A lo largo de la historia humana, la envidia ha sido una constante silenciosa y persistente: un hilo invisible que atraviesa culturas, épocas y civilizaciones. Desde las antiguas tradiciones orales hasta los tratados más refinados del pensamiento filosófico, este sentimiento ha ocupado un lugar central en la reflexión sobre la condición humana. Ha nutrido páginas enteras de obras morales, religiosas y metafísicas, donde se le ha examinado no solo como una emoción individual, sino como una fuerza capaz de modelar relaciones sociales, conflictos y aspiraciones.
En el pensamiento clásico, Aristóteles ofreció una de las primeras aproximaciones sistemáticas al definir la envidia como “el dolor ante la buena fortuna de aquellos que son semejantes a nosotros”.[1] Esta formulación no solo revela su naturaleza esencialmente comparativa, sino que también subraya su carácter profundamente humano: no envidiamos lo que nos resulta completamente ajeno, sino aquello que percibimos cercano, posible, casi alcanzable.
Siglos más tarde, Tomás de Aquino profundizó esta idea desde una perspectiva teológica al señalar que la envidia es “tristeza por el bien del prójimo en cuanto se considera como disminución de la propia excelencia”.[2] En esta visión, la envidia deja de ser una simple reacción emocional para convertirse en una distorsión del juicio moral, donde el bien ajeno es interpretado erróneamente como una pérdida propia.
En el ámbito del psicoanálisis, Melanie Klein llevó la reflexión a una dimensión más íntima y primitiva del ser humano. Para ella, la envidia constituye un impulso destructivo arraigado en las primeras etapas del desarrollo psíquico: un sentimiento de hostilidad frente a aquello que otro posee y que se percibe como deseable. Este impulso no se limita al deseo de poseer, sino que puede transformarse en la necesidad de arrebatar o incluso destruir lo que pertenece al otro.[3] Así, la envidia se revela no solo como una emoción dolorosa, sino como una fuerza potencialmente corrosiva que afecta tanto a quien la experimenta como a su entorno.
Fue, sin embargo, el sociólogo alemán Helmut Schoeck quien popularizó el concepto de la “Sociedad de la Envidia”, describiéndola como un fenómeno universal capaz de generar un sentimiento destructor, paralizante y atormentador.[4] La envidia, en este sentido, no consiste simplemente en desear lo que otro posee —sea material o inmaterial—, sino en anhelar que el otro deje de poseerlo, incluso a costa de su pérdida. En palabras de Axel Kaiser:
“Dado que, a pesar de ser detonada por desigualdades que no están bajo su control, la envidia es una emoción que surge y se reafirma en la psiquis del envidioso, esta gira sobre sí misma y no puede ser jamás satisfecha. Así, cualquier desigualdad, incluyendo pequeñas diferencias de ingresos, una mejor apariencia física, mayor éxito social, un superior estado de salud, entre otras, puede convertirse en objeto de envidia. El poder destructivo de esta pasión es tan gigantesco que no existe sistema social alguno que no haya desarrollado fórmulas para contenerla, siendo las religiones probablemente las más efectivas, al punto de que ninguna religión conocida carece de una explícita condena de la envidia. Del mismo modo, sin embargo, en la vida social surgen narrativas o ideologías que son racionalizaciones de la envidia y que la utilizan como motor para avanzar agendas de poder.”[5]
No obstante, aunque Schoeck subraya con insistencia el carácter profundamente destructivo de la envidia —especialmente cuando esta se institucionaliza y pasa a fundamentar programas y políticas sociales—, su análisis no se agota en esa dimensión negativa. Uno de los aspectos más sugestivos de su tesis radica en reconocerle una función paradójicamente reguladora dentro de la vida social. La envidia no solo desintegra vínculos o alimenta resentimientos; también opera como un mecanismo sutil de control, en la medida en que el temor a provocarla induce a los individuos a moderar la ostentación de sus logros y a contener la exhibición de su prosperidad.[6]
En ese sentido, la envidia actúa como una forma de presión difusa pero eficaz: una vigilancia invisible que disciplina las conductas sin necesidad de normas explícitas o coerción institucional. Este fenómeno encuentra eco en la noción antropológica del “bien limitado” propuesta por George M. Foster, según la cual, en determinadas sociedades, el éxito de unos es percibido como una pérdida para otros, reforzando así la autocontención y la vigilancia mutua.[7]
Asimismo, Adam Smith ya había advertido que la preocupación por la mirada ajena influye decisivamente en la moderación de las pasiones y en la regulación del comportamiento social.[8] Lejos de ser un fenómeno marginal o puramente patológico, la envidia se revela, por tanto, como una fuerza ambivalente que, al tiempo que puede erosionar el tejido social, contribuye también a moldear patrones de conducta y a mantener ciertos equilibrios dentro de la convivencia humana. Como advierte Kaiser:
“La envidia, no puede ser contenida ni con demostraciones de culpa, ni intentando eliminar el objeto que la provoca, pues se trata de una emoción autorreferente que siempre encontrará un objeto sobre el cual proyectarse. Lo que sí puede aplacarla son discursos que recuerdan su poder destructivo y una ética, como la liberal, que celebra el éxito individual y grupal honestamente conseguido. Por el contrario, las sociedades que avanzan sin control por la senda igualitarista, con élites culposas que la validan —a veces al punto de fomentar la revolución— corren serios riesgos de verse destruidas.”[9]
La obra de Schoeck invita, así, a reconsiderar la envidia no como un simple vicio privado, sino como una fuerza estructurante de la vida social. Su análisis pone de relieve que este fenómeno trasciende el ámbito psicológico y posee profundas implicaciones culturales, económicas y políticas. Reconocer su presencia —y, sobre todo, su capacidad de influir en las normas colectivas— constituye el primer paso para evitar que se convierta en un principio rector de la organización social.
Desde esa perspectiva, Schoeck advierte implícitamente sobre los riesgos de legitimar la envidia mediante discursos que exaltan el resentimiento o promueven la nivelación forzada como ideal supremo. Cuando la envidia se transforma en criterio de justicia, las sociedades tienden a penalizar la excelencia, desalentar la innovación y erosionar los incentivos que sostienen el progreso. De ahí la importancia de defender marcos institucionales que protejan el mérito, la libertad individual y la diversidad de resultados, sin sucumbir a presiones igualitaristas nacidas de la comparación constante.
Su propuesta no se limita, sin embargo, a la crítica. También sugiere una ética de la moderación. Si la envidia actúa como una forma de control social difuso, los individuos pueden contribuir a mitigar sus efectos mediante prácticas de discreción, prudencia y reconocimiento del otro. Ello no implica renunciar al éxito ni a la aspiración personal, sino ejercerlos con una conciencia que evite la provocación innecesaria y favorezca la convivencia. En ese delicado equilibrio entre afirmación individual y sensibilidad colectiva se juega, en gran medida, la posibilidad de una existencia más armónica.
Y así, el lector contemporáneo puede extraer de la obra de Schoeck una lección especialmente vigente. En una época marcada por la exposición constante y la comparación amplificada —particularmente a través de los medios digitales—, la envidia encuentra nuevas formas de intensificarse y difundirse. Frente a ello, recuperar estos planteamientos permite desarrollar una actitud crítica tanto hacia las propias emociones como hacia los discursos que buscan instrumentalizarlas.
En definitiva, comprender la envidia como una fuerza persistente y ambivalente no implica resignarse a sus efectos, sino asumir la responsabilidad de encauzarla. Más que erradicarla —tarea casi improbable—, el desafío consiste en impedir que se convierta en el motor de nuestras instituciones y juicios colectivos. Una sociedad verdaderamente saludable no es aquella que elimina las diferencias, sino la que aprende a convivir con ellas sin traducirlas en resentimiento. Solo cuando el éxito ajeno deja de percibirse como una amenaza y se reconoce como parte natural de la diversidad humana, es posible sustituir la lógica de la envidia por una cultura de respeto, emulación constructiva y libertad compartida.
[1] Aristóteles, Retórica, trad. Alberto Bernabé (Madrid: Gredos, 1998), 203.
[2] Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 36, a. 1 (Madrid: BAC, 2001), 324.
[3] Melanie Klein, Envidia y gratitud (Buenos Aires: Paidós, 1974), 181.
[4] Helmut Shoeck, La envidia y la sociedad (Madrid: Unión Editorial, 1999), 15.
[5] Axel Kaiser, “La envidia y la sociedad”, El Mercurio, 21 de agosto de 2021.
[6] Helmut Schoeck, Envy: A Theory of Social Behaviour (Indianapolis: Liberty Fund, 1987), 24–26-
[7] George M. Foster, “Peasant Society and the Image of Limited Good,” American Anthropologist 67, no. 2 (1965): 296–299.
[8] Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments (Indianapolis: Liberty Fund, 1982), 50–52.
[9] Axel Kaiser, “La envidia y la sociedad”, El Mercurio, 21 de agosto de 2021.
A lo largo de la historia humana, la envidia ha sido una constante silenciosa y persistente: un hilo invisible que atraviesa culturas, épocas y civilizaciones. Desde las antiguas tradiciones orales hasta los tratados más refinados del pensamiento filosófico, este sentimiento ha ocupado un lugar central en la reflexión sobre la condición humana. Ha nutrido páginas enteras de obras morales, religiosas y metafísicas, donde se le ha examinado no solo como una emoción individual, sino como una fuerza capaz de modelar relaciones sociales, conflictos y aspiraciones.
En el pensamiento clásico, Aristóteles ofreció una de las primeras aproximaciones sistemáticas al definir la envidia como “el dolor ante la buena fortuna de aquellos que son semejantes a nosotros”.[1] Esta formulación no solo revela su naturaleza esencialmente comparativa, sino que también subraya su carácter profundamente humano: no envidiamos lo que nos resulta completamente ajeno, sino aquello que percibimos cercano, posible, casi alcanzable.
Siglos más tarde, Tomás de Aquino profundizó esta idea desde una perspectiva teológica al señalar que la envidia es “tristeza por el bien del prójimo en cuanto se considera como disminución de la propia excelencia”.[2] En esta visión, la envidia deja de ser una simple reacción emocional para convertirse en una distorsión del juicio moral, donde el bien ajeno es interpretado erróneamente como una pérdida propia.
En el ámbito del psicoanálisis, Melanie Klein llevó la reflexión a una dimensión más íntima y primitiva del ser humano. Para ella, la envidia constituye un impulso destructivo arraigado en las primeras etapas del desarrollo psíquico: un sentimiento de hostilidad frente a aquello que otro posee y que se percibe como deseable. Este impulso no se limita al deseo de poseer, sino que puede transformarse en la necesidad de arrebatar o incluso destruir lo que pertenece al otro.[3] Así, la envidia se revela no solo como una emoción dolorosa, sino como una fuerza potencialmente corrosiva que afecta tanto a quien la experimenta como a su entorno.
Fue, sin embargo, el sociólogo alemán Helmut Schoeck quien popularizó el concepto de la “Sociedad de la Envidia”, describiéndola como un fenómeno universal capaz de generar un sentimiento destructor, paralizante y atormentador.[4] La envidia, en este sentido, no consiste simplemente en desear lo que otro posee —sea material o inmaterial—, sino en anhelar que el otro deje de poseerlo, incluso a costa de su pérdida. En palabras de Axel Kaiser:
“Dado que, a pesar de ser detonada por desigualdades que no están bajo su control, la envidia es una emoción que surge y se reafirma en la psiquis del envidioso, esta gira sobre sí misma y no puede ser jamás satisfecha. Así, cualquier desigualdad, incluyendo pequeñas diferencias de ingresos, una mejor apariencia física, mayor éxito social, un superior estado de salud, entre otras, puede convertirse en objeto de envidia. El poder destructivo de esta pasión es tan gigantesco que no existe sistema social alguno que no haya desarrollado fórmulas para contenerla, siendo las religiones probablemente las más efectivas, al punto de que ninguna religión conocida carece de una explícita condena de la envidia. Del mismo modo, sin embargo, en la vida social surgen narrativas o ideologías que son racionalizaciones de la envidia y que la utilizan como motor para avanzar agendas de poder.”[5]
No obstante, aunque Schoeck subraya con insistencia el carácter profundamente destructivo de la envidia —especialmente cuando esta se institucionaliza y pasa a fundamentar programas y políticas sociales—, su análisis no se agota en esa dimensión negativa. Uno de los aspectos más sugestivos de su tesis radica en reconocerle una función paradójicamente reguladora dentro de la vida social. La envidia no solo desintegra vínculos o alimenta resentimientos; también opera como un mecanismo sutil de control, en la medida en que el temor a provocarla induce a los individuos a moderar la ostentación de sus logros y a contener la exhibición de su prosperidad.[6]
En ese sentido, la envidia actúa como una forma de presión difusa pero eficaz: una vigilancia invisible que disciplina las conductas sin necesidad de normas explícitas o coerción institucional. Este fenómeno encuentra eco en la noción antropológica del “bien limitado” propuesta por George M. Foster, según la cual, en determinadas sociedades, el éxito de unos es percibido como una pérdida para otros, reforzando así la autocontención y la vigilancia mutua.[7]
Asimismo, Adam Smith ya había advertido que la preocupación por la mirada ajena influye decisivamente en la moderación de las pasiones y en la regulación del comportamiento social.[8] Lejos de ser un fenómeno marginal o puramente patológico, la envidia se revela, por tanto, como una fuerza ambivalente que, al tiempo que puede erosionar el tejido social, contribuye también a moldear patrones de conducta y a mantener ciertos equilibrios dentro de la convivencia humana. Como advierte Kaiser:
“La envidia, no puede ser contenida ni con demostraciones de culpa, ni intentando eliminar el objeto que la provoca, pues se trata de una emoción autorreferente que siempre encontrará un objeto sobre el cual proyectarse. Lo que sí puede aplacarla son discursos que recuerdan su poder destructivo y una ética, como la liberal, que celebra el éxito individual y grupal honestamente conseguido. Por el contrario, las sociedades que avanzan sin control por la senda igualitarista, con élites culposas que la validan —a veces al punto de fomentar la revolución— corren serios riesgos de verse destruidas.”[9]
La obra de Schoeck invita, así, a reconsiderar la envidia no como un simple vicio privado, sino como una fuerza estructurante de la vida social. Su análisis pone de relieve que este fenómeno trasciende el ámbito psicológico y posee profundas implicaciones culturales, económicas y políticas. Reconocer su presencia —y, sobre todo, su capacidad de influir en las normas colectivas— constituye el primer paso para evitar que se convierta en un principio rector de la organización social.
Desde esa perspectiva, Schoeck advierte implícitamente sobre los riesgos de legitimar la envidia mediante discursos que exaltan el resentimiento o promueven la nivelación forzada como ideal supremo. Cuando la envidia se transforma en criterio de justicia, las sociedades tienden a penalizar la excelencia, desalentar la innovación y erosionar los incentivos que sostienen el progreso. De ahí la importancia de defender marcos institucionales que protejan el mérito, la libertad individual y la diversidad de resultados, sin sucumbir a presiones igualitaristas nacidas de la comparación constante.
Su propuesta no se limita, sin embargo, a la crítica. También sugiere una ética de la moderación. Si la envidia actúa como una forma de control social difuso, los individuos pueden contribuir a mitigar sus efectos mediante prácticas de discreción, prudencia y reconocimiento del otro. Ello no implica renunciar al éxito ni a la aspiración personal, sino ejercerlos con una conciencia que evite la provocación innecesaria y favorezca la convivencia. En ese delicado equilibrio entre afirmación individual y sensibilidad colectiva se juega, en gran medida, la posibilidad de una existencia más armónica.
Y así, el lector contemporáneo puede extraer de la obra de Schoeck una lección especialmente vigente. En una época marcada por la exposición constante y la comparación amplificada —particularmente a través de los medios digitales—, la envidia encuentra nuevas formas de intensificarse y difundirse. Frente a ello, recuperar estos planteamientos permite desarrollar una actitud crítica tanto hacia las propias emociones como hacia los discursos que buscan instrumentalizarlas.
En definitiva, comprender la envidia como una fuerza persistente y ambivalente no implica resignarse a sus efectos, sino asumir la responsabilidad de encauzarla. Más que erradicarla —tarea casi improbable—, el desafío consiste en impedir que se convierta en el motor de nuestras instituciones y juicios colectivos. Una sociedad verdaderamente saludable no es aquella que elimina las diferencias, sino la que aprende a convivir con ellas sin traducirlas en resentimiento. Solo cuando el éxito ajeno deja de percibirse como una amenaza y se reconoce como parte natural de la diversidad humana, es posible sustituir la lógica de la envidia por una cultura de respeto, emulación constructiva y libertad compartida.
[1] Aristóteles, Retórica, trad. Alberto Bernabé (Madrid: Gredos, 1998), 203.
[2] Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 36, a. 1 (Madrid: BAC, 2001), 324.
[3] Melanie Klein, Envidia y gratitud (Buenos Aires: Paidós, 1974), 181.
[4] Helmut Shoeck, La envidia y la sociedad (Madrid: Unión Editorial, 1999), 15.
[5] Axel Kaiser, “La envidia y la sociedad”, El Mercurio, 21 de agosto de 2021.
[6] Helmut Schoeck, Envy: A Theory of Social Behaviour (Indianapolis: Liberty Fund, 1987), 24–26-
[7] George M. Foster, “Peasant Society and the Image of Limited Good,” American Anthropologist 67, no. 2 (1965): 296–299.
[8] Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments (Indianapolis: Liberty Fund, 1982), 50–52.
[9] Axel Kaiser, “La envidia y la sociedad”, El Mercurio, 21 de agosto de 2021.
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