Hace algunas semanas me publicaron en este mismo espacio un artículo titulado ‘Mucho diagnóstico, poco cambio’, en el que señalaba que Guatemala es una nación ampliamente estudiada y diagnosticada, pero donde con frecuencia las soluciones se quedan en el papel y la acción transformadora nunca llega. Me refería a diversos aspectos sociales, económicos y, sobre todo, políticos que han marcado nuestra historia reciente y continúan condicionando nuestro desarrollo y el tan ansiado bien común.
A raíz de esa publicación, un amigo a quien aprecio mucho me comentó que había leído el artículo y que coincidía con muchas de sus reflexiones. Se trata de una persona formada por la experiencia, la disciplina y el sentido de responsabilidad; un hombre trabajador, lector constante, buen padre y abuelo, o sea: un buen ciudadano. Sin embargo, me confesó algo que me hizo pensar: desde hace años decidió apartarse de los asuntos políticos. Ya no participa, ya no debate y, en muchas ocasiones, ni siquiera comenta sobre ellos.
Su observación me llevó a reflexionar sobre una realidad cada vez más frecuente. Muchos ciudadanos honestos y responsables desde hace ya tiempo atrás, han optado por alejarse de la política debido al desencanto, la frustración o la falta de confianza en quienes la ejercen.
Paradójicamente, cuando dos o más personas hablan de política, el debate surge casi de inmediato. Todos nos sentimos con derecho a opinar, y así debe ser, porque las decisiones políticas influyen directamente en nuestra seguridad, economía, educación, salud y oportunidades. Sin embargo, con frecuencia discutimos de política con el mismo apasionamiento con que hablamos de fútbol o de reinas de belleza, pero sin el mismo nivel de información que exigiríamos para emitir un juicio razonable.
Quizá esto ocurre porque olvidamos que la democracia no sólo nos otorgó derechos; también nos impuso responsabilidades. Antes de los sistemas democráticos modernos -en muchos casos todavía-, para bien o para mal, un rey, un dictador o un líder tribal decidía por los demás. La democracia, imperfecta, pero hasta ahora el sistema más eficaz para preservar la libertad y canalizar las diferencias humanas entre otras cosas, trasladó esa responsabilidad a los ciudadanos. Complicándonos un poco, pues nos exige pensar, analizar y decidir. Pero, sobre todo, para hacerlo adecuadamente debemos estar informados.
Esta reflexión me llevó a recordar un texto que durante años ha servido de referencia en diversas universidades: ‘Clásicos del Pensamiento Político’, escrito por un autor vasco nacido en Guernica (pueblito que inmortalizó Picasso con su lienzo expuesto en el Reina Sofía). La obra literaria de este autor originario de EuskalHerria, destaca una idea fundamental: muchas de las creencias que consideramos naturales tienen su origen en siglos de reflexión filosófica y política. Conceptos como la dignidad humana, los derechos individuales, la organización del Estado, la libertad y la justicia no surgieron espontáneamente; fueron construidos por generaciones de pensadores que intentaron responder a las preguntas esenciales de la convivencia humana.
Al recorrer sus páginas encontramos una síntesis de la evolución de las ideas políticas. Aristóteles concebía la política como una actividad orientada al bien común. Cicerón defendía la existencia de principios universales de justicia superiores a la voluntad de los gobernantes. San Agustín y Santo Tomás de Aquino reflexionaron sobre la dimensión moral del poder y la necesidad de que este estuviera al servicio de la persona.
Más adelante, Maquiavelo introdujo una visión realista del ejercicio del poder, analizando cómo funcionan realmente los gobiernos. Hobbes sostuvo que sin autoridad la sociedad caería en el caos, mientras que Locke defendió los derechos naturales de las personas y limitó el papel del Estado a protegerlos. Montesquieu desarrolló la separación de poderes como garantía contra los abusos, Rousseau enfatizó la soberanía popular y Tocqueville destacó la importancia de la participación ciudadana y de las instituciones intermedias para preservar la libertad. Así también aparecen otros filósofos e ideas que han definido el quehacer político, económico y social de la historia reciente de la humanidad.
Aunque sus ideas difieren e incluso se contradicen, todos estos pensadores coinciden en algo fundamental: la política no es un asunto ajeno a la vida de las personas. Es una dimensión inseparable de la convivencia humana.
De una u otra manera, todos hacemos política. La practicamos en nuestras comunidades cuando buscamos acuerdos para resolver problemas comunes; en los municipios cuando participamos en organizaciones locales; y en la vida nacional cuando elegimos autoridades o expresamos nuestras opiniones. Incluso la geopolítica internacional, sobre la cual tenemos muy poca o ninguna influencia, termina afectando nuestra economía, nuestra seguridad y nuestras oportunidades de desarrollo.
Guatemala enfrenta desafíos que hacen aún más importante esta reflexión. Durante décadas, muchas de las personas encargadas de dirigir los destinos del país no siempre han demostrado una comprensión ni siquiera aceptable de los principios que sostienen una democracia moderna. A ello se suman los sesgos ideológicos que reducen problemas complejos a explicaciones simplistas, la persistente corrupción y la creciente amenaza de la delincuencia organizada y del crimen transnacional.
Ante esta realidad, resulta preocupante que precisamente los mejores ciudadanos opten por retirarse de la discusión política. Cuando las personas honestas abandonan el debate, los espacios terminan siendo ocupados por quienes persiguen intereses particulares o carecen de una visión de largo plazo, entre otros males. La democracia necesita ciudadanos informados, críticos y participativos, no espectadores resignados.
Por ello, si quienes deseamos un mejor país no nos esforzamos por comprender las bases del quehacer político y participar, aunque sea modestamente, en los asuntos públicos, será difícil construir un futuro distinto. No se trata de que todos aspiren a cargos públicos, sino de desarrollar la capacidad de analizar, cuestionar y, sobre todo en algunos casos, exigir con fundamento.
Los Clásicos del Pensamiento Político siguen vigentes porque por eso son clásicos y porque las preguntas esenciales permanecen abiertas: cómo distribuir el poder, cómo proteger la libertad, cómo garantizar la justicia y cómo construir instituciones que sirvan al bien común. Mientras esas interrogantes sigan presentes, la política seguirá siendo demasiado importante como para dejarla únicamente en manos de los políticos. Sobre todo, en esta pandemia de populistas que hay, por todas partes del mundo.
La política no desaparece cuando los ciudadanos deciden ignorarla; simplemente queda en manos de quienes sí están dispuestos a ejercerla. Por eso, más que alejarnos de ella, necesitamos comprenderla mejor. Una sociedad libre y próspera no se construye únicamente con buenos gobernantes, sino también con ciudadanos informados, críticos y comprometidos con el destino común.
Para terminar, el autor vasco al que he hecho referencia, nació en Guernica en 1932 y tenía apenas 5 años cuando, mientras se encontraba en el mercado del pueblo en un lunes de abril, junto a su madre y su hermano menor, comenzaron a caer las bombas de la Legión Cóndor sobre aquella villa vasca, hasta destruirla. Su nombre era Jesús Amurrio, y era mi aita.
Quizá por eso, y por muchas otras experiencias que marcaron su vida y la de su familia, comprendió tan bien que la política nunca es algo distante o abstracto. Las decisiones políticas, para bien o para mal, terminan alcanzando la vida de las personas. Y precisamente porque nos alcanzan, los ciudadanos no podemos darnos el lujo de ignorarlas.
Hace algunas semanas me publicaron en este mismo espacio un artículo titulado ‘Mucho diagnóstico, poco cambio’, en el que señalaba que Guatemala es una nación ampliamente estudiada y diagnosticada, pero donde con frecuencia las soluciones se quedan en el papel y la acción transformadora nunca llega. Me refería a diversos aspectos sociales, económicos y, sobre todo, políticos que han marcado nuestra historia reciente y continúan condicionando nuestro desarrollo y el tan ansiado bien común.
A raíz de esa publicación, un amigo a quien aprecio mucho me comentó que había leído el artículo y que coincidía con muchas de sus reflexiones. Se trata de una persona formada por la experiencia, la disciplina y el sentido de responsabilidad; un hombre trabajador, lector constante, buen padre y abuelo, o sea: un buen ciudadano. Sin embargo, me confesó algo que me hizo pensar: desde hace años decidió apartarse de los asuntos políticos. Ya no participa, ya no debate y, en muchas ocasiones, ni siquiera comenta sobre ellos.
Su observación me llevó a reflexionar sobre una realidad cada vez más frecuente. Muchos ciudadanos honestos y responsables desde hace ya tiempo atrás, han optado por alejarse de la política debido al desencanto, la frustración o la falta de confianza en quienes la ejercen.
Paradójicamente, cuando dos o más personas hablan de política, el debate surge casi de inmediato. Todos nos sentimos con derecho a opinar, y así debe ser, porque las decisiones políticas influyen directamente en nuestra seguridad, economía, educación, salud y oportunidades. Sin embargo, con frecuencia discutimos de política con el mismo apasionamiento con que hablamos de fútbol o de reinas de belleza, pero sin el mismo nivel de información que exigiríamos para emitir un juicio razonable.
Quizá esto ocurre porque olvidamos que la democracia no sólo nos otorgó derechos; también nos impuso responsabilidades. Antes de los sistemas democráticos modernos -en muchos casos todavía-, para bien o para mal, un rey, un dictador o un líder tribal decidía por los demás. La democracia, imperfecta, pero hasta ahora el sistema más eficaz para preservar la libertad y canalizar las diferencias humanas entre otras cosas, trasladó esa responsabilidad a los ciudadanos. Complicándonos un poco, pues nos exige pensar, analizar y decidir. Pero, sobre todo, para hacerlo adecuadamente debemos estar informados.
Esta reflexión me llevó a recordar un texto que durante años ha servido de referencia en diversas universidades: ‘Clásicos del Pensamiento Político’, escrito por un autor vasco nacido en Guernica (pueblito que inmortalizó Picasso con su lienzo expuesto en el Reina Sofía). La obra literaria de este autor originario de EuskalHerria, destaca una idea fundamental: muchas de las creencias que consideramos naturales tienen su origen en siglos de reflexión filosófica y política. Conceptos como la dignidad humana, los derechos individuales, la organización del Estado, la libertad y la justicia no surgieron espontáneamente; fueron construidos por generaciones de pensadores que intentaron responder a las preguntas esenciales de la convivencia humana.
Al recorrer sus páginas encontramos una síntesis de la evolución de las ideas políticas. Aristóteles concebía la política como una actividad orientada al bien común. Cicerón defendía la existencia de principios universales de justicia superiores a la voluntad de los gobernantes. San Agustín y Santo Tomás de Aquino reflexionaron sobre la dimensión moral del poder y la necesidad de que este estuviera al servicio de la persona.
Más adelante, Maquiavelo introdujo una visión realista del ejercicio del poder, analizando cómo funcionan realmente los gobiernos. Hobbes sostuvo que sin autoridad la sociedad caería en el caos, mientras que Locke defendió los derechos naturales de las personas y limitó el papel del Estado a protegerlos. Montesquieu desarrolló la separación de poderes como garantía contra los abusos, Rousseau enfatizó la soberanía popular y Tocqueville destacó la importancia de la participación ciudadana y de las instituciones intermedias para preservar la libertad. Así también aparecen otros filósofos e ideas que han definido el quehacer político, económico y social de la historia reciente de la humanidad.
Aunque sus ideas difieren e incluso se contradicen, todos estos pensadores coinciden en algo fundamental: la política no es un asunto ajeno a la vida de las personas. Es una dimensión inseparable de la convivencia humana.
De una u otra manera, todos hacemos política. La practicamos en nuestras comunidades cuando buscamos acuerdos para resolver problemas comunes; en los municipios cuando participamos en organizaciones locales; y en la vida nacional cuando elegimos autoridades o expresamos nuestras opiniones. Incluso la geopolítica internacional, sobre la cual tenemos muy poca o ninguna influencia, termina afectando nuestra economía, nuestra seguridad y nuestras oportunidades de desarrollo.
Guatemala enfrenta desafíos que hacen aún más importante esta reflexión. Durante décadas, muchas de las personas encargadas de dirigir los destinos del país no siempre han demostrado una comprensión ni siquiera aceptable de los principios que sostienen una democracia moderna. A ello se suman los sesgos ideológicos que reducen problemas complejos a explicaciones simplistas, la persistente corrupción y la creciente amenaza de la delincuencia organizada y del crimen transnacional.
Ante esta realidad, resulta preocupante que precisamente los mejores ciudadanos opten por retirarse de la discusión política. Cuando las personas honestas abandonan el debate, los espacios terminan siendo ocupados por quienes persiguen intereses particulares o carecen de una visión de largo plazo, entre otros males. La democracia necesita ciudadanos informados, críticos y participativos, no espectadores resignados.
Por ello, si quienes deseamos un mejor país no nos esforzamos por comprender las bases del quehacer político y participar, aunque sea modestamente, en los asuntos públicos, será difícil construir un futuro distinto. No se trata de que todos aspiren a cargos públicos, sino de desarrollar la capacidad de analizar, cuestionar y, sobre todo en algunos casos, exigir con fundamento.
Los Clásicos del Pensamiento Político siguen vigentes porque por eso son clásicos y porque las preguntas esenciales permanecen abiertas: cómo distribuir el poder, cómo proteger la libertad, cómo garantizar la justicia y cómo construir instituciones que sirvan al bien común. Mientras esas interrogantes sigan presentes, la política seguirá siendo demasiado importante como para dejarla únicamente en manos de los políticos. Sobre todo, en esta pandemia de populistas que hay, por todas partes del mundo.
La política no desaparece cuando los ciudadanos deciden ignorarla; simplemente queda en manos de quienes sí están dispuestos a ejercerla. Por eso, más que alejarnos de ella, necesitamos comprenderla mejor. Una sociedad libre y próspera no se construye únicamente con buenos gobernantes, sino también con ciudadanos informados, críticos y comprometidos con el destino común.
Para terminar, el autor vasco al que he hecho referencia, nació en Guernica en 1932 y tenía apenas 5 años cuando, mientras se encontraba en el mercado del pueblo en un lunes de abril, junto a su madre y su hermano menor, comenzaron a caer las bombas de la Legión Cóndor sobre aquella villa vasca, hasta destruirla. Su nombre era Jesús Amurrio, y era mi aita.
Quizá por eso, y por muchas otras experiencias que marcaron su vida y la de su familia, comprendió tan bien que la política nunca es algo distante o abstracto. Las decisiones políticas, para bien o para mal, terminan alcanzando la vida de las personas. Y precisamente porque nos alcanzan, los ciudadanos no podemos darnos el lujo de ignorarlas.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: