En el desarrollo de instituciones guatemaltecas, a veces la discusión se entrampa: la reforma ideal parece ser inviable porque existe fuerte oposición política. Y, entre la posibilidad de una reforma que eventualmente mejora la situación actual un 10%, con poca oposición, y otra que eventualmente mejora la situación actual un 200%, pero con férrea oposición, algunos prefieren el segundo camino. La postura, se defiende bajo idealismo: es una cuestión de principios, es una cuestión de virtud. Y, entonces, sigue el argumento, si no promueves la reforma ideal no compartes los mismos principios y consecuentemente eres un degenerado moral. Pero, como dicha visión no es compartida por los otros actores en la mesa, la reforma se entrampa y la ventana de oportunidad se cierra.
Siempre que tengo esta conversación en Guatemala, suelo recordar la lección de cuatro grandes estudiosos del tema.
El primero es Philip Heymann, quien en su libro “Living the Policy Process” explica que, si bien existen ventanas de oportunidad y crisis que pueden llevar a cambios súbitos, la realidad es que incluso una ley en Estados Unidos puede llevar 10 años o más en ser aprobada, desde el momento en que un grupo detecta la necesidad de la misma y llega al debate nacional. Y que, durante el tiempo que toma la reforma en ser aprobada, usualmente lo que ocurre es un “ablandamiento” de la propuesta: los emprendedores-políticos convencen a los técnicos, educan al público, pero, también se ven en la necesidad de adaptar la propuesta para eliminar aquellos aspectos más controversiales, menos viables o que generan más incertidumbre.
El segundo es Francis Fukuyama, quien en su libro “Orden y decadencia política”, explica cómo Estados Unidos, un país que pasó por el proceso de democratización antes de la consolidación de la capacidad del estado federal, tuvo que pasar por 40 años para reformar su servicio civil. Incluso la “gran reforma” de 1883, la Pendleton Act, sólo cambió el estatus de 10% de los funcionarios públicos. Tomaría 40 años y varias leyes y reformas administrativas, para que la reforma meritocrática alcanzara a 70% del aparato federal. Este tipo de reformas, a diferencia de las que estudia Heymann toman más tiempo porque son “macro-reformas”, en las reformas que cambian la capacidad estatal y, por lo mismo, hay más oposición, más diferencias de opinión y más actores involucrados.
El tercero y el cuarto son Charles Lindbloom y Albert O. Hirschman, quienes de hecho trabajaron juntos. Lindbloom es famoso por su término “muddling-through”, describiendo el proceso de reforma como un constante incrementalismo o un método de constantes ajustes sucesivos. Este incrementalismo, que caracteriza mucho de la política norteamericana, es un proceso que permite aprovechar la experiencia y evitar grandes errores catastróficos: no cuestionamos todo el sistema, sino pequeñas porciones del mismo. En cuanto a Hirschman, el énfasis es en su “posibilismo”. El progreso puede darse por brincos: a) las barreras al desarrollo pueden ser su motor, como lo que está ocurriendo hoy en día, en donde el caos logístico genera la presión política necesaria para una reforma portuaria que podría habilitar la expansión portuaria necesaria para el crecimiento de doble-dígito que requiere la manufactura exportadora del país; y, b) no se tiene que esperar la perfección para empezar a que la situación mejore, como muchos pesimistas parecen sugerir que no podremos desarrollarnos si antes no logramos una democracia perfecta o un gobierno con cero corrupción.
Estas lecciones son las que me llevan a decir, cada cierto tiempo, que necesitamos entender que, si estamos enfocados en el progreso de Guatemala, no podemos hablar de reformas con un horizonte de menos de 40 años. La idea no es promover el pesimismo. La idea es generar optimismo: si hoy logramos avanzar 10%, si insistimos en el camino, en cuatro décadas, habremos logrado avanzar un 70%. No podemos afrontar el proceso de reforma de políticas públicas como un tema de todo o nada; eso nos lleva a conformarnos por nada por décadas, cuando, en cambio, podríamos tener 10% de mejora cada 4 u 8 años.
En el desarrollo de instituciones guatemaltecas, a veces la discusión se entrampa: la reforma ideal parece ser inviable porque existe fuerte oposición política. Y, entre la posibilidad de una reforma que eventualmente mejora la situación actual un 10%, con poca oposición, y otra que eventualmente mejora la situación actual un 200%, pero con férrea oposición, algunos prefieren el segundo camino. La postura, se defiende bajo idealismo: es una cuestión de principios, es una cuestión de virtud. Y, entonces, sigue el argumento, si no promueves la reforma ideal no compartes los mismos principios y consecuentemente eres un degenerado moral. Pero, como dicha visión no es compartida por los otros actores en la mesa, la reforma se entrampa y la ventana de oportunidad se cierra.
Siempre que tengo esta conversación en Guatemala, suelo recordar la lección de cuatro grandes estudiosos del tema.
El primero es Philip Heymann, quien en su libro “Living the Policy Process” explica que, si bien existen ventanas de oportunidad y crisis que pueden llevar a cambios súbitos, la realidad es que incluso una ley en Estados Unidos puede llevar 10 años o más en ser aprobada, desde el momento en que un grupo detecta la necesidad de la misma y llega al debate nacional. Y que, durante el tiempo que toma la reforma en ser aprobada, usualmente lo que ocurre es un “ablandamiento” de la propuesta: los emprendedores-políticos convencen a los técnicos, educan al público, pero, también se ven en la necesidad de adaptar la propuesta para eliminar aquellos aspectos más controversiales, menos viables o que generan más incertidumbre.
El segundo es Francis Fukuyama, quien en su libro “Orden y decadencia política”, explica cómo Estados Unidos, un país que pasó por el proceso de democratización antes de la consolidación de la capacidad del estado federal, tuvo que pasar por 40 años para reformar su servicio civil. Incluso la “gran reforma” de 1883, la Pendleton Act, sólo cambió el estatus de 10% de los funcionarios públicos. Tomaría 40 años y varias leyes y reformas administrativas, para que la reforma meritocrática alcanzara a 70% del aparato federal. Este tipo de reformas, a diferencia de las que estudia Heymann toman más tiempo porque son “macro-reformas”, en las reformas que cambian la capacidad estatal y, por lo mismo, hay más oposición, más diferencias de opinión y más actores involucrados.
El tercero y el cuarto son Charles Lindbloom y Albert O. Hirschman, quienes de hecho trabajaron juntos. Lindbloom es famoso por su término “muddling-through”, describiendo el proceso de reforma como un constante incrementalismo o un método de constantes ajustes sucesivos. Este incrementalismo, que caracteriza mucho de la política norteamericana, es un proceso que permite aprovechar la experiencia y evitar grandes errores catastróficos: no cuestionamos todo el sistema, sino pequeñas porciones del mismo. En cuanto a Hirschman, el énfasis es en su “posibilismo”. El progreso puede darse por brincos: a) las barreras al desarrollo pueden ser su motor, como lo que está ocurriendo hoy en día, en donde el caos logístico genera la presión política necesaria para una reforma portuaria que podría habilitar la expansión portuaria necesaria para el crecimiento de doble-dígito que requiere la manufactura exportadora del país; y, b) no se tiene que esperar la perfección para empezar a que la situación mejore, como muchos pesimistas parecen sugerir que no podremos desarrollarnos si antes no logramos una democracia perfecta o un gobierno con cero corrupción.
Estas lecciones son las que me llevan a decir, cada cierto tiempo, que necesitamos entender que, si estamos enfocados en el progreso de Guatemala, no podemos hablar de reformas con un horizonte de menos de 40 años. La idea no es promover el pesimismo. La idea es generar optimismo: si hoy logramos avanzar 10%, si insistimos en el camino, en cuatro décadas, habremos logrado avanzar un 70%. No podemos afrontar el proceso de reforma de políticas públicas como un tema de todo o nada; eso nos lleva a conformarnos por nada por décadas, cuando, en cambio, podríamos tener 10% de mejora cada 4 u 8 años.
EL TIPO DE CAMBIO DE HOY ES DE: