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La sociedad de la velocidad

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Gonzalo Chamorro |
15 de abril, 2026

La llamada “Sociedad de la Velocidad” se alza como una de las expresiones más elocuentes —y acaso más inquietantes— de la transposmodernidad: un orden en el que la rapidez —en la producción, en la circulación de la información, en el transporte y en la toma de decisiones— deja de ser un simple atributo funcional para erigirse en valor supremo, casi en dogma incuestionable.

En este horizonte, todo parece precipitarse en una carrera sin tregua. El tiempo se contrae hasta rozar la instantaneidad; las distancias se disuelven hasta perder su antiguo espesor simbólico y material; la vida cotidiana se repliega hacia la urgencia de lo inmediato, como si cada instante reclamara ser consumido antes de desvanecerse en el olvido. La experiencia humana, atravesada por esta lógica, ya no se mide por su duración, sino por la intensidad fugaz de lo efímero, por el destello que arde y se extingue casi al mismo tiempo.

Fue el filósofo francés Paul Virilio quien, hacia finales de la década de 1970, acuñó este concepto para advertir sobre una mutación profunda en la estructura del poder sociocultural. Según él: “La sociedad contemporánea está organizada en torno a la velocidad, donde el poder depende de quién controla el tiempo y la rapidez. La velocidad es el poder mismo”.[1] No se trata únicamente de una transformación técnica, sino de una reconfiguración silenciosa del dominio: quien gobierna la velocidad gobierna, en última instancia, la percepción del mundo.[2]

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En este contexto, la innovación constante, la hiperconectividad y la inmediatez informativa configuran un paisaje donde la pausa adquiere el rostro de la obsolescencia y la lentitud se percibe como una forma de fracaso. Así emergen, casi como síntomas inevitables, el estrés crónico, la alienación y esa sensación persistente de no disponer nunca de tiempo suficiente, incluso en medio de una aparente optimización de todos los procesos. Se gana tiempo, pero se pierde la experiencia del tiempo.

A la luz de este panorama, Zygmunt Bauman propuso una lectura complementaria al describir nuestra época como una “modernidad líquida”: un mundo atravesado por la precariedad, la inestabilidad y la fugacidad.[3]  Nada parece llamado a perdurar. Todo fluye, se disuelve, se reemplaza. Los vínculos humanos, sometidos a esta lógica, se vuelven frágiles, perecederos, intercambiables. Las relaciones, como los objetos de consumo, se inscriben en el raciocinio del uso inmediato y el descarte acelerado. Y en ese flujo constante, la cultura misma comienza a mostrar signos de agotamiento: un cansancio estructural, fruto de la autoexplotación característica de la llamada “sociedad del rendimiento”,[4] en la que el individuo es, a la vez, verdugo y víctima de sus propias exigencias.

Así, la rapidez deja de ser sinónimo de eficacia para convertirse en una forma de saturación. La acumulación vertiginosa de estímulos, tareas e información produce una realidad cada vez más superficial, donde la profundidad cede su lugar a la inmediatez y la reflexión se ve desplazada por la reacción instantánea. Pensamos menos de lo que respondemos; sentimos menos de lo que reaccionamos.

El tiempo —convertido en recurso escaso, fragmentado y mercantilizado— adquiere primacía sobre el espacio, reconfigurando no solo nuestras prácticas cotidianas, sino también nuestra forma de percibir, pensar y habitar el mundo. La velocidad, en última instancia, no solo organiza la sociedad: la reescribe desde dentro, modelando subjetividades que oscilan entre la hiperactividad y el vacío, entre la euforia del movimiento constante y el silencio inquietante de la falta de sentido.

El antropólogo Lluís Duch, en Vida cotidiana y velocidad, lo expresa con lucidez inquietante:

 

Es un dato incontrovertible que, muy a menudo, la prisa como consecuencia de la velocidad que queremos aplicar a nuestro vivir y convivir cotidianos se encuentre asociada directamente con una de las enfermedades más agresiva de nuestro tiempo: la distracción, con la falta de atención y deferencia hacia los que nos rodean. «No tengo tiempo», «tengo prisa», «estoy muy ocupado», son frases hechas que pronunciamos casi inconscientemente, pero que denotan muy claramente que vivimos, valga la paradoja, en un «tiempo sin tiempo», es decir, bajo el imperio implacable de la angustia, del temor, de la soledad y de la culpa. Ambas, la prisa y la distracción aíslan, fragmentan, pulverizan, secan todo lo que tocan; son íntimamente nihilistas y ambas también son enemigas natas de la atención y del cuidado del otro.[5]

 

De ahí que Duch formule una pregunta que atraviesa, como una grieta silenciosa, la condición actual: “¿Cuál debería ser el ritmo adecuado para que la existencia humana no se disuelva ni en el frenesí, ni en la apatía, ni en el aburrimiento?”[6] En esa interrogante se juega algo más que una cuestión de estilo de vida: se juega la posibilidad misma de una vida habitable. Encontrar ese ritmo implica recuperar una medida humana del tiempo, un pulso vital que permita actuar con intensidad sin sacrificar la profundidad, y detenerse sin caer en la inercia.

Romper con el culto a la prisa —ese mandato invisible que ha colonizado nuestras agendas y nuestras conciencias— constituye, quizá, el primer gesto de resistencia. No se trata de una ruptura abrupta, sino de un lento aprendizaje, es decir, reaprender a habitar el tiempo. En medio de la aceleración que imponen las grandes ciudades, este gesto puede parecer casi sedicioso. Sin embargo, es ahí donde reside su potencia transformadora. Como advierte Byung-Chul Han:

 

Sin calma, se produce una nueva barbarie. El callar le da profundidad al habla. Sin silencio no hay música, sino nada más que ruido y alboroto. El juego es la esencia de la belleza. Allí donde solo reina el esquema de estímulo y reacción, necesidad y satisfacción, problema y solución, propósito y acción, la vida degenera en supervivencia, en desnuda vida animal.[7]

 

Por otro lado, adoptar una vida más lenta no implica renunciar a la productividad, sino redefinirla. Supone reconocer que no todo lo valioso es inmediato ni cuantificable, y que aquello que verdaderamente importa —el pensamiento profundo, la creación, los vínculos auténticos— requiere tiempo, atención y continuidad. “La acción es constitutiva de la historia —dice Han—, pero no es una fuerza formadora de cultura”.[8]

En este camino, cuidar la salud física y emocional deja de ser un lujo para convertirse en un acto de lucidez. Descansar, alimentarse con conciencia, moverse, cultivar la interioridad: gestos simples que, en un mundo acelerado, adquieren una dimensión casi radical. Del mismo modo, la automatización de tareas puede ser una aliada, siempre que su finalidad no sea acelerar aún más el ritmo, sino liberar tiempo para lo esencial.

La escucha activa, por su parte, emerge como una forma de resistencia silenciosa. Escuchar verdaderamente —a los otros y a uno mismo— implica suspender el juicio, habitar la presencia, abrirse a la complejidad. En un mundo saturado de ruido, escuchar se convierte en un acto profundamente humano.

Y, finalmente, la contemplación: ese arte olvidado de detenerse, de mirar sin prisa, de encontrar sentido en lo aparentemente insignificante. Contemplar no es evadirse, sino volver a ver. Es reconectar con la realidad, con el propio ser y con aquello que nos trasciende. Tal vez allí, en esa pausa, se encuentre la posibilidad de un nuevo comienzo.

Hago, pues, un llamado, estimado lector: a desertar —aunque sea por un instante— de la vida hiperactiva; a soltar su vértigo estéril; a recuperar el ritmo propio. A reavivar la curiosidad y redescubrir la riqueza —casi olvidada— de habitar plenamente el tiempo y el espacio. A saborearlos sin prisa, como quien recuerda, al fin, que vivir también es detenerse.

 

 

 

 

 

 

[1] Paul Virilio, Velocidad y política (Buenos Aires: La Marca, 1997), 17.

[2] Hartmut Rosa, Aceleración: una crítica social del tiempo (Buenos Aires: Katz, 2016), 77.

[3] Zygmunt Bauman, Vida líquida (Barcelona: Paidós, 2006), 9.

[4] Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Barcelona: Herder, 2012), 25.

[5] Lluís Duch, Vida cotidiana y velocidad (Barcelona: Herder, 2019), 12-13.

[6] Ibid., 11. 

[7] Byung-Chul Han, Vida contemplativa (México: Taurus, 2023), 12-13.

[8] Ibid., 13.

La sociedad de la velocidad

Gonzalo Chamorro |
15 de abril, 2026
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La llamada “Sociedad de la Velocidad” se alza como una de las expresiones más elocuentes —y acaso más inquietantes— de la transposmodernidad: un orden en el que la rapidez —en la producción, en la circulación de la información, en el transporte y en la toma de decisiones— deja de ser un simple atributo funcional para erigirse en valor supremo, casi en dogma incuestionable.

En este horizonte, todo parece precipitarse en una carrera sin tregua. El tiempo se contrae hasta rozar la instantaneidad; las distancias se disuelven hasta perder su antiguo espesor simbólico y material; la vida cotidiana se repliega hacia la urgencia de lo inmediato, como si cada instante reclamara ser consumido antes de desvanecerse en el olvido. La experiencia humana, atravesada por esta lógica, ya no se mide por su duración, sino por la intensidad fugaz de lo efímero, por el destello que arde y se extingue casi al mismo tiempo.

Fue el filósofo francés Paul Virilio quien, hacia finales de la década de 1970, acuñó este concepto para advertir sobre una mutación profunda en la estructura del poder sociocultural. Según él: “La sociedad contemporánea está organizada en torno a la velocidad, donde el poder depende de quién controla el tiempo y la rapidez. La velocidad es el poder mismo”.[1] No se trata únicamente de una transformación técnica, sino de una reconfiguración silenciosa del dominio: quien gobierna la velocidad gobierna, en última instancia, la percepción del mundo.[2]

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En este contexto, la innovación constante, la hiperconectividad y la inmediatez informativa configuran un paisaje donde la pausa adquiere el rostro de la obsolescencia y la lentitud se percibe como una forma de fracaso. Así emergen, casi como síntomas inevitables, el estrés crónico, la alienación y esa sensación persistente de no disponer nunca de tiempo suficiente, incluso en medio de una aparente optimización de todos los procesos. Se gana tiempo, pero se pierde la experiencia del tiempo.

A la luz de este panorama, Zygmunt Bauman propuso una lectura complementaria al describir nuestra época como una “modernidad líquida”: un mundo atravesado por la precariedad, la inestabilidad y la fugacidad.[3]  Nada parece llamado a perdurar. Todo fluye, se disuelve, se reemplaza. Los vínculos humanos, sometidos a esta lógica, se vuelven frágiles, perecederos, intercambiables. Las relaciones, como los objetos de consumo, se inscriben en el raciocinio del uso inmediato y el descarte acelerado. Y en ese flujo constante, la cultura misma comienza a mostrar signos de agotamiento: un cansancio estructural, fruto de la autoexplotación característica de la llamada “sociedad del rendimiento”,[4] en la que el individuo es, a la vez, verdugo y víctima de sus propias exigencias.

Así, la rapidez deja de ser sinónimo de eficacia para convertirse en una forma de saturación. La acumulación vertiginosa de estímulos, tareas e información produce una realidad cada vez más superficial, donde la profundidad cede su lugar a la inmediatez y la reflexión se ve desplazada por la reacción instantánea. Pensamos menos de lo que respondemos; sentimos menos de lo que reaccionamos.

El tiempo —convertido en recurso escaso, fragmentado y mercantilizado— adquiere primacía sobre el espacio, reconfigurando no solo nuestras prácticas cotidianas, sino también nuestra forma de percibir, pensar y habitar el mundo. La velocidad, en última instancia, no solo organiza la sociedad: la reescribe desde dentro, modelando subjetividades que oscilan entre la hiperactividad y el vacío, entre la euforia del movimiento constante y el silencio inquietante de la falta de sentido.

El antropólogo Lluís Duch, en Vida cotidiana y velocidad, lo expresa con lucidez inquietante:

 

Es un dato incontrovertible que, muy a menudo, la prisa como consecuencia de la velocidad que queremos aplicar a nuestro vivir y convivir cotidianos se encuentre asociada directamente con una de las enfermedades más agresiva de nuestro tiempo: la distracción, con la falta de atención y deferencia hacia los que nos rodean. «No tengo tiempo», «tengo prisa», «estoy muy ocupado», son frases hechas que pronunciamos casi inconscientemente, pero que denotan muy claramente que vivimos, valga la paradoja, en un «tiempo sin tiempo», es decir, bajo el imperio implacable de la angustia, del temor, de la soledad y de la culpa. Ambas, la prisa y la distracción aíslan, fragmentan, pulverizan, secan todo lo que tocan; son íntimamente nihilistas y ambas también son enemigas natas de la atención y del cuidado del otro.[5]

 

De ahí que Duch formule una pregunta que atraviesa, como una grieta silenciosa, la condición actual: “¿Cuál debería ser el ritmo adecuado para que la existencia humana no se disuelva ni en el frenesí, ni en la apatía, ni en el aburrimiento?”[6] En esa interrogante se juega algo más que una cuestión de estilo de vida: se juega la posibilidad misma de una vida habitable. Encontrar ese ritmo implica recuperar una medida humana del tiempo, un pulso vital que permita actuar con intensidad sin sacrificar la profundidad, y detenerse sin caer en la inercia.

Romper con el culto a la prisa —ese mandato invisible que ha colonizado nuestras agendas y nuestras conciencias— constituye, quizá, el primer gesto de resistencia. No se trata de una ruptura abrupta, sino de un lento aprendizaje, es decir, reaprender a habitar el tiempo. En medio de la aceleración que imponen las grandes ciudades, este gesto puede parecer casi sedicioso. Sin embargo, es ahí donde reside su potencia transformadora. Como advierte Byung-Chul Han:

 

Sin calma, se produce una nueva barbarie. El callar le da profundidad al habla. Sin silencio no hay música, sino nada más que ruido y alboroto. El juego es la esencia de la belleza. Allí donde solo reina el esquema de estímulo y reacción, necesidad y satisfacción, problema y solución, propósito y acción, la vida degenera en supervivencia, en desnuda vida animal.[7]

 

Por otro lado, adoptar una vida más lenta no implica renunciar a la productividad, sino redefinirla. Supone reconocer que no todo lo valioso es inmediato ni cuantificable, y que aquello que verdaderamente importa —el pensamiento profundo, la creación, los vínculos auténticos— requiere tiempo, atención y continuidad. “La acción es constitutiva de la historia —dice Han—, pero no es una fuerza formadora de cultura”.[8]

En este camino, cuidar la salud física y emocional deja de ser un lujo para convertirse en un acto de lucidez. Descansar, alimentarse con conciencia, moverse, cultivar la interioridad: gestos simples que, en un mundo acelerado, adquieren una dimensión casi radical. Del mismo modo, la automatización de tareas puede ser una aliada, siempre que su finalidad no sea acelerar aún más el ritmo, sino liberar tiempo para lo esencial.

La escucha activa, por su parte, emerge como una forma de resistencia silenciosa. Escuchar verdaderamente —a los otros y a uno mismo— implica suspender el juicio, habitar la presencia, abrirse a la complejidad. En un mundo saturado de ruido, escuchar se convierte en un acto profundamente humano.

Y, finalmente, la contemplación: ese arte olvidado de detenerse, de mirar sin prisa, de encontrar sentido en lo aparentemente insignificante. Contemplar no es evadirse, sino volver a ver. Es reconectar con la realidad, con el propio ser y con aquello que nos trasciende. Tal vez allí, en esa pausa, se encuentre la posibilidad de un nuevo comienzo.

Hago, pues, un llamado, estimado lector: a desertar —aunque sea por un instante— de la vida hiperactiva; a soltar su vértigo estéril; a recuperar el ritmo propio. A reavivar la curiosidad y redescubrir la riqueza —casi olvidada— de habitar plenamente el tiempo y el espacio. A saborearlos sin prisa, como quien recuerda, al fin, que vivir también es detenerse.

 

 

 

 

 

 

[1] Paul Virilio, Velocidad y política (Buenos Aires: La Marca, 1997), 17.

[2] Hartmut Rosa, Aceleración: una crítica social del tiempo (Buenos Aires: Katz, 2016), 77.

[3] Zygmunt Bauman, Vida líquida (Barcelona: Paidós, 2006), 9.

[4] Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Barcelona: Herder, 2012), 25.

[5] Lluís Duch, Vida cotidiana y velocidad (Barcelona: Herder, 2019), 12-13.

[6] Ibid., 11. 

[7] Byung-Chul Han, Vida contemplativa (México: Taurus, 2023), 12-13.

[8] Ibid., 13.

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