Estados Unidos y en la Europa occidental. A partir de su teoría de la cultura, anclada en la sublimación del deseo sexual —en diálogo con el pensamiento freudiano y con autores como Carl G. Jung, D. H. Lawrence y Wilhelm Reich—, Rieff traza una genealogía del ser humano en sociedad a través de tres grandes estadios históricos.
En los dos primeros, la vida individual y colectiva se orientaba hacia lo trascendente, hacia aquello que excede el orden material y otorga sentido desde lo sagrado o lo mítico. [6] En cambio, en el tercer estadio, la identidad ya no se sustenta en esas instancias superiores ni en la moral tradicional: el individuo se ve compelido a justificarse a sí mismo, a erigirse como su propia medida. Es en este tercer orden donde emerge la figura contemporánea del “hombre psicológico”, inevitablemente ligado —y, en cierto modo, subordinado— a la lógica de una cultura terapéutica. Carl Trueman citando la obra de Rieff dice:
En las culturas del hombre psicológico, el único criterio moral que se puede aplicar al comportamiento es si conduce a la sensación de bienestar en los individuos afectados. La ética, por lo tanto, se convierte en una función del sentimiento. …Esta cultura inmanente están preocupadas por la autoactualización y la realización del individuo porque no hay un propósito mayor que pueda justificarse en ningún sentido autoritario en última instancia.[7]
Para terminar, acaso convenga preguntarse si una cultura volcada hacia lo terapéutico no termina por estrechar el horizonte de la experiencia humana. ¿Qué sucede cuando todo malestar es interpretado como algo que debe ser eliminado? ¿No se pierde, en ese impulso, la posibilidad de encontrar sentido en el sufrimiento o de asumirlo como parte inevitable de la vida?
También se impone interrogar sus efectos sobre la vida en común. Si el individuo se erige como su propia medida, ¿qué espacio queda para las normas compartidas, el deber o la fidelidad a los otros? ¿No podría esta lógica incubar nuevas formas de fragilidad, de repliegue, de incapacidad para habitar la frustración sin quebrarse?
Y, en última instancia, surge una inquietud más amplia sobre los límites de lo terapéutico. ¿Hasta qué punto se está medicalizando la vida cotidiana y convirtiendo lo ordinario en patológico? Y en este proceso, ¿no corremos el riesgo de convertir la existencia misma en un campo de intervención, debilitando con ello la autonomía y la capacidad de sostener, por cuenta propia, el peso —inevitable— de vivir?
[1] Christopher Lasch, La cultura del narcisismo (México: Fondo de Cultura Económica, 1999), 78.
[2] Eva Illouz, La salvación del alma moderna: Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (Buenos Aires: Katz Editores, 2010), 23.
[3] Byung-Chul Han, La expulsión de lo distinto (Barcelona: Herder, 2022), 9.
[4] Aldous Huxley, Un mundo feliz (Barcelona: Plaza & Janés, 2003).
[5] Byung-Chul Han, Infocracia: la digitalización y la crisis de la democracia (Madrid: Taurus, 2023). 31.
[6] Philip Rieff, Sacred Order / Social Order: My Life Among the Deathworks: Illustrations of the Aesthetics of Authority (Charlottesville: University of Virginia Press, 2008) 1:12.
[7] Carl Trueman, El origen y el triunfo del ego moderno (Nashville: B&H, 2022), 89.
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