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La sociedad de la fealdad

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Gonzalo Chamorro |
06 de mayo, 2026

Vivimos en una sociedad donde escasean la sensibilidad y los criterios necesarios para reconocer la belleza auténtica. En su lugar, se privilegia lo inmediato, lo fácil y lo agradable. Esta inclinación ha empobrecido progresivamente la experiencia estética y, con ello, ha debilitado nuestra forma de observar, contemplar e incluso pensar.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la sociedad contemporánea, profundamente marcada por la lógica digital, ha eliminado la negatividad constitutiva de lo bello: aquello extraño, inquietante e incluso hiriente que antes abría un espacio para el asombro y la reflexión ha desaparecido. En su ausencia, se impone una estética de lo pulido, lo liso y lo complaciente, que evita toda resistencia y suprime la profundidad.[1] Así, lo bello deja de interpelar y transformar para convertirse en un objeto dócil, de consumo inmediato y sin densidad.

En este marco, predomina una sensibilidad orientada hacia lo utilitario, donde todo debe presentarse sin asperezas ni tensiones. Al despojar a la belleza de su capacidad de confrontar e incomodar, también se le arrebata su potencia interrogativa. Lo que antes albergaba misterio y ambigüedad se reduce ahora a una superficie transparente, donde la distancia desaparece y el conflicto queda excluido.

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La temporalidad digital refuerza esta transformación: el presente se absolutiza, desplazando tanto la memoria como la proyección hacia el futuro.[2] En consecuencia, se desvanece no solo la experiencia de lo bello natural, sino también la posibilidad de una vivencia estética profunda, sustituida por una gratificación efímera que apenas roza lo sensible.

En esta superficie pulida de la vida contemporánea, todo parece diseñado para evitar la fricción: lo incómodo se descarta, lo distinto se suaviza y la negatividad se percibe como un error a corregir. Al huir del contraste se diluye también la posibilidad de una elección auténtica, que siempre surge del enfrentamiento entre alternativas reales. En su lugar, proliferan opciones que solo difieren en apariencia: productos, contenidos y gestos que prometen libertad, pero reproducen una misma lógica. Así, la libertad se reduce a un acto de consumo: abundante en cantidad, pero pobre en profundidad, donde elegir deja de ser un ejercicio crítico para convertirse en una rutina sin riesgo.

En este escenario, la coerción ya no se impone desde fuera, sino que se interioriza. Cada individuo se exige rendir más, mostrarse siempre positivo y permanecer visible, como si su vida fuera un escaparate constante. Esta autoexigencia se presenta como libertad, aunque encubre una forma de control más sutil y eficaz. Al mismo tiempo, el otro —lo verdaderamente distinto— se desvanece, y con él la posibilidad de cuestionarnos, resistir y pensar más allá de lo dado. La sociedad de lo “no bello” termina ofreciendo una libertad cómoda, pero vacía: una libertad sin tensión, sin profundidad y sin verdadera alteridad.

Frente a ello, estimado lector, el arte —como la belleza misma— no se entrega a la mirada apresurada ni al juicio superficial. Exige atención sostenida, formación del gusto y una disposición interior abierta a lo que trasciende el placer inmediato. En su experiencia más genuina, lo bello no se agota en lo agradable: interpela, inquieta y eleva, transformando nuestra manera de percibir y habitar el mundo.

Reducir la belleza a entretenimiento o satisfacción instantánea implica, por tanto, una pérdida que no es solo estética, sino también espiritual e intelectual. De ahí que Sir Roger Scruton advierta con claridad: “La belleza es un valor tan importante como la verdad y la bondad. No es algo de lo que podamos prescindir.” [3] Sin una relación genuina con lo bello, la experiencia humana se empobrece y la capacidad de juicio se debilita, abriendo paso a una cultura cada vez más indiferente a lo sublime.

No es casual que la belleza, como atributo trascendental del Ser, haya sido relegada por buena parte del pensamiento contemporáneo. Al privilegiar lo funcional, lo técnico y lo útil, se ha erosionado la capacidad de comprender la realidad en su plenitud. Así, lo bello queda reducido a lo frívolo y consumible, perdiendo su fuerza reveladora. Recuperarlo como categoría central no es un gesto ornamental, sino una necesidad moral: solo así puede restituirse el vínculo entre verdad, sentido y existencia.

Al final, cabe recordarlo con sencillez: “no puede haber bondad sin belleza, como tampoco belleza sin verdad”. [4]


[1] Byung-Chul Han, La salvación de lo bello, trad. Alberto Ciria (Barcelona: Herder, 2015), 11.

[2] Ibid., 42.

[3] Roger Scruton, Beauty: A Very Short Introduction (Oxford: Oxford University Press, 2009), 3.

[4] Hans Urs von Balthasar, Gloria: La percepción de la forma (Madrid: Ediciones Encuentro, 1985), 119.

La sociedad de la fealdad

Gonzalo Chamorro |
06 de mayo, 2026
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Vivimos en una sociedad donde escasean la sensibilidad y los criterios necesarios para reconocer la belleza auténtica. En su lugar, se privilegia lo inmediato, lo fácil y lo agradable. Esta inclinación ha empobrecido progresivamente la experiencia estética y, con ello, ha debilitado nuestra forma de observar, contemplar e incluso pensar.

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la sociedad contemporánea, profundamente marcada por la lógica digital, ha eliminado la negatividad constitutiva de lo bello: aquello extraño, inquietante e incluso hiriente que antes abría un espacio para el asombro y la reflexión ha desaparecido. En su ausencia, se impone una estética de lo pulido, lo liso y lo complaciente, que evita toda resistencia y suprime la profundidad.[1] Así, lo bello deja de interpelar y transformar para convertirse en un objeto dócil, de consumo inmediato y sin densidad.

En este marco, predomina una sensibilidad orientada hacia lo utilitario, donde todo debe presentarse sin asperezas ni tensiones. Al despojar a la belleza de su capacidad de confrontar e incomodar, también se le arrebata su potencia interrogativa. Lo que antes albergaba misterio y ambigüedad se reduce ahora a una superficie transparente, donde la distancia desaparece y el conflicto queda excluido.

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La temporalidad digital refuerza esta transformación: el presente se absolutiza, desplazando tanto la memoria como la proyección hacia el futuro.[2] En consecuencia, se desvanece no solo la experiencia de lo bello natural, sino también la posibilidad de una vivencia estética profunda, sustituida por una gratificación efímera que apenas roza lo sensible.

En esta superficie pulida de la vida contemporánea, todo parece diseñado para evitar la fricción: lo incómodo se descarta, lo distinto se suaviza y la negatividad se percibe como un error a corregir. Al huir del contraste se diluye también la posibilidad de una elección auténtica, que siempre surge del enfrentamiento entre alternativas reales. En su lugar, proliferan opciones que solo difieren en apariencia: productos, contenidos y gestos que prometen libertad, pero reproducen una misma lógica. Así, la libertad se reduce a un acto de consumo: abundante en cantidad, pero pobre en profundidad, donde elegir deja de ser un ejercicio crítico para convertirse en una rutina sin riesgo.

En este escenario, la coerción ya no se impone desde fuera, sino que se interioriza. Cada individuo se exige rendir más, mostrarse siempre positivo y permanecer visible, como si su vida fuera un escaparate constante. Esta autoexigencia se presenta como libertad, aunque encubre una forma de control más sutil y eficaz. Al mismo tiempo, el otro —lo verdaderamente distinto— se desvanece, y con él la posibilidad de cuestionarnos, resistir y pensar más allá de lo dado. La sociedad de lo “no bello” termina ofreciendo una libertad cómoda, pero vacía: una libertad sin tensión, sin profundidad y sin verdadera alteridad.

Frente a ello, estimado lector, el arte —como la belleza misma— no se entrega a la mirada apresurada ni al juicio superficial. Exige atención sostenida, formación del gusto y una disposición interior abierta a lo que trasciende el placer inmediato. En su experiencia más genuina, lo bello no se agota en lo agradable: interpela, inquieta y eleva, transformando nuestra manera de percibir y habitar el mundo.

Reducir la belleza a entretenimiento o satisfacción instantánea implica, por tanto, una pérdida que no es solo estética, sino también espiritual e intelectual. De ahí que Sir Roger Scruton advierta con claridad: “La belleza es un valor tan importante como la verdad y la bondad. No es algo de lo que podamos prescindir.” [3] Sin una relación genuina con lo bello, la experiencia humana se empobrece y la capacidad de juicio se debilita, abriendo paso a una cultura cada vez más indiferente a lo sublime.

No es casual que la belleza, como atributo trascendental del Ser, haya sido relegada por buena parte del pensamiento contemporáneo. Al privilegiar lo funcional, lo técnico y lo útil, se ha erosionado la capacidad de comprender la realidad en su plenitud. Así, lo bello queda reducido a lo frívolo y consumible, perdiendo su fuerza reveladora. Recuperarlo como categoría central no es un gesto ornamental, sino una necesidad moral: solo así puede restituirse el vínculo entre verdad, sentido y existencia.

Al final, cabe recordarlo con sencillez: “no puede haber bondad sin belleza, como tampoco belleza sin verdad”. [4]


[1] Byung-Chul Han, La salvación de lo bello, trad. Alberto Ciria (Barcelona: Herder, 2015), 11.

[2] Ibid., 42.

[3] Roger Scruton, Beauty: A Very Short Introduction (Oxford: Oxford University Press, 2009), 3.

[4] Hans Urs von Balthasar, Gloria: La percepción de la forma (Madrid: Ediciones Encuentro, 1985), 119.

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