La enfermedad holandesa: Cómo las remesas (y nuestros errores) mataron el milagro exportador desde 2013.
La «enfermedad holandesa», término acuñado por The Economist en 1977, no es una curiosidad académica; es un mecanismo que termina afectando el modelo de país que hemos construido –consciente o inconscientemente–. Describe cómo una entrada masiva de divisas puede debilitar la industria local y encarecer la moneda al desplazar recursos hacia sectores no exportables. El doctor W. Max Corden y el profesor J. Peter Neary lo formalizaron luego en un modelo económico: cuando el tipo de cambio se aprecia por influjo de dólares, la industria pierde competitividad y la economía se inclina hacia los servicios.1
En el caso de Guatemala, las remesas funcionan como un petróleo sin pozo físico. Entran dólares, el quetzal se fortalece, suben los costos locales y el exportador recibe el mismo precio internacional. El margen desaparece. La finca cierra. La fábrica importa. El joven migra antes que cortar café. Pero debemos tener claro algo esencial: el problema no son las remesas; es haberlas tratado como modelo económico, como sustituto de una estrategia productiva nacional.
Las remesas se convierten en quetzales para consumo: vivienda, supermercados, transporte, telefonía. Aumenta la demanda de servicios no exportables y suben los precios internos. El país se encarece en dólares. El exportador enfrenta mayores costos internos sin mejores precios externos. Con un dólar barato, importar resulta más atractivo que producir. El resultado no se siente de inmediato, pero se acumula año tras año, erosionando lentamente nuestra capacidad de competir.
El problema de fondo no es que hoy tengamos más centros comerciales y menos maquilas. El profesor Adolfo Barajas del Fondo Monetario Internacional advierte en “Remesas y el equilibrio del tipo de Cambio: Teoría y evidencia”,2 que al debilitar el sector exportador perdemos el único motor que genera aprendizaje tecnológico y economías de escala. Estamos quemando los puentes hacia el desarrollo futuro.
Noruega, en cambio, usó su renta petrolera para tecnificar su industria y evitar esta trampa.3 Nosotros hemos usado esta renta migratoria para sostener consumo inmediato a costa de desindustrializarnos. El doctor Jonathan Di John recuerda que esto no es un destino inevitable, sino una falla de la política pública.4 Cuando el flujo migratorio alcance su techo, descubriremos que hipotecamos nuestra capacidad de generar dólares propios a cambio de consumo efímero.
En 25 años, Guatemala ha crecido apenas 1.5% anual por persona. Otras economías multiplicaron esa velocidad varias veces. Corea del Sur creció 7.5% anual per cápita entre 1983 y 2003,5 tras expandir sus exportaciones 31% anual entre 1964 y 1978.6 En 1968, Corea y Honduras tenían ingresos similares. Hoy Corea del Sur supera cinco veces a Guatemala y ocho a Honduras.7 Vietnam creció 5.4% anual per cápita entre 1992 y 2024, con exportaciones aumentando casi 20% anual entre 1991 y 2005. Irlanda logró 4.5% entre 1995 y 2015 con exportaciones creciendo 14% anual. Ningún país que haya superado el 6% anual de crecimiento lo logró sin convertirse en economía exportadora.8
Guatemala pudo haber sido ese milagro. Entre 1963 y 1977 nuestras exportaciones crecían 9% anual, y en 2011 alcanzaban 27% del PIB.8 Rozamos el 30% para declararnos país exportador. En 2025 apenas representarán 17%. La caída no ha sido producto del azar, sino la prevalencia de decisiones acumuladas por negligencia, ideología, intereses personales y una clara falta de modelo de país.
Desde 2013, los gobiernos de Otto Pérez, Jimmy Morales, Alejandro Giammattei y el actual, Bernardo Arévalo, junto con el Congreso y las autoridades fiscales y económicas, tomaron decisiones que apagaron el impulso exportador. No fue un accidente; fue la ausencia de un modelo claro y la incapacidad de entender el mecanismo económico que estábamos activando. Muchas de estas decisiones estuvieron marcadas por incapacidad, corrupción o captura institucional, cuyos responsables hoy enfrentan procesos judiciales. Pero el daño económico ya quedó.
Hasta 2010, competíamos con Honduras el liderazgo regional en café. En 2011 Honduras renovó cafetales y apostó por volumen. Hoy exporta entre 6 y 7 millones de quintales al año; nosotros apenas 3 o 4. Luego llegó la plaga de la roya que devastó el parque cafetalero. Perdimos volumen y dólares relativos. Entre 2012 y 2013 cayó el precio del azúcar. Muchos migraron a palma y hule, cultivos de maduración lenta. En paralelo, las remesas pasaron de 10% del PIB en 2010 a 19.4% en 2023, apreciando el quetzal. Exportar se volvió menos rentable y más difícil. Mientras Vietnam y Armenia usaban las crisis para sofisticar su industria, Guatemala se acomodó a vivir de las remesas. Los migrantes no reemplazaron las exportaciones; pero sus dólares, sin una estrategia nacional, erosionaron nuestra competitividad.
El fin del sistema de cuotas mundiales (MFA) y el CAFTA intensificaron la competencia. Los países exitosos ofrecieron seguridad jurídica y condiciones estables y atractivas. Dominicana blindó su ley de zonas francas sin cambiarle una coma en 35 años. Bulgaria, Irlanda y Georgia bajaron su ISR drásticamente al 10%, 12.5% y 15%. Estonia y Ruanda digitalizaron completamente sus trámites. Panamá y Costa Rica crearon regímenes y zonas fiscales modernas. China y Vietnam construyeron puertos y carreteras antes de atraer fábricas. Nicaragua ofreció exenciones fiscales agresivas y los salarios más bajos de la región.
Guatemala hizo lo contrario: impuestos empresariales altos, ISR del 25% más ISO y 5% a utilidades; administración tributaria agresiva cercana a una política de terror fiscal y cambios de reglas a mitad de partido. Las señales de inseguridad jurídica han fomentado la informalidad, que alcanzó el 71% en 2024, y debilitado el crecimiento del empleo formal. Declaramos “lesivos” contratos portuarios en operación (TCQ/APM). Si un inversionista huele que el Estado le puede quitar su contrato, seguro no va a venir a invertir. Mientras otros abrían puertas, nosotros levantábamos barreras.
En 2016, la SAT y el Congreso prohibieron 42 actividades productivas en Zonas Francas: medicamentos, plásticos, alimentos procesados, calzado y cuero, pinturas, cosméticos, materiales de construcción bajo la premisa de que “perdíamos impuestos”. Lo que perdimos fue inversionistas y exportadores que migraron a Dominicana, Honduras y Nicaragua. ¿A qué gobierno, a qué partido, a qué superintendente le vamos a cobrar las oportunidades y los sueños perdidos?
Hoy se nos dice que la economía está bien porque el PIB crece 3.5% y los centros comerciales están llenos. Es una visión acomodada. En 1977 exportábamos 24.5% de nuestra riqueza; hoy apenas 17%. Somos una economía que se encoge hacia adentro, sostenida por remesas que ya superan nuestras propias exportaciones. No podemos hablar de seguridad laboral, de combatir la desnutrición o de calidad educativa sin antes hablar de riqueza. Y la historia demuestra que la riqueza solo entra por un lugar: los puertos que hoy están acabados.
No necesitamos inventar el agua azucarada. Es hora de dejar de pedir postre antes de haber cocinado la cena. La enfermedad holandesa no es un misterio económico; es, en última instancia, una enfermedad política y moral: la preferencia por el consumo inmediato de las remesas sobre la construcción de riqueza a través de una industria competitiva. En las próximas columnas hablaremos de cómo hacerlo. Por ahora, urge exigir un modelo de desarrollo del país serio, capaz y competitivo: como política de Estado, no como discurso de gobierno. Una Guatemala exportadora cuya economía se base en competir en el mercado mundial y no en los excedentes de nuestros migrantes que hoy envían una inyección más grande, US$25 mil millones, más que los US$20 mil millones que exportamos. Porque depender del sacrificio de quienes tuvieron que irse no es un modelo de desarrollo; es una renuncia. Y las renuncias prolongadas se pagan con generaciones perdidas. Y las generaciones perdidas no vuelven.
Referencias
Corden, W. Max and J. Peter Neary, “Booming Sector and De-Industrialisation in a Small Open Economy”. The Economic Journal, Vol. 92, No. 368 (1982): pp. 827-831.
Barajas, Adolfo et al. “Remittances and the Equilibrium Real Exchange Rate: Theory and Evidence”. Economía, Vol. 11, No. 2 (2011): pp. 45-89.
Larsen, Erling Røed Larsen, “Escaping the Resource Curse and the Dutch Disease? When and Why Norway Caught up with and Forged Ahead of its Neighbors”, The American Journal of Economics and Sociology, Vol. 65, No. 3 (2006): pp. 605-640.
Di John, Jonathan, “Is There Really a Resource Curse? A Critical Survey of Theory and Evidence”, Global Governance, Vol. 17, No 2. (2011), pp. 167-184.
World Bank Group. GDP per capita growth (annual %). Country official Statistics, National Statistics Organizations and/or Central Banks; National Accounts, OECD & WB. https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.PCAP.KD.ZG [Consultado 15.feb.2026]
World Bank Group. Exports of goods and services (annual % growth). Country official Statistics, National Statistics Organizations and/or Central Banks; National Accounts, OECD & WB. https://data.worldbank.org/indicator/NE.EXP.GNFS.KD.ZG [Consultado 15.feb.2026]
Maddison Project Database (MPD) 2023. Bolt, Jutta and Jan Luiten Van Zanden, “Maddison style estimates of the evolution of the world economy: A new 2023 update”, Journal of Economic Surveys (2024): pp. 1-41. https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-project-database-2023 [Consultado 15.feb.2026]
World Bank Group. Exports of goods and services as a percentage of GDP. Country official Statistics, National Statistics Organizations and/or Central Banks; National Accounts, OECD & WB. https://data.worldbank.org/indicator/NE.EXP.GNFS.ZS [Consultado 15.feb.2026] Luxemburgo (191%); Hong Kong (182%); Singapur (178%); Irlanda (143%); gracias a su rol como hubs logísticos y financieros; Vietnam (90%); Lituania (74%); Armenia (73%); Suiza (72%); Tailandia (70%).
La enfermedad holandesa: Cómo las remesas (y nuestros errores) mataron el milagro exportador desde 2013.
La «enfermedad holandesa», término acuñado por The Economist en 1977, no es una curiosidad académica; es un mecanismo que termina afectando el modelo de país que hemos construido –consciente o inconscientemente–. Describe cómo una entrada masiva de divisas puede debilitar la industria local y encarecer la moneda al desplazar recursos hacia sectores no exportables. El doctor W. Max Corden y el profesor J. Peter Neary lo formalizaron luego en un modelo económico: cuando el tipo de cambio se aprecia por influjo de dólares, la industria pierde competitividad y la economía se inclina hacia los servicios.1
En el caso de Guatemala, las remesas funcionan como un petróleo sin pozo físico. Entran dólares, el quetzal se fortalece, suben los costos locales y el exportador recibe el mismo precio internacional. El margen desaparece. La finca cierra. La fábrica importa. El joven migra antes que cortar café. Pero debemos tener claro algo esencial: el problema no son las remesas; es haberlas tratado como modelo económico, como sustituto de una estrategia productiva nacional.
Las remesas se convierten en quetzales para consumo: vivienda, supermercados, transporte, telefonía. Aumenta la demanda de servicios no exportables y suben los precios internos. El país se encarece en dólares. El exportador enfrenta mayores costos internos sin mejores precios externos. Con un dólar barato, importar resulta más atractivo que producir. El resultado no se siente de inmediato, pero se acumula año tras año, erosionando lentamente nuestra capacidad de competir.
El problema de fondo no es que hoy tengamos más centros comerciales y menos maquilas. El profesor Adolfo Barajas del Fondo Monetario Internacional advierte en “Remesas y el equilibrio del tipo de Cambio: Teoría y evidencia”,2 que al debilitar el sector exportador perdemos el único motor que genera aprendizaje tecnológico y economías de escala. Estamos quemando los puentes hacia el desarrollo futuro.
Noruega, en cambio, usó su renta petrolera para tecnificar su industria y evitar esta trampa.3 Nosotros hemos usado esta renta migratoria para sostener consumo inmediato a costa de desindustrializarnos. El doctor Jonathan Di John recuerda que esto no es un destino inevitable, sino una falla de la política pública.4 Cuando el flujo migratorio alcance su techo, descubriremos que hipotecamos nuestra capacidad de generar dólares propios a cambio de consumo efímero.
En 25 años, Guatemala ha crecido apenas 1.5% anual por persona. Otras economías multiplicaron esa velocidad varias veces. Corea del Sur creció 7.5% anual per cápita entre 1983 y 2003,5 tras expandir sus exportaciones 31% anual entre 1964 y 1978.6 En 1968, Corea y Honduras tenían ingresos similares. Hoy Corea del Sur supera cinco veces a Guatemala y ocho a Honduras.7 Vietnam creció 5.4% anual per cápita entre 1992 y 2024, con exportaciones aumentando casi 20% anual entre 1991 y 2005. Irlanda logró 4.5% entre 1995 y 2015 con exportaciones creciendo 14% anual. Ningún país que haya superado el 6% anual de crecimiento lo logró sin convertirse en economía exportadora.8
Guatemala pudo haber sido ese milagro. Entre 1963 y 1977 nuestras exportaciones crecían 9% anual, y en 2011 alcanzaban 27% del PIB.8 Rozamos el 30% para declararnos país exportador. En 2025 apenas representarán 17%. La caída no ha sido producto del azar, sino la prevalencia de decisiones acumuladas por negligencia, ideología, intereses personales y una clara falta de modelo de país.
Desde 2013, los gobiernos de Otto Pérez, Jimmy Morales, Alejandro Giammattei y el actual, Bernardo Arévalo, junto con el Congreso y las autoridades fiscales y económicas, tomaron decisiones que apagaron el impulso exportador. No fue un accidente; fue la ausencia de un modelo claro y la incapacidad de entender el mecanismo económico que estábamos activando. Muchas de estas decisiones estuvieron marcadas por incapacidad, corrupción o captura institucional, cuyos responsables hoy enfrentan procesos judiciales. Pero el daño económico ya quedó.
Hasta 2010, competíamos con Honduras el liderazgo regional en café. En 2011 Honduras renovó cafetales y apostó por volumen. Hoy exporta entre 6 y 7 millones de quintales al año; nosotros apenas 3 o 4. Luego llegó la plaga de la roya que devastó el parque cafetalero. Perdimos volumen y dólares relativos. Entre 2012 y 2013 cayó el precio del azúcar. Muchos migraron a palma y hule, cultivos de maduración lenta. En paralelo, las remesas pasaron de 10% del PIB en 2010 a 19.4% en 2023, apreciando el quetzal. Exportar se volvió menos rentable y más difícil. Mientras Vietnam y Armenia usaban las crisis para sofisticar su industria, Guatemala se acomodó a vivir de las remesas. Los migrantes no reemplazaron las exportaciones; pero sus dólares, sin una estrategia nacional, erosionaron nuestra competitividad.
El fin del sistema de cuotas mundiales (MFA) y el CAFTA intensificaron la competencia. Los países exitosos ofrecieron seguridad jurídica y condiciones estables y atractivas. Dominicana blindó su ley de zonas francas sin cambiarle una coma en 35 años. Bulgaria, Irlanda y Georgia bajaron su ISR drásticamente al 10%, 12.5% y 15%. Estonia y Ruanda digitalizaron completamente sus trámites. Panamá y Costa Rica crearon regímenes y zonas fiscales modernas. China y Vietnam construyeron puertos y carreteras antes de atraer fábricas. Nicaragua ofreció exenciones fiscales agresivas y los salarios más bajos de la región.
Guatemala hizo lo contrario: impuestos empresariales altos, ISR del 25% más ISO y 5% a utilidades; administración tributaria agresiva cercana a una política de terror fiscal y cambios de reglas a mitad de partido. Las señales de inseguridad jurídica han fomentado la informalidad, que alcanzó el 71% en 2024, y debilitado el crecimiento del empleo formal. Declaramos “lesivos” contratos portuarios en operación (TCQ/APM). Si un inversionista huele que el Estado le puede quitar su contrato, seguro no va a venir a invertir. Mientras otros abrían puertas, nosotros levantábamos barreras.
En 2016, la SAT y el Congreso prohibieron 42 actividades productivas en Zonas Francas: medicamentos, plásticos, alimentos procesados, calzado y cuero, pinturas, cosméticos, materiales de construcción bajo la premisa de que “perdíamos impuestos”. Lo que perdimos fue inversionistas y exportadores que migraron a Dominicana, Honduras y Nicaragua. ¿A qué gobierno, a qué partido, a qué superintendente le vamos a cobrar las oportunidades y los sueños perdidos?
Hoy se nos dice que la economía está bien porque el PIB crece 3.5% y los centros comerciales están llenos. Es una visión acomodada. En 1977 exportábamos 24.5% de nuestra riqueza; hoy apenas 17%. Somos una economía que se encoge hacia adentro, sostenida por remesas que ya superan nuestras propias exportaciones. No podemos hablar de seguridad laboral, de combatir la desnutrición o de calidad educativa sin antes hablar de riqueza. Y la historia demuestra que la riqueza solo entra por un lugar: los puertos que hoy están acabados.
No necesitamos inventar el agua azucarada. Es hora de dejar de pedir postre antes de haber cocinado la cena. La enfermedad holandesa no es un misterio económico; es, en última instancia, una enfermedad política y moral: la preferencia por el consumo inmediato de las remesas sobre la construcción de riqueza a través de una industria competitiva. En las próximas columnas hablaremos de cómo hacerlo. Por ahora, urge exigir un modelo de desarrollo del país serio, capaz y competitivo: como política de Estado, no como discurso de gobierno. Una Guatemala exportadora cuya economía se base en competir en el mercado mundial y no en los excedentes de nuestros migrantes que hoy envían una inyección más grande, US$25 mil millones, más que los US$20 mil millones que exportamos. Porque depender del sacrificio de quienes tuvieron que irse no es un modelo de desarrollo; es una renuncia. Y las renuncias prolongadas se pagan con generaciones perdidas. Y las generaciones perdidas no vuelven.
Referencias
Corden, W. Max and J. Peter Neary, “Booming Sector and De-Industrialisation in a Small Open Economy”. The Economic Journal, Vol. 92, No. 368 (1982): pp. 827-831.
Barajas, Adolfo et al. “Remittances and the Equilibrium Real Exchange Rate: Theory and Evidence”. Economía, Vol. 11, No. 2 (2011): pp. 45-89.
Larsen, Erling Røed Larsen, “Escaping the Resource Curse and the Dutch Disease? When and Why Norway Caught up with and Forged Ahead of its Neighbors”, The American Journal of Economics and Sociology, Vol. 65, No. 3 (2006): pp. 605-640.
Di John, Jonathan, “Is There Really a Resource Curse? A Critical Survey of Theory and Evidence”, Global Governance, Vol. 17, No 2. (2011), pp. 167-184.
World Bank Group. GDP per capita growth (annual %). Country official Statistics, National Statistics Organizations and/or Central Banks; National Accounts, OECD & WB. https://data.worldbank.org/indicator/NY.GDP.PCAP.KD.ZG [Consultado 15.feb.2026]
World Bank Group. Exports of goods and services (annual % growth). Country official Statistics, National Statistics Organizations and/or Central Banks; National Accounts, OECD & WB. https://data.worldbank.org/indicator/NE.EXP.GNFS.KD.ZG [Consultado 15.feb.2026]
Maddison Project Database (MPD) 2023. Bolt, Jutta and Jan Luiten Van Zanden, “Maddison style estimates of the evolution of the world economy: A new 2023 update”, Journal of Economic Surveys (2024): pp. 1-41. https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-project-database-2023 [Consultado 15.feb.2026]
World Bank Group. Exports of goods and services as a percentage of GDP. Country official Statistics, National Statistics Organizations and/or Central Banks; National Accounts, OECD & WB. https://data.worldbank.org/indicator/NE.EXP.GNFS.ZS [Consultado 15.feb.2026] Luxemburgo (191%); Hong Kong (182%); Singapur (178%); Irlanda (143%); gracias a su rol como hubs logísticos y financieros; Vietnam (90%); Lituania (74%); Armenia (73%); Suiza (72%); Tailandia (70%).